Autora: ViviDeBinnie || Fecha de creación: 08 de febrero del 2026
Autora: ViviDeBinnie || Fecha de creación: 08 de febrero del 2026
Jeongin tenía tan solo dieciséis años cuando llegó por primera vez a México, especialmente a Cancún. Era un paseo familiar como lo hacían cada año. Sin embargo, su madre sugirió hacer algo diferente para el recuerdo, sin imaginar que eso le costaría el futuro a uno de sus hijos.
La familia disfrutó de la estadía más de lo que consideraban. El color, la cultura, el aroma, la alegría, el baile, las leyendas. Se contagiaron de un sinfín de emociones que les haría no querer volver a su país natal. El problema vino en la última fiesta del hotel para los Yang. Mientras los padres bailaban en la discoteca y sus hijos se divertían en el centro de videojuego; Jeongin, el segundo hijo, decidió salir del local para caminar a la playa.
No estaba tan lejos y solo sería mojar un poco sus pies por última vez, ¿verdad?
Ninguno de los dos hermanos restantes se dio cuenta de cuando tomó esta decisión y, mucho menos, de cuando salió. Pero, pasaron las horas, los festejos acabaron… y Jeongin no aparecía.
Al siguiente día tendrían que volver a su país, pero hablaron con la embajada de Corea del Sur en México para la solicitud de extensión ante la desaparición del adolescente. Esperaron las primeras veinticuatro horas, luego las siguientes cuarenta y ocho. Llegaron las sesenta horas y el rostro de Jeongin aparecía en todos los noticieros locales, seguido de los padres del joven coreano mientras un traductor lo aclaraba al español.
Una semana entera tras la búsqueda de Jeongin, las cámaras solo lo capturaban hasta que llegó a la playa y tras de eso pareció haberse esfumado, ¿qué pasó con Jeongin? Esa era una buena pregunta. Una que hasta él mismo se hacía mientras estaba sentado en aquel piso polvoriento, temblando de miedo y abrazado a sus rodillas. Todos hablaban un idioma extraño para él, reconocería que era español de no ser porque en algunas palabras podía parecer inglés o italiano.
X: «Aun no entendemos por qué el jefe quiso traer a ese niño. Solo míralo.» —Los dos hombres de complexión robusta giraron sus rostros hacia el joven y este se abrazó más a sí mismo, sus delgados ojos temblando por lo que pudieran estar diciendo y él no saber—. «Pero si lo quiere aquí, lo mejor es que lo limpiemos y lo mantengamos en buena salud hasta que vuelva de Colombia. Ya sabes como es él cuando tocamos sus cosas y mercancías.» —El otro se limitó a asentir y caminar hacia el extranjero.
Entre los gritos de Jeongin en su idioma natal y sus lágrimas buscando a su mamá, lo soltaron en el pavimento y lo rociaron con agua. Le quitaron la ropa, lo llenaron de champú y, en menos de veinte minutos, lo secaban con cierta fuerza como si de un pequeño perrito se tratara. Lo obligaron a vestirse con ropa extraña para él, pero similar a la de sus verdugos. Entre temblores deslizó sus piernas en los pantalones ajustados y sus dedos se tropezaban cuando intentaba abotonar la camisa con patrones llamativos.
Así se pasó el resto del día, sentado en una silla, rodeado de tres hombres de lentes negros y sombreros que mostraban sus armas de vez en cuando al tener la sensación de que alguien estaba cerca. El adolescente pelinegro solo podía orar a Dios para que sus padres fueran por él, para que le dijeran que aquello solo era una pesadilla y no parecía estar en una película de delincuentes.
Pero eso nunca pasó, las horas trascurrieron hasta que se escuchó un alboroto a las afueras de la caseta.
X: «El jefe ha llegado.» —Argumentó el que parecía ser el encargado de los otros dos, pero Jeongin solo lo miró sin entender con exactitud lo que dijo. Los tres hombres caminaron hasta la puerta, uno de ellos la abrió y… allí estaba. Aquel señor robusto, de barba blanca corta y lentes negros, con botas similares al de los vaqueros de las películas que Jeongin veía con su padre.
Ese mismo que había visto en la playa durante la noche y lo llevó consigo en contra de su voluntad. Se adentró en silencio a pesar de que los demás le hablaban con sonrisas nerviosas y se plantó frente a él.
X: «Lo bañamos y lo vestimos de las mejores marcas, jefe. El chamaco es flaco, por lo que no fue difícil-…» —El mayor levantó su mano para que el “encargado” se callara. Se acercó un paso más y luego habló.
Jefe: «Tu nombre.» —Jeongin tenía sus ojos fijos en él, la sombra cubriéndolo al igual que su miedo. Era obvio que no había entendido la petición. El jefe repitió la misma petición, pero en inglés. Luego en italiano. Y nada, Jeongin no entendía estos idiomas y solo permanecía con sus ojos casi entrecerrados por la luz que estaba detrás del hombre—. «Este chavo tiene que ser chino. Busca al chino de la cocina. Él de seguro me traduce.» —Le pidió a uno de los presentes y este fue en su búsqueda.
