He tenido la oportunidad de disfrutar recientemente de la lectura de la novela Paz en la guerra, de Miguel de Unamuno. Publicada en 1897, se trata de la primera novela del autor vasco.
Unamuno nos traslada, a través de sus recuerdos de la infancia, a hechos reales ocurridos en el País Vasco y que marcarían el devenir de su ciudad en el último tercio del siglo XIX. Es un relato costumbrista en el que las relaciones personales, la familia, la comunión del hombre con la naturaleza y la tierra donde nació se ponen muy por encima de la manipulación de intereses partidistas que llevan a la gente a luchar sin motivo y a defender ideales ajenos, lejanos y confusos:
“...Iban a la muerte con salvaje resignación, sin saber a dónde, ni por qué, ni para
qué iban a matar a un desconocido o ser por él muertos, resignados como pobres
borregos cerrados a toda visión del futuro; morían absortos en la acción, sorprendidos
en su esfuerzo por la muerte omnipresente...”
Toda la novela es un alegato contra la guerra, el pueblo llano es la víctima de un conflicto del que se benefician los grupos que controlan el poder.
El escritor, en la parte final del libro y ya una vez concluida la contienda, hace balance de la inutilidad del conflicto, de todas las vidas perdidas en vano y se aferra a sus costumbres, a sus paseos por el campo y a contemplar la belleza de la naturaleza poniéndola en contraste con los desastres de la guerra y haciendo una preciosa oda a la PAZ:
“...Es una inmensidad de paz; paz canta el mar; paz dice calladamente la tierra; paz vierte el cielo; paz brota de las luchas por la vida, suprema armonía de las disonancias; paz en la guerra misma y bajo la guerra, inacabable, sustentándola y coronándola. Es la guerra a la paz lo que a la eternidad el tiempo: su forma pasajera. Y en la Paz parecen identificarse la Muerte y la Vida.”
Padre de un alumno de 3º de ESO