Autora: ViviDeBinnie || Fecha de creación: 01 de marzo del 2025
Autora: ViviDeBinnie || Fecha de creación: 01 de marzo del 2025
El dulce timbre de la camioneta de leche alertaba a todas las madres, recién casadas y amas de casa que era hora de salir, sacar las botellas vacías y esperar a ser cambiadas por Seungmin con leche fresca. Seungmin era el nuevo repartidor de leche en la vecindad. Apenas pudo reemplazar a su padre luego de treinta años de labor ininterrumpida y ahora estaba en una ardua tarea de aprenderse todos los caminos por sí mismo en busca de cumplir con su nuevo estilo de vida.
A diferencia de su padre, Seungmin era un chico muy inexperto. Por lo que cada vez que una chica o señora le decía algo que no tuviera que ver con su trabajo, simplemente no entendía y se iba con una sonrisa torpe que desconcertaba a las mujeres. Por lo que todas quedaban encantadas con su entrega a tiempo, pero molestas por no tener nada más.
Corría verano de mil novecientos cincuenta cuando le fue asignado aquella nueva urbanización que se levantaba de la nada. Él se había encargado de calles que pagaban solo dos o tres centavos por una sola botella de leche, ahora estaría manejando por calles que pedirían cajas completas con el fin de satisfacer sus necesidades.
A partir de ese día Seungmin se tenía que levantar día tras día, de noche, para subir entre quince o veinte cajones de leche entera a su vehículo. Esfuerzo que nunca había hecho antes y poco a poco le pasaba factura en su joven cuerpo, y para bien, ya que había generado cierto atractivo en su físico y personalidad.
Todas las chicas empezaban a mirar al joven pelinegro con más codicia e intenciones de probar su mente “inocente”. Los esposos no se sentían cómodos sabiendo que un chico como él pasaba por sus casas como si nada, pero Seungmin le restaba importancia. Él estaba seguro de que hacía su trabajo.
Un día como cualquier otro, al detenerse en la calle de los perdidos ciento cuarenta y tres, notó que había una casa que empezaba a llenarse de muebles. Siempre la vio vacía hasta ahora. Y se enfocó en una pareja joven que miraba entusiasmada lo que parecía ser su nuevo hogar. Sin embargo, Seungmin no pudo ver más al sentir la mano de una de las chicas que esperaba su llegada para cambiar su botella de leche vacía, por lo que siguió su labor como si nada.
Día tras día, Seungmin veía cosas nuevas entrar a ese hogar y, eran cosas muy lujosas para la época. Sentía bastante curiosidad por quienes vivían ahí.
La oportunidad de conocerlos llegó en un domingo primero de julio, cuando una lluvia matutina no pronosticada cubrió las calles de aquella ciudadela. Vio una chica de frondoso vestido amarillo hasta las rodillas y guantes blancos perla correr despavorida con algo sobre su cabeza. Él no te vio por la tempestad hasta estar a pocos metros y tú no mediste que la camioneta de Seungmin iba directo hacia ti hasta que las luces te enfocaron.
Seungmin logró frenar, pero tuvo que desviarse por la cercanía, quedando así su pequeña camioneta contra un poster de luz y con una chica pidiéndole todas las disculpas posibles.
Tú: ¡Lo siento! Lo siento, lo siento tanto. Es mi culpa. Debí mirar a los lados antes de cruzar.
Seungmin: No pasa nada, lo importante es que usted esté bien. Solo… —Observa su camioneta con aquel leve humo en la parte delantera a pesar de la ligera lluvia y suspira—. Solo será llamar al mecánico.
Tú: ¿Y tú trabajo? ¿No es con ella que llevas las botellas de leche a las casas? —Él no dice nada e ignora de cierta manera la pregunta porque era muy obvia la respuesta—. Oh, cielos… Llamaré a mi esposo para que responda por esto, lamento tanto esta situación. ¿Cuánto debería costar reparar su vehículo?
Seungmin: Oh, no, no. No se preocupe por eso, yo me encargo.
