Autora: ViviDeBinnie || Fecha de creación: 18 de agosto del 2025
Autora: ViviDeBinnie || Fecha de creación: 18 de agosto del 2025
Estabas lavando la ropa con tranquilidad, mirando a la nada, suspirando porque tu mente solo pensaba en martirizarte una y otra vez con ese vergonzoso momento de la mañana con Jeongin.
Jeongin: Los hijos de puta me la hicieron. —El disco que se estaba reproduciendo en tu mente pareció rayarse y lo miraste con duda.
Tú: ¿“Hijos de puta”? ¿Quiénes?
Jeongin: Los Hyungs. —Muestra su camisa y señala una mancha con salsa de tomate en la tela de aquella camisa azul—. Les dije que la habías lavado con amor y planchado con cuidado porque es mi camisa favorita, pero no les importó y siguieron con su estúpido juego con la comida. —Hace una mueca molesta—. Se portan como unos niños. —Tú chocas tu mano con tu cara y él te mira confundido—. ¿Qué pasó?
Esa última pregunta te hizo cerrar los ojos mientras la lavadora acababa su ciclo. Otro suspiro más cansado que el anterior y sostuviste el canasto de ropa limpia que utilizarías para sacarla. Tomaste prenda por prenda, revisándola para saber si estaba suficientemente seca o si necesitaba más tiempo del ciclo. Así fue hasta que tuviste en mano la camisa de tu novio en mano, la misma que antes tenía una salsa de tomate que fue quitada con bastante esfuerzo.
«Les dije que la habías lavado con amor y planchado con cuidado». Sonreíste ante el recuerdo de esa frase. Adorabas cuando él notaba esos pequeños detalles, siempre trataba de ser tan dulce y atento hasta con cosas que no te dabas cuenta.
Lástima que ahora también fuera muy inocente.
No era la primera vez que hacía este tipo de cosas desde que estaban casados. En más de una ocasión Jeongin había evocaba “situaciones eróticas” sin darse cuenta y terminaba por prenderte para luego verte con la duda. Hasta llegaste a pensar si lo hacía con propósito de provocarte y hacerse el desentendido o en realidad era inocente.
Ya no importaba, debías doblar la ropa rápido. Esa noche era de películas y no querías que por empezar tarde tu novio y tú se durmieran a mitad de esta. Llegaste a la habitación, doblaste la ropa, acomodaste cada una en su lugar, ubicaste otras cosas que estaban desordenadas, barriste un poco al sentir que la casa tenía demasiado polvo.
Tu novio había organizado las habitaciones mientras ordenabas la ropa. Al estar desocupado decidió ayudar al fregar los platos sucios de la cena, así no tendrían ningún pendiente tras acabar la película. En fin, una dinámica tranquila y bastante armoniosa a decir verdad.
Te detuviste en la foto de ustedes que estaba colgada a la mitad del salón, aquella en la que te veías con aquel vestido blanco que tanto quisiste y él en un elegante esmoquin, sonriendo con sus ojos rasgados y mostrando su radiante felicidad. Empezaste a recordar todo lo que pasó en ese gran día y hasta te daba risa el mal sabor que pasaste cuando, en esa luna de miel, Jeongin prefirió dormir antes que hacer algo contigo. También estabas cansada, no lo debías negar, pero sí habías esperado por esa gran noche… Gran noche que se llevó a cabo al día siguiente después de reclamarle.
Quizás Jeongin era… ¿Desorientado? Sí, quizás esa era la palabra. O, más bien, “despistado”. Para que se diera cuenta de que hacía mal tendrías que decírselo directamente y con afán casi de hacerlo enfadar para que él reaccionara con un enorme “Aaaaaah, eso era”.
Pero, con el momento de la camisa, no quisiste decirlo. A pesar de que ya estabas acostumbrada de que siempre hiciera lo mismo, tu corazón pedía aunque sea por una vez en la vida que él tomara las riendas tras tus incitaciones o que no todo se quedara en indirectas.
Jeongin: ¿Qué tanto piensas, amor? ¿Estás bien? —Pestañeaste rápidamente y volteaste hacia él, tu novio ya se secaba las manos con un paño mientras caminaba hacia ti.
Tú: Sí, estoy bien… Solo recordaba la boda. Hace tres años de eso.
Jeongin: Como pasa el tiempo. —Confirma al mirar las fotos y sonreír, tú haces lo mismo. Sin embargo, cuando enfocas tus ojos hacia las imágenes, no notas que tu esposo te observa de reojo con seriedad, y no de una seriedad que transparentaba calma o sencillez, era una seriedad que quemaba, fija y directa en tu rostro.
Mientras tú creías que tu novio era la persona más despistada del mundo, él pensaba que tú eras la más torpe para sus indirectas. Cada vez que él se insinuaba, con o sin descaro, tú te adentrabas y luego te salías de alguna manera u otra. Un ejemplo evidente fue la circunstancia de la camisa de esa mañana. Desde tu punto de vista, Jeongin había roto el momento cuando habló de sus amigos. Para él, tú lo rompiste desde antes.
Empezando con que en ningún momento aquella camisa fue ensuciada por sus amigos. Al contrario, justo antes de que Jeongin entrara por la puerta se detuvo, sacó una salsa de tomate para manchar la misma a propósito, y así tener la excusa perfecta de desnudarse sin parecer un desesperado (por lo menos en su cabeza sonaba bien esa idea).
Segundo, él entra molesto a la casa para llevar a cabo su plan, ejerciendo una fuerza en la puerta que no buscaba asustar, sino mostrar control de una ira que “de alguna manera” quería desquitar. Spoiler: Contigo.
Tú: Oh, Innie. —Él se detiene y voltea molesto, endurece su rostro y agudiza su mirada para darte a demostrar que ni él quería controlar sus sentimientos y menos esconderlos. “Mira que estoy molesto, intenta controlarme. Intenta bajar mi ira, acércate y haz algo”—. ¿Cómo te fue-…? ¿Eh? ¿Y esa cara, amor?
Jeongin: Nada. —“Detenme. Pregúntame más, no te quedes con la duda. Acércate y sácame la información”.
Tú: Pero es obvio que estás molesto, mi amor. —“¡Bingo!” Jeongin casi sonríe al sentir que tenía tu atención. Pero debía mantenerse en el papel, no podía destruir esa pequeña ventaja por su felicidad—. ¿Qué pasó? ¿Me puedes contar? —Jeongin mira al techo como si meditara entre golpear la pared o decirte la verdad. Y al final lanzó el maletín que tenía en mano hacia el piso y caminó hasta estar frente a ti, él se dio cuenta de tu cambio de rostro, de tu sorpresa al ver su reacción. Él agachó la mirada hacia ti, el paisaje no podía ser mejor y más con esos hermosos ojos recibiéndolo con total importancia.
