Autora: ViviDeBinnie || Fecha de creación: 16 de agosto del 2024
Autora: ViviDeBinnie || Fecha de creación: 16 de agosto del 2024
Era muy lindo para Chan el que hayas decidido acompañarlo. El grupo, junto con el staff, estaría acampando en un lugar lejano de la ciudad; podían invitar amigos, por lo que él decidió invitarte como amiga. Nadie sospechaba. Changbin y Felix también invitaron a personas cercanas; otros, como Seungmin y Jisung, invitaron a amigos.
Cada uno hablaba de manera divertida en diferentes círculos de conversación, pero estaban tan absortos que no se dieron cuenta cuando tú y Chan se alejaron de todos para caminar dentro del bosque. El sol empezaba a caer y él llevaba una tela para colocar en el piso; antes había estado allí, por lo que sabía hacia dónde te llevaba. Para ti sería una sorpresa.
Cuando se detuvo, tú también lo hiciste, solo viendo su alta y ancha espalda, por lo que caminaste unos pasos más para estar a su lado y ver aquel río fluir con tranquilidad. Las montañas al fondo con el sol poniéndose, los árboles dando esa leve sensación de distancia y soledad para ustedes, el ruido del líquido chocando con las piedras… Todo estaba perfecto.
Chan extendió el manto sobre el leve césped, algo cerca del río, y ambos se sentaron allí con una gran sonrisa. Al principio no hablaron; sólo admiraron su alrededor y el silencio. Luego se miraron y se sonrieron como dos tontos enamorados. Ambos disimulaban ante los demás de manera perfecta; nadie sospechaba que entre ustedes había algo más que una filial amistad.
Chan: ¿Qué te parece? ¿Te gusta? —comentó, refiriéndose al lugar. Tú asentiste.
Tú: Sí, es muy íntimo y tranquilo. Me encanta. No habrá nadie preguntándonos nada o hablando de cosas sin sentido —lo miras y él te devuelve la sonrisa que volvía a dibujarse en tu rostro—. Solo tú y yo.
Chan: Solo tú y yo —repitió él y se acercó de manera lenta para plantar un tierno beso en tus labios. Se separaron y se miraron a los ojos. El sol había desaparecido y la oscuridad había empezado a pintar el ambiente.
A pesar de que poco a poco los detalles del lugar empezaban a dejar de apreciarse, te diste cuenta de que cerca de donde estaban había una pequeña calle. Era estrecha, pero tenía linternas altas que se encendieron al percibir el movimiento alrededor, por lo que no estarían tan a oscuras como pensaban.
Chan: ¿Te asusta que estemos solos? —preguntó él, trayéndote de nuevo hacia la realidad y, a su vez, a su rostro. A pesar de que la mitad de este se encontraba sumergida en una leve oscuridad, podías distinguir su sonrisa iluminada por las luces que se intensificaban.
Tú: Para nada, ¿por qué debería estarlo?
Chan: Estamos solos, tú y yo —recalcó—. Podrían pasar cosas.
Una sonrisa fugaz vino a tu rostro; sabías a lo que se refería. Él notó que te avergonzabas por su insinuación, pero, a diferencia de otras veces que lo había hecho, no lo detuviste. Esa fue una señal, una señal muy directa. Sí querías que sucediera.
Querías esa primera vez. Chan no era un tonto y hacía tiempo quería estar contigo al punto en que no se pudiera detener. Pero te respetaba, lo hacía de manera casi devastadora. Debía admitir que en ocasiones se sentía frustrado al verte y no poder tocarte como quería, por lo que ahora, de solo notar que te quedaste en silencio, fue suficiente para empujar un poco más, atentar contra la suerte.
Chan: ¿Quieres que pasen esas cosas?
Tú: ¿Aquí? ¿Ahora? —levantaste la cara de repente. Ahora el cielo estaba oscuro, la luna y las estrellas empezaban a tomar fuerza y el lugar no estaba tan oscuro—. ¿Tú quieres?
Él mostró una sonrisa divertida; sus hoyuelos se marcaron lo suficiente para hacerlo parecer tierno a pesar de la conversación.
Chan: Sería un tonto si no quisiera.
Se mantuvieron quietos por un rato, solo bebiéndose con la mirada. Chan se atrevió; tenía que tomar el primer paso si quería que sucediera, si quería llegar a ti. Extendió su mano cuando la luna salió de una nube y se reflejó en tu rostro, aquella sublime imagen, aquellos ojos mirándolo a detalle, con miedo de lo que pudiera hacer. Para cuando su mano estuvo en tu mejilla, sus labios tocaron los tuyos.