Pero el chino le dijo claramente que nunca se entenderían, primero porque el cocinero no hablaba el idioma por ser la segunda generación de su familia en México. Y, segundo, porque Jeongin no era chino, era coreano. El jefe se molestó, ¿cómo mierda hablaría con un niño como él si no lo entendía en nada?
Su mandato fue directo, Jeongin tendría que ir a la escuela y aprender español desde cero. Pero, se preguntarán, ¿por qué el jefe quería a un chico como Jeongin e insistía el poder comunicarse con él?
Eso lo entendería el asiático a sus dieciocho años. Cuando su español se hizo más fuertes que sus esperanzas por volver a ver a su familia, y entendió que ahora él pertenecía a ese extraño lugar al que tuvo que forzarse a llamar “hogar”.
Jefe: Chamaco.
Jeongin: ¿Pa’? —Levantó su mirada de su celular para ahora contemplar al viejo en la silla detrás de ese gran escritorio de madera. Al mismísimo dueño del cartel de Sinaloa—. ¿Qué pasa?
Jefe: ¿Sabes por qué te llevé ese día de la playa? —El cuerpo del menor se tensó. Habían pasado más de dos años de ese suceso, aún Jeongin extrañaba su familia y tenía la esperanza de volverlos a ver, pero primero debía entender que no podía escapar tan fácil, había comprendido a la mala en el hoyo que estaba metido—. Es obvio que no lo sabes, chamaco meado. Si yo no te lo he dicho. —Lanza sus lentes oscuros al escritorio mientras ríe, se acomoda en su silla reclinable y sostiene la mirada con Jeongin—. Te traje aquí… porque necesitaba un hijo.
Jeongin: ¿Un hijo? —Frunce el ceño, su español siendo casi perfecto, pero el acento coreano siendo aun marcado.
Jefe: Me… enfoqué tanto en este negocio, que nunca me importó tener un heredero de lo que podría dejar atrás. Me di cuenta tarde de que este imperio, que yo construí, quedaría en las manos de un cualquiera que no se esforzó. El solo… la idea me enferma.
Jeongin: ¿Y por qué yo y no cualquier otro niño de México? ¿Por qué no de otro país? —Se endereza en su silla para enfrentar mejor al mayor—. ¿Qué viste en mí, pa’?
El viejo soltó una carcajada seca, de esas que no traen nada bueno. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio.
Jefe: Porque tú no traías mañas, mijo. —Señaló con el mentón—. No eras de aquí, no tenías vicios, ni familia metida en cagaderos. Llegaste limpio… como hoja en blanco. Eso vale oro en este pinche negocio.
Jeongin apretó la mandíbula.
Jeongin: Me robaste de mi familia… ¿Por conveniencia?
Jefe: No te me pongas dramático, cabrón. —Suspiró—. Te salvé. Esa noche en la playa ya te estaban cazando otros más culeros que yo. Gente que no pregunta, que no enseña. Yo sí. Yo te hice alguien. —Entrelazó sus dedos frente a él—. Te di nombre, techo, estudios. Te enseñé a hablar, a pensar, a no temblar cuando un arma se asoma. ¿Crees que cualquiera aguanta eso? Tú sí. Nunca chillaste de más… solo lo justo. —Toma un cigarrillo cerca de sus dedos y lo coloca en su boca—. Que de pinche coreano solo te queda la jeta.
Ahora alcanzó el encendedor y prendió la punta del cigarro mientras Jeongin analizaba la información. Se alzó de cejas por un momento y luego acarició sus labios, como si intentara encontrarle otro sentido a esa explicación.
Jeongin: ¿Por qué no tuviste un hijo tú?
Jefe: ¿Crees que no lo intenté? —Casi escupe al sacar el pitillo de sus labios—. Pero las prostitutas son un maldito dolor de culo cuando se lo proponen. Estuve con algunas y era más fácil mandarlas con Dios que entenderlas. —Jeongin lo ve entre las pestañas y el mayor suspira—. Escucha. Yo no voy a vivir para siempre, y eso todos los sabemos. No dejaré mi trabajo en manos de un cualquiera. Prefiero dejarlas en manos de alguien que yo mismo haya hecho, pulido a vergazos si era necesario. —Le dio una calada larga al cigarro—. Alguien que no le tiemble el pulso ni el hocico.
Jeongin: Y si… ¿yo no quiero hacer eso? —El jefe soltó una risa nasal, ladeando su cabeza para respirar hondo.
Jefe: Ay, mijo… —Niega despacio—. Eso lo dices ahorita porque todavía traes fantasías. Que volver, que mamá, que papá. Esa madre ya fue. —Se acercó un poco más—. Aquí nadie quiere, aquí se sobrevive. Y tú ya sobreviviste más que muchos cabrones hechos y derechos. —Sus ojos están fijos en la figura del joven—. Serás la maldita cabeza de este negocio. Y, si quieres irte, solo enfréntate a balazos con todos.
