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N' ANNIE ERNAUX
Totes les fotos d'aquesta pàgina són propietat i gentilesa de Jacques Sassier/©Gallimard
BIOGRAFIA
En francès
Figure majeure de la littérature contemporaine française, Annie Ernaux est la
première autrice française à se voir décerner le Prix Nobel de littérature, « pour le courage et la précision clinique avec lesquels elle dévoile les racines, l’étrangeté et les limitations collectives de la mémoire personnelle. »
Née le 1er septembre 1940 à Lillebonne, en Seine-Maritime, Annie Ernaux a grandi à Yvetot, en Normandie, où ses parents tenaient un café-épicerie. Devenue agrégée de lettres, elle entre en littérature en 1974 avec Les Armoires vides. Elle a publié depuis de nombreux ouvrages tous marqués par une dimension autobiographique, comme La Place (1983), La Honte (1996), ou Les Années, paru en 2008 et récompensé par plusieurs prix littéraires.
Elle a construit une œuvre qui mêle littérature et sociologie, féminisme et
engagement social. Ses ouvrages évoquent le féminin sous l’angle de la sexualité et de l’intime, pour exprimer ce qui ne se dit pas : avortement clandestin, jouissance, honte de sa famille, règles, accouchement, maladie d’Alzheimer, cancer, etc.
Source : Bibliothèque nationale de France, Annie Ernaux, Bibliographie sélective
Novembre 2022 (adapté)
En català
Annie Ernaux, figura destacada de la literatura contemporània francesa, és la primera autora francesa a rebre el Premi Nobel de Literatura «pel coratge i la precisió clínica amb què revela les arrels, l'estranyesa i les limitacions col·lectives de la memòria personal».
Nascuda l'1 de setembre de 1940 a Lillebonne, Annie Ernaux va créixer a Yvetot, a Normandia, on els seus pares regentaven una cafeteria i botiga de queviures. Després d'obtenir el títol de professora de lletres, va publicar la seva primera obra literària el 1974, titulada Les Armoires vides. Des de llavors ha publicat nombroses obres, totes amb un marcat caràcter autobiogràfic, com La Place (1983), La Honte (1996) o Les Années, publicada el 2008 i guardonada amb diversos premis literaris.
Ha construït una obra que barreja literatura i sociologia, feminisme i
compromís social. Les seves obres evoquen allò femení des del punt de vista de la sexualitat i la intimitat, per expressar el que no es diu: l'avortament clandestí, el plaer, la vergonya de la família, la menstruació, el part, l'Alzheimer, el càncer, etc.
Font: Biblioteca Nacional de França (adaptat)
En castellà
Annie Ernaux, figura destacada de la literatura contemporánea francesa, es la primera autora francesa en recibir el Premio Nobel de Literatura «por el coraje y la precisión clínica con la que revela las raíces, la extrañeza y las limitaciones colectivas de la memoria personal».
Nacida el 1 de septiembre de 1940 en Lillebonne, Annie Ernaux creció en Yvetot, en Normandía, donde sus padres regentaban una cafetería y tienda de comestibles. Tras obtener el título de profesora de letras, publicó en 1974 su primera obra literaria, Les Armoires vides. Desde entonces ha publicado numerosas obras, todas ellas con un marcado carácter autobiográfico, como La Place (1983), La Honte (1996) o Les Années, publicada en 2008 y galardonada con varios premios literarios.
Ha construido una obra que mezcla literatura y sociología, feminismo y
compromiso social. Sus obras evocan lo femenino desde el punto de vista de la sexualidad y la intimidad, para expresar lo que no se dice: el aborto clandestino, el placer, la vergüenza de la familia, la menstruación, el parto, el Alzheimer, el cáncer, etc.
Fuente: Biblioteca Nacional de Francia (adaptado)
Entre d'altres formes de violència contra les dones, n'Annie Ernaux va endinsar-se de manera molt personal sobre el tractament de l'avortament a França als anys 60 del segle XX, com es constata al següent fragment de El acontecimiento (traduit al castellà):
El hecho de que la forma en la que yo viví la experiencia del aborto, la clandestinidad, forme parte del pasado no me parece un motivo válido para que se siga ocultando. La ley, que casi siempre se considera justa, cae en la paradoja de obligar a las antiguas víctimas a callarse porque "todo aquello se acabó", haciendo que lo que sucedió continúe oculto bajo el mismo silencio de entonces. Pero precisamente porque ya no pesa ninguna prohibición sobre el aborto puedo afrontar (dejando de lado el sentido colectivo y las fórmulas necesariamente simplificadas, impuestas por la lucha de los años setenta: "violación de los derechos de las mujeres, etcétera) de forma real este acontecimiento inolvidable.
[...]
Como la mayoría de consultas médicas de los años sesenta, la del médico internista del Boulevard d’Yser, cercana a la Place Beauvoisine, parecía un salón burgués, con alfombras, una biblioteca acristalada y un escritorio de estilo. Me resulta imposible explicar por qué me decidí al final por aquel bonito barrio en el que vivía un diputado de derechas, André Marie. Se había hecho de noche y probablemente no quise volver a mi habitación sin haber intentado nada. Me recibió un médico más bien mayor. Le dije que estaba cansada y que no me bajaba la regla. Después de explorarme con un dedil de goma me dijo que seguramente estaba embarazada. No me atreví a pedirle que me ayudara a abortar, solo le supliqué que hiciera cualquier cosa para que me volviera la regla. No me respondió y, sin mirarme, lanzó la diatriba habitual contra los hombres que abandonan a las mujeres después de haber satisfecho su capricho. Me prescribió ampollas de calcio e inyecciones de estradiol. Solo se ablandó al final, cuando le dije que era estudiante y me preguntó si conocía a Philippe D., hijo de un amigo suyo. Sí, le conocía. Era un chico moreno y con gafas que había estado conmigo en clase de latín durante el primer año de facultad y que al año siguiente se había ido a Caen. Era el típico católico chapado a la antigua. Recuerdo haber pensado que nunca podría haberme quedado embarazada de un chico así. “Es un chico muy amable, ¿no te parece?”, me preguntó sonriendo, y pareció feliz ante mi aprobación. Había olvidado el motivo de mi presencia allí. Cuando me acompañó a la puerta, pareció aliviado. No me dijo que volviera.
Las chicas como yo estropeábamos el día a los médicos. Sin dinero y sin relaciones - de lo contrario no hubiéramos ido a parar a ciegas a sus consultas - les obligábamos a recordar la ley que podía llevarles a la cárcel y prohibirles para siempre el ejercicio de su profesión. No se atrevían a decir la verdad: que no iban a arriesgarse a perderlo todo por la cara bonita de una señorita lo bastante estúpida como para haberse dejado preñar. Aunque quizás hubiera algunos que sinceramente preferirían morir antes que transgredir una ley que dejaba morir a las mujeres. Pero todos debían de pensar que, aunque se nos impidiera abortar, encontraríamos al final una forma de hacerlo. Frente a la perspectiva de una carrera truncada, la imagen de una aguja de hacer punto dentro de una vagina carecía de peso para ellos.