La Sección 8.2 es sobre la ruptura del modelo económico que había sostenido el "milagro" puertorriqueño. Es una historia de ambición desmedida, choques globales externos y el doloroso despertar a una nueva realidad de estancamiento y dependencia.
Imaginen que su videojuego favorito cambia las reglas de repente y ya no pueden ganar, sin importar cuánto se esfuercen. Algo así le pasó a Puerto Rico en la década de 1970. Después de años de éxito con fábricas de ropa, el gobierno hizo una apuesta gigante para construir una industria basada en el petróleo, pensando que traería riquezas. Pero el plan falló y trajo una época muy dura.
1. La Gran Apuesta por las Petroquímicas (El plan que falló)
Cuando las fábricas sencillas empezaron a irse de la isla, el gobierno decidió convertir la costa sur (pueblos como Guayanilla y Peñuelas) en un centro industrial gigante. La idea era traer petróleo barato, refinarlo y venderlo caro. Llenaron la costa de tuberías y chimeneas futuristas. Pero cometieron un error de cálculo: estas máquinas gigantes costaban millones, pero no necesitaban mucha gente para operarlas. Generaron mucha contaminación, pero muy pocos empleos para los puertorriqueños.
2. El "Terremoto" Mundial del Petróleo
Todo el plan de Puerto Rico dependía de que el petróleo fuera barato (unos $2 el barril). Pero en 1973, estalló una guerra en Medio Oriente y los países dueños del petróleo (la OPEP) se enojaron con Occidente. Dejaron de vender petróleo y subieron los precios exageradamente. De la noche a la mañana, el "combustible" de la economía de Puerto Rico se volvió impagable, paralizando la isla.
3. La "Navidad a Oscuras" y la Estanflación
La crisis fue tan grave que la electricidad subió de precio al triple y mucha gente no podía pagarla. En 1973, el gobierno tuvo que prohibir encender las luces de Navidad para ahorrar energía; fue una Navidad triste y oscura. Además, surgió un monstruo económico llamado "Estanflación": una mezcla terrible donde no había empleos (estancamiento) pero los precios de la comida y la gasolina subían sin parar (inflación).
4. El Salvavidas de los Cupones
Con las fábricas cerrando y la gente sin dinero para comer, hubo miedo de una crisis de hambre. En 1974, el gobierno de Estados Unidos envió un "salvavidas": el Programa de Cupones de Alimentos. Casi la mitad de la isla empezó a usar estos cupones de papel para hacer la compra en el supermercado. Esto salvó a muchas familias del hambre, pero cambió la cultura de Puerto Rico, creando una dependencia de las ayudas federales que dura hasta hoy.
Piensen en la economía de Puerto Rico de esa época como un auto de carreras lujoso que el gobierno construyó.
El auto era muy moderno (las petroquímicas), pero tenía un defecto: solo funcionaba con una gasolina especial importada (el petróleo extranjero).
Mientras la gasolina fue barata, el auto corrió bien. Pero un día, el dueño de la gasolinera (la OPEP) subió el precio un 400% de golpe.
El auto se quedó sin gasolina y se detuvo en medio de la carretera. El conductor (Puerto Rico) se quedó estancado sin poder moverse.
Al final, tuvo que venir una grúa (los Cupones de Alimentos federales) a remolcar el auto para que los pasajeros pudieran sobrevivir y llegar a su destino, aunque ya no pudieran correr por su cuenta como antes.
A veces, los proyectos más grandiosos de una nación se derrumban por una sola falla estructural, un punto ciego en el plan que nadie vio venir. Esa es la historia de Puerto Rico a finales de la década de 1960 y principios de los 70. El exitoso modelo económico de "Manos a la Obra", basado en fábricas textiles, se agotaba. En una apuesta audaz y desesperada, el gobierno decidió dar un salto mortal: transformar la isla de un centro de manufactura ligera a un titán de la industria petroquímica pesada. El plan prometía una modernidad deslumbrante y empleos de alta tecnología. Sin embargo, toda esta estructura multimillonaria se construyó sobre cimientos de barro (o, en este caso, de petróleo barato). Un solo evento al otro lado del mundo la hizo estallar, hundiendo la economía de la isla en una década de caos. De ese colapso surgieron tres lecciones sorprendentes que cambiaron a Puerto Rico para siempre y que hoy parecen olvidadas.
El gobierno apostó el futuro de la isla a una segunda fase de industrialización. La estrategia era transformar la bucólica costa sur en un corredor industrial global, atrayendo gigantescas refinerías de petróleo. Donde antes se mecían los cañaverales, se levantaron paisajes de ciencia ficción: torres de destilación humeantes, laberintos de tuberías y esferas gigantescas de almacenamiento de gas. Se vendió al público la promesa de miles de empleos modernos y bien pagados que asegurarían la prosperidad para una nueva generación.
Pero pronto se reveló una costosa ilusión óptica económica. El plan ignoró una diferencia fundamental: la industria textil era mano de obra-intensiva, requiriendo miles de trabajadores para operar. En cambio, la industria petroquímica es capital-intensiva: exige inversiones multimillonarias en maquinaria automatizada, pero necesita muy pocos humanos para supervisarla. Mientras las refinerías inflaban las estadísticas del Producto Bruto de la isla, la riqueza se quedaba en el papel y no se traducía en empleos masivos para la gente.