Eso no alienta para nada al coreano, él nunca quiso ese mundo. Él… Él solo quería…
Jefe: Pero… —Jeongin alza la mirada—… cuando pruebes lo que es tener el poder. —Vuelve a negar lentamente mientras su sonrisa se alza—. Ese maldito polvo blanco te parecerá nieve en el desierto cada vez que caiga. —Golpea con fuerza sus nudillos en el escritorio—. Observas, aprendes y callas. Que no te lleve la chingada.
Ahí murió la conversación y a Jeongin no le quedó de otra que entender su posición. Este era su padre, ahora esta era su vida y, aunque quisiera saber de su familia, no le quedaba de otra que sobrevivir para seguir con la esperanza de algún día volverlos a ver.
El jefe siguió dándole consejos a Jeongin a través de las semanas, los días pasando y este inclinándose más mientras que el coreano se fue irguiendo. Pronto estaría usando lentes negros al igual que los demás, portaría su primera arma a los veinte, no dejaría de usar su lengua materna a pesar de que a su “Papá” no le gustara.
Aprendió a manejar e ir a puteros con los trabajadores, se empezó a sentir orgulloso cuando lograba contraatacar en las emboscadas policiales, se volvió hábil en exigir lo que les pertenecía a los deudores y, cuando sus manos se llenaron de sangre la primera vez… vomitó.
Pensarían que eso lo debilitaría, pero a la segunda le fue más fácil, y aun más a la tercera. No le temblaba el pulso para amenazar, planeaba la logística sin necesidad de utilizar herramientas o a terceros. Su cuerpo se llenó de tinta con cada uno de los méritos en ese camino y, para cuando Jeongin se dio cuenta, con veinticinco años ya era el dueño del maldito cartel de Sinaloa.
Así, fue apodado por su propio padre como…
Jefe: Core. —Saludó a través de la llamada, Jeongin conducía su camioneta doble cabina de último modelo con una sonrisita socarrona—. ¿Qué hiciste con los cabrones de los gringos?
Jeongin: Los puse en su lugar, pa’. —Apretó el volante con una mano, la otra descansando cerca del cambio—. Venían muy gallitos, creyendo que acá podían hacer su desmadre sin pedir permiso. Ya les expliqué cómo se mueve el jale en esta plaza. —Se oyó una risa grave al otro lado de la línea.
Jefe: ¿Nomás hablaste o sí les apretaste los huevos?
Jeongin: ¿Tan pendejo me veo? —Otra risa del viejo lo hizo sonreír más—. Que los mandé a volar. Veamos quién jode a quién.
Jefe: ¡Eso, cabrón! Que respeten y te chupen la verga. —Se queda en silencio unos segundos, Jeongin avanza en la calle cuando el auto de sus guardaespaldas sigue adelante—. ¿Saldrás de Miami en los próximos días?
Jeongin: Sabes que estoy recorriendo algunos países, pa’. Quiero probar otras conexiones para ver si llevamos esto bien lejos. —Otro silencio por parte del mayor hace a Jeongin mirar el celular por un segundo, antes de retomar la mirada en el camino—. ¿Pa’?
Jefe: Mírate nada más… —Dijo al fin—. El pinche coreanito que no sabía ni decir “hola” y ahora trae a los gringos agarrados de los huevos. ¿Ves por qué te escogí? —Jeongin miró por el retrovisor. Dos camionetas lo seguían a distancia prudente.
Jeongin: Tenías razón, pa’. El poder no sabe tan mal. Y menos cuando viene espolvoreado. —Ambos se ríen y, tras una corta despedida, Jeongin cierra la llamada. En pocos minutos recibe la llamada de uno de sus amigos y contesta—. ¿Qué hubo, Wang? —Saludó sin perder la sonrisa, metiendo direccional mientras la ciudad de Miami se abría frente a él.
Jackson: Core, cabrón. —Habló el chino desde el otro lado del auricular—. Ya me dijeron que mandaste a la chingada a los gringos. —Ríe—. Andan bien ardidos, preguntando quién vergas eres.
Jeongin: Que pregunten lo que quieran. —Se encogió de hombros—. Mientras paguen piso y no se pasen de listos, seguimos en paz. Si no… ya saben cómo acaba el corrido.
Jackson: Mira, que no llamo para hablar de las águilas calvas. ¿Tienes algo para esta noche? Es que abrieron una cueva de esas que te gustan por el barrio cubano.
Jeongin: ¿Una cueva? —Chasqueó la lengua—. Siempre sabes dónde rascarle, cabrón. ¿Qué tal está el ambiente?
Jackson: Nuevo, discreto y bien surtido. —Bajó la voz—. Puro billetudo y gente que no pregunta nombres. Ya sabes… luces bajas, música fuerte y nadie se mete en lo que no le importa. Dicen que hay unas cuantas chamacas nuevas que les gusta el peligro.