Se quitó la camisa sin alejar la vista de ti, agradecía que te quedaras observando sus movimientos y podía sentir dentro de sí cómo la ventaja seguía subiendo, ¿sería que por fin tendrían sexo desenfrenado sin tener que pedir “permiso” como todas las noches?
Porque, sí, Jeongin estaba HARTO de que cada vez que te tocaría tendría que decir: “Amor, ¿podemos estar juntos esta noche?” y ser la masa de pan más dulce de todo el condado. Estaba insatisfecho, pero no por ti, sino por su maldito autocontrol que no le permitía decir: “Hoy no te quiero debajo de mí, móntame y pégame si quieres, hazme ladrar como un maldito perro a tu orden, pero no seas una chica buena”.
Tú soltaste un suspiro, confundida, y él tuvo un atisbo de duda, ¿será que estaba siendo demasiado agresivo? Tu rostro parecía no entender su punto a pesar de que ya los botones estaban retirados. Fue tras la hebilla y fingió no poder quitárselo: “ayúdame, quítamelo tú… y de paso arrodíllate, ¿sí? Que no es tan difícil”, pensó. Y, por obra de Dios, lograste entender y procediste a quitarle aquella situación.
Tú: De-deja, te ayudo.
Sí, a Jeongin le encendía ver cómo le quitabas la hebilla…
Pero maldita sea, estabas siendo muy lenta y por eso tuvo que intervenir con el botón del pantalón. Jaló la camisa hacia afuera y dejó que sus músculos tanto de su torso como brazo se vislumbren en tu campo visual. Esperó… Y esperó… No hiciste nada más que mirarlo. “¡Pero tócame! ¡Que soy tu hombre! ¡Soy tuyo! ¡No solo me mires como un ciervo en busca de ayuda! ¡TÓCAME!”, casi gritaba desde dentro… Sin embargo, nada cambió.
Ahora sí estaba molesto, pero se contuvo de mostrar su impaciencia al tronar su cuello. Se arrodilló frente a ti y levantó la mirada hacia la tuya. Te quedaste inmóvil, tan cautivada con sus ojos rasgados que sentía no poder respirar.
Jeongin: Tesoro.
Tú: ¿Sí, mi vida?
Se quedó quieto un rato y… te vio tan inocente. Jeongin casi retrocedió de rodillas, ¿qué le pasaba? Eras su esposa, no una cualquiera que podía alimentar sus deseos más bajos. No te podía exigir. ¿Con qué derecho te iba a exigir si era él el que no hablaba? Una vez más, la falta de comunicación de ambos les pasó factura y…
Jeongin: Los hijos de puta me la hicieron.
Tú preguntaste a quienes se refería, él usó su plan de coartada de culpar a sus amigos con la mancha en la camisa y tú chocaste tu mano con tu cara… Y, para Jeongin, esa frustración que mostraste fue por la molestia con sus amigos, no con él.
Ahora estaba ahí, mirándote con un deseo casi bestial, dispuesto a empujarte al piso y meterse en tu interior como un animal. Respiró hondo y miró al frente, no podía, debía ser un caballero, era tu esposo y debía actuar como tal… Al menos eso le prometió a tu padre antes de su partida. Observó la misma foto que tú de nuevo, recordando que esa noche de bodas fingió estar cansado porque te veías demasiado asustada como para hacer algo con él y no tuvieron sexo hasta días después, cuando al fin te acercaste con firmeza de decirle que estabas lista.
Jeongin sentía que la ironía se reía de ellos, ¿cómo era posible que cuando novios se devoraran a cada segundo y ahora se trataban con más respeto que la misma realeza? Alejó esos pensamientos, ya no importaba… Ahora era esa su realidad.
Que tontos eran los dos, ¿no? Ambos esperaban que el otro leyera la mente, que fuera el primero en romper ese muro con el que tenían años levantados y que parecía no querer caer por más que lo intentaran a su manera. Por lo visto, de esto seguir así, tendrían una vida en la que amarse a oscuras sería casi como un cuento de hadas mal contado, donde para todos ustedes eran felices, cuando la realidad era que se sentían demasiado tímidos y con baja confianza para expresar verdaderamente lo que escondían.
Sin embargo, los “para siempre” no existen, y ustedes no eran la excepción. En algún momento o de alguna manera esos muros caerían. Tú miras a tu esposo, él te mira de vuelta, ambos se sonríen con dulzura. Debían aprovechar esa paz que todavía quedaba… Porque la cuenta regresiva había empezado justo en ese momento.
Esa noche vieron una película muy linda (y aburrida) que los dejó con comentarios muy positivos y tiernos sobre el amor. Se bañaron, se cepillaron juntos con una linda canción de Taylor Swift que los hacía bailar entre risas, fueron a dormir abrazados y se desearon las buenas noches con ojos cerrados. Abriéndolos casi al instante, cada uno pensando lo suyo y creyendo que el otro estaba rendido en sus sueños.
La mañana llegó, otro desayuno cotidiano de una familia parcialmente coreana. Camisas planchadas para tu esposo, comentar cosas dulces en la mesa, entregarle su maletín en la puerta y ayudarlo a peinarse para luego dejarle un dulce beso de despedida.
Tan pronto como Jeongin se fue en su auto tú suspiraste agobiada, mirando esa casa vacía y estando en soledad de nuevo. ¿Qué ibas a hacer ahora? ¿El aseo? ¿Ver las noticias? ¿Practicar alguna receta que sepas que le iba a gustar a tu esposo? Te lanzaste en el sofá…
Que aburrida la vida de casada.
Cerraste los ojos un segundo y…*Riiiiiing Riiiiing*. El teléfono sonó y observaste por encima de tu hombro aquel aparato… ¿Cuándo fue la última vez que llamaron por teléfono? Te levantaste con tranquilidad para descolgar, tardaste más de lo pensado para contestar y por eso la otra persona habló primero.
X: ¿Aló?
Tú: ¿Felix?
Felix: Oh, gracias a Dios que no me equivoqué de teléfono otra vez. —Ríe entre la llamada—. Jeongin no contestaba, por eso lo llamé a su casa. ¿Está él?
Tú: Justo acaba de marcharse al trabajo.
