"En nuestra aula ENA se promovía un aprendizaje colaborativo, afianzando nuestro sentido de comunidad. Sin saberlo, desde pequeños aprendíamos a ser responsables de nuestro proceso y a apoyarnos. El conocimiento no venía únicamente del profesor; también surgía de las experiencias, las conversaciones y la colaboración entre compañeros"
Cuando Fernanda recuerda su paso por la escuela rural José Antonio Galán, en la vereda Arauca de Quimbaya (Quindío), lo primero que le viene a la mente son las mesas hexagonales, las Guías de Aprendizaje, la biblioteca con materiales pedagógicos y el trabajo en equipo con estudiantes de diferentes edades. Cursó su primaria bajo el modelo Escuela Nueva Activa (ENA), en una sede pequeña con dos aulas multigrado: una para niñas y niños de primero, segundo y tercer grado, otra para los de cuarto y quinto.
Las Guías de Aprendizaje ocupaban un lugar central y cada estudiante avanzaba con ellas a su propio ritmo, mientras el docente acompañaba y orientaba los procesos de aprendizaje. Las mesas eran mucho más que un lugar para estudiar: eran puntos de encuentro donde niñas y niños de diferentes edades compartían conocimientos y formas de pensar. Los mayores apoyaban a los pequeños y cada uno tenía algo que aportar. “En nuestra aula ENA se promovía un aprendizaje colaborativo, afianzando nuestro sentido de comunidad. Sin saberlo, desde pequeños aprendíamos a ser responsables de nuestro proceso y a apoyarnos. El conocimiento no venía únicamente del profesor; también surgía de las experiencias, las conversaciones y la colaboración entre compañeros”, explica.
También recuerda la biblioteca del aula donde, además de las Guías de Aprendizaje, encontraba recursos para hacer tareas, aprender o jugar durante el descanso. “Siempre fui muy curiosa y me encantaba revisar el material de los otros grupos para ver qué iba a aprender en el futuro”, cuenta. Esa curiosidad y la oportunidad de avanzar a su propio ritmo fueron fundamentales para fortalecer su autonomía y responsabilidad.
En su escuela, aprender también significaba participar. Fernanda destaca especialmente el Buzón de Sugerencias, un instrumento que le permitía expresar inquietudes, propuestas e inconformidades. El Gobierno Estudiantil y los diferentes comités también fueron espacios para opinar, escuchar otros puntos de vista y aportar a la vida escolar. A través de estas estrategias descubrió el valor de la democracia y del voto, y comprendió que participar implica escuchar, respetar diferentes perspectivas y construir acuerdos.
La experiencia con ENA también le enseñó que la escuela no termina en las paredes del aula. Fernanda recuerda las jornadas en las que todos participaban en iniciativas para mejorar su entorno: sembraban y cuidaban la huerta, pintaban murales, limpiaban los espacios y realizaban actividades para la comunidad. Eran acciones sencillas que evidenciaron que cada persona tiene un papel en la construcción de aquello que comparte con los demás.
En algún momento tuvo que estudiar unos días en una escuela del pueblo y su primera impresión fue que todo era más rígido, menos participativo y flexible. Había más de 30 estudiantes de la misma edad y una dinámica de competencia entre ellos. La relación con el docente era distante y no existían espacios de participación, ni bibliotecas ni buzón de sugerencias. Mientras en el aula ENA era una persona con características propias que pertenecía a un grupo, allí sentía que todos debían hacer lo mismo. “Entendí, de manera temprana, que la mejor forma de democratizar el conocimiento es ofrecer sistemas que permitan a todos participar, interactuar, comunicarse y debatir. Generar espacios donde los docentes no actúen como replicadores de verdades absolutas y limitadas, sino que sean facilitadores del aprendizaje, otorgando herramientas que enseñen a construir conocimiento en cualquier momento de la vida”, señala.
Cortesía Fernanda Buitrago - archivo FEN
Fernanda aprendió que las diferencias no son una barrera para trabajar con otros. Compartir desde niña con estudiantes de distintas edades le enseñó a escuchar y comprender otros puntos de vista. Tres décadas después, esos aprendizajes siguen presentes en su vida, en la manera de relacionarse y de trabajar con los demás.
Es profesional en Comunicación Social - Periodismo, con especialización en Comportamiento del Consumidor. Actualmente se desempeña como gestora social en el Instituto Nacional de Vías (INVÍAS), donde diseña estrategias y acompaña procesos de socialización y divulgación con comunidades de distintas regiones del país. También es cofundadora de Emerge, una consultoría de investigación de mercados y de marketing estratégico. En ambos escenarios, gran parte de su labor consiste en escuchar a las personas, comprender sus necesidades y, junto con ellas, explorar posibles soluciones.
La autonomía que desarrolló durante su paso por la escuela rural se refleja hoy en su capacidad para investigar, proponer y buscar respuestas. La responsabilidad la llevó a tomar decisiones y avanzar en sus procesos de manera independiente, mientras que el trabajo colaborativo se convirtió en una herramienta fundamental para relacionarse con comunidades y equipos interdisciplinarios. “Mi trabajo exige aprender constantemente cosas nuevas, adaptarme a nuevos contextos y construir soluciones junto con otras personas. Hoy no necesito que me digan qué hacer; indago, propongo y, si algo requiere observación, levanto la mano”, afirma.
Cortesía Fernanda Buitrago
En su día a día hay una conexión significativa con aquella niña que aprendía en una mesa hexagonal: la escucha. Fernanda busca comprender las necesidades de las personas antes de encontrar soluciones. “Siempre digo lo que pienso con respeto y practico la escucha activa. Me gusta darles voz a aquellos que, por algún motivo, no han sido escuchados y motivarlos a participar”, señala. Así, una práctica que comenzó en los espacios de participación de su escuela rural continúa formando parte de su manera de trabajar e interactuar con los demás.
Para ella, Escuela Nueva Activa no solo fortaleció sus capacidades académicas. Le enseñó a confiar en su capacidad de aprender, asumir responsabilidades, liderar, comunicarse asertivamente, trabajar en equipo, expresar sus ideas y comprender que siempre hay algo nuevo por descubrir. Por eso, cuando piensa en todas las enseñanzas que recibió durante sus primeros años de educación, encuentra una idea que resume su experiencia: “aprender a aprender”. Algo que, lejos de terminar al salir de la escuela, la ha acompañado a lo largo de su trayectoria profesional y en los distintos retos que ha asumido.
Su historia confirma que el origen no limita los sueños y que la educación puede abrir caminos que muchas veces no imaginamos. Porque para ella, el modelo ENA forma personas capaces de aprender, liderar, convivir, participar y transformar su realidad. Y, sobre todo, porque aquella pequeña escuela le dejó una lección que sigue guiando su manera de trabajar y relacionarse: nunca dejar de aprender a aprender.