Tú: Pero fue mi culpa. Ahora deberá llamar a alguien para remolcarlo.
Seungmin: Tranquila, no es nada.
Tú: Pero-…
Seungmin: Señorita, usted no tiene de qué preocu-… —Los ojos de Seungmin buscaron los tuyos y… fue justo en ese momento que todo se fue a la mierda. El pequeño bolso amarillo de diamantes falsos que estaba en tus manos cayó en la acera. Y Seungmin, por alguna razón, no escuchó nada más que no fuera el retumbar de su corazón.
No dejaba de llover con suavidad en las calles y esto, para él, podría ser un milagro porque las gotas de agua te hacían pestañear con suavidad al ladear la cabeza lentamente. Se contemplaban de una forma sublime, era como si por primera vez vieran a alguien igual que el otro.
Lo único que sacó el trance que colgaba en ambos fue la bocina de un auto lujoso que pasaba por allí, ambos miraron y notaron que era uno de los vecinos de alrededor. Para ser más específicos, Hwang Hyunjin, el magnate de los medios de comunicación, que se había mudado con su esposa no menos de cinco semanas atrás.
Hyunjin: Dios… ¿Qué acaba de pasar? —Abrió su paraguas negro para salir de su auto de cuero blanco y encerado tan intenso al punto de que las gotas parecían rebotar de este—. Seungmin, ¿estás bien? ¿Fue grave?
Seungmin: Para nada, señor Hwang. Solo fue un pequeño desvío. Nada grave.
Hyunjin: ¿Qué ha hecho esta vez, señora “Caos”? —Seungmin levantó una ceja al escuchar la forma de hablarle y solo pudo notar la mirada acusatoria del hombre. De tu lado, tus ojos estaban en el piso con un sonrojo poco iluminado por el farol de la avenida.
Tú: Discúlpeme, señor Hwang. Iba para la iglesia, pero olvidé mi paraguas en la casa, me devolví para arreglarme y buscarlo, cuando crucé la calle sin mirar a los lados y no vi el auto del señor… —Lo miras en expectativa de su nombre, Seungmin solo sonríe con cortesía.
Seungmin: Me llamo Seungmin, solo Seungmin.
Tú: Seungmin… —Sonríes lentamente—. Que agradable nombre. —Se quedaron mirándose por un par de segundos más hasta que pestañeaste para llevar tus ojos nuevamente a Hyunjin—. Como le decía. Seungmin estaba conduciendo y me pudo ver a tiempo, por eso no pasó a mayores.
El más alto de los tres suspira al mirar al cielo, con una frustración que parecía repetitiva y que lo tenía más que agotado.
Hyunjin: Vas a dejar a tu esposo en banca rota a este paso, pequeña. —De nuevo te avergonzaste y miraste tus zapatos de tacón blanco que ahora estaban totalmente salpicados de lodo y agua—. ¿La semana pasada qué fue? ¿La maceta en la cabeza del señor Jisung?
Tú: Eso fue hace dos semanas, señor Hwang. —Juegas con tus dedos—. Después de…
Hyunjin: ¿Después de…?
Tú: Después del accidente cuando intenté ayudar a Felix con sus girasoles… —Susurras lo último con más pena al sentir la mirada de Seungmin en tu persona.
Seungmin sabía la historia, recuerda haber llegado a repartir las botellas de leche cuando vio el jardín de Lee Yong-Bok, aquel que cuidaba con tanto esmero y era la envidia de todos, arruinado por una podadora que pareció volverse loca y arrasar con todo a su paso, dejando marcas de lodo hasta por las paredes. Todo lo supo de la misma voz de un herido Felix, que agonizaba en lágrimas viendo sus pequeñas petunias y rosas hechos trizas. Y ni hablar de su mayor orgullo, sus girasoles.
Ahora Seungmin te miraba… diferente. No como la señora de aquella casa que apenas conocía, con aquel dulce vestido costoso y el cabello empapado por la lluvia, con sus guantes blancos siendo retirados y su rostro apenado. Seungmin ahora veía un agente del caos en potencia. Y, algo que no sabían sus clientes, aquellos que lo veían como un ejemplo a seguir por ser un joven muy dedicado, es que a Seungmin…
…le encantaba el caos.