El complejo de la Commonwealth Oil Refining Company (CORCO) en Peñuelas fue el símbolo visual de esta nueva era y sus costos ocultos. Era tan inmenso que consumía más electricidad que toda la ciudad de San Juan, y sus mecheros de gas iluminaban el cielo nocturno como un sol anaranjado perpetuo. Pero junto a este espectáculo de poder industrial llegó una pesadilla ambiental: el aire se llenó de un olor químico dulzón y nocivo, y las descargas tóxicas devastaron la vida marina. Era un coloso que ofrecía un retorno mínimo en empleos a cambio de un altísimo precio ecológico.
La lección fue dolorosa: las cifras macroeconómicas de crecimiento no siempre son sinónimo de prosperidad comunitaria. Es posible construir una economía que luce rica en los informes, pero que deja a la mayoría de la gente fuera de la ecuación y contamina su entorno.
Toda la estrategia petroquímica de Puerto Rico se construyó sobre una única y frágil suposición: el acceso permanente a petróleo extranjero barato, que en ese entonces costaba entre 2 y 3 dólares por barril. La isla no tenía recursos propios; su modelo dependía al 100% de esta materia prima importada para alimentar tanto a las nuevas refinerías como a las plantas que generaban toda su electricidad.
En octubre de 1973, esa suposición se hizo añicos. La Guerra de Yom Kippur en Medio Oriente llevó a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) a imponer un embargo contra Estados Unidos y sus aliados. El precio del petróleo se cuadruplicó casi de la noche a la mañana. Para Puerto Rico, el impacto fue un paro cardíaco económico. Las refinerías, diseñadas para operar con crudo barato, se volvieron instantáneamente deficitarias, cancelando expansiones y comenzando despidos masivos.
Cualquier esperanza de recuperación se desvaneció en 1979. La Revolución Islámica en Irán provocó un segundo pánico petrolero mundial que volvió a disparar los precios. Este segundo golpe fue el tiro de gracia para el modelo petroquímico. Las grandes refinerías, que llevaban años tambaleándose, comenzaron a cerrar sus puertas para siempre, dejando un legado de desempleo y ruinas industriales.
La crisis llegó de forma tangible a cada hogar. El gobierno, temiendo un apagón general por la falta de combustible para las generatrices, tomó una medida drástica que quedó grabada en la memoria colectiva: la "Navidad a oscuras" de 1973. Se prohibió por orden ejecutiva el uso de luces navideñas decorativas en toda la isla para conservar cada gota de petróleo posible. Este hecho demostró la extrema vulnerabilidad de un sistema energético totalmente dependiente.
La lección fue profunda y amarga. Dos conflictos geopolíticos a miles de kilómetros de distancia podían, literalmente, apagar el interruptor de la economía de la isla, demostrando los peligros mortales de construir un modelo de desarrollo sin soberanía sobre sus recursos energéticos.
Con el motor petroquímico fundido y las viejas fábricas textiles cerrando, Puerto Rico se hundió en la "estanflación": la combinación tóxica de una economía estancada con un desempleo que superaba el 20% y, al mismo tiempo, una inflación galopante que disparaba el precio de los alimentos y la gasolina. En ese momento, la promesa fundamental del Puerto Rico moderno se quebró. El modelo de Muñoz Marín —que el trabajo esforzado en la manufactura era el camino seguro para salir de la pobreza— se había roto.
Para evitar una crisis humanitaria a gran escala, el gobierno de Estados Unidos extendió el Programa de Cupones de Alimentos a Puerto Rico en 1974. La intervención no tuvo precedentes. Fue un cambio social tan profundo como la propia industrialización, un salvavidas lanzado a una economía que se ahogaba.
La escala de esta ayuda fue asombrosa. En su punto más alto, cerca del 60% de toda la población de Puerto Rico recibía cupones de alimentos para sobrevivir. Esta proporción era inmensamente superior a la de cualquier estado de la unión americana, convirtiendo la dependencia de esta ayuda en una experiencia casi universal para una generación entera.
Aunque el programa fue un éxito rotundo en prevenir la desnutrición masiva, sus consecuencias a largo plazo fueron complejas y polémicas. La isla pasó de una economía centrada en la producción a una cada vez más dependiente de las transferencias federales. Esto desató un intenso debate sobre la "cultura del mantengo" y si la ayuda, al garantizar un mínimo vital, desincentivaba la búsqueda de empleo formal, dando inicio a una nueva era de dependencia estructural.
Quizás la figura más trágica de esta crisis fue Teodoro Moscoso, el visionario arquitecto del milagro económico original de "Manos a la Obra". En los años 70, en medio del caos, fue llamado de su retiro para que volviera a dirigir la economía y salvara el barco. Pero el genio que una vez había movido los hilos del desarrollo se encontró impotente ante fuerzas globales externas que no podía controlar.
En un momento de brutal honestidad, cuando se le preguntó sobre el rumbo de la economía en medio de la tormenta, el viejo capitán del progreso puertorriqueño confesó la dolorosa nueva realidad de la isla:
"El timón no responde".
Esa frase encapsuló la nueva realidad: el colapso del sueño petroquímico no fue solo una crisis económica, sino el momento en que Puerto Rico descubrió los límites de su control sobre su propio destino.
