Relaciones de pareja, cuidados, emociones, regulación emocional, bienestar, salud, hombres, mujeres, comunicación, interacciones sociales.
Formación académica
Grado en Psicología, Universidad de Granada.
Máster en Psicología de la Intervención Social, Universidad de Granada.
Título de Experta en Inteligencia Emocional, Asociación Española de Psicología Sanitaria (AEPSIS).
Doctorado en Psicología, concretamente en la línea de Psicología Social y Educativa, Universidad de Granada (actualmente).
Logros
Mi primera publicación fue el Trabajo Fin de Grado. Aunque su impacto académico es modesto y yo misma no estoy muy satisfecha con el resultado, su aceptación por parte de una revista supuso una enorme ilusión, especialmente por todo el esfuerzo y aprendizaje que hubo detrás del proceso. Actualmente, también he publicado el Trabajo Fin de Máster lo que representa un logro especialmente significativo para mí ya que es fruto de mis becas de investigación y de unos resultados que considero más sólidos e interesantes. Ambas cosas fueron pequeños destellos que me recuerda que con esfuerzo y constancia se consigue y que con ello sirvo para esto.
"Las cosas tienen la importancia que tú les des, ¡tómatelas con actitud!"
Análisis psicosocial de las relaciones afectivas y románticas, así como su impacto en el bienestar y la salud, las emociones, la comunicación y la regulación emocional.
Factores asociados a la construcción de vínculos sanos y seguros.
Análisis psicosocial de la clase social.
Nací en Montefrío, un pequeño pueblo de Granada que marcó profundamente mi forma de estar en el mundo. Allí viví hasta los 18 años y completé mis primeros estudios. En esta primera etapa se gestó un viaje emocional intenso, compartido desde el primer día con las mismas personas que hoy me acompañan en cada paso que doy, lo que me enseñó el valor de la cercanía, de la amistad, de la fidelidad, de la lealtad y de la familia. Crecer en un entorno así te marca: te hace apreciar a la gente sencilla, transparente, a quienes son amigos de sus amigos y a los vínculos que se construyen sin prisa, con tiempo y presencia.
Las mañanas transcurrían en el instituto y las tardes se llenaban de excusas para salir a la calle: jugar al voley, tomar café u organizar fiestas improvisadas eran nuestros mejores planes. Fue una etapa divertida, intensa y vibrante, aunque, como todo lugar pequeño, también estuvo atravesada por los primeros desencuentros, personalidades poco afines, los primeros desamores y la sensación persistente de que quedarse era sinónimo de estancarse. Aquello eran mis raíces y siempre serían un lugar al que volver para tomar impulso, pero no mi sitio. De ahí nació la motivación de irme.
Siempre me gustó estudiar y aprender. Sacar buenas notas no era solo una obligación, sino una forma de superación personal y una puerta abierta a nuevas posibilidades e, incluso, nuevos mundos. Ese interés por el conocimiento, sumado a mi interés por las personas, me llevó a continuar mis estudios en la Universidad de Granada, un lugar que hoy también forma parte de mi identidad. Allí, me gradué en Psicología y me especialicé en Psicología Social, las interacciones se convirtieron en mis intereses favoritos.
Hoy me considero una suertuda viajera. Mis amistades están repartidas entre Granada y otros rincones como Barcelona, Galicia, Extremadura o Madrid y, cada año, trazamos rutas para reencontrarnos lo que hace que se mantenga vivo el lazo que nos une. Tal vez así se forjó mi pasión por viajar y, sobre todo, el cariño profundo por quienes forman parte de mi vida. Aun así, todos sabemos que el verdadero punto de unión sigue siendo el pueblo, lo que se confirma cada Navidad, cada feria y cada cumpleaños.
Además de esta fuerte conexión con mis amistades, me acompañan la lectura y una curiosidad constante. El romance es mi género favorito, aunque un buen thriller siempre encuentra un lugar. Quizás por eso –o quizás no sea casualidad– mis intereses académicos y mis líneas de investigación han girado siempre en torno a los demás y, concretamente, en torno a las relaciones de pareja.
Cuando era pequeña siempre quise ser maestra. Durante un tiempo también dije que quería ser médica o enfermera y mis padres recuerdan que solía repetir que quería ayudar a los demás. Esa idea, sencilla pero constante, fue acompañándome a lo largo de la adolescencia. Sin darme cuenta, muchas veces me encontraba escuchando a los demás –incluso a personas que no eran amigas cercanas– intentando ofrecer apoyo, comprensión o algún consejo. En cuarto de ESO ocurrió algo decisivo: una psicóloga vino al instituto para hablarnos de su trabajo. Aquel día encontré palabras para algo que ya sentía y descubrí mi vocación. Desde entonces entendí que escuchar, acompañar, comprender y no juzgar podían convertirse en una profesión. Quizás, en el futuro y con un poco de suerte, pueda unir esos dos deseos que siempre me han acompañado: enseñar y ayudar, de una forma transversal, cercana y humana.
Retos en la carrera investigadora
Uno de los principales obstáculos ha sido el miedo constante a “no ser suficiente”, una sensación ampliamente conocida como síndrome de la impostora: dudar de los propios conocimientos, minimizar los logros y sentir que siempre falta algo más, muy potenciado por la ausencia de referentes femeninos en este panorama. A nivel externo, la incertidumbre del ámbito académico, la ausencia de suficientes recursos y la exigencia constante para encontrar un lugar dentro de la universidad han sido también retos importantes a lo largo del camino.
Fortalezas y apoyos
Si algo valoro de mí misma es la resiliencia, es decir, la capacidad de encontrar la forma de seguir adelante incluso en los momentos de duda o malestar. A ello se suma mi manera de relativizar las dificultades y afrontar los procesos con la mejor actitud posible. La alegría, en muchas ocasiones, es una elección y una frase que siempre me ha acompañado y que lo refuerza es “las cosas tienen la importancia que tú le des”. Esta frase se ha convertido en una guía frente a las adversidades.
Soy plenamente consciente de que provengo de un entorno privilegiado que me ha permitido una vida relativamente tranquila, una suerte que no todas las personas tienen. Reconocerlo forma parte también de mi recorrido y me hace sentir muy afortunada. La suerte siempre será que mis mayores fortalezas son las personas que me rodean, una red de apoyo que ha estado presente cada vez que han aparecido los miedos o el cansancio y que ha sabido sostenerme cuando más lo he necesitado.