Hyunjin te llevó a tu casa bajo su paraguas para que no te empaparas más de lo que estabas. Seungmin quiso empezar a procesar los arreglos de su camioneta al pensar en un mecánico que estuviera cerca a esa hora, o un teléfono público para llamar a uno. Todo quedó con una mirada que se daban a la distancia mientras se alejaban. Pero no sin antes haber dejado caer un guante, un guante blanco que Seungmin no pasó desapercibido y que fue a buscarlo cuando te vio entrar a tu hogar junto con la despedida del auto de Hyunjin.
Él lo vio por un largo momento en su mano, lo acarició para sentir la delicada tonalidad de la tela húmeda entre sus dedos. Lo llevó con suavidad a su nariz y, a discreción olió tu aroma, aquella combinación de un suave perfume a cremoso de vainilla y caramelo. Se sintió mareado, intrigado y, sobre todo… deseoso por volverte a ver.
Llegó el siguiente día y la camioneta de Seungmin seguía en reparación, por lo que tuvo que pedir a su empresa otra camioneta mientras la de él seguía en taller, esto causó que muchas personas no reconocieran la tonada de su nuevo vehículo y, por ende, a esperar con insistencia hasta que salieran y lo vieran, se retrasó en muchos de los pedidos.
Estuvo llegando por primera vez tarde a aquella calle que tanto quería, el sol apenas se visualizaba y eso desconcertó a los residentes de aquel lugar. Muchas de las amas de casa se lo hicieron saber y esto hirió profundamente a Seungmin, quizás no lo parecía, pero parte de su orgullo era que nunca había llegado tarde.
Luego recordó lo del guante y sintió que nada de su trabajo importaba ahora, debía volverte a ver de una manera u otra. Aquella zona geográfica era la última a la que él entregaba, por lo que dejaría de último tu casa con el fin de verte más tiempo y, quizás, entablar una conversación. ¿Estaría tu esposo ahí? ¿Qué debería hacer si es él el que abre la puerta en vez de ti? Tragó grueso al meditar esto y subir a su vehículo para colocarlo frente a tu puerta.
Inconscientemente se arregló su traje blanco con los tirantes que atravesaban su torso, acomodó su gorro limpio sobre su cabeza, tomó algo que había guardado especialmente para ti y bajó con intensiones de parecer todo menos las cosas que se imaginaba desde que te conoció la madrugada anterior.
Tocó el timbre al atravesar el bello jardín y estar frente a la puerta, los segundos pasaron y no hubo respuesta.
¿Acaso no estarías en casa?
Era lunes por la mañana, no tendría sentido que siguieran dormidos o que la señora de la casa saliera tan temprano para compromisos. Tocó por segunda vez y ahora sí sintió que alguien se removió dentro de la casa, otra vez se organizó y practicó una sonrisa tranquila mientras los pasos se acercaban.
Seungmin: Muy buenos días, señora. Estoy-… —Se quedó congelado en su lugar cuando terminaste de abrir la puerta. Sostuvo con fuerza la botella de aquel producto que quería regalarte sin dejar de mover sus ojos por todos los detalles de tu ser.
Podíamos empezar con que estabas despeinada, desalineada hasta más no poder, con un rostro que indicaba por todos lados que querías apagar el mundo aunque sea un segundo. Tus ojos tenían ojeras pronunciadas, parecías haber llorado por tanto tiempo hasta caer rendida, al menos eso parecía al tener todo el rímel corrido junto con manchas de pintalabios en tus mejillas.
Una bata de baño rosa cubría tu cuerpo y consideró la idea rápida de que aquella prenda era lo único que tenías encima, ya que Seungmin tuvo una primera plana de tus pechos que lo enloquecieron sin que él mismo se diera cuenta.