Felix: Mierda… —Susurra intranquilo—. Bueno, le diré cuando llegue al trabajo. Es que cancelaron la cita de hoy con el peluquero y las pruebas de vestuarios, creo que podía llegar más tarde o salir más temprano. —Suelta un resoplido dulce de risa—. Pero no es nada. Gracias por todo, linda. Que tengas buen día. —Te quedaste muy confusa con aquella confesión del rubio y meditaste sus palabras, guardándolas para ti.
Tú: Felix. —Él emite un rápido “¿Sí?” justo antes de colgar—. Mi esposo… Jeongin. ¿Cómo lo ves en el trabajo?
Felix: ¿Disculpa? ¿A qué te refieres, linda? —Miras a los lados como si alguien estuviera cerca y harías algo prohibido—. ¿Hay algún problema?
Tú: No, no es un problema. Solo… Es que él… —Suspira—. Bueno, no pasa nada. Debo ser yo haciéndome ideas tontas en mi cabeza después de tanto estar en casa. —Ríes y él suelta un leve resoplido algo tenso—. Como sea, gracias por cuidar de Jeongin, Felix. Para la próxima no jueguen con Kétchup cerca de las camisas de Innie, que es muy difícil de quitar.
Felix: ¿Kétchup? —Frunce el ceño a pesar de que no lo ves y tú confirmas—. ¿Por qué dices eso?
Tú: Es que ayer él llegó con la camisa manchada y dijo que ustedes estaban jugando cerca de él con la comida, tuve que hacer una “bomba” de limpieza con vinagre, bicarbonato y agua oxigenada para quitar la marca. ¿Sabes lo difícil que es quitar una mancha como esa de una camisa azul claro? —A pesar de que lo dices divertida él se queda en silencio, mucho silencio—. ¿Felix?
Felix: ¡Oh! Sí, el tonto de Seungmin-Hyung jugando con Chan-Hyung. —Lanza una risa muy fuerte y forzada, tanto que hasta él percibió sus intenciones de esquivar el tema—. Sabes cómo somos, demasiados juguetones. Sí… Tengo que colgar, adiós. Besos. —Así cae la línea.
Observaste el teléfono por unos segundos, ahora tus pensamientos fueron directamente a su reacción y… una espinita de duda se plasmó en tu pecho. Era obvio que Felix no sabía mentir y, si ellos no fueron los que echaron el pequeño chorro de tomate… ¿Entonces quién fue? Divagaste y divagaste.
¿Se reunió con sus padres y no te lo dijo? No, ellos estaban fuera del país. ¿Con sus hermanos? El mayor trabajaba en Suwon y el menor se había mudado más cerca de Seúl… Él nunca te comentó de reunirte con ellos y, de hacerlo, ellos posiblemente se quedarían en tu casa.
¿Jeongin te había mentido? Esa sería la primera vez que lo hacía desde… ¿Siempre? Dejaste caer el teléfono, este emitiendo su sonido de estar descolgado mientras llevabas tus manos a tus mejillas, mirando a la nada. Fue como, si de repente, una burbuja gigante explotara a tu alrededor y te recordara que tu esposo no era perfecto. Él podía mentir, era humano, era hombre… Él… Él quizás…
Tú: Dios, me está engañando… —Contuviste la respiración como si aquellas palabras hubieran revelado una de las peores pesadillas. Observaste a tu alrededor y tus pulmones buscaron aire… Él te mintió, y no encontrabas otra razón para creer que no fuera por otra mujer—. Jeongin me engaña… —Susurras al borde de las lágrimas, lágrimas que poco a poco se van calentando al sentir una irreconocible ira subir por tu cuerpo—. ¡Jeongin me engaña! ¡AAAAAAAH! —Gritaste. ¿Por qué? Ni tú lo sabías. Solo reconocías que la idea te enfureció.
Tres años, tres malditos años y él pedazo de inútil te pagaba de esa manera. ¡Era injusto! ¿Qué tendría ella que no tendrías tú? ¿Sería más joven? ¿Más bonita? ¿Más risueña? ¿Más atrevida? Empezaste a recordar cuando Jeongin y tú se conocieron…
Fue en la casa de un prospecto de JYP que habías conocido en la universidad, ella invitó a ese nuevo grupo conocido en la industria como “Stray Kids”, jóvenes prometedores pero que ascendían como espuma y habían regresado de su más exitosa gira mundial.
Todos los miraban emocionados, ellos sabían que acaparaban las miradas y atención de todos, pero ninguna de las chicas o chicos que se colocaban al frente pudo evitar los afilados ojos de Jeongin sobre ti… El chispazo fue instantáneo entre el Maknae y tú, hablaron tan pronto como él se acercó. Pero más que tus labios rosados o tu aroma hipnótico, lo que más le atrajo a ti fue…
Jeongin: Te mueves muy bien… —Susurró desde atrás, casi serpenteando tu mano por tu costado para que no te dejaras de remenear contra él mientras la música latina invadía la casa coreana en petición tuya—. ¿De dónde eres?
Tú: De aquí no. —Ambos ríen por lo divertido que sonó aquello.
Jeongin: Eso es obvio. —Un beso alcoholizado en tu cuello—. Dudo que alguien se mueva tan bien como tú—Él marca un ritmo lento contra tu trasero y tú lo remueves al mismo compás, con más intenciones de motivarlo. Las cejas del pelinegro se alzaron en disfrute y su sonrisa fue más que delatora. No sabía si por el alcohol o por los deseos de que no te fueras de su lado, pero esa noche Jeongin dejó de ser un chico tierno para buscar controlarte.
El baile entre ustedes era sucio, directo, cargado de deseo a pesar de que no se veían los ojos y apenas reconocían las voces del otro. Te sostuvo del cuello y se atrevió a morder tu hombro seguido de tu mejilla, mostraste una mueca de disfrute total, él la saboreaba como si fuera el mejor de los manjares.
Te diste la vuelta y se enfrentaron por segunda vez desde que se encontraron para empezar a bailar. Jeongin fijó sus manos en tus caderas para saborear el cómo las movías al llevar tus manos hacia sus hombros, empujándolo levemente hacia un pasillo entre todos los cuerpos en movimiento o sudorosos. Jeongin se dejó llevar, sus sonrisas seguían subiendo, bailaban con erotismo, se acariciaban con descaro. Era delicioso, no podían mentir.
Llegaron a la oscuridad, él te empujó contra la pared, tomó tu pierna para levantarla y meterse entre el espacio de ellas. Sí, se besaban con un deseo incontrolable, se arañaban y gemían cosas sin sentido haciendo que su compañero buscara más.