Jeongin: Mmm… —Pensó un segundo—. Suena a que quieren probar terreno. Los cubanos no abren nada sin permiso. —Observa la hora y vuelve a meditar—. Estuviste ahí y quieres que vaya a probar algo en específico, ¿verdad?
Jackson: N’hooombre, nunca sabré cómo aciertas tan fácil. —Jeongin vuelve a reír—. Pero sí. Probé unas cuantas y dije que no me puedo quedar con la fiesta para mí solo. Se lo debo decir al compa. Y creo que encontré una que sí le entras la verga-...
Jeongin: Mándame la ubicación. —Con eso colgó para prestarle totalmente la atención a la carretera. A decir verdad, había estado estresado últimamente con todo lo de la mercancía y redadas policiales, además de algunos cabos sueltos que tuvo que atar a la mala. Se acarició el cuello, sí era bueno ser el jefe, pero también agotador.
Por fin llegó al apartamento que había rentado y se dio una merecedora ducha. Limpió el cristal empañado del baño y observó su reflejo sin vergüenza, se relamió los labios a encantarle lo que veía. Ya se había acostumbrado a esa vida y, lo que en otros en el pasado había dicho que se veía increíble, ahora lo adornaba a él y le daba ese aire de riqueza que muchos quisieran tener.
Pasó su mano por su abdomen trabajado y bañado en tinta, la subió para acariciar su pecho y luego su cuello, era claro que cualquier mujer caería por esa cara y su figura. Sacude un poco su pelo negro mojado y suspira al estirar su espalda, ¿qué usaría para esa noche?
«Y creo que encontré una que sí le entras la verga-...»
¿Cómo sería esa chica de la que hablaba Jackson? ¿Con qué tipo de chica lo imaginaba? Jeongin era muy cambiante, a él le gustaban todas mientras lo hicieran sentir bien y lo ayudaran a borrar el momento. Después de todo no es como si se fueran a casar, ¿verdad?
Buscó su loción y luego se echó su perfume, acarició su piel con una crema hidratante y revisó su perfil cuidadosamente que no encontraría ninguna imperfección.
Buscó en su armario y… no, Jeongin hoy no usaría la ropa de trabajo para visitar a un club. Esta vez iría de negro por completo, desde su camisa hasta sus zapatos inspiraría pasar desapercibido. Se observó en el espejo de cuerpo completo de la habitación, revisó su pantalón y cinturón, acomodó su reloj y su cadena dorada, aseguró su arma a un costado y… sentía que algo le faltaba. Removió su cabello un par de veces, disconforme con esto.
Jeongin: ¿Por qué parezco un mocoso de prepa? —Contempló sus mangas y ahí encontró el detalle. Remangó las mismas hasta los codos y las aseguró con firmeza, dejando ver los tatuajes hasta sus muñecas—. Eso está mejor. —Abrió un botón de su pecho y sonríe—. Nada mal, Core. —Se gira un par de veces y, no es hasta que su teléfono suena con el nombre de “Wang” en la pantalla que sale de su última revisión de vestuario.
Subió a su auto y en treinta minutos ambos chicos de origen asiático se saludaban con fuerza, sonriendo ampliamente al estar frente al local que le había recomendado el mayor.
Jackson: Solo mira esa fachada, compa.
Jeongin alzó la vista, evaluando el lugar con la calma de quien ya ha visto demasiados infiernos disfrazados de paraíso.
El local no gritaba lo que era. Fachada sobria, luces cálidas, un letrero discreto que no decía nada y lo decía todo al mismo tiempo. Dos tipos enormes en la entrada, guayaberas abiertas y con miradas ocultas en lentes de sol a pesar de ser de noche. Observó alrededor. Las camionetas de sus escoltas se estacionaron sin hacer ruido, como sombras bien entrenadas.
Jeongin: Solo ubica a la que tienes para mí. Ya tengo ganas desde que me hablaste de ella.
Jackson: A la verga, Core. Cada día más descarado.
Avanzaron hacia la entrada. Uno de los guardias levantó la mano para detenerlos, pero bastó una mirada de Jeongin y un leve gesto de uno de sus hombres para que la barrera invisible desapareciera.
Guardia: Sean bienvenidos.
El interior era otro mundo. Música grave, luces estruendosas y risas descaradas de mujeres que buscaban la oportunidad con cualquiera que pareciese tener millones en su cuenta. Jeongin caminó despacio, sintiendo las miradas clavarse en él.
Se sentó en la zona VIP, en una mesa privada en la que sus sillas eran muebles, se acomoda abriendo las piernas mientras su amigo se ubica al lado. Permanecieron unos segundos en silencio y las bebidas llegaron solas, Jackson tomó la de él sin pensarlo, pero Jeongin se mantuvo atento a su alrededor.
