Autora: ViviDeBinnie || Fecha de creación: 15 de septiembre del 2025
Autora: ViviDeBinnie || Fecha de creación: 15 de septiembre del 2025
El tiempo pasó y tu esposo siguió con sus tratos, los mismos siendo cambiantes en dependencia con su carrera. Ibas a donde él te llevara. Y, cuando no podía, te encerraba en una de sus casas. O en Australia o en Corea. Respirabas cuando él estaba de gira y mantenías los nervios al escuchar su auto parquear. Meses después te fue evidente que esa vida era imposible de subsistir cuando de repente dijo:
Felix: Tengamos nuestro primer hijo. —Te quedaste congelada en tu lugar mientras lavabas los platos. ¿Estabas escuchando correctamente? No… Pero él… —. Tenemos cuatro años de casados, creo que es hora de formar una familia. —No tuviste que mirarlo para saber que amplió su sonrisa tranquila mientras veía su celular en la mesa, pero, en falta a tu respuesta, él levantó su mirada—. ¿Qué? ¿No escuchaste?
Tú: Sí, amor… —Susurraste mirando a los lados. Tu respiración empezaba a alterarse y tragaste grueso para intentar calmar tu sistema alertado. Felix siguió mirándote, su vista oscureciéndose al no convencerse del todo.
Felix: ¿Dónde está tu medicamento? Hoy mismo echaré-…
Tú: ¡Tengo el periodo! —Gritaste casi al instante y él frunció el ceño—. Ne-Necesito parte de esos medicamentos para controlar mi periodo, ¿lo recuerdas, amor? —Te das la vuelta sobre tus talones para sonreírle con falsa tranquilidad—. Sabes que si tengo problemas con mi periodo será dificultoso el… engendrar, cariño. —Felix te observa a los ojos con firmeza, desciende su mirada a tus manos unidas delante de tu abdomen y nota los ligeros temblores.
Felix: ¿Cuándo es tu próxima cita con la ginecóloga aquí en Corea?
Tú: La semana que viene.
Felix: Iré contigo. —Tragaste grueso, cargada de nervios—. ¿Algún problema?
Tú: No. Ninguno, mi cielo. —Vuelves a sonreír un poco antes de pestañear más veces de lo normal. Él se levanta de su silla y camina despacio hacia ti. Como no te imaginabas lo que pasaba por su cabeza ni cómo reaccionaría, retrocediste por inercia hasta que tu trasero chocó con la orilla del fregadero. Él no despegó su mirada de la tuya ni un segundo hasta que estuvo frente a ti.
Felix: No le digas a nadie de esto hasta que nos aseguremos de que estas embarazada. No puede pasar de este mes. Quiero que mi hijo nazca lo más cercano de la fecha de mi madre. Así me ahorro el estúpido regalo. —Asientes con nervios—. La semana que viene tendré varios compromisos fuera del país, adelantaremos tu visita con la doctora. Dame el teléfono, yo lo haré.
Tú: Amor, yo lo puedo-…
Felix: ¿Te estoy preguntando? —Negaste al sellar tus labios, él extiende su mano sin dejar de observarte, no pestañaba y era… terrorífico ver sus ojos de un café claro iluminados por la bombilla de cocina hasta asemejarse al oro—. Tu teléfono.
Sacaste el mismo de tu bolsillo trasero intentando no actuar con miedo y se lo entregaste. En esos meses Felix te había regalado un celular, pero era como si no te habría dado nada. El mismo estaba intervenido por él. Cualquier llamada que hacías o que te hicieran, primero pasaba por su teléfono. Si la misma era muy sospechosa podía escuchar lo que tú y la otra persona hablaban.
Sí, a ese nivel estaba su control.
Solo tenías siete números autorizados por él. Tu madre, su madre, sus hermanas, la doctora, él y Bang Chan. ¿Por qué este último? Chan era el líder del grupo, y sí, era el más coherente de todos, pero era su mejor amigo australiano. Y, como mejor amigo australiano, no había cosa que no le dijeras al mayor que no lo supiera al instante tu esposo. ¿Cuándo hablabas con Chan? Cuando no encontrabas a Felix por su número directo. Así de simple.
Felix: Bien. Quédate ahí. —Murmuró y buscó el número de la doctora para marcar. Llevó el mismo a su oído y, tras tres timbrazos, escuchó la voz de la mujer. Viste el rostro de tu esposo cambiar al instante por uno más dulce, casi sonriendo con una cortesía apacible y adorable… Era un actor—. Muy buenos días, doctora Nam. Le habla Lee YongBok, el esposo de… ¡Sí! Ella misma. ¿Cómo se encuentra en el día de hoy? —Escucha atento y afirma con calidez—. Me alegra escuchar eso, doctora. Muchas felicidades. —Aprieta los labios al esperar un momento más y luego te mira, tú sueltas el aire en tus pulmones por tu nariz—. Sí, el motivo de mi llamada es por la cita de la próxima semana con mi esposa.
Se queda en silencio otro rato más, él baja la mirada con tranquilidad como si esperara algo y, tras un rato, él vuelve a afirmar de forma vocal cuando la mujer le da la fecha exacta de la cita.
Felix: Es correcto. Ahm… Quisiera saber si tiene disponibilidad para atenderla un poco antes. Es que, verá, lo hemos conversado y… estamos pensando tener un hijo. —Sonríe ampliamente cuando la doctora se emociona a través de la llamada, tú observas a otro lado casi arrancándote el labio de tanto morderlo.
Sí, siempre quisiste tener un hijo. Soñaste con este día desde que eran novios… Pero no de esta manera. No con este tipo de hombre… No con este “Felix”. En aquellos días él era dulce, adorable y cariñoso. Felix era perfecto. Pero solo se casaron y fue más que evidente que nada saldría bien.