Un beso lento, tranquilo y pacífico. Uno que no te intimidara, que te diera a entender que él te quería, no solo de una manera carnal, sino de una manera dulce; una forma tan pura que parecía sacada de un libro de cuentos. Accediste a que su lengua se filtre en tu boca y poco a poco él se fue colocando de rodillas para ceñirse sobre ti. Ahora él impedía que la luz de la luna llegará a ti; su sombra te cubría y tú no protestabas, concentrada en aquellos labios tan diestros que te guiaban a una perdición.
Cuando su respiración estaba sobre ti, luego de separarse, te percataste de que ya estabas recostada sobre el manto, él sobre ti. Chan notó tu nerviosismo; mostró una sonrisa intentando buscar tu tranquilidad, sin dejar tus ojos por un segundo. Solo por hoy, por esa noche, guardaría su sed de comerte y en un acto de caballerosidad; sería amable, sería cariñoso como siempre, para que tus sentidos despierten poco a poco.
Sus labios volvieron a ti, pero no para un beso. Plantó la suave carne en la comisura de tus labios y poco a poco los fue encaminando hacia tu mejilla, encontrando en el camino tu mandíbula y descansando en tu cuello. Fue en ese momento que tu respiración se cedió a la agradable sensación, al calor que entregaba él hacia ti.
Sus manos no se quedaron quietas y, mientras te distraía con su boca en tu cuello, empezaron a moverse por dentro de tu camiseta. Solo las sentías cuando sus dedos dibujaron sobre tu abdomen un cálido rastro que te hizo perderte en él.
Chan: Si me quieres detener…
Tú: No quiero que te detengas.
El suspiro de deseo lo hizo levantar su mirada y verte con los ojos cerrados. Una sonrisa volvió a los labios de él; se los relamió y ahora decidió apostar a subir un poco de nivel.
Su lengua se plantó en tu clavícula; la humedad caliente te sobresaltó justo cuando una brisa fría vino de alguna parte del bosque. Estaban tan sumergidos el uno en el otro que olvidaban dónde estaban. Su masculina lengua subió hasta tu barbilla y tanto tus piernas como tu boca respondieron al mismo tiempo. El gemido enredado en su nombre lo hizo tartamudear; sería difícil ser lento si le ponías pruebas tan duras al pobre Chan.
Se separó solo para usar sus manos como palanca y levantar tu camiseta, sacándola por tu cabeza antes de que pudieras articular algo. Tus brazos quedan extendidos a los lados de tu cabeza y él solo te vio desde arriba; ladeó su cabeza, degustando la vista que le dabas. Su respiración subió unos tonos y el calor se enmarca en ambos. No esperó para atacar tus pechos, solo separándose unos segundos para quitarse su camiseta.
Enfoca sus manos y labios en darte placer, al punto de que no notó cuando tú, en tu inocencia de querer explorar, llevaste tus dedos hacia sus abdominales. Él se detuvo por un momento encima de la parte sobresaliente de tu sostén y pudiste notar su cálida respiración. Lo intentaba, jura que lo intentaba, pero tú no ayudabas a que su mente se mantuviera en un mismo hilo.
Fue cuando decidió volver a apostar suerte al colocar su rodilla entre tus piernas e hizo presión en tu entrepierna, subiendo ahora sus manos hacia tus pechos. Un leve grito de sorpresa vino de ti y él se detuvo por tercera vez.
Bien, al diablo con la paciencia.
Ambas bocas se volvieron a unir, pero ahora él no quiso ser tierno. Quiso llenarse de ti de alguna manera. Luchó con tu lengua mientras tragaba tus gemidos; sus manos exploraron desde las llanuras de tus costillas hasta las leves montañas de tus pechos con poco cuidado, y su muslo presionaba tu intimidad con cierta desesperación.
Tú: Channie…
Chan: Soy yo.
Sonrió cuando rompiste el beso para gemir su apodo. Volvió a besarte, pero se alejó para quedarse de rodillas, separando su torso de ti y mirarte desde arriba… con hambre, con deseo, con lujuria… con algo; lo que fuera, pero lo querías.
Tú: Christopher.
Chan: Lo sé. Yo también.
Claro que lo sabía; él estaba igual de desesperado que tú. Pero, aunque lo quisieras, tenía que ir de ese modo: no podía apurar, no te quería lastimar. No te quería lastimar. Por lo que tuvo una idea.
Sus manos te dejaron para tomar los laterales de tu pantalón; los dejó por algún lugar del pasto cuando te lo retiró mientras se agachaba a dejar besos por tu vientre. La ropa interior que llevabas quizá no era la mejor de todas, pero en ese momento eso era lo que menos le importaba; él solo veía un impedimento. Quitó tu ropa interior hasta dejarla en algún punto de tus rodillas y se metió en el hueco de tus piernas.