El menor de los dos atrapó la muñeca de la que parecía ser una de las meseras del lugar y le pidió un puro para fumar, esta asintió con una sonrisa coqueta que él no evitó compartir.
Jackson y Jeongin hablaron durante la música, el puro llegó y la chica se sentó en su pierna sin preguntar. Jeongin la miró por lo bajo y luego le sonríe con pretensión, dejó que le colocara el tabaco en la boca y lo encendiera con cierta sensualidad. Cuando esta se levantó no se lo pensó dos veces para nalguearla.
Su amigo se ríe y Jeongin lo observa divertido.
Jeongin: ¿Qué? Aún no he visto a la morra de la que hablaste.
Jackson: Ella no hace ruido, se escabulle muy bien entre la gente. Pero primero observa… así como tú. —Sonríe de lado—. Recuerdo que cuando la vi la primera vez, dije: a esta le gusta el peligro, Core tiene que verla.
De alguna manera con esa información se sintió más conforme. Por lo que se acomodó en el mueble y movió sus piernas, sus ojos ubicaban a cada una de las personas en el lugar. Y entonces…
… ahí apareciste. Al otro lado de la pista.
Un vestido negro y corto hasta los muslos, tacones altos y pelo suelto. Los ojos de Jeongin quedaron fijos en ti y no los movió a pesar de que muchas personas se cruzaban por el medio.
Otra chica se te acercó y se rieron de algo que te dijo, de la boca de Jeongin salió el humo sin darse cuenta. Jackson entendió que su amigo te había encontrado antes de que tú lo encontraras. Decidió no decir nada, ya su trabajo de presentarte estaba hecho.
En un momento miraste alrededor y te detuviste en los ojos de aquel desconocido vestido de negro en la zona oscura del VIP, el humo cubriendo cada vez que lo soltaba tanto por boca y nariz. Sacó el habano de su boca y, como si se tratara del mismo diablo, Jeongin se inclinó hasta ubicar los codos en sus rodillas, el vapor escapándose de nuevo de sus labios, y un tenue brillo de su cuello por la cadena que portaba, al igual que su cinturón.
Amiga: Oye, ¿qué tanto ves? —Señalas despacio con tu cara y ella gira hacia la misma dirección en la que miras, sus labios se entreabren al ver a Jeongin, casi pareciendo querer pararse de ahí para llegar a ti—. Santa madre de Dios… es un papi. Tiene cara que en la cama te da duro. —Susurra al llevarse la uña a sus dientes y morderla.
Tú: Cómo me mira, el deseo se le ve.
Amiga: Si no vas tú, voy yo. —Se miran un momento y, mordiéndote el labio, le vuelves a señalar con la cara para que fuera—. Espera, ¿qué? Cariño, ¿estás loca? Ese hombre te come con la mirada y se ve que tiene más ceros en su cuenta que estatura. ¿Lo dejarás ir tan fácil?
Tú: Si es obvio que miraría a cualquier mujer así. Ve tú. Yo iré con otro menos… —Ves de reojo a Jeongin de nuevo y él seguía ahí, con sus ojos fijos en ti, fumando, acechando, como si de un Tigre intentado casar se tratara—…menos “intenso”.
Te alejaste sin pensarlo dos veces y, en tu lugar, se colocó tu amiga. Sin embargo, los ojos de Jeongin te siguieron y, cuando te perdió entre la multitud, se levantó para ubicarte de nuevo.
Sin darse cuenta estaba caminando para ir tras de ti al dejar el puro abandonado en la mesa, no le importó que tu amiga quedara confundida por perder la atención de aquel hombre o que Jackson lo llamara al no saber lo que hacía, él solo sabía que no te podía dejar ir.
El beat de una canción en español hizo que la gente que bailaba empezara a emocionarse y complicara un poco más tu encuentro, por lo que Jeongin tuvo que fortalecerse en tu búsqueda.
«La cadena le brilló en lo oscuro. Huele a Baccarat, fumándose un puro. Tiene cara que en la cama te da duro. Yo sé, papi, que tú eres muy chulo.»
Entre las luces vio tu vestido mezclarse entre la gente, luego moviéndose como si estuviera bailando y, al estar a metros de ti, te encontró junto con otras chicas, alrededor de un hombre que, al igual que Jeongin, aparentaba ser narco. Pero no lograba identificar quién era.
Las demás chicas lo besaban o acariciaban, tú solo estabas sentadas en el respaldar del sillón mientras el hombre tocaba tu trasero.
«Cómo me mira, el deseo se le ve. Él me pasa lo que fuma, lo caté. Yo me puse el short, las Jordan en los pie'. Pa' moverlo como es.
Chulo.»
El hombre levantó la vista, midiendo a quien acababa de invadir su espacio. Jeongin no dijo nada, pero sabía que su presencia bastaba.
X: ¿Se te perdió algo? —Sonríe confiado, apretando un poco más los dedos en tu cuerpo, como si quería comprobar que esa era la razón de la seriedad del extraño era esa. Jeongin inclinó apenas la cabeza, observándote primero a ti. Tus ojos se encontraron con los suyos y ahí pasó algo.