Ahora, tras cuatro años de matrimonio, entendiste que no quería tener un hijo con él, que no querías un pequeño que sufriera lo que sufriste tú bajo su sombra. No querías seguir con él…
…ya no amabas a Felix.
Le temías.
Felix cortó la llamada tras unos minutos más, con la satisfacción de quien cree tener el control absoluto de la situación. Dejó el teléfono sobre la encimera y te dedicó una sonrisa suave, de esas que en otro tiempo habrías considerado encantadoras. Ahora solo te revolvían el estómago.
Felix: Listo. Mañana a las diez y treinta de la mañana. Dijo que le canceló a otra paciente para hacerte el espacio. —Coloca cada una de sus manos a los lados de tus caderas sobre la orilla del fregadero—. ¿Ves? Todo se acomoda cuando uno lo desea de verdad. —Su tono era tan tranquilo que… dolía. Tú aceptas con lentitud sin mirarlo.
Tú: Gracias, amor…
Él se inclina para buscar tus labios, por poco quitabas tu rostro, pero no podías. No podías porque sabía que él se podría molestar y… castigarte. Estabas harta del dolor y las humillaciones a las que ahora él bautizaba como su “verdadera forma de amar”.
Sus labios sostienen los tuyos y lo suave del contacto te erizó la piel en un escalofrío casi extraño. Su olor caro, su sabor, su respiración. Todo seguía igual que el primer segundo en el que te enamoraste de él, tu corazón seguía atraído a él… sin embargo, tu mente no. Se separó con una pequeña sonrisa antes de observar todo tu rostro.
Felix: Hoy duermes temprano. Quiero que esté esplendida mañana. —Su voz sí era suave, pero no hay ternura real atrás. Era un mandato al igual que cualquier otro.
Tú: Está bien, cariño. —Te da otro beso corto antes de susurrar—:
Felix: Te amo… demasiado. —Acaricia tu cabello y el contorno de tu cara, ese brillo en sus ojos… ¿Por qué Felix era así? ¿Por qué su mirada era tan cálida y su toque tan frío? ¿Por qué no podías diferenciar entre su amor y su control?
¿Por qué no te podía amar como querías ser amada?
Cuando se aleja hacia la sala, tus rodillas se doblan y apoyas las manos en el fregadero. Respiras, una, dos, tres veces. La garganta te arde del grito contenido. No podías seguir así. No más. Si mañana iba contigo, si seguía controlando cada palabra, cada mirada, cada respiración, terminarías perdiéndote por completo.
Lo que restaba de día tu mente te martirizó como si no hubiera escapatoria. Solo te podías ver con un bebé en brazos, aguantando más gritos de tu esposo, arrancándote el niño, ejerciendo su poder sobre ti y ahora más que nunca. Mientras más lo pensabas, más te perturbabas. Más errores cometías y los intentabas remediar, Felix llegó a darse cuenta de algunos de estos, pero extrañamente los dejó pasar, ¿será porque estaba más enfocado en que estuvieras tranquila para la cita del día siguiente?
Durmieron juntos… si se le podía llamar así. Él estaba rendido en el sueño profundo mientras tú estabas hecha un óvalo en el colchón, abrazando tus piernas en posición fetal mientras tu visión se sumergía en la profunda oscuridad de la habitación.
El tic-tac del reloj fue el único sonido que acompañó tu insomnio esa noche. Cada segundo te pesaba como si no midiera el tiempo, sino tu resistencia. No llorabas; hacía mucho que las lágrimas se habían secado en tu rostro. Ahora solo quedaban los temblores pequeños, los que nacen del miedo y del cansancio que uno ya no puede ocultar.
A las tres y veinticinco de la madrugada, abriste los ojos y miraste el perfil de Felix. Dormía boca arriba, sereno, respirando con el mismo ritmo que tantas veces habías confundido con paz. Pero ahora, solo te recordaba a una bestia dormida: tranquila, hasta que algo la despierte.
Sus labios, que aún sabían a promesas incumplidas, estaban entreabiertos. Su mano, la misma que horas antes acarició tu cabello, descansaba cerca de tu cintura. Bastaría con un pequeño movimiento para apartarla… pero no lo hiciste. No querías provocarlo ni siquiera en sueños.
Pestañeaste sin dejarlo contemplar y teniendo la sensación de que el sueño te iba invadiendo. Siendo lo último visto en esa madrugada las tenues pecas de tu esposo, su sedoso pelo rubio platinado entre las sombras y su respiración lenta al igual que la tuya.
La mañana siguiente llegó y, con ella, tus nervios. No sabías lo que diría la doctora, pero orabas por dentro para que, lo que sea que dijera, te diera tiempo para pensar salir de ahí y que te dejara un respiro, una grieta en la muralla que Felix había construido a tu alrededor.
Te vestiste en silencio, eligiendo con cuidado una blusa sencilla y una falda larga. Nada que llamara la atención, nada que pudiera molestarle. Lo escuchabas moverse en la habitación, revisando su maleta, hablando por teléfono con esa voz amable que solo usaba con el mundo exterior.
Felix: Sí, regresaré antes del próximo fin de semana. Será un viaje de tres días. No, todo bajo control. —Su tono cambió apenas, más bajo—. No. Ella no va. Hoy tenemos la cita con la doctora Nam y… quería estar presente.
Sí, estaba hablando con Chan, eso era obvio. Al parecer coordinaban algo para la grabación del próximo disco y por eso estaba tan distraído de ti esa mañana.
Desayunaron juntos. O al menos, él comió. Tú apenas tocaste el pan tostado frente a ti. Cada palabra suya sonaba calculada, cada mirada un recordatorio de que no debías equivocarte.
Felix: ¿Tienes que llevar algo? ¿Algunos análisis? No quiero que la doctora diga que falta algo.
