Imagina entrar a clases todos los días con miedo. Miedo a las risas que no son contigo, sino de ti. Miedo a las miradas que juzgan, a los mensajes que hieren más que los golpes. El acoso escolar no siempre deja marcas visibles, pero va desgastando por dentro. No es solo un juego ni una broma. Es una herida silenciosa que puede acompañar a alguien toda la vida. Antes de reírte, excluir o señalar, pregúntate: ¿y si fueras tú? A veces, una palabra puede hundir, pero también puede salvar. La elección está en tus manos.