Reíste al recordar que esa noche terminaron en la cama de Seungmin totalmente desnudos y abrazándose como si el otro fuera a desaparecer en cualquier momento. Sin embargo, este los encontró pasada las una de la tarde luego de que él volviera de sabrá Dios donde. Nunca nadie supo cómo llegaron a la casa del pelinegro y él mismo seguía con la duda hoy en día (mandó a limpiar con severidad la cama y a cambiar el cerrojo después de esa situación).
En su noviazgo siempre vivían esos momentos, ¿qué había cambiado? ¿Por qué ahora todo era tan “recto” y “armonioso”? A ti no te gustaba la armonía, a él tampoco. Intentabas recordar el momento desencadenante de aquella vida tan… aburrida.
Tú: Después de la reunión con sus padres tuvimos sexo en un callejón, así que seguíamos normales… —Dices al caminar hacia la cocina, aun pensando en todo su trayecto. Agarras el delantal del colgadero de la cocina y te lo colocas sin dejar tu mente—. Luego de que conocí a su hermano menor me puso de rodillas en el baño y me pidió no gemir… —Observas a distintos lugares, ahora colocando los guantes en tus manos—. Cuando conocía a Chan él me puso en cuatro contra el sofá mientras Chan iba a la tienda. —Te sentías frustrada por no poder tener un momento exacto de cuando todo cambió.
¿En la boda? No, ya antes de la boda estaban así de aburridos. ¿Y en el compromiso? También, ya para ese momento habían acordado a tener sexo solo los fines de semana o los días en el que tu esposo (en su entonces prometido) no tuviese que trabajar.
Tú: ¿Qué pudo ser? —Sueltas el plato y la esponja para sostenerte de la orilla del fregadero—. ¿Cuándo conocí a Hyunjin? —Agudizas tu mirada—. No, él nos reprendió por besarnos delante de él. —Suspiras insatisfecha y te retiras los guantes—. Así no llegaré a nada. —Te alejas para caminar por el salón.
Tú: ¡Ah! ¡¿Y si fue cuando…?! No… esa vez nos detuvimos porque Changbin estaba llegando en su auto. —Sigues caminando al acariciar tu cara—. A ver… Nos conocimos a finales de verano del dos mil veinticinco. Luego de eso tuvimos varias citas alrededor de Seúl y una en Japón. Después… —Piensas mirando el techo—. ¿El susto del embarazo fue antes o después de conocer a su papá? —Buscas más en tu memoria y luego niegas entre risas—. No, no fue antes. Estaba asustado porque justamente él no me había presentado.
Te ríes mientras sigues caminando, ahora tomando la escobilla para desempolvar, limpiando los cuadros al seguir en tu insistente recuerdo.
Tú: Bien, después del susto conocí a su padre y luego a su madre junto a su hermano mayor. Después tuvimos la cena en la que se le cayó la salsa soja en el traje por estar muy nervioso. Ahí conocí a su hermano menor y las burlas que le hacía. —Vuelves a reír cuando rememoras—. Me hizo pagar por reírme. Ese idiota… —Suspiras con una sonrisa enamorada y te recuestas de la pared para ignorar tu deber—. ¿A dónde se fue mi hombre salvaje? —Muerdes tu uña, intentando retomar en tu mente todas esas veces que eran arrebatados y divertidos, que se reían cada vez que estaban juntos, cuando él hacía chistes y te cargaba de repente para besarte con toda la adoración del mundo—. Aaaah… Bien~ Sigamos recordando…
Toda la trayectoria pasó por tu cabeza, una por una, intentando no dejar ningún detalle. En ese paso desempolvaste, barriste, limpiaste la cristalería, luego el baño, ordenaste la habitación de visitas al cambiarle la ropa de cama y, entonces…
Tú: ¡Oh…! ¡OH! ¡SÍ! ¡SÍ! ¡Ya recuerdo! —Saltas en tu lugar al soltar la bolsa de basura en plena acera, llevándote la vista curiosa de tus vecinos al notar que le restabas importancia a sus presencias—. ¡JEONGIN DEJÓ DE TENER SEXO CONMIGO DESPUÉS DE QUE MI PAPÁ… hablara…con él en-…! Ahm…
Miras sobre tu hombro y notas a más de uno de los vecinos fingiendo hacer quehaceres. Era obvio que más de uno parecía avergonzado por lo que gritaste y a tu cara subieron los colores con intensidad.
Tú: Tonta, tonta, tonta… —Sostienes la bolsa, la dejas en su lugar correspondiente y casi corres a la casa para encerrarte con una gran sonrisa—. ¡Claro! ¡Al fin lo recuerdo! Recuerdo que papá dijo que iba a hablar con él y… después de eso solo eran excusas… —Tu rostro va dejando la felicidad lentamente de lado—…nunca supe lo que dijo, pero Jeongin se hizo… sencillo y… —Miras la foto de ustedes dos casados con grandes sonrisas, te enfocas en él—. ¿Qué le habrá dicho para que ahora sea así? —Agachas la mirada y aguantas la respiración—. Después de eso solo me pidió matrimonio y…
No puede ser, ¿acaso tu padre había arruinado tu relación? Solo pasó dos meses entre esa “charla” y la petición de matrimonio. Consideraste la idea de que fuera amenazado, de que si no se casaba contigo él tendría problemas y ahora te veía como una carga.
De nuevo te recargas en la pared y casi pataleas molesta al sentir que, lo que parecía una relación bonita, solo era un compromiso vacío, ¿acaso por eso se fue la chispa? ¿Por eso el estar juntos en la cama parecía una tarea más del hogar?
Tú: Con razón se iría con otra. Si lo estoy asfixiando…
Así te quedaste allí por mucho rato, ahogándote en una culpa que parecía estar guardada por más de tres años. Escondiste tu cara entre tus piernas mientras las abrazabas, las lágrimas salando tu rostro mientras se perdían en la tela de tus prendas.
Esto era injusto. Muy injusto. Le diste todo. Le diste amor, tu calor, tu cariño, tu tiempo, tu espacio, él solo se ocupaba de traer el dinero al hogar, ayudarte y ser feliz junto a ti, ¿por qué debías sentirte culpable? Si él no quería nada contigo solo debía decírtelo y evitar ese momento. El llanto se intensificó y tus uñas se clavaron a tu piel, apretaste los dientes en un tonto intento por dejar de llorar… Pero nada, no podías esconder el dolor que sentías ahora.
Alzaste el rostro para respirar, pero tus ojos se detuvieron en el reloj de pared con forma de zorrito. Este marcaba las cinco de la tarde y te sentiste levemente apurada de que tu esposo llegaría en cualquier momento.