Tú: No, no falta nada. Ella tiene todo. Esta es una cita rutinaria, nada más.
Felix: Era una cita rutinaria, ahora será la primera de muchas para control natal. —Tus manos se hicieron puños debajo del mantel a pesar de que tu rostro no cambió, no podía hacerlo, él se daría de cuenta—. ¿No piensas desayunar?
Tú: Cené pesado, cariño. No tengo tanta ham-…
Felix: Come. —Habló con dureza y tú te quedaste en silencio. Alzaste tu mano derecha hacia el pan tostado, lo sostuviste y mordiste este con la mirada agachada, solo así Felix retomó su avena hasta que ambos finalizaron—. ¿Cómo crees que podrás alimentar a nuestro hijo si sigues comiendo de esa manera tan perezosa?
¿Por qué siempre se refería al “futuro bebé” con el género masculino? Te fue curioso en ese momento, y por alguna extraña razón decidiste preguntarlo.
Tú: A-amor… ¿Por qué sientes que será un niño y… no una niña?
Felix: Es obvio. Porque sé que lo será. —Levanta sus ojos y se sostienen las miradas—. ¿Algún problema?
Tú: No, mi amor. Solo me fue… curioso. —Otros segundos más de tensión y él suspiró.
Felix: Te lo dije en el pasado. Quiero primero un niño. En caso extremo de un segundo será una niña. No más. ¿Queda claro? —Aceptas con una falsa sonrisa y continúas con tu desayuno como si nada, ignorando las pequeñas miradas que te daba tu esposo con seriedad.
El trayecto al consultorio fue un silencio eterno. Afuera, la ciudad seguía viva, indiferente a tu prisión. Cada semáforo parecía un punto de no retorno. Era increíble como en el pasado todo eso te era normal y ahora era como un regalo, las pocas veces que veías la calle era un tesoro para ti, la gente… los animales, los niños riendo.
Como extrañabas ser libre.
Y cuando el edificio de la clínica apareció frente a ustedes, sentiste el impulso de abrir la puerta del auto y correr.
Pero el sonido del cinturón de seguridad ajustándose volvió a anclarte al asiento. Felix giró la cabeza hacia ti y sonrió con esa dulzura engañosa que solo servía para disfrazar la presión en tu pecho.
Felix: Llegamos, amor. —Sus dedos tocaron tu barbilla y te obligaron a mirarlo—. Recuerda: sonríe, sé amable. La doctora no tiene que saber nada de lo nuestro, ¿de acuerdo? Una sola palabra… —La advertencia quedó en el aire, no tenía que completarla para saber lo que diría.
Tú: Sí, cariño… —Susurraste apenas, sintiendo la garganta cerrarse.
Perdiste la noción de cuando entraste, de cuando se sentaron frente a la doctora, de todo lo que dijo tu esposo, de las respuestas profesionales. Estabas totalmente en un limbo desesperado que te consumía desde dentro. Todo siendo normal a tu alrededor… todo derrumbándose por dentro. Sí, contestabas y hablabas con la mayor tranquilidad posible, pero no sabías si lo que vivías en ese momento era la realidad o un sueño.
Salieron tomados de la mano, subieron al auto, volvieron a casa y… te dejaste caer en el sofá con un suspiro pesado a pesar de que tu esposo te miraba al cerrar la puerta.
Felix dejó las llaves sobre la mesa del recibidor con un clic seco que te hizo estremecer. El silencio que siguió fue espeso, sofocante. Sentías la tela del sofá bajo tus dedos, la costura áspera contra tu piel húmeda de sudor. No sabías si estabas temblando de cansancio o de miedo.
Se acercó despacio, sus pasos medidos, el eco de su calzado golpeando el suelo de madera. Se detuvo frente a ti.
Felix: ¿Por qué suspiras así? —Tú levantaste la mirada. Su rostro no mostraba enojo, pero su tono… ese tono te heló.
Tú: N-no, nada, amor. Solo estoy cansada.
Felix: Cansada. —Repite la palabra, como saboreándola—. No hiciste nada, apenas y hablaste con la doctora y escuchaste. ¿Cansada de qué, entonces? —Intentaste responder, pero él se inclinó antes de que pudieras hacerlo. Su sombra te cubrió, y su mano se apoyó en el respaldo del sofá, demasiado cerca de tu cabeza. —No me gusta cuando te comportas así. Cuando pareces… ausente. —Susurra la última palabra, su respiración rozando tu mejilla—. Te quiero conmigo, no en tu mente.
Tú: Estoy contigo, Felix. Lo juro.
Él te observa en silencio unos segundos más, y luego sonríe. Una sonrisa que no llegaba a los ojos.
Felix: Bien. Entonces demuéstralo. —Endereza su espalda, dejando que la tensión se disuelva como si nada—. Hoy descansarás. Mañana empezarás los suplementos que te dejó la doctora. Y quiero verte comer como se debe, ¿entendido?
Tú: Sí, amor.
Felix: Perfecto. —Acaricia tu mejilla con el dorso de los dedos—. No quiero que pienses tanto. Eso solo te confunde. Déjame pensar por los dos, ¿sí? —Y se aleja, silbando bajito, como si nada hubiera pasado.
Tu garganta y pecho tuvieron casi una catarsis al sentir que por poco gritabas por los nervios. Cubriste tus labios al cerrar los ojos, los temblores volviendo a tu cuerpo con fuerza.
«Lo correspondiente para inicial este proceso, señores Lee, es que ambos tomen suplementos para elevar sus condiciones. A pesar de que estos están correctos. Podrán inicial sin problema alguno dentro de una semana».
Dentro de una semana. Solo tenías una semana para escapar de allí.