Jeongin: Ella… es mía. —Primero hubo silencio, luego el tipo soltó una risa corta que no le gustó nada al coreano.
X: No sabía que la niña traía dueño. Si es mi favorita.
Jeongin: No soy su dueño. Pero te advierto… —Lleva su mano a su costado, justo donde se encontraba su pistola—… que no soy el problema que quieres esta noche, pendejo. —El ambiente alrededor cambió. Las risas se apagaron poco a poco a pesar de que la música seguía sonando. Algunas chicas se alejaron. El hombre dudó solo un segundo… suficiente y no le quedó de otra que chasquear la lengua.
X: Toda tuya. —Quitó la mano de ti y te dejó confundida en lo que estaba pasando. Una vez más tus ojos y los de Jeongin se conectaron, él te hizo seña de que le siguieras y se encaminó en la pista de baile.
«Un chulo como tú, así es como me gusta. Una mala como yo, eso es lo que tú busca'. Te pongo rápido y me da mala conducta. Tu actitud de delincuente que me pone puta.»
Miraste al hombre que atendías y luego por donde se fue Jeongin, las demás te hicieron ademán de que te fueras deprisa para no hacerlo molestar y no te quedó de otra que hacerles caso. Lo encontraste a la mitad de la pista y, al igual que él, te abriste paso entre la gente, su ancha espalda arropada por la camisa oscura solo excitándote un poco al imaginar cosas antes de lo que pudiera suceder.
Jeongin: Cabrón. —Le habla a Jackson cuando llegan a la zona VIP de nuevo, este le devuelve la mirada—. ¿Quién verga era ese? —Jackson alzó las cejas, siguiendo la dirección de la que venían.
Jackson: Uno de los cubanos que anda queriendo jugar a jefe en plaza ajena. Mucho ruido, poco cerebro. —Te miró rápido y sonrió—. Ya vi por qué te calentó. —Jeongin te enfrenta.
Jeongin: ¿Siempre te sientas con pendejos como él? —Te quedaste muda, no sabías qué responder. Era tu trabajo, debías sentarte con todo el que lo quisiera, ¿ese era un problema?—. Voy a pagar el triple que ese mamón para que te quedes toda la noche conmigo. —Pestañeaste impresionada, miraste al amigo de aquél desconocido y él se alzó de hombros con una sonrisa, sirviéndose más de su bebida—. ¿O qué? ¿Quieres cuatro veces más?
Jackson: Ah… yo… Yo me voy a dar una vuelta. —Se levantó con su vaso en mano—. No quiero interrumpir cuando Core se pone… “selectivo”. —Sonríe de nuevo y se aleja de ustedes, buscando una chica para bailar. Jeongin se sienta en el sofá, atento a tus facciones.
Jeongin: No he escuchado tu respuesta. Puedo subir la apuesta si es lo que se te antoja. —Palmea su muslo—. Que para eso trabajo.
Tú: Vaya, parece que ganas muy bien para hablar así… —Te acercas despacio y te sientas donde te fue indicado por él—. No todos tienen la autoridad para hablar como tú.
Jeongin: Tengo el poder y la fuerza para hacerlo. —Sonríe y descansa su mano en tu muslo, sus ojos conectados con los tuyos—. ¿O qué? ¿No lo parezco?
Tú: Te ves muy joven para ser algo así como un jefe. —Bajas tu mirada hacia su pecho, las luces del lugar dándote la sutileza de los tatuajes que cubría su cuerpo—. Pero quizás me equivoque.
Jeongin: En lo joven, no. En lo de jefe… quizás sí. —Sube y baja su mano por tu piel, el gesto causándote leves escalofríos—. Dime una cosa. —Se acercó despacio, su rostro quedando a un punto prudente para que contemplaran sus rostros entre la oscuridad—. ¿Te gusta el peligro… o solo sabes reconocerlo cuando lo tienes enfrente?
Te alzas de cejas y sonríes más, esa pregunta era todo que ver. Te levantaste sutilmente sin despegar la mirada de él, tu rodilla derecha fue hacia el sofá y con la izquierda rodeaste su regazo hasta que quedaste sentada sobre sus muslos. Jeongin sonríe dejando ver sus hoyuelos, sus ojos haciéndose más agudos de los que ya eran.
Tú: ¿Cuál es tu nombre?
Jeongin: Me llaman “Core”.
Tú: Pues Core. Déjame decirte que… me gusta todo lo que genere peligro. —Rodeas su rostro y llevas tus labios a su oído para susurrar—: Y todo lo que me arrastre con él.
La lengua de Jeongin relamió sus labios por inercia, sus manos de nuevo buscando tus muslos para acariciarlos, amasarlos y arañarlos despacio con tal de sentir como cedías a él.