Tú: Días, Seungmin… Solo días… —Susurraste con la voz rasposa y eso casi le rompió el alma. Quizás él quiso preguntar el por qué de esa condición, pero… ¿Con qué derecho? ¿Quién era él para saber por qué una mujer casada parecía estar destrozada desde dentro hacia afuera?
No hubo palabras, solo entraste a tu casa de nuevo y, por alguna razón, Seungmin sintió que le invitabas a pasar. Miró a los lados para ver si había un vecino cerca y, sin más, entró a tu hogar, cerrando la puerta detrás de sí. Te siguió en silencio hasta la cocina y le señalaste la mesa con desdén.
Tú: Puede… Puede sentarse ahí, por favor. —Acaricias tu rostro con pesadez y él se da cuenta—. Yo… Yo me arreglaré un poco… —Respiras profundamente—. Eso que trajiste… ¿Qué es eso? No parece leche.
Seungmin: Es un nuevo producto japonés que llegó a nuestra empresa, se llama Yakult. Es un yogurt muy reconocido y… —Responde con bastante cuidado mientras asientes desganada—. Venía también a devolverle su guante y… Señora, ¿usted está bien? —Te detuviste de tu andar antes de desaparecer por la puerta, Seungmin dejó la botella de yogurt en la mesa, sin sentarse, solo prestando atención a tus facciones.
Tú: Sí, sí. Estoy bien. —Sonríes con cansancio, con ese dolor de la noche anterior que también pudo ver él—. Solo es… Que no dormí bien.
Seungmin: ¿Y su esposo? —Tu piel se erizó de mala gana al escuchar la pregunta y una risita llena de sarna se encargó de demostrar que fue una mala decisión hacerla.
Tú: Mi esposo… —Te ríes de nuevo con suavidad—. Mi adorado teniente general del ejercito nacional. Oh, mi esposo. —Cierras tus ojos al recostarte de la pared de espaldas—. Él está bien… Muy bien. —Seungmin le extraña esa conducta, se mantiene serio mientras tu vuelves a reír de una manera aparentemente alcoholizada, ya sea de vino o dolor, pero no era normal—. ¿Qué mujer no querría estar entre las piernas de un coronel? ¿Mh?
Se hizo el silencio y tu sonrisa se fue apagando lentamente, abriste los ojos con la mirada perdida en la nada. Con una gracia que cautivó más la atención del lechero, subiste tus ojos hasta el rostro de Seungmin y este se quedó helado por segunda vez ante lo punzante que era tu mirada sobre él.
Tú: Una mujer rubia… de labios rojos y mirada azul. ¡Ja! Él decía que no le gustaban las mujeres así. Él decía que le gustaban las inocentes como yo… —Vuelves a llevar tus manos a tu cara y acaricias hasta llevarlas a tu cabello, peinándolo hacia atrás entre los nudos de los rizos del día anterior—. Él decía… lo que quería oír.
Seungmin: Señora…
Tú: Señora, señora, ¡Señora! —Cubres tus oídos con rabia repentina y te enderezas en tu lugar—. Soy su señora, le pertenezco como un maldito plato, ¡Pero él nunca fue mío! ¡Nunca lo tuve conmigo! —Gritas con cierto nivel de histeria, caminas a paso pesado bajo la atenta mirada de Seungmin—. ¡Todo! ¡Le pertenecí en todo! —Abres el gabinete y tomas un plato para lanzarlo al piso.
Seungmin: ¡Señora!
Tú: ¡Estoy harta de ser su señora! ¡Lo odio! ¡LO ODIO! —Lanzaste un segundo plato que Seungmin pudo esquivar con facilidad, él casi corrió hasta ti para detenerte de tomar un tercer plato—. ¡Lo odio! ¡ODIO A LOS HOMBRES!
Seungmin: ¡Tiene que calmarse!
Tú: ¡Los odio…! Los odio… —Te remueves entre su agarre en tus brazos—. Yo no quería estar con él… Yo… Lo odio por hacerme esto… —El chico seguía sosteniéndote para que no hicieras más locuras y tú respirabas con dificultad al sentir que más lágrimas salían de alguna parte de tus ojos—. Yo no quería estar con él… Él solo quería que fuera parte de su colección de mujeres. Su trofeo.