¿Qué lecciones de esta década olvidada siguen resonando en los debates económicos de Puerto Rico hoy?
Dejamos atrás el terremoto político del '68 para adentrarnos en una crisis igual de profunda, pero de carácter económico. Si la Sección 8.1 fue sobre la ruptura del consenso político, la Sección 8.2 es sobre la ruptura del modelo económico que había sostenido el "milagro" puertorriqueño. Es una historia de ambición desmedida, choques globales externos y el doloroso despertar a una nueva realidad de estancamiento y dependencia.
Durante las décadas de 1950 y 1960, "Manos a la Obra" transformó a Puerto Rico mediante la manufactura ligera (textiles, ensamblaje). Pero hacia finales de los 60, ese modelo empezó a mostrar signos de agotamiento: los salarios subían y las fábricas comenzaban a irse a países más baratos. El gobierno, buscando desesperadamente una segunda etapa para el "milagro económico", hizo una apuesta gigantesca y arriesgada: transformar la isla en un centro mundial de industria pesada basado en el petróleo.
Esta sección narra el auge y la caída espectacular de ese sueño petroquímico. Imaginaron una costa sur llena de refinerías que traerían empleos bien pagados y riqueza. Sin embargo, toda la estrategia se basaba en una premisa frágil: que el petróleo extranjero seguiría siendo barato para siempre.
Exploraremos cómo, en 1973, eventos geopolíticos al otro lado del mundo (la guerra en Medio Oriente y el embargo de la OPEP) destrozaron esa premisa, paralizando la economía de Puerto Rico casi de la noche a la mañana.
Finalmente, examinaremos la sombría realidad económica que definió el resto de la década de 1970. Fue una época marcada por un fenómeno nuevo y devastador llamado "estanflación" (estancamiento económico más inflación alta), el cierre masivo de industrias y la llegada de un nuevo salvavidas federal —el Programa de Cupones de Alimentos— que cambió para siempre la estructura social y la mentalidad de la isla, marcando el inicio de una profunda dependencia de las ayudas federales directas para la supervivencia diaria de casi la mitad de la población.
Al finalizar esta sección, podrás:
Analizar la estrategia gubernamental detrás del impulso a la industria petroquímica como la supuesta "segunda fase" del desarrollo económico de Puerto Rico, y evaluar por qué fracasó en cumplir sus promesas de empleo.
Explicar el impacto devastador de las crisis petroleras globales de 1973 y 1979 (provocadas por la OPEP) sobre un modelo económico puertorriqueño que dependía al 100% del petróleo importado barato.
Definir el concepto económico de "estanflación" y examinar cómo la crisis de los 70 transformó la sociedad puertorriqueña, llevando a la implementación masiva del Programa de Cupones de Alimentos como mecanismo de supervivencia.
Comenzaremos estudiando la gran apuesta fallida (Subsección 8.2.1), detallando el plan para llenar la costa sur de refinerías, las promesas incumplidas de empleo masivo y el legado de contaminación ambiental. Luego, analizaremos el choque global (Subsección 8.2.2), enfocándonos en cómo los embargos petroleros de la OPEP en 1973 y 1979 destruyeron la base del modelo económico de la isla. Finalmente, examinaremos la vida bajo la "estanflación" (Subsección 8.2.3), describiendo la dolorosa combinación de alto desempleo y precios disparados, y cómo la llegada de los Cupones de Alimentos se convirtió en el nuevo pilar de la economía doméstica para miles de familias.
Esta subsección es fundamental para entender cómo Puerto Rico pasó de ser el "vitral de la democracia" con crecimiento constante, a una economía vulnerable y estancada. Es la historia de un plan ambicioso que salió terriblemente mal porque sus cimientos eran de barro (o, en este caso, de petróleo barato).
Hacia finales de la década de 1960, el motor económico que había sacado a Puerto Rico de la pobreza extrema, conocido como "Manos a la Obra", comenzó a toser y perder fuerza. La primera fase de la industrialización se había basado en la manufactura ligera —fábricas de ropa y ensamblaje sencillo— que funcionaba con el "combustible" de la mano de obra barata.
Paradójicamente, el éxito del modelo fue su propia ruina. A medida que los puertorriqueños lograban mejores salarios y el nivel de vida subía, la isla dejó de ser la "ganga" del Caribe para los inversionistas. Esas fábricas nómadas levantaron vuelo y se mudaron a países con salarios de miseria. El gobierno se enfrentó a una crisis existencial: ¿qué hacer cuando el modelo de éxito se agota?
El Sueño del Oro Negro
La respuesta del gobierno, iniciada bajo Sánchez Vilella y acelerada por la administración Ferré, fue una apuesta de "todo o nada" por una segunda fase de industrialización. La idea era transformar a Puerto Rico en un titán mundial de la industria pesada, utilizando el petróleo como base.
La estrategia era audaz. Puerto Rico aprovecharía su relación única con EE.UU. para importar petróleo crudo extranjero (principalmente de Venezuela y Medio Oriente, que entonces costaba apenas $2 el barril) sin pagar las cuotas que aplicaban en el continente. Aquí se refinaría ese "oro negro" y se venderían la gasolina y los productos químicos al mercado estadounidense con ganancias astronómicas. Para atraer estas inversiones faraónicas, el gobierno ofreció un cóctel irresistible de exenciones contributivas casi totales y la construcción de puertos y plantas eléctricas masivas a expensas del erario público.
