Menos agua en el campo y tortillas más pequeñas en el hogar
Reportajes| 17 de septiembre, 2026 | Por: Aisha Chub
Menos agua en el campo y tortillas más pequeñas en el hogar
Reportajes| 17 de septiembre, 2026 | Por: Aisha Chub
María Pérez mira las tortillas que acaba de preparar y sabe que ya no puede hacerlas como antes. No es que quiera reducirlas, ni que sus clientes hayan dejado de gustar de su producto, sino que cada tortilla tiene detrás un costo que también ha aumentado.
En su negocio, el maíz ya no permite mantener el mismo tamaño y el mismo precio. María ha tenido que hacer las tortillas un poco más pequeñas para intentar que el dinero alcance tanto para ella que las vende como para quien las compra.
“Ya no trae cuenta vender tres por un quetzal", explica María. El maíz, el cocimiento, la elaboración y hasta la molienda se han encarecido, y cada aumento termina llegando a sus manos antes de convertirse en una tortilla.
Pero el problema no comenzó en su negocio. Antes de llegar al costal de maíz que María compra, hubo una parcela que necesitó lluvia, una planta que necesitó agua y un agricultor que tuvo que esperar que el cielo hiciera su parte. Y este año, el cielo no respondió.
Las manos de María Pérez en plena jornada. Cada tortilla refleja hoy el peso de la inflación y la escasez de agua en los cultivos. (Foto: Aisha Chub).
María cuenta que el precio del maíz se ha mantenido para ella entre aproximadamente Q290 y Q325, dependiendo del vendedor. Le han dicho que por ahora podría mantenerse en ese nivel, pero, hay una incertidumbre que le preocupa más que el precio de hoy: la cosecha que se está utilizando corresponde al año anterior.
Eso significa que la pregunta no termina en septiembre. María piensa en el próximo año y en lo que ocurrirá si la producción vuelve a ser insuficiente.“Es una cadena”, dice. Y en esa cadena ella ocupa uno de los últimos eslabones, justo antes de que el maíz llegue convertido en alimento a la mesa.
El aumento tampoco se queda únicamente en el maíz. María debe pagar el proceso de preparación y molienda, mientras el gas se convierte en otro de sus principales gastos. Por ahora ha decidido no aumentar nuevamente el precio.
Sin embargo, si el gas vuelve a subir, sabe que tendría que vender dos tortillas por un quetzal, manteniendo el tamaño que tienen actualmente. La decisión parece pequeña, pero no lo es. Para una familia que compra tortillas todos los días, unos centavos pueden convertirse en una diferencia importante al final de la semana.
En otro punto de la ciudad, Johana León también ha empezado a notar que el dinero rinde menos. Es estudiante y cuenta que no solo ha observado aumentos en alimentos como frutas, verduras y huevos, sino también en las tortillas.
Para ella, el cambio es visible en algo tan cotidiano como una compra. Hay productos que cuestan más y las tortillas ahora son más pequeñas, mientras el dinero disponible permanece prácticamente igual.
“Mucho dinero para pocas cosas”, resume Johana. La frase parece sencilla, pero describe la sensación que comienza cuando un aumento deja de ser una cifra y se convierte en una bolsa que regresa a casa con menos alimentos.
Para entender por qué una tortilla puede encogerse, primero hay que regresar al campo. Allí, el maíz no aparece de un día para otro: depende de fechas de siembra, humedad, características del suelo, fertilización, trabajo y, sobre todo, de que el agua llegue en el momento adecuado.
Abner Us, estudiante de Ingeniería Agronómica en Recursos Naturales Renovables y agricultor en Santa Rosa, explica que la siembra tradicional está estrechamente relacionada con el inicio de las lluvias. En condiciones normales, los agricultores pueden aprovechar los primeros meses de la temporada para establecer sus cultivos.
CEDA USAC, Centro Experimental Docente de Agronomía de la Universidad de San Carlos de Guatemala, perteneciente a la Facultad de Agronomía (FAUSAC). En este espacio por falta de un sistema de riego, el maíz no logró producir grano, lo que es una pérdida para los estudiantes. (Foto: Aisha Chub).
Pero cuando el calendario de lluvias cambia, también cambia el calendario del agricultor. Una siembra que esperaba agua puede quedarse esperando.
