Existe la creencia errónea de que, para hablar bien en público, es necesario poseer una especie de don natural o talento especial que no está al alcance de todo el mundo. Nada más lejos de la verdad. De hecho, ser un buen orador requiere trabajo y constancia, tal y como lo reconoce Rosa Montero en Hincar los codos, un artículo sumamente interesante y clarificador que os invitamos a leer.
En cualquier caso, es conveniente conocer el arte de la oratoria si queremos llegar a ser unos auténticos expertos en este tema.
La estructura general de un discurso oral es común a otros tipos de discurso: introducción o exordio, desarrollo o cuerpo central y conclusión o epílogo. En Enseñar la competencia oral en clase, Montserrat Vilà y Josep M. Castellà (2014, p 62-68) ofrecen unos sencillos consejos y pautas para desarrollar cada una de estas partes:
Introducción o exordio. En la introducción se presenta el tema, se justifica su importancia y se anticipan los apartados de los que se va a hablar, por lo que es conveniente preparar la introducción cuando ya esté elaborado el resto del discurso. Es importante también atraer la atención del público y predisponerlo positivamente para que exista una escucha activa desde el principio. Para conseguirlo, se recomienda mantener en todo momento el contacto visual con el auditorio, hacerle preguntas o contar una anécdota divertida e interesante que suponga una buena entrada.
Desarrollo. En esta parte central del discurso desarrollaremos los argumentos con los que pretendemos convencer al auditorio. En cualquier caso, es conveniente no dar demasiada información (con tres argumentos sería más que suficiente). También es importante jerarquizar las ideas y utilizar conectores de discurso.
Epílogo o conclusión. Si la primera impresión (la exordio) es fundamental, la conclusión lo es aún más: conviene acabar bien y, si es posible, dejar huella en el auditorio. Podemos finalizar, por ejemplo, con un resumen de lo dicho, una cita que refuerce nuestra postura o una interrogación retórica lanzada al público para que reflexione sobre ella. En cualquier caso, lo importante de la conclusión es que se note que lo es. De hecho, un error habitual entre los oradores inexpertos es que finalicen su discurso sin que el auditorio se dé cuenta, lo que les obliga a pronunciar el escueto y triste “Y ya está”.
En definitiva, la estructura del discurso oral se resume en la siguiente oración: “Primero di de qué hablarás; luego, habla; y, para terminar, di de qué estás hablando”.
A la hora de desarrollar los anteriores apartados, es conveniente tener en cuenta los siguientes porcentajes.
Introducción o exordio: 10 % - 15 %.
Desarrollo: 80 % - 85 %.
Epílogo o conclusión: 5 % - 10 %.
Para mantener estas proporciones, es fundamental planificar el tiempo y ensayar de manera sistemática y, si es preciso, cronometrándose.
Cuando realizamos una intervención oral, debemos tener en cuenta diversos aspectos relacionados con la comunicación verbal y no verbal.
Comunicación verbal. La voz y la entonación comunican emoción. El orador experto sabe modular la voz y domina los silencios, mientras que el aprendiz de orador suele recurrir a la recitación casi literal de textos memorizados, sin naturalidad y sin que haya correspondencia entre el contenido del discurso y su entonación. Por lo tanto, de lo que se trata es de conseguir modular la voz, articular con claridad, mantener el volumen adecuado y distribuir de manera acertada las pausas. No es fácil de aprender pero sí es posible. Tan solo es cuestión de tiempo y esfuerzo.
Comunicación no verbal (o kinésica). Es tan importante o más que la comunicación verbal ya que con los gestos solemos comunicar más que con las palabras. De hecho, los errores en la comunicación no verbal pueden llegar incluso a arruinar todo el trabajo previo en la elaboración de nuestro discurso. En el vídeo Comunicación no verbal, el lenguaje silencioso: Barack Obama se ofrecen algunas claves del buen manejo de la comunicación no verbal.
Nuestro propósito, como sabemos, será pronunciar un discurso ante la sede de las Naciones Unidas. Los siguientes vídeos pueden servirnos de referencia y ejemplo para realizar un discurso oral efectivo:
Discurso de la canadiense Severn Suzuki en la cumbre medioambiental encabezada por la ONU que se celebró en 1992 en Río de Janeiro y a la que asistieron presidentes y líderes mundiales. Severn Suzuki Tenía 12 años en aquel momento y, dos años antes, había fundado la Organización Infantil del Medio Ambiente (Environmental Children´s Organization - ECO), centrada en la causa medioambiental.
Discurso de la paquistaní Malala Yousafzai ante la ONU (12 de julio de 2013). Ese mismo día cumplía 16 años. Un año antes había sufrido un atentado talibán que casi acaba con su vida: dos hombres armados le dispararon cuando volvía a su casa. Su delito: defender el derecho de las niñas a ir a la escuela, lo que granjeó el odio de los sectores más extremistas de su país.
Discurso de la actriz británica Emma Watson en la sede de las Naciones Unidas (Nueva York. 20 de septiembre de 2014) presentando el programa HeForShe, creado por ONU mujeres. Tenía 24 años.
Discurso de la sueca Greta Thunberg, de 17 años, en la Cumbre sobre la Acción Climática, convocada por el Secretario General de las Naciones Unidas en Nueva York (23 de septiembre de 2019).
Analizamos los vídeos utilizando como referencia esta plantilla.
Y ahora, ¿nos atrevemos a valorarlos teniendo en cuenta esta escala de apreciación del discurso oral?