Seungmin: Tranquila.
Tú: Mi papá solo vio el dinero, yo no lo quiero. No lo quiero… —Sollozaste con agonía a pesar de que te veía con bastante atención un desconocido que habías dejado entrar a tu hogar, un desconocido que de la nada y con solo una mirada te hizo sentir mucho más de lo que te habría hecho sentir tu esposo en todos estos años—. No me duele que me sea infiel… Me duele el irrespeto y… lo idiota… y… —Otra ola de llanto te arropó y fue en este momento que Seungmin te abrazó contra su pecho a pesar de ensuciar su pulcro traje blanco.
Seungmin: Tranquila, señora. La escucho.
Solo esas palabras fuero suficientes para devolverle el abrazo a aquel pelinegro al desmoronarte, a este que no sabía nada de la condición dentro del hogar, a un chico que solo quería hacer su trabajo y de repente pareció servir de ancla para que una joven mujer, que se ahogaba en su propia vida llena de lujos, pudiera ver algo más que solo oscuridad.
Acarició tu cabello como nunca lo hizo él, te protegió entre su pecho y cuello como nunca lo sentiste antes, y te susurró dulces palabras a pesar de solo querer mejorar la situación.
Tras un rato de constante hipidos suaves en sus brazos, Seungmin se separó ligeramente para verte desde arriba, cubriéndote con su sombra y acariciando tu cabello desde tu frente hacia atrás con la punta de sus dedos.
Seungmin: Señora, no la conozco en lo absoluto. Apenas y no vimos ayer antes de saber de todo esto… —Soltaste el aire—. Pero creo que nadie en este mundo se merece sus lágrimas. Usted no es un desastre aunque lo diga el señor Hwang y menos es un trofeo o algo reemplazable como le hace imaginar su esposo.
Abres los ojos y una lágrima se te resbala por el rostro. Seungmin estira su mano a tu mejilla y la acaricia para que esta no lograra llegar a tu mentón.
Seungmin: Es usted una joven… preciosa y divina. Se ve lo dulce que es y lo agradable de su presencia. Sus ojos son hermosos y cautivadores. Su figura, su elegancia… su belleza, prendarían a cualquier ser que se le acerque. Me tomaré el atrevimiento de estimar su personalidad y decirle que tiene el corazón más dulce que puede tener cualquier persona.
Él lleva su mano a su bolsillo y de allí saca en guante que habías dejado caer el día anterior, lo había lavado por que se había manchado con lodo y, aún así, seguía teniendo de manera suave tu aroma. Seungmin no admitiría que se mantuvo oliéndolo cada cierto tiempo y sonriendo como un idiota al imaginar tus hermosos ojos. Lo colocó en tu mano y encerró tus dedos en el objeto mientras lo mirabas.
Seungmin: Usted es un ser valioso. —Te mira a los ojos, sonriéndote con comprensión y dulzura—. Y no cualquier persona sabe evaluar un diamante a primera vista, tiene que se un experto y, sobre todo, alguien que sepa el verdadero valor que trae.
El silencio se hizo mientras se miraban en aquella cocina, dejaste de derramar lágrimas al escucharlo y solo quedaste con los labios entreabiertos, prestándole la mayor atención posible, mientras que él parecía apacible. Te veía con un brillo extraño, un brillo que iluminaba y encendía algo dentro de ti que pensaste no sentir nunca. Recordaste su primera mirada, la comparaste con la presente y sabías que había algo diferente.
Tú: Seungmin…
Seungmin: Solo deje de llorar… —Susurró y retomó aquellas caricias en su cabello, pero descendiéndolas con sutilezas hasta llegar a tu oreja. Allí colocó tu cabello detrás de esta, pero no detuvo su toque. Las yemas de sus dedos continuaron por la línea de tu cuello y sus ojos dejaron los tuyos para ahora seguir el trazo que marcaba.
Tú: Ya no estoy llorando. Seungmin, me hiciste dejar de llorar.