Pero, espera…
Felix: Mierda… —Susurra intranquilo—. Bueno, le diré cuando llegue al trabajo. Es que cancelaron la cita de hoy con el peluquero y las pruebas de vestuarios, creo que podía llegar más tarde o salir más temprano. —Suelta un resoplido dulce de risa—. Pero no es nada.
Recordaste que ese día Jeongin no tendría que durar tanto en llegar a casa, según lo explicado por Felix. Las lágrimas bajaron, pero de nuevo por la rabia que te carcomía. «De seguro se quedó con la otra… Mientras yo me pudro en esta maldita jaula de oro por él.», llegó a tu mente para alimentar la molestia y más cuando otras palabras hirientes sobre tu persona misma se subieron sobre esa…
Te hartaste.
Buscas todo el licor que Jeongin escondía en su oficina, aquel que tenías sumamente prohibido tener en mano y beber. Encendiste su radio para conectarlo a tu celular, lo subiste a todo volumen y dejaste que el sentido aleatorio marcara el norte para tu disfrute.
¡Qué ventaja! Tu álbum latino salió a relucir, una vez más tus raíces resurgieron al abrir la primera botella con diversión y te recordaron quién verdaderamente eres. ¡Eres tú! No una coreana de esas. No eras nieve y sumisión tierna, eras fuego e improvisación, carácter y movimiento. Te subiste al escritorio de tu esposo y pateaste los papeles que tenía apilados mientras llevabas el pico de la botella a tu boca, tomaste grandes tragos y te secaste con el dorso de la mano, moviéndote como hacía tiempo que no lo hacías.
Tú: ¡A ella le gusta la gasolina! —Bebes más— ¡Mh! ¡Mjm! ¡… Gasolinaaaaa!
El tiempo pasa mientras sigues bailando. Te quitas ese estúpido delantal.
Tú: Triple X e’, Guatauba en esta ve’. —Cantaste con la segunda canción del playlist—. Con el plan B, y Manolo al garete-te.
Te soltaste el cabello, sintiendo como el sudor empezaba a bajar por tu cuerpo sin coherencia alguna y haciendo brillar tu piel.
Tú: Me estás tentando~ Hace rato que te ando velando, oh, oh.~
Mueves tu cabeza de un lado a otro, las carcajadas saliendo solas cada vez que sentías que ibas a caer, pero no estás borracha. Oh, no. Al contrario, estabas MUY coherente, ahora sí disfrutabas de tu vida.
Y entonces… Jeongin llegó. No te diste cuenta porque estabas muy entretenida siendo feliz con la música a tal volumen que apenas podías escuchar lo que cantabas tú.
Jeongin: Pero… ¿Qué? —Susurró al salir de su auto al parquearlo y escuchar como su casa casi se caía de lo fuerte que estaba el ruido.
No, evidentemente eso no era normal. Cerró su puerta sin despegar el asombro de su rostro, caminó directamente a la entrada y sintió más fuerte los beats de la canción al llegar al pasillo. Entró a su oficina y no se fijó ni siquiera en ti, fue directamente al control del radio sobre su escritorio totalmente desordenado y lo apagó al instante.
Tú: ¡Maldita sea! ¡¿Qué fue?! —Te detienes de golpe y das la vuelta con molestia, encontrándote con tu esposo de lleno en una mirada cargada de confusión—. ¿Y a ti qué te pasa? ¿Por qué apagas la música?
Jeongin: ¿Que qué me pasa a mí? ¡¿Qué te pasa a ti?! ¡Mírate! Estás tan… —Te observa de arriba hacia abajo y… las palabras de reproche se le olvidan de golpe a notar en qué condiciones estabas—… estás… —«Malditamente sexy», habló su cabeza por él.
Pantalones cortos y blancos ajustados a tus muslos, una camisa desabotonada con los pechos casi al aire, el pelo desordenado hasta más no poder, la cara cálida, los ojos brillantes, los labios rojos de tanto morderse, el sudor haciendo tu piel brillosa… Jeongin tragó grueso cuando sintió su pene saltar dentro de sus pantalones y darse cuenta de la situación.
Tú: ¡¿A ti qué mierda te importa?! ¡Dame el control! —Él lo aleja cuando casi le saltas para quitárselo.
Jeongin: ¡No! ¡Ey! ¿Qué mierda te pasa? ¿Estás borracha?
Tú: ¡Que me des el control! —Logras saltar justo a tiempo para arrebatárselo y encender la música antes de que él pudiera apagarla de nuevo. Jeongin casi se cubrió los oídos cuando, en vez de seguir la canción que esperabas, continuó una nueva…
… una mejor.
Jeongin: ¡Apágalo!
Tú: Ella le gusta vacilar, to’ lo’ weeken’ irse a janguear. Ella e’ loquita, pero e’ dulce como candy. —De nuevo aquellos movimientos que te hacían sentir libre. Te sostuviste del cabello, ahora ignorando la presencia de él detrás de ti, ignorando los problemas y las teorías que sacaste, olvidando el por qué lloraste o si ese día lloraste. Eras tú y la música, bailando sola para sanarte a ti misma con tu naturaleza.
Lo que no sabías es que, mientras la canción se reproducía a la misma danza de tu movimiento, Jeongin se detuvo de acercarse y luchar de nuevo. Esta vez se acomodó en la orilla de su escritorio… Esa canción le parecía muy conocida. Pero… ¿de dónde? Era irónico que tú sabías tu idioma y el de él, mas Jeongin no podía determinar ni una palabra del tuyo.
Jeongin: Te mueves muy bien… ¿De dónde eres?
Tú: De aquí no. —Risas
Jeongin: Eso es obvio. —Él besa tu cuello—. Dudo que alguien se mueva tan bien como tú.
¡Claro! La primera vez que se conocieron. Esa fue la canción que pediste porque decías sentirte identificada con ella, la dejaste de escuchar cuando decidieron probar otras canciones para tener sexo en distintos lugares. Se ríe divertido al recordar aquellos tiempos mientras se cruza de brazos. Te das la vuelta para hacerle frente , él te observa por inercia.
Tú: Le gusta a lo kinky, nasty, aunque sea Fancy. Se pone “cranky” si lo hago romanti’. —Casi no se escuchaba lo que cantabas…—, le gusta el sexo en exceso. —…pero le sacaste la lengua y, de alguna forma él sintió como si lo lamieras desde lejos al mostrar esa sonrisa atrevida. Una que tenía tiempo sin ver. Mierda, eso sí lo excitaba.