Jeongin: Entonces hablamos el mismo idioma. —Te pegaste más y besaste el costado de tu cara, había algo que le gustaba en la forma en cómo lo hacías, y lo provocaba a removerse bajo tus piernas. No le importó si la gente los veía, pero despacio fue desplazando la orilla de tu vestido en la búsqueda de tu trasero.
Uno de los guardias del área VIP se dio cuenta del evento y, antes de que esta se fuera a mayores, soltó una cortina que parecía decoración y cerró la vista hacia ustedes, oscureciendo más el lugar en el que estaban y dejándolos con rienda sueltas a hacer lo que quisieran.
Tus manos empezaron a deslizarse por su camisa y, en algún punto, sintieron algo metálico dentro de la ropa. Te alejaste un poco para tratar de identificar lo que era, pero Jeongin lo evitó al sostenerte de la nuca y pegarte a él. Abriste los labios por sorpresa y encontraste los de él de la misma manera para sumergirse en un sucio beso que no dejaba nada a la imaginación.
Te nalgueó y tu cuerpo respondió con temblores acompañados de un gemido lascivo, otra nalgada y sus uñas se clavaron para moverte sobre él como tanto lo quería. Empezaste a quitar su camisa con torpeza, reconociste el perfume Baccarat y el olor a puro en su cuerpo, y eso te encendió más. Dejaste los botones a la mitad para llevar tus manos a su cabello, lo hiciste puños y lo jalaste mientras te movías sobre él.
El gruñido desde el pecho de Jeongin fue tan satisfactorio que te llevó a exigirlo de nuevo con el movimiento de tus caderas. El calor empezaba a subir y la música traía más excitación al momento. Cuando se separaron del beso él sacó su lengua y lo viste desde arriba, tus ojos se dilataron tanto por la imagen como por sentir su miembro despierto entre tus piernas.
En poco tiempo él se restregaba contra ti, su mano derecha ascendió a tu cintura y se mordió el labio al simular las penetraciones que quería hacerte tan pronto como lo dejaras meterse en ti.
Tú: No te ves cómo alguien peligroso. —Jadeas cerca de sus labios, el pelinegro suelta un lento quejido que te pareció más sensual que cualquier otra cosa que hayas escuchado antes—. Esa carita es muy… —Mueves tu dedo sobre su labio inferior—…“bonita” para hacer algo malo. —Él ríe ronco, tu cuerpo se enciende más al sentir la tonalidad baja.
Su mirada se oscurece con ese comentario, su lengua vuelve a salir para lamer tu dedo con la punta, sin dejar de mirarte. Se emociona cuando abres los labios, fascinada de su accionar.
Jeongin: No es de mi cara que deberías tener miedo. —Empuja sus caderas hacia arriba y ahí lo sentiste por completo, abriste más tus ojos al reconocer que el tamaño era bastante—. ¿Qué? ¿Miedo al “peligro”? —Sonríe con chulería y empuja de nuevo, el calor subiendo por tu cara cuando lentamente dejan de lado lo racional para ahora moverse solo por instinto de satisfacerse.
Con sus manos te dio a entender que te levantaras un poco, le hiciste caso y te sostuviste del espaldar del mueble para darle el espacio. Jeongin se retiró su cinturón, luego su botón y cierre, continuó con bajar su ropa interior y dejó que su miembro estuviera libre y levantado hacia ti. Te bajó lo suficiente para colocar la punta en tu entrada, acariciando con este para bañarlo de tu humedad y hacer más fácil la intromisión.
Solo esa sensación te encendía, tu sangre se sentía hervir con la erótica escena y más cuando abriste las piernas para darle más espacio. Sí, Jeongin había conocido muchas mujeres como tú y las había disfrutado demasiado a todas, pero podía asegurarse que le gustaba más el cómo lo hacías tú. Tenías algo que lo dejó encantando desde el primer suspiro. Sin embargo, aun no entendía el qué.
Aprovechaste que en un momento se quedó quieto para descender más, se sintió adentrarse en ti y el calor envolverlo, hasta sus orejas se incendiaron en un sonrojo intenso cuando estuvo completamente dentro, tu gemido lo obligó a que cerrara los ojos. Mierda, ¿acaso había bebido y no lo recordaba? ¿Por qué se sentía tan embriagado? De alguna manera la sensación de estar dentro de ti, sin siquiera moverte, lo tenía tocando las nubes.
Te soltó y movió su cuello para que este tronara, acomodó sus brazos del respaldo del sofá y sonríe al volverte a mirar.
Jeongin: Si haces que me venga por ti sola… —Agudizas tu mirada sobre él—. Te pagaré diez veces tu precio de esta noche.
Tus labios se abrieron por un momento y lentamente se hicieron mueca de emoción, mordiste tu labio inferior y te acomodaste al usar como apoyo sus hombros. Lo viste desde arriba y él no dejaba de sonreír, tu emoción lo alegró de alguna manera. El reto fue aceptado.
Te moviste de adelante hacia atrás despacio, no entendían porqué no podían alejar su vista de la ajena, solo sentían que podían hacer esto con sus ojos conectados, como si aquello le agregara un extra al momento.
