Te Invito A Descubrir Un Capítulo De Nuestra Historia En El Castillo
¡Hola, soy Amparo Ferreira! Hoy quiero compartir contigo una parte de nuestra historia. Te llevaré a El Castillo, en el Meta, donde he vivido la mayor parte de mi vida. Este lugar, en el corazón de Alto Ariari, es más que un mapa, es el hogar de valientes colonizadores y tierras fértiles que alimentan a nuestro país.
Cultivando Esperanza en Ariari
Todo comenzó con familias que huyeron de la Violencia entre liberales y conservadores. Llegaron a Ariari buscando paz y prosperidad. En los años 60 y 70, familias de Huila, Tolima, Cauca, Valle del Cauca, y más, encontraron en los Llanos un nuevo comienzo. Cultivaron arroz, maíz, caña, plátano y yuca. La tierra nos unía y nos daba de comer. Durante un tiempo, reinó la paz y el respeto.
Pero la historia tomó un giro. A finales de los 70, las FARC llegaron y El Castillo fue marcado como "zona roja". Nuestra comunidad, vinculada con el Sindicato Agrícola, ahora Sintragrim, y el Partido Comunista Colombiano, fue injustamente estigmatizada. La década de los 80 trajo más desafíos. La estigmatización creció y con ella la persecución. La presencia de esmeralderos y narcotraficantes, como los del Cartel de Medellín, cambió todo. El paramilitarismo se arraigó en nuestra tierra, trayendo violencia y miedo.
El Baile Rojo: La Tragedia de la UP
En este contexto, el gobierno y las FARC intentaron dialogar. Los Acuerdos de La Uribe en 1984 dieron esperanza, y se creó la Unión Patriótica (UP). Este partido buscaba dar voz a los marginados, pero la esperanza fue breve. La violencia política se intensificó, y lo que siguió fue una época de terror y tristeza: el genocidio de la UP, conocido como "El baile rojo". Operaciones militares, masacres y persecuciones marcaron nuestra historia.
Caño Sibao, un lugar que debería ser solo un punto en el mapa, se convirtió en un símbolo del dolor y la pérdida para nuestra comunidad. Aquí, en la vía que nos une con Granada, ocurrieron cosas que nunca deberían haber sucedido. Recuerdo aquel 3 de julio de 1988, una fecha grabada en mi memoria. Ese día, 17 de nuestros vecinos, amigos, gente con la que crecí, fueron brutalmente asesinados. Los paramilitares, vestidos como civiles y financiados por gente poderosa como Víctor Carranza, con apoyo de algunos en el Ejército, atacaron nuestro vehículo con granadas y fusiles. Aquello no fue solo un ataque; fue una declaración de terror
María Mercedes Méndez
Pero eso no fue todo. El 3 de junio de 1992, otra tragedia sacudió nuestras vidas en Caño Sibao. Ese día perdimos a líderes de nuestra comunidad, incluida María Mercedes Méndez, nuestra alcaldesa. Ella, junto con William Ocampo Castaño, Rosa Peña Rodríguez, Ernesto Sarralde y Armando Sandoval, todos miembros de la Unión Patriótica, fueron cruelmente asesinados. Fue un golpe que resonó en cada rincón de El Castillo, llevándose una parte de nuestra alma. María Mercedes, alcaldesa entre 1990 y 1992, era más que una líder política. Era una fuente de inspiración, una voz para los que no tenían voz. Ella luchó incansablemente por nuestros derechos y por la paz. Me acuerdo de la "Gran cumbre de reconciliación y consolidación de la paz del Ariari", donde logró lo impensable: reunir a guerrilleros y paramilitares y hacerles firmar un pacto de paz. Por un momento, nos permitió soñar con un futuro diferente, un futuro sin violencia.
En 1997, con la unificación de los paramilitares en las AUC por Carlos Castaño, el miedo y la incertidumbre se intensificaron en nuestro país. Como víctima de esta época, recuerdo el exterminio contra la Unión Patriótica y cómo la violencia inundó nuestras calles. Nosotros, las comunidades afectadas, nos vimos forzados a organizar éxodos en busca de seguridad y respeto, dirigiéndonos a lugares como Villavicencio. A pesar de nuestra lucha y resistencia, el conflicto armado continuaba implacablemente.
Los Diálogos del Caguán
Con la llegada del nuevo siglo y los Diálogos del Caguán, esperábamos paz, pero en cambio, enfrentamos un conflicto armado aún más intenso. Nuestra comunidad, ya marcada por estigmas y persecución, sufrió desplazamientos forzados, homicidios, desapariciones y ejecuciones extrajudiciales. La violencia se convirtió en parte de nuestra cotidianidad. Los Diálogos se rompieron en 2002, desatando "la retoma del Caguán", una intensa operación militar y paramilitar en la zona de distensión, conocida como Operación Tánatos.
Desde 2005, aunque el conflicto armado persistía, su intensidad disminuyó. Los daños eran profundos, pero nuestra comunidad se unió para reconstruir. La comunidad desplazada de las zonas veredales regresó, para formar CIVIPAZ, una zona humanitaria. Nos organizamos para legalizarnos y ganar reconocimiento, enfrentando no solo la violencia, sino también la desaparición, la tortura y los asesinatos. Regresar significó vencer el miedo y reconstruir nuestras vidas en nuestras tierras.
CIVIPAZ
recursos. Buscamos apoyo del gobierno, pero nos ignoraron, así que recurrimos a ayuda internacional. Solicitamos acompañamiento de instituciones civiles, pero solo nos ofrecieron apoyo militar, que rechazamos. A pesar de esto, en El Castillo hemos seguido construyendo paz y esperanza, participando activamente en política por nuestros derechos y un futuro mejor.
En las sombras de la violencia que una vez envolvió nuestra región, nosotros, como familiares de las víctimas, nos hemos unido para reconstruir y sanar. Tras la devastación, regresamos a nuestras tierras con el firme propósito de tramitar nuestro dolor y denunciar los horrores vividos. Nuestros esfuerzos no solo buscan exponer las consecuencias y los daños sufridos, sino también encontrar una manera de procesar colectivamente nuestra pérdida.
Entre las iniciativas de reparación, hemos emprendido peregrinaciones y encuentros comunitarios, espacios donde compartimos nuestras historias y experiencias. Es en estos momentos de unión donde encontramos la fuerza para seguir adelante. Además, hemos dado vida a monumentos significativos como la Casa de la Memoria y el Parque de la Memoria en la zona urbana. Estos lugares se han convertido en símbolos tangibles de nuestro viaje hacia la sanación y el recuerdo.
En veredas como Miravalles, La Esmeralda, Puerto Esperanza y CIVIPAZ, también hemos erigido varios monumentos de memorialización. Cada uno de estos espacios representa un recordatorio de nuestro pasado, un homenaje a los que perdimos y un compromiso con un futuro de paz. Estos actos de memoria colectiva son cruciales para nosotros, proporcionando un lugar para recordar y un impulso para reconstruir nuestras vidas y nuestra comunidad desde las cenizas de la tragedia.