Abner conoce esa incertidumbre desde dos lugares: el académico y el agrícola. Cuenta que en una manzana de terreno se pueden invertir entre Q500 y Q1,200 únicamente en insumos básicos, además de entre 30 y 50 jornales de trabajo.
Perder una cosecha, por lo tanto, no significa solamente perder maíz. También significa perder semillas, fertilizante, trabajo y el tiempo que una familia destinó a una producción que esperaba recuperar meses después.
Una de las estrategias que menciona Abner es el asocio de cultivos, como maíz y frijol, para aprovechar mejor los recursos disponibles. Pero hay algo que ninguna técnica puede sustituir completamente. El agua.
Abner lo resume de una manera casi elemental: una semilla puede ser mejorada, el suelo puede recibir fertilizante y el agricultor puede recibir asesoría, pero sin agua el cultivo no puede desarrollarse como se espera.
En Santa Rosa, además, instalar riego no siempre resulta rentable para un pequeño productor. Una bomba, mangueras y otros equipos representan una inversión que puede terminar siendo mayor que la ganancia de una parcela pequeña.
Por eso la sequía no afecta a todos de la misma manera. Para una gran explotación, el riego puede ser una herramienta disponible; para un agricultor con una manzana, puede convertirse en una deuda difícil de justificar.
Neftalí Álvarez, ingeniero agrónomo, advierte que no se puede convertir automáticamente un déficit de lluvia en el mismo porcentaje de pérdida de cosecha. El resultado depende del momento en que ocurre la falta de agua, del tipo de suelo, de la variedad utilizada y del manejo del cultivo.
Como ejemplo, explica que una parcela que normalmente produce alrededor de 50 quintales por manzana podría perder entre 8 y 20 quintales si la disponibilidad de agua disminuye durante una etapa crítica. La pérdida puede ser mayor si el déficit coincide con la floración o con el llenado del grano.
La planta también muestra las señales de lo que está ocurriendo. Las hojas pueden enrollarse, aparecer marchitas y la mazorca puede llenarse de manera deficiente, dejando granos más pequeños y con menor peso.
Eso ayuda a entender por qué una sequía termina convirtiéndose en un problema económico. Si producir cuesta más y se obtiene menos, el agricultor enfrenta una presión que puede trasladarse al precio, aunque no siempre pueda hacerlo por completo.
Neftalí señala que cuando un productor necesita riego suplementario aparecen nuevos gastos: combustible, electricidad, bombeo, mantenimiento, transporte del agua y mano de obra. El agua que antes llegaba del cielo ahora debe buscarse, trasladarse y pagarse.
Sistema de riego por aspersores, CEDA USAC. Por medio de este sistema las hortalizas sembradas en ese terreno, retienen mejor la húmedad. Usan este tipo de riego por la falta de lluvias. (Foto: Aisha Chub).
El suelo también guarda memoria de la falta de lluvia. Después de permanecer seco durante mucho tiempo puede compactarse y perder capacidad de infiltración, de modo que cuando finalmente llega una lluvia intensa, parte del agua puede correr sobre la superficie en lugar de penetrar.
La cobertura vegetal, los rastrojos, la materia orgánica, las curvas a nivel y otras prácticas pueden ayudar a conservar la humedad. Neftalí también menciona alternativas como el riego por goteo, la cosecha de agua y las variedades tolerantes al estrés hídrico, aunque reconoce que la inversión inicial puede ser una barrera para los pequeños productores.
El problema, entonces, no consiste únicamente en esperar que llueva. También consiste en preparar el suelo para que, cuando el agua llegue, pueda quedarse el mayor tiempo posible.
El Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología -INSIVUMEH- había advertido desde abril que el comportamiento climático de 2026 sería atípico. Sus proyecciones señalaban posibles déficits de precipitación especialmente durante junio, julio y agosto, además de una canícula que podía prolongarse según la región.
En agosto, el panorama se volvió más concreto. El INSIVUMEH reportó déficits de lluvia de 29% en las regiones del Pacífico y Altiplano Central y de 17% en Occidente, con Santa Rosa entre los departamentos señalados por mayores déficits en el período analizado.