La transformación física fue brutal. La bucólica costa sur, especialmente los municipios de Guayanilla, Peñuelas y Yabucoa, fue reconfigurada. Donde antes mecían los cañaverales, se levantaron paisajes de ciencia ficción: torres de destilación humeantes, laberintos de tuberías y esferas gigantescas de almacenamiento de gas. Complejos como la Sun Oil en Yabucoa y la titánica Commonwealth Oil Refining Company (CORCO) en Guayanilla se convirtieron en las nuevas catedrales de la economía.
Una Ilusión Óptica Económica
El gobierno vendió este proyecto al pueblo como la llegada definitiva a la modernidad, prometiendo miles de empleos bien remunerados. Sin embargo, esta promesa resultó ser una costosa ilusión óptica basada en un error de cálculo fundamental sobre la naturaleza de esta industria.
El problema era estructural: la industria petroquímica es capital-intensiva, no mano de obra-intensiva. Se invirtieron miles de millones en maquinaria automatizada compleja, pero estas bestias de metal requerían muy pocos seres humanos para operarlas.
El resultado fue decepcionante y doloroso. Mientras las refinerías inflaban artificialmente las estadísticas del Producto Bruto de la isla con sus ganancias, apenas creaban los empleos masivos necesarios para sustituir a los que se perdían en la manufactura ligera y la agricultura moribunda. Puerto Rico estaba generando una riqueza inmensa en el papel, pero esa riqueza no se traducía en nóminas para la gente común.
El Costo Oscuro del Progreso
Además del fracaso en la creación de empleos, el sueño petroquímico trajo consigo una pesadilla ambiental. En una época de regulaciones laxas, la costa sur pagó el precio del "progreso".
El aire se llenó de un olor químico dulzón y nocivo. Las chimeneas y mecheros lanzaban humo constante, y las bahías de Guayanilla y Yabucoa sufrieron el impacto de descargas tóxicas y derrames que devastaron la pesca local y los ecosistemas marinos.
Hacia 1972, Puerto Rico parecía un gigante industrial. Pero era un gigante con pies de barro. Todo ese andamiaje de acero y miles de millones de dólares dependía de una sola premisa frágil: que el petróleo extranjero seguiría siendo barato para siempre. Nadie en la isla imaginaba que, al otro lado del mundo, esa premisa estaba a punto de estallar.
Esta es la clave para entender el fracaso laboral de esta etapa.
Industria Mano de Obra-Intensiva: (Ej. Textiles). Necesita poca maquinaria costosa, pero miles de trabajadores para coser o ensamblar. Genera muchos empleos con salarios bajos.
Industria Capital-Intensiva: (Ej. Petroquímicas). Requiere inversiones multimillonarias en tecnología y maquinaria gigantesca, pero muy pocos trabajadores altamente especializados para vigilar el proceso. Genera inmensa riqueza para los dueños, pero muy pocos empleos.
El complejo de la CORCO en la costa sur llegó a ser tan inmenso que, por sí solo, consumía más electricidad que toda la ciudad de San Juan. Sus mecheros de seguridad, quemando gas sobrante las 24 horas, iluminaban el cielo nocturno de Peñuelas y Guayanilla con un resplandor anaranjado perpetuo, convirtiéndose en un símbolo visual de la nueva era industrial y sus costos ambientales.
La crisis petrolera de 1973 fue tan grave que el gobierno de Puerto Rico tuvo que, literalmente, "apagar" la Navidad.
Ante el miedo real de que las plantas generatrices se quedaran sin combustible y la isla entera colapsara en un apagón general, el gobernador Rafael Hernández Colón firmó una orden ejecutiva prohibiendo el encendido de luces navideñas decorativas en todos los hogares y negocios del país. Además, se prohibió el uso de letreros lumínicos comerciales y anuncios de neón después de las 10:00 p.m. para ahorrar cada gota de petróleo posible. Fue una "Navidad a oscuras" que ningún puertorriqueño de esa generación olvidó.
La Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) es un organismo internacional fundado en 1960 por los principales productores de crudo (como Arabia Saudita, Irán, Irak y Venezuela) para coordinar políticas y controlar los precios del petróleo en el mercado mundial. En la década de 1970, funcionó como un cartel: un grupo de empresas o países que se ponen de acuerdo para limitar la oferta de un producto y así forzar la subida de sus precios, maximizando sus ganancias a costa de los consumidores.
Para entender el impacto en la vida diaria: antes de la crisis de 1973, el galón de gasolina en Puerto Rico costaba alrededor de 30 centavos. Tras los shocks petroleros de la década, el precio se disparó por encima de $1.00 por galón. Puede parecer poco hoy, pero significó un aumento de más del 200% en el costo de transporte para las familias en un periodo muy corto, sin que los salarios subieran a la misma velocidad.
La crisis petrolera de 1973 fue tan grave que el gobierno de Puerto Rico tuvo que, literalmente, "apagar" la Navidad.