Una semana…
La frase retumbaba en tu cabeza como si fuera un conteo regresivo. Te incorporaste lentamente, todavía sintiendo el peso de la mirada invisible de Felix en cada rincón. Tus manos temblaban, pero al menos podías moverte. Respiraste hondo, acariciaste tu cara, fuiste al baño y te encerraste allí. Te mojaste la cara y… te miraste.
¿Quién era esa que estaba ahí? ¿Desde cuándo siempre parecías asustada? ¿Por qué ahora no tenías ese brillo de tu juventud?
Las horas pasaron y Felix te comentó que saldría para terminar con algunas reuniones, no era buscando aceptación, solo te estaba informando, como si te dijera: «Estaré ocupado, pero ni creas que no te estaré mirando». Había cámaras por toda la casa, un movimiento en falso y él se iba a enterar.
Se despidieron con un beso, se alejó en su auto y… respiraste. Lo hiciste de verdad.
Te quedaste quieta unos segundos frente a la puerta cerrada, escuchando cómo el ruido del motor se desvanecía. Tus piernas temblaban. No sabías si llorar o correr. Pero una voz, débil y firme al mismo tiempo, empezó a formarse en tu mente: una semana.
Fuiste hacia la ventana, sin atreverte a mover la cortina demasiado. Afuera, el mundo seguía, como si tu vida no estuviera en pausa. Vecinos caminando, un perro ladrando, los autos pasando a velocidad pausada.
Tu mente se perdió entre el anhelo de ser parte de la sociedad de nuevo y huir de las consecuencias. Quizás se activarían las alarmas si abrías la puerta. Quizás él vería todo por cámaras. Pero correrías tan lejos como pudieras, Corea era enorme, ¿verdad? No te encontraría tan rápido…
¿Verdad?
Descartaste la idea. Felix era un psicópata. No querías descubrir a qué nivel de locura podría llegar en caso de que salieras de esa casa. Tras un largo rato te animaste a salir de tu ensoñación y caminaste en dirección a la habitación.
Pero te detuviste. Lo hiciste cuando viste el teléfono de tu esposo sobre su mesa de noche. Se le había olvidado. Eso significaba que te vería a través de su computadora cuando tuviera la oportunidad. Y si…
¿…esa era tu oportunidad?
Lo descartaste por segunda vez. Se enteraría. De una manera u otra lo haría. Buscaste tu celular y llamaste a Chan. Que se enterara de que estabas consciente de que su teléfono estaba contigo, pero que te podía ver sin problemas. El celular sonó por cuatro veces hasta que fue descolgado.
Tú: Chan… ¿Felix se encuentra ahí?
Hyunjin: ¿Linda? —Tu cuerpo se detuvo al instante. Miraste el nombre de la llamada y sí, efectivamente era Chan, obvio no te ibas a equivocar—. ¿Princesa, eres tú?
Tú: ¿Chan está cerca?
Hyunjin: Dejó su teléfono en el salón de reuniones, casi me iba cuando sonó… y lo tomé por si era una llamada importante. —Se quedan en silencio un par de segundos—. ¿Cómo estás…? —La pregunta quedó en el aire y los ojos se te llenaron de lágrimas lentamente, no podías emitir una sola palabra correcta—. ¿Dónde estás?
Tú: Hyunjinnie… —Sollozaste y él se alertó, pero lo disimuló al ver a Seungmin y Changbin acercarse mientras hablaban. Caminó con presura a otro lado y salió por la puerta contraria a la que sus compañeros entraban.
Hyunjin: ¿Qué te hizo? ¿Dónde estás? —Vuelve a preguntar con preocupación sin dejar de caminar, mirando atento su alrededor—. Por favor, habla rápido…
Tú: Necesito… Hyunjin, necesito salir de aquí. Necesito… —Empiezas a hiperventilar y él se detiene al escucharte. Casi tiembla de impotencia al sentirte de tal manera. El oír tu llanto, tu miedo, tus labios temblar… Él tragó mientras una lágrima bajaba por su mejilla con lentitud. Debía sacarte de ahí.
Hyunjin: ¿Dónde… estás…? —Respira hondo antes de jadear—: ¿…mi amor? —Todo de ti tembló con ese apodo. ¿Por qué? ¿Por qué se sentía tan distinto a cuando lo decía Felix? El terror se apoderó de tu cuerpo al acordarte de él…
…y de que podía intervenir las llamadas.
Tu contacto con Hyunjin se corta y él observa la pantalla de bloqueo de su amigo. Una foto del mayor junto a su pequeña perrita. Su mano tiembla al sostener el aparato cuando este se oscurece, cierra sus ojos al fortalecer el agarre. ¿Qué había hecho Felix? ¿Qué te había hecho?
¿Por qué él fue tan imbécil para dejarte ir?
Se secó la lágrima y sus ojos cambiaron desde la preocupación hacia la determinación. Se giró en su lugar para buscar a su mayor, le entregaría el teléfono y luego… luego crearía un plan para sacarte de allí cuando antes.
Desde tu lado temblabas de miedo tras arrojar tu teléfono. Estabas muerta. Si Felix oyó esa llamada, si él está consciente de que hablaste con Hyunjin y no con Chan… No llegarías a ver la luz del día siguiente. Tu respiración era un caos: jadeos, sollozos, y ese silencio que solo anuncia el terror más puro. Te abrazaste las rodillas, el cuerpo entero temblando, los ojos fijos en la pantalla que ahora mostraba grietas como venas. Cada una de ellas te recordaba lo que habías hecho.
Te marinaste por lo menos dos o tres horas en tus propios pensamientos, te retorciste entre el terror de lo que pudiese hacerte tu esposo. Cuando él llegara…
Cuando Felix llegara…
Te iba a asesinar.
Te levantaste con torpeza, intentando pensar, pero la mente solo gritaba corre. Sin embargo, no podías. No aún. No sin saber si él iba a volver corriendo a casa o si solo esperaría a que tú misma cayeras en su trampa.