La información diaria del instituto muestra, además, una sucesión considerable de días sin lluvia en distintas estaciones durante la temporada lluviosa. En Santa Rosa, por ejemplo, varias estaciones registraron más días sin precipitación que días con lluvia durante el período monitoreado.
No es necesario que una persona conozca una cifra meteorológica para sentir sus consecuencias. Basta con mirar una planta que no creció, un pozo que tarda más en recuperarse o una tortilla que ahora tiene que hacerse un poco más pequeña.
El fenómeno de El Niño forma parte de esta historia, aunque no debe confundirse con una explicación única de todo lo ocurrido. El propio INSIVUMEH ha señalado la transición hacia condiciones de El Niño y mantiene un monitoreo permanente de las variables atmosféricas y oceánicas.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura - FAO- explica que en América Central, especialmente en el Corredor Seco, El Niño suele asociarse con condiciones secas entre junio y diciembre, período que puede afectar tanto el cierre de la primera temporada agrícola como el desempeño de la segunda cosecha.
El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático -IPCC-, en su evaluación regional para Centroamérica, también señala que los cambios en la precipitación y las temperaturas extremas ya están afectando la producción agrícola, especialmente la agricultura de subsistencia que depende de la lluvia. El organismo advierte además sobre riesgos para la seguridad alimentaria y sobre una creciente presión sobre la disponibilidad de agua.
El Centro de Estudios Ambientales y Biodiversidad -CEAB-UVG-, por ejemplo, desarrolla investigación relacionada con adaptación al cambio climático, pequeños agricultores, agua y manejo de recursos naturales. Sus investigaciones sobre el futuro hídrico de Guatemala también advierten sobre cambios en la disponibilidad y distribución del agua.
Por eso, lo que ocurre en una parcela no puede separarse completamente de lo que ocurre en el resto del territorio. El clima cambia las condiciones del campo, el campo cambia la disponibilidad de alimentos y esa disponibilidad termina llegando al mercado. Y el mercado vuelve a tocar la puerta de las familias.
José García vive en Cuilapa, Santa Rosa, siembra maíz y frijol. Este año esperaba que su parcela creciera lo suficiente para alimentar a su familia, pero la lluvia no llegó como necesitaba.
La semilla y el fertilizante estaban disponibles. El problema fue otro. “El MAGA nos proporcionó semillas y abono, teníamos la materia prima, pero lo que nos falló fue la lluvia”, relata José.
La frase contiene una de las contradicciones más fuertes de esta historia. Un agricultor puede recibir insumos y aun así perder la cosecha si el agua que necesita el cultivo no aparece.
La evaluación rápida de Oxfam sobre el fenómeno de El Niño en Centroamérica documentó esa misma dificultad a una escala mucho mayor. En Guatemala, 36,431 hogares reportaron pérdidas de maíz como cultivo principal y 80.7% de esos hogares se ubicó en el rango de pérdida de entre 75% y 100%.
El mismo estudio registró una reducción del acceso al agua por red domiciliaria en 42.8% de los hogares guatemaltecos evaluados. También encontró un incremento de 11.9% en el precio del maíz entre julio-agosto de 2025 y julio-agosto de 2026 dentro del monitoreo de mercados utilizado por la evaluación.
Los datos no describen a cada familia del país, pero sí permiten observar un patrón. Cuando se pierde producción y disminuye el acceso al agua, la dependencia del mercado aumenta precisamente en el momento en que los precios ejercen mayor presión.
Ahí aparece Dakota Guarco. Como madre soltera y afectada por el aumento de distintos alimentos de la canasta básica, explica que Q100 ya no le permiten comprar lo que antes. El dinero que alguna vez alcanzaba para varias necesidades ahora puede irse rápidamente entre huevos, frijoles y otros productos básicos.
La angustia no está solamente en pagar más. Está en decidir qué dejar para después. Dakota cuenta que la respuesta familiar ha sido economizar y comer con lo que hay. No se trata de comprar menos porque se quiera, sino porque el dinero tiene un límite.
El Instituto Nacional de Estadística -INE- permite poner esa sensación en cifras. Para agosto de 2026, el costo mensual per cápita de la Canasta Básica Alimentaria era de Q950 en el área urbana y Q734.16 en el área rural, mientras la Canasta Ampliada urbana alcanzaba Q2,299.95 por persona.