Ante el miedo real de que las plantas generatrices se quedaran sin combustible y la isla entera colapsara en un apagón general, el gobernador Rafael Hernández Colón firmó una orden ejecutiva prohibiendo el encendido de luces navideñas decorativas en todos los hogares y negocios del país. Además, se prohibió el uso de letreros lumínicos comerciales y anuncios de neón después de las 10:00 p.m. para ahorrar cada gota de petróleo posible. Fue una "Navidad a oscuras" que ningún puertorriqueño de esa generación olvidó.
Si la subsección anterior fue sobre el ambicioso plan interno de Puerto Rico, esta trata sobre el violento choque con la realidad externa. Es el momento dramático en que decisiones geopolíticas tomadas a miles de millas de distancia, en los desiertos de Medio Oriente, apagaron el motor económico de la isla, demostrando dolorosamente la fragilidad de una economía diseñada sobre la base de la dependencia total.
En octubre de 1973, mientras Puerto Rico seguía apostando su futuro a los gigantes petroquímicos de la costa sur, un terremoto geopolítico al otro lado del planeta sacudió los cimientos de la economía mundial y, de paso, estranguló el modelo de desarrollo de la isla.
La premisa fundamental sobre la que se había construido toda la segunda fase de la industrialización puertorriqueña —que el petróleo siempre sería abundante y barato— se evaporó casi de la noche a la mañana.
El detonante fue la Guerra de Yom Kippur en Medio Oriente, un conflicto que enfrentó a Israel contra una coalición de países árabes. En respuesta al apoyo de Occidente a Israel, los países productores de petróleo, organizados bajo la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), decidieron utilizar el "oro negro" como un arma política y económica.
Los miembros árabes de la OPEP impusieron un embargo petrolero contra Estados Unidos y sus aliados, recortando drásticamente la producción. El efecto en el mercado global fue inmediato y devastador: el precio del barril de petróleo se cuadruplicó en cuestión de meses, pasando de unos $3 a casi $12.
El mundo industrializado entró en pánico, pero pocos lugares eran tan vulnerables como Puerto Rico. La isla tenía una "adicción fatal" al petróleo importado. No solo era la materia prima indispensable para las refinerías de Guayanilla y Yabucoa, sino que también era la fuente de casi el 100% de la energía eléctrica que movía al país y la gasolina que movía sus automóviles.
El impacto del embargo de 1973 en Puerto Rico fue similar a un paro cardíaco económico.
El sueño petroquímico se convirtió instantáneamente en una pesadilla financiera. Las gigantescas refinerías como la CORCO, que habían sido diseñadas para operar con petróleo de $2 el barril, de repente vieron sus costos operativos dispararse a niveles insostenibles. Ya no era rentable importar crudo caro para refinarlo en la isla. Las operaciones comenzaron a reducirse drásticamente, los planes de expansión se cancelaron y comenzaron los despidos masivos en la costa sur.
Para el ciudadano común y los demás negocios, el golpe llegó a través de la factura de energía. La Autoridad de Energía Eléctrica (AEE), que quemaba petróleo para generar electricidad, tuvo que pasar el aumento brutal de costos a los consumidores a través de una nueva y temida cláusula en la factura: el "ajuste por combustible". Las cuentas de luz se duplicaron y triplicaron, asfixiando los presupuestos familiares y llevando a la quiebra a cientos de pequeños comercios que no podían pagar la energía para operar.
Cualquier esperanza de que la crisis del 73 fuera un evento pasajero se desvaneció a finales de la década. En 1979, la Revolución Islámica en Irán provocó un segundo pánico petrolero mundial. Los precios del barril volvieron a dispararse, superando los $30.
Este segundo golpe fue el tiro de gracia para el modelo petroquímico de Puerto Rico. Las grandes refinerías, que llevaban años tambaleándose, comenzaron a cerrar sus puertas definitivamente, dejando atrás infraestructuras oxidadas, desempleo crónico en la región sur y una deuda ambiental tóxica.
Hacia 1980, la realidad era innegable: el mito del crecimiento económico perpetuo de Puerto Rico había muerto. La isla, sin recursos naturales propios y con una dependencia energética total del exterior, descubrió dolorosamente su fragilidad en el nuevo orden económico global.
Hemos visto cómo el sueño petroquímico se derrumbó y cómo los choques petroleros externos paralizaron el motor de la isla. Esta subsección explora la dolorosa "resaca" de esos eventos. Es la crónica de una década perdida, donde los puertorriqueños se enfrentaron a un fenómeno económico desconocido que combinaba lo peor de dos mundos. Veremos cómo, ante el colapso del empleo industrial como vía de ascenso social, surgió un nuevo y masivo salvavidas federal que redefiniría para siempre la relación entre el trabajo, la supervivencia y el Estado en Puerto Rico.
Tras el primer shock petrolero de 1973, la economía de Puerto Rico entró en una espiral descendente que duraría casi una década. Lo que vivieron las familias puertorriqueñas en esos años no fue una recesión normal; fue una tormenta perfecta conocida por los economistas como "estanflación".
Este era un fenómeno nuevo y aterrador. Según las teorías económicas tradicionales, no debería ocurrir: se supone que cuando hay alto desempleo, los precios bajan porque la gente no tiene dinero para comprar. Pero en los años 70, sucedió lo imposible: la economía se estancó y el desempleo se disparó (llegando a superar el 20% oficialmente, y mucho más en realidad), mientras que, simultáneamente, los precios de todo —desde el pan y la leche hasta la gasolina y la luz— subían sin control debido a la inflación global del petróleo.