Seungmin: ¿Y cree… que pueda hacer algo más? —Sus manos siguieron descendiendo, pero la tomaste con tu derecha justo antes de llegar a tu pecho y de nuevo se miraron.
Tú: Lo está haciendo… Por eso debe parar.
Tus palabras salieron entre labios porque parecía ser un secreto que solo ustedes dos podían escuchar a pesar de estar solos. Pero Seungmin parecía saber que intentabas detenerlo, no por que no querías, sino por tu condición.
Seungmin: ¿Por qué le debe ser fiel a él? —Abriste los ojos hasta más no poder—. ¿No me dijo que él ha roto esa promesa múltiples veces?
Tú: Sí, pero-…
Seungmin: Es usted una mujer preciosa… No merece que solo exista para ser exhibida como un trofeo. Usted, mi señora… —Su izquierda viajó a tu espalda baja y te pegó a él a la misma vez que retiró tu agarre para sostener tu mentón—. Es la figura precisa de una venganza perfecta. Donde, en vez de ser fría… —Acerca sus labios a tu mejilla y murmura contra tu piel—. …será caliente.
Tú: Seun-… —Tus labios dejaron su nombre a la mitad al sentir la calidez de su aliento. Era lento y cuidadoso, se separó para volver a hacerlo, pero más alejado de tus labios. Tu cara se ladeó por inercia y él entendió esto como una señal de que seguir no estaría mal.
Las manos del pelinegro buscaron tu espalda y se plasmaron en estas, abiertas, para darte el apoyo de inclinarte y, tú, en respuesta, llevaste las tuyas a su pecho. Dejaste caer aquel guante que te entregó minutos atrás y te mantuviste sintiendo como él te envolvía en su terreno. Fue un movimiento arriesgado, pero él se atrevió a sacar un poco de su lengua y humedecer tu mandíbula, obteniendo como premio tu jadeo.
Así las cosas subieron de manera lenta, la punta de su lengua no era suficiente y ahora hasta sus dientes participaron en su entrega por hacerte sentir bien. Las mordidas eran tiernas, tímidas y, de cierto modo, infantiles; pero no contaba con que un perezoso gemido brotado de tus labios haría que su corazón bombeara de golpe y su entrepierna reaccionara. Él sabía lo que eso significaba, no era un niño, pero debía admitir que sabía que, lo que hacía, estaba mal.
Tú: Detente.
Seungmin: Está bien… —Se quiso separar, pero frunció el ceño al abrir los ojos y salir de su concentración para mirar tu rostro. Tú hiciste lo mismo y no pudieron resistirse a lo que veían en el otro. Aquella imagen tuya devolviéndole la atención, la respiración levemente alta, el cómo tomaste entre tus diente la carne de tus labios le quitaron la respiración—. Por favor…
Tú: Esto está mal.
Seungmin: Nadie lo sabrá.
Tú: Estoy casada.
Seungmin: La deseo… —Suspira con anhelo—. La necesito.
Tú: Debemos detenernos ahora, antes de no poder volver atrás. —Y ahí cometiste el peor error en aquella situación: te diste la vuelta con intenciones de marcharte, pero no te moviste. Y Seungmin, en un acto de estupidez (o valentía, quizás), buscó aquella botella de yogurt en la mesa con una idea repentina en mente y fue tras de ti hasta sostenerte de la cintura para inmovilizarte—. No, Seungmin.
Seungmin: Solo escuche. —Soltó en tu oído con voz profunda y eso te erizó la piel—. Sé lo que quiere. Quiere sentir lo que ha escuchado y no ha podido tener para usted. —Cerraste tus ojos, perdida en su voz y palabras. Sabías que tenía razón—. Algo que yo le puedo dar. Algo… que no es tan difícil de lograr si usted coopera.
Su tonada te convencía cada vez más, él aprovechó en verte quieta y llevó la misma mano que cargaba la botella para que, con su meñique, mover la bata de baño por tu hombro hasta deslizarlo por tu brazo.