En el Mercado Central de Guatemala, un vendedor que pidió mantener su identidad en reserva describe la situación desde el otro lado del mostrador. Dice que ha tenido que aumentar un poco algunos precios porque prácticamente todo ha subido.
Entre esos productos está el maíz. El vendedor no habla de meteorología ni de modelos climáticos. Habla de costos.
Es una explicación sencilla que ayuda a cerrar el recorrido del producto: si al agricultor le cuesta más producir, si hay menos cosecha y si el abastecimiento disponible es menor, el comerciante recibe el producto con una presión que también debe administrar.
Eso no significa que cada aumento tenga una sola causa. Los precios también dependen de la oferta, la demanda, el transporte, los costos de producción y las condiciones del mercado.
Álvarez precisamente advierte que el productor no siempre puede trasladar todos sus costos al consumidor. Si existe suficiente oferta, el mercado puede mantener precios bajos aunque producir haya costado más. La dificultad aparece cuando la oferta también se reduce.
Entonces la tortilla de María deja de ser solamente una tortilla. Se convierte en el último paso de una cadena que empezó con una semilla y terminó atravesada por el agua, el clima, el trabajo, el combustible, el mercado y el presupuesto de una familia.
La irregularidad en el régimen de lluvias alteró el calendario agrícola, dejando a cientos de productores sin el agua necesaria para completar sus cosechas. (Foto de archivo: Aisha Chub).
La Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres -CONRED-, ha seguido la situación desde el sistema nacional de respuesta y ha llamado a proteger el agua y los cultivos ante las condiciones de variabilidad climática. El pasado 11 de septiembre declaró Alerta Anaranjada Nacional y señaló la necesidad de fortalecer el monitoreo y la atención frente a la pérdida de cultivos y la inseguridad alimentaria.
La institución también trabaja con INSIVUMEH, MAGA, SESAN y otras entidades en acciones anticipatorias. La lógica es sencilla: si se puede conocer antes el riesgo, algunas medidas pueden comenzar antes de que el daño sea mayor.
La Secretaría de Seguridad Alimentaria y Nutricional -SESAN-, por su parte, ha incorporado la situación dentro de la respuesta nacional ante la sequía. El 11 de septiembre informó que el Consejo Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional -CONASAN-, conoció un Plan Nacional de Respuesta ante la Emergencia por Sequía, elaborado conjuntamente por MAGA, MIDES, SESAN y CONRED.
La emergencia tampoco puede medirse únicamente con una fotografía. La ministra de Agricultura, María Fernanda Rivera, explicó el 16 de septiembre que el impacto de la sequía debía observarse durante varios meses, porque los daños aparecen y se acumulan con el tiempo.
Rivera explicó que el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación –MAGA– utiliza imágenes satelitales para estimar daños en la vegetación y cruzarlos con mapas de cultivos. También recibe reportes cada ocho días de las coordinadoras municipales y contrasta esa información con datos satelitales y visitas de campo.
En el reporte número nueve mencionado por la ministra aparecían 226,773 familias y 48,727 hectáreas afectadas. La propia ministra advirtió que esas cifras continuarán cambiando conforme aparecieran nuevos daños.
Para María Fernanda Rivera, una de las respuestas pasa por aumentar la disponibilidad de maíz. La ministra señaló que se esperaba la salida de cosechas provenientes principalmente de Petén y de la Franja Transversal del Norte, regiones consideradas de menor riesgo climático y con mayor productividad.
También informó sobre un contingente de importación de maíz blanco de 50,000 toneladas, del cual, según su declaración del 7 de septiembre, unas 7,000 toneladas ya habían sido utilizadas y alrededor de 43,000 permanecían disponibles. En otra declaración, mencionó una disponibilidad de 45,000 toneladas métricas, por lo que ambas cifras deben entenderse como declaraciones hechas en momentos distintos y no como una sola cifra consolidada.
La expectativa expresada por la ministra es que el ingreso de producto importado y la salida de las nuevas cosechas aumenten la oferta y contribuyan a reducir la presión sobre los precios. No es una garantía sobre el precio que finalmente pagará cada consumidor, pero sí constituye una de las medidas planteadas por el Gobierno para aumentar el abastecimiento.