Para el trabajador promedio, esto significaba estar atrapado en una pinza mortal: cada vez era más difícil conseguir un empleo, y el poco dinero que se conseguía compraba cada vez menos cosas. El sueño de movilidad social de los años 50 y 60 se congeló.
La crisis aceleró la desindustrialización. Las fábricas de "Manos a la Obra" que quedaban, golpeadas por los altos costos de energía y los aumentos en el salario mínimo federal, cerraron por cientos. Las petroquímicas, que debían ser el relevo, estaban moribundas.
El modelo de Muñoz Marín —que el trabajo esforzado en la manufactura era el camino seguro para salir de la pobreza— se había roto. Miles de padres y madres de familia, dispuestos a trabajar, se encontraron de repente "sobrantes" en una economía que ya no los necesitaba. El hambre y la desesperación comenzaron a acechar a las clases trabajadoras y a los pobres rurales con una intensidad que no se veía desde la década de 1930.
Ante el peligro real de una crisis humanitaria y un estallido social en una colonia clave de Estados Unidos durante la Guerra Fría, Washington actuó. En 1974, el Congreso extendió a Puerto Rico el Programa de Cupones de Alimentos (Food Stamps).
La llegada de los cupones fue un evento transformador, quizás el cambio social más profundo desde la reforma agraria. Casi de la noche a la mañana, más de la mitad de la población de la isla comenzó a recibir mensualmente unas libretas con cupones de colores que funcionaban como una segunda moneda para comprar comida.
El alivio fue inmediato. Los índices de desnutrición severa cayeron drásticamente y el comercio de alimentos floreció. Para miles de familias que vivían al borde de la miseria debido al colapso industrial, los cupones fueron, literalmente, un salvavidas.
Sin embargo, la implementación masiva y permanente de este programa tuvo consecuencias profundas y controversiales a largo plazo. Puerto Rico pasó de una economía basada en la producción a una economía crecientemente dependiente de las transferencias federales directas para la supervivencia diaria.
Esto generó un cambio cultural complejo. Surgió un intenso debate sobre la "cultura del mantengo". Críticos argumentaban que los cupones, al garantizar la supervivencia mínima, desincentivaban la búsqueda de empleo formal, especialmente cuando los salarios que ofrecían las pocas fábricas disponibles eran apenas superiores al valor de las ayudas federales.
Muchos puertorriqueños optaron por una estrategia de supervivencia híbrida: depender de los cupones para lo básico y complementar los ingresos en la "economía informal" o "chiripeo" (trabajos por cuenta propia no reportados al gobierno). Hacia 1980, Puerto Rico había evitado la hambruna, pero a costa de entrar en una nueva era de dependencia estructural de la que sería muy difícil salir.
Es un término económico que combina "estancamiento" e "inflación". Describe una situación económica tóxica donde ocurren tres cosas malas a la vez:
El crecimiento económico se detiene o cae (estancamiento).
El desempleo aumenta drásticamente.
Los precios de los bienes y servicios suben rápidamente (inflación alta).
Es el peor escenario posible para los ciudadanos, ya que pierden sus empleos al mismo tiempo que el costo de la vida se dispara.
Para entender la magnitud del cambio social: pocos años después de la introducción de los Cupones de Alimentos en 1974, cerca del 60% de toda la población de Puerto Rico calificaba y recibía esta ayuda federal. En ningún estado de los Estados Unidos la proporción de la población dependiente de este programa se acercaba siquiera a esa cifra. El cupón se convirtió en una experiencia universal para la mayoría de los puertorriqueños de esa generación.
Antes de que existiera la moderna tarjeta electrónica (conocida hoy como la "Tarjeta de la Familia"), los Cupones de Alimentos eran, literalmente, libretas de papel.
Desde su llegada en 1974 y durante casi tres décadas, los beneficiarios tenían que hacer filas en bancos o centros de distribución para recoger físicamente unas libretas que contenían cupones de diferentes colores y valores (similares a billetes de juguete). Al pagar en el supermercado, el cajero tenía que arrancar los cupones de la libreta. Como estaba prohibido por ley federal dar cambio en efectivo real si sobraba dinero de un cupón, las tiendas tenían que usar unas fichas especiales de cartón o plástico (llamadas "change") o monedas de un centavo para devolver el cambio exacto
Si Luis Muñoz Marín fue el alma política del Puerto Rico moderno, Teodoro Moscoso fue su cerebro económico. Conocido universalmente como el padre de "Manos a la Obra", Moscoso fue el visionario que en las décadas de 1940 y 1950 diseñó la estrategia de atraer fábricas estadounidenses mediante exenciones contributivas, transformando una isla agraria pobre en una potencia industrial del Caribe.
Durante los años dorados del crecimiento, Moscoso fue celebrado como un genio tecnócrata. Luego, pasó a la escena internacional como embajador de EE.UU. en Venezuela y coordinador de la Alianza para el Progreso del presidente Kennedy.