Te acercaste al teléfono con el cristal roto, lo recogiste para ver si seguía funcionando… y tus manos se mancharon de una línea delgada de sangre. Ni siquiera lo habías sentido, pero un vidrio te había cortado. No tenía protector de pantalla. Observaste tu dedo punzado y como la gota descendía por tu palma.
No supiste cuánto tiempo pasó antes de que alguien tocara la puerta. Te quedaste quieta en tu lugar. Era obvio que no era Felix, pero tampoco esperabas a uno de tus familiares ni los de él… ¿Quién sería? ¿Un vendedor ambulante? ¿Un testigo de Jehová? ¿Un vecino? No se te ocurría otra persona.
Otro golpe seco y contundente se escuchó contra la madera, tu corazón se apretó en su lugar.
Hyunjin: “Abre la puerta, por favor. Soy yo… abre.”
El aire se congeló en tus pulmones. Tu mente no lo aceptaba. ¿Cómo había llegado tan rápido? ¿Cómo sabía dónde estabas? Te acercaste a la puerta casi sin darte cuenta, los pasos arrastrados, el cuerpo tiritando entre la esperanza y el miedo.
Pusiste la mano sobre el picaporte, pero algo en tu interior se contrajo. Si Felix lo veía… si alguna cámara lo captaba…
Hyunjin: “Por favor, amor… Estarás segura conmigo.”
El nudo en tu garganta se apretó. Levantaste tus ojos hacia la cámara que estaba en una esquina del salón principal y respiraste hondo.
Tú: ¡Vete, Hyunjin! ¡No quiero saber nada de ti! ¡Soy muy feliz con mi esposo!
Él quedó confundido al principio. Iba a caminar hacia la ventana cuando de repente, en un vistazo rápido, se dio cuenta de la cámara que estaba en el techo exterior y… ahí entendió lo idiota que había sido. De seguro ya había sido descubierto… Y de seguro Felix ya estaba de camino.
Ahora sí lo iba a matar.
Hyunjin: “Okey, muy bien bonita. Escúchame. Ahora me doy cuenta de las cámaras, ¿sí?” —Coloca sus manos en la entrada—. “Pero tenemos tiempo de escapar. Ven conmigo”. —Te quedas en silencio y él insiste—. “Yo te protegeré, él no te tocará. Pero, por favor, abre la puerta”.
Tú: Hyunjin…
Hyunjin: “Si voy a morir, por lo menos déjame probar tus labios por última vez.” —Él cierra sus ojos y descansa su frente en la madera mientras hace sus manos puños—. “Te lo suplico. Ven conmigo, escapemos ahora.”
Tus ojos volvieron a sentirte escocer al estar dividida, tu corazón latió con una fuerza casi desconocida. Estabas entre el miedo y el amor, entre ser libre y la prisión. Miraste hacia la cámara una vez más, con la respiración agitada, el cuerpo completamente rígido. Si Felix había escuchado todo, si ya estaba viendo… no había marcha atrás. Las lágrimas bajaron.
Tú: Hyunjin, vete…
Hyunjin: “No me iré sin ti…”
Tú: Hyunjin… —Temblabas sin pestañar, aun mirando a la cámara como si se trataba de tu propio esposo—. Hyunjin, por favor…
Hyunjin: “Que me mate y quede en tu consciencia. Pero no me iré sin ti. No te dejaré sola otra vez.”
Cerraste los ojos… y tomaste una decisión.
Todo fue en cámara lenta.
Tu mano fue hacia el picaporte y tembló en el metal. Las lágrimas empañando tu visión, pero dándote la fuerza para girar la entrada haciendo que todas las alarmas se activaran. Diste un paso afuera y…
Respiraste hondo frente a Hyunjin.
Te diste cuenta al verlo a los ojos que… todavía lo amabas. Lo hacías porque, solo por él, enfrentaste una muerte segura con tal de salir de ahí para escapar con él. Y Hyunjin te amaba a ti al igual que aquella vez, lo podías ver en sus ojos, en su sonrisa de alivio… en como sostuvo tu rostro con ambas manos como si fueras lo más preciado de este mundo.
La alarma había alertado a más de un vecino, todos salieron. Pero ustedes estaban completamente cautivados en el otro.
Hyunjin: Escapa de la realidad… ven conmigo.
Tú: Voy contigo… —Sonreíste y él casi lloraba en ese mismo lugar.
Por fin salieron de su ensoñación, él tomó tu mano y te jaló casi a las carreras hacia su auto. Ignoró a los presentes, subieron a sus respectivos lugares y Hyunjin encendió el motor antes de acelerar contigo adentro… y se adentró a la calle sin mirar atrás.
La noche los cubrió al entrar a una vía principal y luego Hyunjin se encaminó hacia una zona desolada. Tu mano tembló para ir al interruptor a tu lado que bajaba la ventana, la brisa te fue golpeando a la medida que el vidrio fue descendiendo, la violencia del viento en tus mejillas despertó algo en ti que parecía haber muerto años atrás. Sacaste un poco la cara para ver las luces de la ciudad atrás mientras más se sumergían en el medio de la nada.
Hyunjin conducía con el ceño fruncido, las manos firmes sobre el volante, los ojos clavados en la carretera, pero se dio cuenta de tu interés en el exterior, por lo que decidió presionar un botón y el mismo hizo que el techo de su Maserati retrocediera. La brisa desordenaba el cabello de ambos. Levantaste la vista asombrada y las estrellas te recibieron con un brillo impresionante. Observaste a Hyunjin un rato y este te devolvió la mirada de reojo, sonriendo al verte más activa y contenta que como te encontró.
Hyunjin: Hazlo, eres libre.