Seungmin: Si le perturba o molesta, me puede culpar, puede decir lo que quiera de mí…
Tú: Aléjate. —Apretaste los dientes porque era obvio que las palabras que soltaba tu cerebro no conectabas con tu cuerpo.
Seungmin: Su marido no se va a enterar.
Tú: Por favor.
Seungmin: Solo un poco… —Cuando estuviste más consciente de tu presente, consideraste dos cosas: La primera era que la bata de baño ya se encontraba a tus pies y… No sentías pena alguna de que te viera. Y, la segunda, que aquel cremoso yogurt cayó en tu hombro para desparramarse por donde encontrara abertura hasta descender por la gravedad tanto en tu pecho como espalda.
El joven Seungmin, que creyó no poder sentirse más atraído por ti al verte desnuda desde atrás, fue testigo de algunas gotas escurriéndose por tu columna, pero hubo una específico que quiso seguir, una que trazó tu nalga izquierda para seguir por la parte interna de tu muslo, encontrándose con las gotas delanteras de alguna manera.
Él se arrodilló detrás de ti y dejó la botella por algún lado que no estorbara, sus ojos solo podían ver la línea blanca y sedosa, y su lengua atrapó la pequeña gota justo antes de llegar a tu rodilla. Todo tu ser reaccionó.
Las manos de Seungmin sostuvieron tus caderas mientras él subía lentamente con ojos bien abiertos para ver la ruta. Tus músculos no podían esconder las sensaciones que te provocaba.
Anduvo por el interior de tus muslos y sus dedos se abrieron al subir por tu abdomen al recoger parte del viscoso líquido.
Te sorprendiste con un jadeo cuando él se separó al ponerse de pie, quizás le preguntarías por lo que haría de no ser porque sentiste su mano izquierda, húmeda de yogurt, adentrarse en tu entrepiernasmientras que la derecha llegaba a tu boca e ingresaba su pulgar para presionar tu lengua.
Seungmin: Vaya… ¿Qué es más espeso, linda? ¿El yogurt o tu saliva? —Sonríe con ironía al ver tu rostro jadeante, sus dedos se paseaban de manera descarada por tu entrada, el deseo de querer que hiciera más crecía en ti y Seungmin se daba cuenta cuando la humedad entre tu piernas empezó a brotar—. Oh, parece que alguien se emocionó… Este “lacteo” de aquí abajo casi está goteando.
Te sostuviste del lavavajillas, que era lo más cercano a ti y Seungmin utilizó el lugar para colocarte contra esta sin dejar de estimular tanto en tu boca como el sur de tu cuerpo. Estabas de espaldas a él, así que pudo ver tu espalda cuando tu cabello se movió al agachar un poco la cabeza, él mordió suavemente tu nuca y tú chupaste sus dedos, obteniendo como respuestas sus ojos se dilatados. Apretaste tus muslos contra su mano y él quiso también sentirlo… Pero en otro lado.
Ingresó un dedo en tu interior, aun con la loción lechosa entre su mano para sacarte lo que parecía ser un suspiro de deseo y que lo llamaba a hacer más. Sus caderas se movieron al igual que las tuyas a pesar de solo estar masturbándote y, cuando sentiste el segundo dedo volviste a morder tu labio. El lavavajillas se removía al igual que ustedes y solo pareció ayudar a que la excitación se disparara.
Seungmin: Mmmh… Veo que te está gustando bastante el yogurt que te he ofrecido. ¿No te gustaría con fruta? —De repente sacó sus dedos de tu interior y los llevó a su pantalón para buscar su liberación—. Por que aquí tengo una banana para acompañarlo.
Lo miraste sobre el hombro con aquella frase y apretaste la mandíbula a la vez que tragabas en seco al ver su pene afuera. Todo en ti pareció temblar de deseo y lo miraste a los ojos con lo que parecía ser una suplica silente que él tomó de lleno.