El MAGA también ha señalado que mantiene asistencia alimentaria durante el año y que esta se intensifica durante el período de mayor necesidad. A ello se suman contingentes para granos básicos y las llamadas ferias del agricultor, destinadas a acercar productores y consumidores.
La cartera informó que durante septiembre se programaron ferias en distintos departamentos, entre ellos San Marcos, Totonicapán, El Progreso, Alta Verapaz, Jutiapa, Quiché y Zacapa. La intención expresada por el ministerio es facilitar la compra directa al productor y favorecer precios para la canasta básica.
Pero la respuesta no se queda solamente en llevar más maíz al mercado. El Plan Institucional de Respuesta del MAGA está activo desde marzo de 2026 e incorpora información sobre precipitación, temperatura, humedad del suelo y pronósticos estacionales para orientar decisiones agrícolas.
Entre las medidas contempladas están la planificación de las siembras según los pronósticos, conservación de suelo y agua, sistemas de riego y variedades tolerantes al déficit hídrico. Son medidas que intentan responder no solamente al daño de esta temporada, sino a la posibilidad de que la variabilidad climática continúe presionando al sector agrícola.
El MAGA monitorea los daños en los cultivos y lidera el plan de respuesta ante el déficit de precipitaciones que afecta a miles de familias guatemaltecas.Instalaciones del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación (MAGA), institución que ejecuta acciones como contingentes de importación de maíz y ferias del agricultor para mitigar el impacto de la sequía. (Foto: Aisha Chub).
El ministro de Desarrollo Social, Abelardo Pinto, explicó a través de una conferencia de prensa el 16 de septiembre que el presidente Bernardo Arévalo instruyó a SESAN, MAGA, CONRED y MIDES para elaborar un plan de respuesta con cuatro etapas y cinco grandes ejes. Según Pinto, el objetivo incluye atender a las familias más afectadas y preparar acciones para la recuperación productiva, el agua y la resiliencia comunitaria.
El plan, por tanto, se mueve entre dos tiempos. Uno es el presente, donde hay familias que necesitan alimentos y agricultores que ya perdieron parte de sus cosechas; el otro es el futuro, donde se intenta reducir el impacto de la próxima sequía antes de que llegue.
Al final de esta historia siempre aparece María. Ella no habla de El Niño, de modelos climáticos ni de imágenes satelitales. Habla de su producto: las tortillas.
Por ahora, las hace un poco más pequeñas porque todavía intenta que el precio no suba más. Por otro lado, algunos clientes aceptan el cambio y otros prefieren marcharse.
En esa pequeña diferencia de tamaño se encuentra una parte de la historia de Guatemala en 2026. Una historia en la que la falta de lluvia puede viajar desde una parcela de Santa Rosa hasta un mercado, y desde ese mercado hasta la mesa de una familia.
José esperaba una cosecha para alimentar a los suyos. Abner observa cómo los agricultores intentan producir con menos agua. Neftalí explica qué ocurre dentro de una planta cuando el suelo deja de ofrecer la humedad que necesita.
Johana ve cómo su dinero compra menos. Dakota intenta estirar Q100 que ya no alcanzan como antes. Un vendedor de mercado aumenta un poco sus precios porque también recibe productos más caros. Y María sigue haciendo tortillas.
La lluvia no está bajo el control de María, ni de José, ni de quien compra las tortillas. Pero sí existen decisiones que pueden hacer que una comunidad llegue mejor preparada a la próxima temporada: conservar agua, proteger el suelo, mejorar los sistemas de producción, anticipar los riesgos y acercar la información a quienes trabajan la tierra.
Porque el agua que falta también enseña dónde están las grietas. Y si esas grietas se conocen a tiempo, todavía existe la posibilidad de repararlas. La esperanza, esta vez, no llega en forma de promesa. Llega en la posibilidad de que la próxima lluvia.
El maíz blanco, grano básico de la dieta guatemalteca, ha registrado incrementos en su precio que rondan entre Q290 y Q325 por quintal debido a la reducción en las cosechas. El encarecimiento del maíz blanco en los mercados locales presiona los costos de producción en las tortillerías y reduce el poder adquisitivo de los hogares. (Foto: Aisha Chub)
Reportaje| 17 de septiembre, 2026 | Por: Aisha Chub