Su comentario te llenó de emoción, es como si el dolor quedara atrás de repente, ¿acaso seguías dormida? Él aumentó la velocidad para hacer rugir el motor, y tú aprovechaste para levantarte de tu asiento con cuidado. Te sostuviste del marco del vidrio delantero y… extendiste los brazos despacio hasta sentirte plena.
El viento te golpeó con fuerza, pero era distinto: no dolía. Al contrario. Esa adrenalina te hizo volver a sentir, volver a cobrar sentido… volver a vivir.
Era una caricia salvaje que arrancaba de ti todo lo que Felix había dejado marcado.
El rugido del motor, el aire, el sabor metálico de la libertad mezclado con lágrimas; todo se volvió una sola sinfonía. Cerraste los ojos y gritaste. Gritaste tan fuerte que sentiste tu garganta arder, pero no importaba, porque ese grito era vida. Era tu vida.
Hyunjin te observaba desde el asiento, sus manos tensas sobre el volante, pero con una sonrisa que no recordaba haber sentido en años. Verte así, viva, era suficiente para él. Bajó la velocidad lentamente, sin quitar los ojos de ti, temiendo romper el momento.
Cuando volviste a sentarte, el cabello revuelto y los ojos húmedos, él soltó una risa temblorosa.
Hyunjin: Qué hermosa te ves vestida de libertad.
Una vez más lo observaste, viste que él giró su rostro hacia ti casi el mismo tiempo para contemplarte por unos segundos. La calle era de ustedes, la noche, el silencio, la luna, las estrellas…
…Hyunjin salió de la carretera y se adentró en el desierto a pesar de que el auto se llenara de polvo y no sabía hacia dónde se dirigía. Pero aceleró hasta que no encontró nada, hasta que solo estaban ustedes, el cielo y la tierra.
Fue frenando lentamente y luego apagó el auto, abriste la puerta para mirar alrededor, afirmando que estaban en medio de la nada. No supiste por qué, pero te dieron deseos de caminar hacia adelante, los pasos se iban acelerando y en pocos segundos te encontrabas corriendo entre carcajadas. Hyunjin se había quedado quieto, pero al verte cada vez más lejos solo soltó una pequeña risa antes de ir tras de ti.
Al alcanzarte te abrazó por atrás, ahora los dos riendo como pequeños niños y al instante sosteniendo tus manos para girar juntos. Seguían riendo, siendo cada vez más rápidos, más torpes, más salvajes…
Siendo libres.
Te abrazó de nuevo y esta vez cayeron en la tierra con quejidos, las risas volvieron y luego se recostaron boca arriba para ver el cielo mientras recuperaban el aliento. A tu lado, Hyunjin respiraba con fuerza, una sonrisa aún dibujada en sus labios. Lo miraste de reojo y sentiste algo extraño: no miedo, no dependencia… sino calma.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentías la necesidad de disculparte por existir.
Hyunjin: Sabes… Así debería sentirse vivir. —Ladea su cabeza hacia ti y sonríe—. El amor no debe ser prisión, debe ser libre. Aprender a volar uno al lado del otro. Y recordar que somos uno, sin tener que dejar de ser quienes somos.
No respondiste. Solo lo miraste y dejaste que tus dedos buscaran los suyos sobre la tierra fría. Él los recibió y entrelazó con los suyos sin dejarte de mirar. No se supo por cuanto tiempo estuvieron así, pero sí fuiste consciente de que él se colocó de lado para alcanzarte, su mano libre cubrió tu mejilla y… dejaste que te besara con cuidado. Fue muy breve, pero dio el suficiente impulso para volverse a besar con más hambre.
Sus labios se encontraron de nuevo, esta vez con la urgencia de quien había estado conteniéndose por demasiado tiempo.
El polvo se levantó alrededor, enredándose en sus cabellos, en sus ropas, como si el desierto también celebrara ese instante. Hyunjin te sostuvo del rostro con ambas manos, sus pulgares rozando la línea de tu mandíbula, temblando entre ternura y deseo.
Se separó un momento para contemplarte desde arriba, para verte bajo su sombra con una sonrisa. Sus labios a centímetros.
Hyunjin: No quiero ser otra cárcel de amor… —Ladea su cabeza y tú cierras los ojos al sentir su aliento más cerca—… quiero ser el que te haga volar.
El beso volvió a encontrarlos, más lento ahora, más consciente. Era como si cada movimiento suyo borrara una cicatriz invisible, como si el viento se llevara las voces del pasado. Por primera vez en tanto tiempo el besar no dolía, amar no significaba humillarse y… desear se sentía demasiado bueno.
Con el paso del tiempo los besos de Hyunjin iban a distintas partes que no fueran tus labios. Buscaban tu cuello, tus mejillas, tu frente, la nariz, detrás de tu oreja… aun recordaba algunas cosas que te hacían temblar y se sentía bendecido que pudiera hacerlas de nuevo.
Él se separó de repente y se levantó de su lugar, extendió su mano para que la sostuvieras. Cuando te ayudó a levantarte, él se agachó un poco y, con uno de sus brazos, te alzó por detrás de tus rodillas. Te sostuviste al instante de su cuello y así, sin darte cuenta, él te estaba cargando de vuelta a su auto con tranquilidad.
Lo mirabas con una gran sonrisa y él contenía la suya al morder sus labios sin dejar de caminar. Cuando llegaron al auto él abrió la puerta trasera y, sin romper el contacto visual, te recostó allí mientras él se inclinaba sobre ti. Retomaría los besos en tu persona, de no ser…
Tú: Espera. —Y lo hizo, se detuvo—. Te… ¿Puedo pedir un favor?
Hyunjin: S-sí… Sí. ¿Qué pasa? ¿Qué necesitas? —Te deslizas sobre el sofá trasero del auto hasta quedar sentada, él se sienta en el espacio que quedó libre.