Seungmin: Dime, ¿lo prefieres untado…? —Él tomó el tronco con su derecha y con su otra mano te empujó para recostarte en la parte superior del electrodoméstico para darle espacio de ver tu entrada, allí él rozó la punta de abajo hacia arriba con lentitud, sacándoles un ronco sollozo de deseo por ya unirse—. ¿… o lo quieres directo? —Colocó la punta justo en tu apertura para empujar con sus caderas y sacarlo rápidamente.
Tú: Ay, Dios…~
Seungmin: ¿Qué decides, eh? ¿Esta te gustó más? —Imita el gesto anterior, pero con más lentitud, lo hace otra vez y tus sonidos placenteros lo hacen querer dejar de jugar para ahora tomarlo en serio.
Una de sus manos descansó al lado de tu cadera y con la otra levantó su camisa para ver de primera mano el cómo se sumergía en ti, era directo en lo que hacía y se resistía en hacer más al ver tus nalgas revotar con cada choque que daba. Siseó cuando te moviste junto con él y ahora llevaban un mismo ritmo, ya no sabía qué hacer o cómo tomarte para sentirte más, te agarraba de las caderas, luego de los costados, siguió con tu cuello y se mantuvo ahí al ver como arqueabas la espalda de una manera tan lujuriosa.
El ritmo subió, sus pieles chocaron hasta llenar la cocina con sudor y sonidos tan eróticos como sus desesperados deseos por respirar. Seungmin quería ir más profundo, por lo que tomó tu pierna derecha y la subió. Sin embargo, y sin querer, tu rodilla chocó con el temporizador del ciclo del lavavajillas y este empezó a temblar contigo.
Al principio te asustaste, pero esto fue reemplazado rápidamente por el disfrute absoluto cuando las vibraciones potenciaban las penetradas de aquel lechero que aparentaba también gozar los efectos del electrodomésticos. Te recostaste de este y Seungmin llevó su boca a tu espalda para lamer los restantes de yogurt conjunto a unas mordidas certeras que mostraban que nunca hubo límites para hacerte sentir extasiada.
Seungmin: Veamos cuánto puedes… aguantar… antes de que mi yogurt se derrame. —Se lamió los dientes para sonreír y aumentó los empotramientos, tanto en velocidad como en fuerza. El hablar ya no era una opción, es que literalmente solo emitías sonidos primitivos mientras la saliva bajaba por tus labios—. No pares de moverlo… —Su mueca se hizo más incoherente ante disfrute—. Así queda… más cremoso.
Él no se quedaba atrás, aquel gorro que adornaba su cabello antes había desaparecido tiempo atrás. Su respiración estaba justo a sincronía de sus movimientos y sus ojos se giraron cuando todo sus músculos se tensaron, su vista perdía el sentido al igual que la tuya y tras cuatro estocadas más intensas que todo lo que había hecho, se mantuvo totalmente dentro para sentir su pene soltar lo contenido desde el día anterior. Con temblores y espasmos fue bajando los remeneos hasta sentir la placidez arroparlos y… detenerse, junto con el ciclo del lavavajillas.
Tú: Seungmin… —Lo llamabas durante los espasmos, él ni siquiera recordaba si era a él quien llamabas o era un nombre cualquiera. Todo se sintió húmedo, viscoso y, mientras más bajaba la velocidad, más salía de ti aquel líquido blanquecino de su eyaculación para bajar por el interior de tus muslos.
Seungmin: Dios… Está tan espeso. —Ríe con cierto desdén de la debilidad por el momento—. Se nota que es “yogurt” natural.
Por alguna extraña razón tu te reíste de ese “chiste” y, quizás por lo bobo del momento tras gran disfrute, ambos se sonrieron en aquella cocina vacía mientras pasaban los minutos de relajación.
Así fue como tras casi una hora en tu casa, Seungmin salió despeinado y con una sonrisa que demostraba algo más allá de alegría, con la botella de yogurt vacía y dándose la vuelta para despedirse de ti. Anudaste tu bata con asomo de diversión y te despediste con la mano.
Tú: ¿Lo veo mañana para la próxima entrega de “yogurt”?
Seungmin: A primera hora, mi señora.