Sin embargo, su capítulo más difícil llegaría en la década de 1970. Cuando la economía de Puerto Rico comenzó a hacer agua tras el primer embargo petrolero de 1973, el nuevo gobernador Rafael Hernández Colón, desesperado, llamó a Moscoso de su retiro. Le pidió que volviera a dirigir la Administración de Fomento Económico (la agencia que él mismo había creado) para intentar salvar el barco.
Moscoso aceptó por deber patriótico, pero se encontró con una pesadilla. El mundo había cambiado. Las fábricas ligeras que él había traído se estaban yendo por los altos salarios, y la apuesta por las petroquímicas se había convertido en una trampa mortal debido a los precios del petróleo.
La figura de Moscoso en esta sección es trágica. El hombre que creía fervientemente en la capacidad de Puerto Rico para controlar su destino económico a través de la industrialización, se vio obligado a admitir una derrota dolorosa ante fuerzas globales externas.
En un momento de franqueza brutal durante la crisis de mediados de los 70, Moscoso pronunció una frase que definió el sentimiento de toda una generación de líderes puertorriqueños que veían cómo su proyecto de vida se estancaba. Al ser cuestionado sobre el rumbo de la economía de la isla bajo la tormenta inflacionaria y petrolera, el viejo capitán de la industria confesó con amargura: "El timón no responde".
Esa frase encapsuló la nueva realidad de la década de 1970: Puerto Rico había entrado en una era de vulnerabilidad donde las decisiones cruciales sobre su bienestar ya no se tomaban en San Juan, sino en las sedes de la OPEP en Viena o en las oficinas federales de bienestar social en Washington.
1. Industria Petroquímica:
Sector de la industria pesada dedicado a refinar petróleo crudo para producir combustibles (gasolina) y materias primas químicas (plásticos, fertilizantes). A finales de los años 60, el gobierno de Puerto Rico apostó por este sector como la "segunda fase" de su desarrollo económico, construyendo gigantescos complejos en la costa sur (como CORCO y Sun Oil) que eventualmente fracasaron por depender de petróleo barato.
2. Capital-Intensivo:
Término económico que describe industrias que requieren inversiones multimillonarias en maquinaria compleja, tecnología y plantas físicas, pero que emplean a muy pocos trabajadores humanos para operar. Es el concepto clave para entender por qué las petroquímicas, aunque generaban mucha riqueza en papel, no crearon los miles de empleos que el gobierno había prometido, a diferencia de las fábricas de ropa anteriores (que eran "mano de obra-intensivas").
3. OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo):
Un cartel internacional formado por los principales países productores de crudo (como Arabia Saudita, Irán y Venezuela) que se coordinan para controlar la producción y manipular los precios del petróleo en el mercado mundial. Sus decisiones políticas en la década de 1970 desencadenaron las crisis que estrangularon la economía de Puerto Rico.
4. Embargo Petrolero (Crisis del '73):
La acción drástica tomada en octubre de 1973 por los miembros árabes de la OPEP, quienes cortaron el suministro de petróleo a Estados Unidos y sus aliados como represalia política por la guerra en Medio Oriente. Esto provocó que el precio del petróleo se cuadruplicara mundialmente casi de la noche a la mañana, paralizando el modelo económico de Puerto Rico que dependía totalmente del crudo importado barato.
5. Estanflación (Stagflation):
Un fenómeno económico destructivo y poco común que definió la década de 1970, caracterizado por la ocurrencia simultánea de tres problemas: estancamiento económico (poco o ningún crecimiento), alto desempleo e inflación alta (aumento rápido y descontrolado de los precios de bienes y servicios).
6. Programa de Cupones de Alimentos (Food Stamps):
Programa de asistencia federal de EE.UU. extendido a Puerto Rico en 1974 como respuesta de emergencia a la crisis económica y el hambre creciente. Provee fondos a familias de bajos ingresos exclusivamente para la compra de alimentos. Su implementación masiva transformó la estructura social de la isla, convirtiéndose en un salvavidas crucial tras el colapso del empleo industrial, pero también generando debates sobre la dependencia económica.
La crisis económica de los años 70 transformó a Puerto Rico, pero a menudo se recuerdan las consecuencias sin entender las causas reales. Aquí aclaramos dos de los malentendidos más comunes sobre el fin del sueño industrial y el inicio de la era de los cupones.
Mito 1: El plan de las petroquímicas en el sur iba de maravilla y estaba creando miles de empleos, hasta que los países árabes de la OPEP "por mala fe" subieron el precio del petróleo y lo arruinaron todo.
¡La Realidad! La crisis de la OPEP fue el tiro de gracia, pero el modelo ya estaba herido de muerte desde el principio. La industria petroquímica es "capital-intensiva", lo que significa que usa máquinas gigantescas y automatizadas, pero necesita muy pocos empleados humanos. Incluso antes de la crisis del 73, estas refinerías generaban ganancias millonarias pero nunca cumplieron la promesa de crear los empleos masivos necesarios para reemplazar a los que se estaban perdiendo en las fábricas de ropa. Fue una ilusión de progreso sin empleos.
Mito 2: Los Cupones de Alimentos llegaron en 1974 porque la gente se había vuelto vaga y prefería vivir del "mantengo" en lugar de trabajar en las fábricas.