Luego te vio acariciarte la cintura, seguiste con tus pechos por encima de la camisa, moviste tus caderas siempre acentuándose en dirección hacia él. Y él por fin estaba entendiendo la descarada invitación. Pero siguió sin acercarse, solo se quitó los botones de su camisa en sus muñecas para remangarse esta hasta sus codos y volver a cruzarse los brazos, relamiéndose los labios cada vez que tú lo hacías.
Jeongin: Ven, “candy”. —Murmura al verte frente a él de nuevo, gesticula con su mano una invitación más atrevida de parte de él hacia ti—. ¿Miedo?
Tú: Ni un poco. —Le vuelves a sacar la lengua, él mueve la suya dentro de su mejilla—. No quiero ni me interesa. —Le pronuncias con los labios a la distancia, ahora moviéndote con más provocación, sin dejar de mirarlo y riéndote de vez en cuando como si te burlarlas de su creciente desesperación.
Y Jeongin se dio cuenta de que el “dulce” no iba al “zorro” …
…el zorro tendría que ir por su dulce.
Por eso te sostuvo repentinamente en un abrazo desde atrás, tú no te dejaste de mover con el control de la radio en mano. Gracioso, porque él tampoco quería que te detuvieras. De nuevo los dos revivieron ese primer encuentro, ese primer contacto… ese primer deseo. Tú bailando como tanto te gustaba, él abrazándote de atrás como si quisiera poseerte.
Tu esposo dejó de acorralar tus brazos para ahora ir tras tus caderas, sus manos plasmándose al sentir como te meneabas, su sonrisa hablaba por sí sola mientras ubicaba su cara en tu hombro y dejaba un beso en este.
«La abuela de ella jura que ‘e una angelita (¡Oh!),
Insulta a to’ el que hable mal de su nietecita»
El ritmo era pegajoso y más con la experiencia que se llevaba a cabo. Sus labios llegaron a tu cuello antes que sus pensamientos a ser coherentes. Se dejaba llevar de ti y más cuando lo acariciabas con tu mano libre para atraerlo más a la perdición… dulce y deliciosa tentación.
Jeongin sonrió contra tu piel, mordiéndote apenas con esa malicia juguetona que siempre había tenido contigo. Tus caderas seguían marcando el compás de la canción, como si lo retaras a aguantar un poco más, a no perder el control tan pronto. Él soltó un respiro ronco en tu oído, sus brazos bajando con lentitud, ajustándose a cada curva de tu cuerpo.
Jeongin: Sigues siendo la misma. —Atinó a decir, casi como si hablara para sí mismo, pero lo dijo con un tono impregnado en algo que creía haber perdido con cada desdén de ustedes: el deseo y las ganas. Echaste tu cabeza hacia atrás con una gran sonrisa, porque sabías perfectamente qué significaba eso. Eras la misma que lo descolocaba, la que lo provocaba hasta arrancarle la paciencia… La que lo encendía hasta desconocerse a sí mismo.
Tú: ¿Y eso te gusta o te molesta? —Le preguntas, girando un poco el rostro, rozando su boca sin besarlo.
Jeongin: Me desespera… y me encanta. Lo extrañaba. Lo necesitaba… —Suspira en tu oído junto con la frase—: te necesitaba. —Abre sus labios al mismo tiempo que tú lo haces, se acerca para intentar besarte, pero se queda a medio camino—. Mierda, te necesito.
El ritmo seguía, y tus movimientos también. Pero ahora él no estaba solo observando: estaba jugando contigo, presionándose contra ti, siguiendo el vaivén a desmedida. Tus risas acarameladas se fueron haciendo más lentas hasta transformarse en suspiros, de esos suspiros descendieron a respiraciones acompañadas de peticiones sin palabras y, en un solo paso, ya se habían hecho gemidos que alimentaban a tu hombre.
Sus manos tomaron tus pechos desde atrás, no había cuidado o el permiso de cada noche en la que tenían una “leve unión marital”. Se encontraban restregándose como si estuvieran en celo, buscando romper la tensión creciente cuando la música estaba a punto de acabar.
Jeongin: Caliente… Mi esposa es tan, pero tan caliente. —Lame lentamente desde tu hombro hasta tu mejilla y aprovecha para quitarte la camisa, solo dejándote en aquella blusa de tiros finos. El escalofrío recorriendo todo tu cuerpo al agudizar un sollozo y de nuevo se siente complacido de la discordia que estaba creando en ti. Podía imaginarse a la perfección como estabas entre tus piernas, por lo que llevó su mano derecha viajó a tu pantalón mientras volvía sus labios a tu oído—. Quiero que me quemes por completo…
Tú: ¿Qué… te queme? —No, no fue una duda real. Era más una petición de que continuara con aquella línea de frases como lo hacía. Ahí tu esposo recordó una cosa: te gustaba que te hablaran sucio. ¿Cómo había olvidado eso en todo este tiempo?
Jeongin: Si yo soy el zorro y estás casada conmigo… eso te hace mi zorra, ¿no? —Su sonrisa torcida y peligrosa se dibujó justo antes de morderte el labio con fuerza, arrancándote un gemido que a él le sonó como la confirmación—. Entonces caliéntame como la zorra que eres. —Deslizó sus dedos con brusquedad por tu entrepierna, apenas rozando lo suficiente para desesperarte—. Mi zorrita. —Gime en tu oído, eso te doblega—. ¿Mh? ¿Te agrada como suena el recordarte tu lugar? —Levantaste la mirada hacia él, solo un poco. Un destello de risa casi te salió… Estabas tan complacida—. Mírate… provocándome. Siempre te encantó hacerlo, ¿verdad? —Lamió la comisura de los labios—. ¿Por qué no me recuerdas cómo me ataste a ti, cariño?
Tus piernas flaquearon cuando uno de sus dedos, el medio, ingresó en ti mientras seguía hablando. Tu oreja encendiéndose en llamas con sus jadeos y palabras, su mano derecha maltratando tu pecho del mismo lado y la mano izquierda hundiéndose entre tus piernas. Dejó tu seno para quitarte el control del audio y repetir la canción, bajándola un poco solo para hacer ambiente. Después de eso lanzó el pequeño aparato por otro lado sin reparar donde. Claro que recrearía todo (y quizás más) de la primera noche.
Te dejó de golpe y te giró a pesar de que le diste el frente con aturdimiento, sostuvo tu cuello y casi te choca de la pared al llevarte hasta esta, tu espalda sintiendo el duro material enderezarte a su disposición. Tus ojos bien abiertos seguían figurando la cara de Jeongin. Apretó tu cuello contra la pared, no con fuerza para hacerte daño, sino con la presión exacta para recordarte quién estaba a cargo. Sus labios rozaron tu boca, pero no te besó; te sostuvo en esa tortura de deseo.