Tú: ¿Tienes una venda o una cinta? —Él frunce el ceño—. Algo para… cubrir tus ojos. —Hyunjin boquea varias veces antes de soltar algo claro de sus labios.
Hyunjin: No, yo… Si es por algo por lo que él te hacía-…
Tú: No, no. Tranquilo. Solo quisiera probar algo. Algo para mí. —Presionas tus manos contra tu pecho para señalarte, tus ojos brillando con anhelo y… Hyunjin entendiendo a lo que te referías.
Pensó un momento, ¿dónde tendría una venda o algo parecido a eso? Se levantó y buscó en la guantera, hurgó por un rato hasta que encontró lo que parecía ser un cinturón de tela que no recordaba a quien pertenecía. El mismo era negro y tenía encaje en el centro.
Te lo mostró al volver a sentarse, lo miraste y acariciaste sobre las manos del pelinegro. Entonces, conforme con el objeto, le sonreíste al mirarlo una vez más.
Tú: ¿Confías en mí? —Él te observa por largo rato y luego contempla la banda en sus manos. Asiente débil y luego afirma con más fuerza.
Hyunjin: Sí… Confío plenamente en ti. —Llevó lentamente la banda hasta sus ojos, el encaje negro cubrió sus palpados cerrados, deslizó el restante de la tela por alrededor de su cabeza hasta hacer un amarre seguro detrás. Respiró hondo y se acomodó en su lugar—. Listo.
Moviste tu mano frente a Hyunjin para ver si reaccionaba y, efectivamente, se quedó quieto. Dudaste un segundo en lo que querías hacer, pero… Si él había decidido hacer lo que le pedías en el medio de la nada, ¿por qué tú no?
Te inclinaste hacia él, con movimientos lentos y medidos. Rozaste su mandíbula con la yema de tus dedos y sentiste cómo se tensaba un instante antes de relajarse. Te acercaste un poco más y luego cruzaste tu rodilla por encima de su regazo, quedando a horcajadas sobre él.
Hyunjin permanecía inmóvil, con los labios entreabiertos y el ceño apenas fruncido por la tensión. Su respiración se volvió más audible, y el sonido te estremeció. Extendiste la mano con cuidado hasta posar la punta de tus dedos sobre su pecho, justo donde latía su corazón.
Tú: Tu corazón se siente muy rápido… —Plasmaste tu mano sobre la camisa y él… él apenas sonrió.
Hyunjin: Es porque estás cerca… —Susurra antes de agregar—. Y te extraña.
Aquella confesión te hizo sonreír también. Bajaste la mano lentamente hasta su abdomen, sintiendo cómo su cuerpo respondía, no con miedo, sino con entrega. Era una coreografía sin palabras: tú probando la sensación de guiar, y él cediendo con confianza absoluta.
Esto era muy diferente a lo que hacía Felix contigo. Mientras él te cubría los ojos a la fuerza, Hyunjin lo hizo desde la intimidad. Mientras tu esposo te subía a su cuerpo con rabia, Hyunjin aceptó tu cuerpo sobre él con cariño. Y cuando lo besaste, a diferencia de las quejas de Felix por no tener el control sobre ti, Hyunjin se dejó llevar de tu ruta.
Deslizaste tus dedos hasta su cuello, él ancló los suyos en tus caderas. Buscó tanteando levantar la camisa que cubría tu torso y, cuando lo logró, hizo lo posible por levantar más tu falda hasta que esta no fue un estorbo para ninguno de los dos. No dejaban de besarse ni porque tus manos fueran a su pantalón y menos cuando él soltó un quejido al sentir que bajabas su ropa interior para dejar salir su miembro despierto.
Hyunjin: Princesa… —Suelta al aire. Lo miras, pero él no está seguro de que lo haces al tener los ojos cerrados. Aun así, sigue en sus palabras—. ¿Estás segura?
Te quedaste en silencio un segundo, respirando su pregunta. Era la primera vez que alguien te la hacía. No una orden, no una imposición. Una pregunta. Una elección.
Asentiste, aunque él no pudiera verlo. Tu frente buscó la suya y sentiste su respiración temblar. Terminaste por distinguir su pene salir al mirar hacia abajo y un siseo de alivio salió de sus labios. Ese gesto tan simple, tan puro, te hizo querer continuar.
Tú: Sí. Y esta vez… Esta vez sí quiero.
Él sonrió por tus palabras, la misma contagiándote. Sus labios borraron la felicidad para hacer una mueca cuando lo acariciaste de abajo hacia arriba, se removió desde sus caderas cuando ascendiste hasta el tronco. Su respiración empezó a tambalear y su pelvis a apretar por la calidez de tu palma. Echó su cabeza hacia atrás en el asiento del auto, sus labios abriéndose para jadear cuando tomabas un ritmo consistente y debajo de tus muslos podías sentir sus piernas temblar por querer responder como debía.
Pero algo lo cohibía, y no estabas segura de sí era lo que pensabas.
Tú: Hyunjinnie…
Hyunjin: Bonita.
Tú: ¿Quieres sentirme?
Hyunjin: Por favor… —Casi gime la frase y sus labios quedaron entreabiertos cuando subió el ritmo. Él intentaba no perder la cordura, quería ser coherente para cuando se adentrara en ti. Pero a este paso se le hacía cada vez más difícil.
Él te sintió erguirte de rodillas sobre él, sus manos llegaron a tu trasero y lo acariciaron mientras lo acomodabas para quedar alineada con él. Cuando bajaste él gruñó con solo sentir la punta entrar y se tensó con tu sonido lento. Él quiso preguntar si estabas bien, pero no lo dejaste hablar al moverte de adelante hacia atrás sin levantarte.
Hyunjin: Oh, Dios… —Se enderezó en su lugar para luego agachar la cabeza, como si mirara la fricción que estaban teniendo y de nuevo lanzarla hacia atrás mientras respiraba hondo.