Pero, de repente, el parpado de Jeongin se tambaleó cuando volviste los movimientos circulares, tembló cuando le agregaste saltos y le empezaba a dificultar el respirar cuando aumentaste la velocidad.
Tanto los dedos de sus manos como dentro de sus zapatos se encogían en las sensaciones, tus gemidos llenaban sus oídos y, cuando lo besabas o lamías, sus ojos se volteaban antes de cerrarse.
Su cuerpo no pudo aguantarse el estar quieto y sus caderas empezaron a impactar contra ti. Iba a sostenerte entre sus brazos de nuevo, pero lo evitaste al contener sus muñecas. Jeongin gruñó en protesta, pero tú sonreíste más.
Lanzó su cabeza hacia atrás gimiendo cuando hiciste un movimiento que no reconoció, lo volvió loco al punto de tener que respirar por la boca, tus saltos contenían su sistema y ni hablar de que parecía casi querer actuar como un animal. Solo un poco más, lo sentías temblar, era obvio que ganarías-…
Usó su fuerza bruta para soltarse de ti, te abrazó por la cintura y te recostó en el sofá para colocarse sobre ti. Mientras buscabas acomodarte, él salía de tu cuerpo, te daba la vuelta para colocarte en cuatro y sumergirse en tu interior antes de que protestaras. Jeongin tomó impulso y…
Jeongin: Te dije que… —Jadea sonriendo, saca su pistola y la deja en la mesa sin que te des de cuenta—… que no es a mi cara… la que deberías tenerle miedo.
Y empujó al punto de hacerte gritar agudo al mismo tiempo que hundía tu rostro entre los cojines de cuero. Sostuvo desde tu nuca hasta tu cuello con ambas manos y presionó para penetrar con fuerza, sus caderas ondeando casi al ritmo de la canción que había de fondo, tus gemidos siendo cada vez más desgarradores.
Lograste ladear la cara para poder respirar, con Jeongin no tenías que fingir como con otros clientes, con él las reacciones eran reales, tu cuerpo respondía genuinamente y levantaba más el trasero por inercia, para sentirlo, querías sentirlo más, necesitabas sentirlo más… necesitabas-…
Tú: ¡Mh! ¡S-sí! ¡S-SÍ! ¡Más! ¡Más! —Chillabas clavando tus uñas y sonriendo sin cordura, Jeongin emocionándose al escucharte entre el ruido, su cerebro podía encontrarte a pesar de todo.
Te hizo caso, bajo uno de sus pies para anclarlos en el piso, afirmo la rodilla que quedó sobre el mueble y ahora el choque de sus pieles parecían ir dos veces más rápido que la música, tu maquillaje se arruinó entre la saliva que salía de tus labios y las lágrimas que se escapaban.
Era increíble como tu piel se sentía arder. Sin embargo, no querías que acabara, querías que fuera más rápido. Él, en su desesperación, jaló su camisa y rompió los botones que aun quedaban pendientes por quitar, ladeó su cabeza al ver tu trasero rebotando contra él.
Mordiste el reposabrazos y lo arañaste desesperada, no hacías nada coherente y ninguno de los dos decía algo claro más allá de “Me gusta”, “Sí” y “Rápido”, como si de dos cavernícolas se trataran.
La primera en tener el deseado clímax fuiste tú. No lograbas recordar otro momento en el que un cliente te hiciera sentir tan bien al punto de sucumbir con él a la locura. Tu cuerpo casi pierde la fuerza, pero Jeongin no permitió que decayeras, faltaba él por terminar.
Él se inclinó sobre ti, su entrepierna aun siendo brusca en sus intromisiones mientras se acomodaba sobre tu espalda. Se sacudió una vez al estar adentro, salió y de nuevo lo hizo cuando volvió a entrar, con la tercera se dio cuenta de que estaba a punto de terminar y, en la cuarta, simplemente se vino dentro de ti en pequeñas penetraciones que solo desparramaba más de tu interior.
Respiraron desesperados tras aquel delicioso momento. Él seguía sobre y dentro de ti aun, pero no querías que saliera, aun de esa manera te sentías tan bien con él. ¿Qué era eso que sentías? ¿Y por qué Jeongin estaba sintiendo lo mismo? No midieron el tiempo, pero sí se alejaron en algún punto.
Él se sentó en el mueble, luego lo hiciste tú a su lado y, tras acordarte de tu interior, te acomodaste para no manchar la tela.
Jeongin: No te pagaré lo que prometí… —Lo miraste de repente, ¿qué acababa de decir? Tu respiración se agitó, asustada. Querías discutir, era cierto que no terminó porque lo hicieras tú sola, pero-… —. Necesito que te quedes conmigo.
Tú: ¿Qué? —Soltaste casi asustada.
Jeongin: Necesito… que seas mi esposa.
¿Eh?
¡¿EEEEEH?!