Jeongin: ¿Qué pasa, amor? —Fingió una voz preocupada a pesar de que seguía con aquella mueca alegre—. ¿Estás asustada? ¿O no puedes esperar a que te abra para mí como la zorra que eres? —Otro destello de delirio de tu parte, él estaba dando en el clavo—. Estás como te quiero… —Con su mano izquierda, ahora libre, se deshizo de los botones de su propia camisa uno por uno, pero tú seguías mirándole fijamente a los ojos—. Tan desesperada como yo y malditamente caliente.
Tus manos fueron a su abdomen tan pronto como la tela dio el espacio para tener acceso. A pesar de no ver el cuerpo de tu esposo por su agarre en tu garganta, lo acariciaste, él movió sus caderas cuando arañaste suavemente por su piel endurecida y algo húmeda por el calor creciente. Algo en el ambiente te daba sensaciones muy similares a aquella fiesta donde se conocieron y no pudiste evitar preguntar entre jadeos.
Tú: ¿Piensas… hacer lo mismo?
Jeongin: ¿Lo mismo? —Agudiza sus ojos rasgados sobre ti, su sonrisa haciéndose más retorcida a pesar de tener la pizca de su ternura característica—. No, mi linda y tierna zorrita… —Ejerce un poco más de fuerza en tu cuello y gemiste, Jeongin va dejando de sonreír gradualmente y, usando su voz profunda, informa—: pienso hacerlo peor…
Como pudo empezó a arrancarte el pantalón corto y siguió con tu ropa interior inferior a la que poco le prestó atención. Cuando la canción se repitió por tercera vez se deshizo de tu blusa hasta despellejarla con una sola mano y… su errática reacción animal solo te encendía más. Arqueaste la espalda justo con él bajó tu sostén para tomar tu pecho, su boca apoderándose de los pezones y chupándolos con los ojos cerrados.
En ocasiones, solo para mortificarte, lamía con la punta de su lengua y jadeaba en las zonas salivadas mientras alzaba su vista hacia ti, buscado la reacción provocada.
Sujetó tu muslo derecho con crudeza y lo levantó, justo igual que aquel día, una queja de sorpresa salió de tus labios antes de que lo detuvieras y su entrepierna enmarcada por el pantalón se encajó entre la leve abertura que se formó al tenerte de pierna alzada.
Tú: ¿Y este cambio de humor? —Quisiste romper la tensión sin dejar de tocar todo lo que podías encontrar de tu hombre en su cuerpo—. ¿Acaso llegaste tenso del trabajo? ¿De nuevo los chicos te…? ¡Ay~! —Casi volteabas los ojos al sentir su mano deslizándose de tu cuello hacia tu nuca para sostener el pelo de allí, a pesar de estar desordenado. Por otro lado, la parte sur de sus cuerpos solo se calentaban más con cada choque que entregaba contra ti.
Ya querías sentirlo sin los pantalones.
Jeongin: ¿De qué…ngh… mierda hablas? —Suelta solo enfocado en complacerse y recibir tus gustosos sonidos—. Manché…. la estúpida camisa… —Aprieta los dientes cuando sintió que su pene les pedía a gritos que lo dejara salir, pero él quería durar un poco más—. Para que-… que te arrodillaras y me metieras en tu boca. Ah~ que bien se siente… —Lanzó su cabeza por un momento hacia atrás, pero si dejar de ascender el ritmo.
Reclamarle en ese momento no era opción, porque aunque quisieras pelearle por mentirte o que le pegaras por reproche, no sería ahora. Querías disfrutar sus falsas penetraciones y mover tus caderas contra él para verlo deshilarse más en la incoherencia. Ya el pelinegro estaba sudado, jalaba tu cabello con cada tic que sentía al casi querer venirse, pero conteniéndolo.
Tú: ¿Qué pasa? —Él abre los ojos (que en algún momento los había cerrado en disfrute) y te clavó estos entre los temblores ansiosos, el aguante que se tenía Jeongin era bestial—. ¿Te estás fundiendo en mi calor? ¿Mh? —Cambiaste el ritmo a uno más lento, pero fuerte. Uno que le sacó un jadeo que pareció música para tus oídos—. Mmmh~ —Gemiste entre risas cuando otro jalón de su puño retuvo más de tu cabello—. Más fuerte…~ —Mordiste tus labios al serpentear las manos por sus costados y clavar tus dedos en su espalda—. Jeongin…~
Jeongin: ¿Ajá…? —Cuestionó casi hipnotizado.
Tú: Más… —Él atrapó tus labios en un beso rápido y se separó para volverte a ver—. Sigue…
Jeongin: ¿Más?
Tú: Con fuerza…
Jeongin: ¿Cómo lo quieres?
Tú: Hazme llorar… —Su sonrisa lujuriosa volvió.
Jeongin: Espero escucharte gritar con ganas. —Soltó todo de ti para plasmar su mano libre en la pared, aún conteniendo tu pierna alzada contra sus caderas. Te tenía y quería dispuesta para él.
«Pide que la empuje, que el pelo le desordenen.
Que la encadenen, que a la cama la condene.»
La emoción de Jeongin fue casi delatada cuando se le escapó gran parte de su eyaculación entre sus pantalones y se separa contra su voluntad, pero lo contuviste para alejarse al seguir amasándote contra él. Sostuviste su cara con intenciones de que no se moviera. La canción iba por su quita repetición y a ustedes les importaba menos.
Tú: Creo que… el que llorará será otro… —Te relamiste los labios al separarte de él con un hilo de saliva tras el tosco beso, tu esposo sintió esas palabras como un verdadero reto. Con sus ojos fijos en ti buscó liberarse de su pantalón levemente húmedo y en cada movimiento tosco su rostro reflejaba la inflexión determinante de hacerte tragar esas palabras.
Jeongin: Al piso. —Gruñó al soltar tu pierna y dejar que descendieras sin quitarle la mirada, creías que sería para hacerle un oral y tragar lo que parecía restarle por soltar. Pero no—. Acostada bocarriba y piernas abiertas. —Lo miraste con sorpresa, y aún más cuando él se alejó para tomar su silla del escritorio y sentarse frente a ti—. Quiero ver cómo te tocas para mí.
¿Escuchaste bien? ¿O habías quedado tan loca por todo lo que te provocó hace rato?
Tú: Je-Jeongin…
Jeongin: No es una pregunta. —Se recostó en su lugar y afiló su mirada a ti mientras abría más sus piernas—. Y sabes que no tengo paciencia.