Tus dedos abrieron su camisa y él se acomodó en el espaldar, temblando al sentir tus manos andar por su piel ahora expuesta y haciéndolo reír casi por reacción involuntaria que por deseo. No lo podía negar, el ser dominado por ti no se sentía tan mal, podría acostumbrarse a eso. Pero también debía admitir que… él quería hacerte sentir bien sin dolor o esfuerzo.
De pronto sus caderas comenzaron a moverse contra tu cuerpo, haciéndote saltar levemente y dándote el indicio para hacer lo que él quería.
Comenzaste a imitar el ritmo que llevaba, moviéndote en círculos lentos que lo hicieron jadear. Él ya no estaba quieto; sus manos abandonaron tu trasero para buscar tus caderas, guiándote suavemente, estableciendo un compás que era a la vez urgente y controlado. La tela del cinturón en sus ojos se mojó un poco por el sudor de su frente.
La sensación de ser tú quien dirigía, quien iniciaba el ritmo, era electrizante. La diferencia con Felix no podía ser más marcada: aquí había permiso, había una pregunta que se había convertido en un deseo mutuo. Solo de pensarlo te hacía querer más de Hyunjin y él te seguía sin tener que esperar una orden.
Te inclinaste sobre él, deslizando tu pecho sobre el suyo. El contacto piel con piel, húmedo y caliente, lo hizo temblar aún más.
Sus gestos te motivaban y a él tus sonidos los estaban volviendo loco. El auto empezó a moverse de arriba hacia abajo según sus ejecuciones. En un arrebato del momento le quitaste la venda de los ojos y Hyunjin, al asentir que le arrancaste la cinta, abrió sus ojos con amplitud, la luna fue lo primero que enfocó y luego a ti frente a él con esa cara… tan erótica.
Hyunjin: Mierda… d-de lo que me… perdía… —Sus ojos casi se voltean cuando aumentaste el ritmo una vez más, él no solo gruñía, casi babeaba y se reía con una locura casi insostenible. Tú también reías, ¿de qué? Ni idea. Pero sí era claro que ninguno de los dos estaba siendo coherente—. Quiero… más… —Su cabeza se agachó, pero te siguió viendo entre pestañas—. Dame… más…
La súplica lo liberó de cualquier control restante. Hyunjin abandonó la pretensión de ser pasivo. Sus manos se deslizaron y te tomaron con firmeza por la cintura, invirtiendo suavemente la dinámica. Ahora él marcaba el ritmo con empujes ascendentes, profundos y consistentes que te hicieron jadear.
Tú: Hyun-... ¡Ah! —Un grito se escapó cuando un movimiento particularmente perfecto te hizo temblar hasta la médula. Te aferraste en su camisa sobre sus hombros y él ahora ladeó su cabeza, el brillo de la luna en su sudor le daba un toque celestial que no querías borrar de tu memoria jamás.
Hyunjin: No me dejes… —Jadea—… de mirar… —Su voz rasposa por el esfuerzo y el placer. No te obligaba a sostener su mirada. Pero eso no era necesario al tenerlo mirándote con tanta intensidad—. Ven aquí… —Sus brazos rodearon tu cintura y te apegaron a él, tus uñas se clavaron en sus brazos por la impresión, pero la primera estocada te hizo gritar en el medio del silencio.
El vapor y el polvo mezclándose en la oscuridad, tus gritos siendo más agudos cuando él penetró más profundo. Tus piernas abriéndose más y tu rostro desfigurándose con cada choque intenso que te daba Hyunjin, sus caderas martilleaban contra las tuyas, el metal del coche temblando con intensidad. Él aceleró perdiendo el ritmo al instante, buscando la satisfacción de ambos.
Entonces el aire se condensó en tu gemido prolongado mezclado con tus temblores desesperados, Hyunjin en medio de su locura sonrió al saber que había logrado llevarte a la cima, hacerte volar como te lo había dicho hace poco. Y le encantó escucharte gemir desesperada cuando él no se detuvo.
Besó sobre tus pechos sudados, lamió tu cuello con ese delicioso perfume, nalgueó tu trasero antes de amasarlo y, en segundos, él volteó sus ojos al desparramarse dentro de ti mientras te arqueabas. Su cuerpo temblando violentamente por el clímax mientras se aferraba a tu cintura. Su rostro terminó cayendo en tu hombro, sentiste su piel arder y como su agarre… no aflojó, se mantuvo ahí, quieto, como si no quisiera que te fueras.
Entre las sombras de aquel lugar desconocido volvieron a buscar la sintonía de la realidad. Hyunjin se acomodó en su asiento, casi deslizándose para que tu cuerpo cayera sobre el de él. Acarició tu espalda de arriba hacia abajo y viceversa, lo abrazaste con lentitud y su sonrisa se hizo amplia. Levantó sus ojos hacia las estrellas y, para sus adentros, agradeció al universo el tenerte de nuevo… Era todo lo que pedía y, al fin, podía ser feliz.
Sin embargo, a decenas de kilómetros, un rubio estaba detenido en la puerta abierta de su hogar. Sabía que no había nada, pero se negaba a creerlo. No entraría a ese lugar hasta que no te viera de nuevo allí. Era terrorífico ver como su cara tenía un raro tic muy consecutivo y su respiración era similar a la de un demonio sediento de sangre. Sus dientes rechistaron, sus ojos se inyectaron de adrenalina y… su mano sacó el arma de su bolsillo.
Felix: Hwang Hyun-Jin… —Empieza a temblar de impotencia mientras se dibuja una macabra sonrisa en su rostro, sus ojos café claros tomando ese brillo de discordia y muerte—. Como dije esa vez. Para la próxima… —Levanta la pistola, apuntando a su cuadro de casados y dispara para darle justo a tu imagen en el pecho—…No fallaré.