¡La Realidad! Los cupones llegaron como un salvavidas humanitario de emergencia ante un colapso económico brutal que Washington temía causara un estallido social. La combinación de "estanflación" (precios altísimos con desempleo récord) y el cierre masivo de industrias significó que miles de padres y madres de familia, dispuestos a trabajar, se quedaron sin opciones. No fue que la gente abandonó el trabajo; fue que el modelo económico industrial abandonó a la gente.
La crisis económica de la década de 1970 no fue solo un mal momento pasajero; fue una ruptura estructural que redefinió cómo funciona Puerto Rico y cómo vive su gente hasta el día de hoy.
Tómate un momento para pensar en el colapso del sueño industrial y la llegada de la economía de la dependencia, y considera las siguientes preguntas:
La trampa de la dependencia energética:
La sección narra cómo Puerto Rico quedó paralizado casi instantáneamente en 1973 porque todo su modelo económico dependía de una sola cosa que no controlaba: el petróleo extranjero barato. Cuando decisiones tomadas al otro lado del mundo (por la OPEP) cambiaron el precio, la isla no tuvo defensa. Al mirar al Puerto Rico de hoy, ¿cuánto hemos superado esa vulnerabilidad? ¿Seguimos dependiendo excesivamente de fuentes de energía o recursos externos sobre los que no tenemos control?
Riqueza en papel vs. Empleos reales:
El gobierno apostó miles de millones a las petroquímicas porque generaban números impresionantes de producción y ganancias ("capital-intensivas"), pero olvidó que generaban muy pocos empleos para la gente común. Esto creó una desconexión entre el crecimiento económico y el bienestar social. Al pensar en el desarrollo económico futuro de la isla, ¿qué debería ser la prioridad: atraer industrias que generen grandes ganancias y estadísticas impresionantes, o industrias que quizás sean menos "glamorosas" pero que ofrezcan empleo masivo a la población?
El dilema del salvavidas federal:
La llegada de los Cupones de Alimentos en 1974 fue una necesidad humanitaria urgente porque el mercado laboral industrial había colapsado, dejando a miles sin sustento. Sin embargo, se convirtió en una muleta permanente. ¿Cómo crees que cambia la mentalidad y la cultura de trabajo de una sociedad cuando, durante generaciones, una gran parte de la población sabe que su supervivencia básica está garantizada por transferencias federales, independientemente de si hay empleos disponibles o no? ¿Es justo criticar la "dependencia" si el sistema económico no ofrece oportunidades de trabajo digno?
El Escenario:
Es enero de 1974. Eres el principal asesor económico del Gobernador en La Fortaleza. El ambiente es de pánico total.
El embargo de la OPEP ha cuadruplicado el precio del petróleo. Las grandes refinerías del sur (CORCO, Sun Oil) acaban de avisar que están paralizando operaciones y despedirán a miles de trabajadores porque ya no es rentable operar. Simultáneamente, el precio de la gasolina y la luz se ha triplicado para la gente común.
Te enfrentas al monstruo de la "Estanflación": el desempleo está subiendo disparado al mismo tiempo que los precios de todo están por las nubes. La gente empieza a pasar hambre.
Tu Misión:
El Gobernador te mira y te dice: "Dame una solución AHORA MISMO para evitar un estallido social. No me importan los costos a largo plazo, necesito que la gente coma y que la isla no se apague hoy".
Tienes tres opciones sobre la mesa, todas son difíciles y tienen consecuencias negativas graves. Debes elegir la "menos mala" y justificar tu decisión.
Lee las opciones y marca TU decisión:
[ OPCIÓN A: La Ruta del Sacrificio (Austeridad Extrema) ]
El Plan: Aumentar drásticamente los impuestos a la gasolina y la electricidad para obligar a la población a consumir mucho menos energía a la fuerza. Implementar racionamiento de luz rotativo (apagones programados) para salvar las reservas de petróleo.
El Riesgo: La gente, que ya está sufriendo por la inflación, se empobrecerá aún más. Es probable que haya protestas masivas y huelgas contra el gobierno por el costo de vida.
[ OPCIÓN B: El Rescate Industrial (Subsidio a las Petroquímicas) ]
El Plan: Usar todo el dinero que le queda al gobierno (y tomar préstamos masivos) para pagarle la diferencia del costo del petróleo a las refinerías privadas (CORCO, etc.) para que no cierren y mantengan los empleos.
El Riesgo: Endeudará al país por décadas. Es básicamente regalar dinero público a empresas extranjeras ricas. Si el precio del petróleo no baja pronto, el país quebrará de todos modos, pero más tarde.
[ OPCIÓN C: El S.O.S. a Washington (La Vía de la Dependencia) ]
El Plan: Admitir que la economía local colapsó y no puede generar empleos. Viajar de emergencia a Washington D.C. para rogarle al Congreso que extienda inmediatamente el programa de Cupones de Alimentos a toda la isla para evitar la hambruna.
El Riesgo: Alivia el hambre inmediata, pero admite el fracaso total del modelo industrial "Manos a la Obra". Inicia una era de dependencia masiva y permanente de fondos federales para la supervivencia básica, cambiando la cultura de trabajo para siempre.
JUSTIFICACIÓN AL GOBERNADOR:
Señor Gobernador, he elegido la Opción ______ porque... (Explica en 2-3 oraciones por qué crees que esta es la única alternativa viable para evitar el caos inmediato en 1974, a pesar de sus consecuencias negativas a largo plazo).