No te quedó de otra que pasar de estar de rodillas a estar sentada en el piso frente a él. Despeinada, con poco menos que nada de la ropa que llevabas puestas y ahora abierta para tu esposo con el tinte de la vergüenza a flor de piel. Él guio sus ojos desde los tuyos a tu entrada, acarició sus labios con su mano para disfrutar del paisaje.
Jeongin: Mierda… que bien te ves. —Tu cuerpo reacciona con su voz más profunda—. Tócate…
Y con cuidado lo hiciste, al instante los pequeños espasmos de nervios por su mirada intensa sobre ti no se hicieron esperar. Lentamente te concentraste más en ti y en cómo te hacía sentir tener su atención en tu cuerpo, en tus movimientos. No pudiste parar… Tu esposo solo jadeaba fascinado de lo que veía, todos los recuerdos de cuando estaban en su noviazgo volvieron una vez más, cuando la decencia se iba por la ventana y solo dejaban salir su lado animal frente al otro.
Jeongin sacó su pene aún húmedo y duro de la semi alteración anterior, sus ojos comiéndote mientras su mano empezaba a asemejarse a los movimientos de tu entrada. Los jadeos subían de ambas partes, las tuyas siendo más agudas y las de él con más carácter. Sus caderas subían y bajaban casi por inercia, las tuyas ondeaban; arqueabas la espalda, él se relamía los labios; tu peinabas tu cabello ante el disfrute y sus pupilas se dilataban queriendo ser él el que lograra eso.
Un solo minuto había pasado desde la petición y, Jeongin, estando duro y fuera de sí, se levantó de la silla y casi corrió hacia ti. Se colocó de rodillas y quitó tu mano para sostener tus muñecas, aprovechando que tus piernas estaban abiertas solo se introdujo con crudeza en ti y casi se volvió loco con tu grito desesperado.
Jeongin: Así… —Su voz empañada por el sin sentido de su mente. Se acomodó más de una vez para empujar de distintas maneras y con distintas potencias, pero cada una siendo peor que la anterior, marcando cada embestida entre el ritmo que para él era necesario—. Grita para mí… que todos sepan cómo te hago llorar, zorrita.
Su mano toma tu mentón al enderezarse levemente sobre ti, entró su dedo pulgar en tu boca abierta y lo bañó de saliva con tu lengua, quedando de labios abiertos al sentirse perdido tanto en la imagen como en el vaivén de su cuerpo dentro del tuyo. Te sostuviste de su cabello, él bramó como un irracional cuando todo lo que sucedía. Te sostuvo de las piernas y te abrió más, la locura invadiendo su rostro mientras sonreía, sus venas tensas en todo su cuerpo al borde de explotar por la adrenalina y tú…
…bueno, a este paso la voz empezaba a ser irregular entre los remeneones y la bestialidad caliente que se clavaba en ti. Ya los sollozos se hicieron realidad y solo podías gritar con el placer abordándote desde demasiados lados. Jeongin quiso seguir y por eso sin previo aviso salió con la tanta rapidez que no te dio tiempo para percatarte. Te asustaste al sentir cómo te daba la vuelta y asimilando que ahora quedaste bocabajo en el piso, aturdida.
Tú: ¿Eh…? ¿Qué…? Nngh…
Contuviste la respiración en cuestión de segundos, él te sostuvo de las caderas y las levantó a su disposición, abrió tu entrada con sus pulgares y se volvió a adentrar, retomando el ritmo inhumano contra ti. Apreciándose más cuando te jalaba del cabello para dejarte quieta con él adentro, tú te retorcías haciendo tus manos puños y más de una vez casi cayendo de cara al piso con labios abiertos de tanto llamar por el placer.
Tú: ¡Jeo-…! ¡Jeong-…! ¡Jeong-…! ¡In! ¡Ah! ¡Ah! ¡Dios~! —Cada vez que te llenaba cortaba su nombre. No importaba cuanto te estiraba o removieras, te hizo casi morir de disfrute.
Tu cuerpo se arqueaba, temblando, incapaz de controlar cada espasmo mientras él se hundía en ti sin compasión. Tu respiración era un caos, jadeos mezclados con gritos y susurros sucios, cada uno reforzando el dominio absoluto de Jeongin sobre ti.
Jeongin: ¿Lista para sentirte llena? —El balbuceo de tu esposo salió más torpe de lo que esperaba, pero le restó importancia. Con su brazo derecho sostuvo tu cuello y te arqueó hacia atrás casi a la fuerza con las últimas estocadas. Tus piernas se abrieron más al voltear los ojos, la mueca de felicidad pintando tu rostro al retomar ese disfrute que desde hace bastante tiempo no tenías. Todo en ti parecía agradecerle de lo bien que te “trataba”. Y… que bien era sentir como él te llenaba sin control mientras temblaban.
Siguió en esa posición por más tiempo, relajando tanto tu agarre como su pene su pene bajó con cada segundo que pasaba. Salió de ti torpe, con destellos de debilidad alrededor de su vista. Logró ver cómo terminabas recostada en el piso a la vez que el sentido de la vida de nuevo lo embriagaba. La música, las paredes, todo volvía a su lugar.
Jeongin se recostó sobre ti. ¿Te pesaba? Sí, y mucho más con el cansancio de todo lo que te hizo. Pero luego apoyó su frente contra tu hombro y respirando aún con fuerza pero más calmado. Sus brazos hicieron un intento de rodearte… luego prefirió solo quedarse tendido cuando te quejaste con ronquera.
Jeongin: Necesitaba tanto esto… —Deja salir un resoplido de risa—. Y tú, cariño… tú también lo necesitabas, ¿eh?
Tú: Sí… —Dijiste con ronquera, todavía temblando, sintiendo cómo su presencia te envolvía—. Amo-…
Jeongin: Shhh… Descansa, ¿sí? —Sus labios rozaron tu cuello con suavidad y tú sonreíste más—. Quédate quieta… aquí, conmigo.
Quizás mañana hablarían de los temas pendientes: de la llamada de Felix, de dónde estaba tras saber que le habían cancelado dos sesiones de su trabajo. Y, además, si en realidad te era” infiel”.
Pero ahora mismo creías que una de esas tres opciones habías sido descartada. Aún más cuando al tu esposo decidió cargarte, apagar la música y te llevarte con él a la cama para descansar. Te acomodó sobre esta con cuidado, asegurándose de que tu espalda quedara apoyada y tus piernas cubiertas por la manta. Sí, estabas desnuda, pero estas su mujer y a él le encantaba verte tal como eras.
Jeongin se recostó a tu lado, envolviéndote con su brazo y arraigándose a tu calor como la primera vez…
…como hace tiempo no lo hacía.