Tú: Cha-Aaah…
Lo que menos esperaste fue sentir aquella viscosidad de su lengua nuevamente, pero en tus labios inferiores. Sus dedos te abrieron a su disposición y su lengua entró en ti con intenciones de hacerte ver algo que no fuera aquel bosque u oscuridad. Nunca pensaste tener aquella sensación, nunca la imaginaste, pero solo sabías algo: fuera lo que fuera que estaba haciendo, lo hacía tan bien que te hizo mover las caderas.
Los minutos pasaban; su lengua se movía dentro de ti y tú también, en busca de que hiciera más. Tus manos se sostuvieron del manto y las manos de él se tensaron entre tus pechos y muslos. Cada vez que abrías los ojos, solo veías o sus ojos clavados en ti entre tus muslos o sus venas marcadas en las manos por el esfuerzo de que te quedaras quieta para que él trabajara.
Entonces tu espalda se encorvó y, sin palabras, Chan entendió que estaban a punto de llegar. Se separó de ti con un hilo de saliva y se saboreó los labios para luego llevar sus dedos a sus propios pantalones. Ver la situación hizo que la respiración se atorara en tu garganta; iba a suceder, tenía que suceder. Te ibas a sentar, pero no te lo permitió, porque cuando quitó su botón se colocó entre tus piernas de nuevo, ahora colocando su torso sobre el tuyo y sus caras frente a frente. No dejaba de mirarte mientras descendía su pantalón con una mano y sus calzoncillos con la otra hasta que su pene chocó con tu vientre.
Chan: Tranquila, no te va a doler.
Tú: ¿No?
Chan: Haré que no suceda.
Asentiste, le creíste y él sonrió de manera tierna. Una de sus manos se detuvo en tu mejilla para acariciarla con el pulgar, mientras la otra se mantuvo en su miembro para ubicarlo en tu entrada. Lo sentiste y, por inercia, llevaste tus manos a sus hombros. No lo dejaste de mirar; él tampoco.
Una leve risa salió de él.
Chan: Mírate. Pareces un pequeño conejo a punto de ser devorado por un lobo —quisiste responder, pero él plantó un pequeño beso en tus labios para luego tantear con la punta de su pene tu entrada; tu quejido lo apartó—. Tranquila, relájate.
Respiraste profundo y un segundo asentimiento salió de ti. De nuevo te besó y ahora sí lo sentiste entrar. Hubo una extraña mezcla de intromisión, incomodidad y extrañeza, pero fue reemplazada casi al instante por… ¿qué? Tu mente se quedó en blanco cuando entró la mitad, volvió a salir y ahora entró por completo. Era difícil de explicar, pero te sentías completa, como si aquello estuviera bien, como si estuvieran hechos para encajar.
El beso se rompió y te observó a centímetros.
Chan: ¿Estás bien? —asentiste—. ¿Segura? Háblame.
El tono de preocupación te hizo reír un poco.
Tú: Estoy bien. Se siente bien, Chan.
Él asintió y se movió un poco sin dejar de verte para percibir tu reacción, pero cuando gemiste con los labios entreabiertos y cerraste los ojos, entendió que no había nada malo y siguió moviéndose. Era hipnótico para él, era lascivo; quería seguir viéndote sentirlo dentro de ti.
Unió su frente con la tuya y apoyó sus manos a cada lado de tu cabeza. A pesar de que te avergonzaba que te mirara de esa manera tan intensa, él sentía ver el cielo en tu rostro mientras lo aprietas. De acuerdo, empezó a perder la cabeza. Ya no había un hombre; como si la referencia que había hecho antes fuera cierta, su lado salvaje empezó a dominarlo. Sus gemidos roncos arroparon los tuyos mientras aumentaba sus movimientos de caderas; todo en él se contrae. Tú lanzabas la cabeza hacia atrás con el sudor cubriendo tu piel. Maldita sea, esto no debería sentirse tan bien… ¿o sí?
Ahora estaba el sonido de los grillos, el río contra las piedras y la pelvis de Chan golpeándote como si su vida dependiera de ello, haciendo sinfonía con sus voces. El goce de los minutos era magnífico y, cada vez que se miraban, un leve cruce de ojos bastaba para que se rieran. ¿Por qué? No se sabe. Sus sonrisas eran amplias. Aquello era divertido, era satisfactorio, era absolutamente correcto.
Pero así como todo empieza, también debía terminar. Lo supiste cuando los movimientos de él se hicieron imprecisos y tu respiración se atascaba cada vez más en el pecho, haciéndote temblar ante la anticipación de algo en tu vientre.
Tú: Chan… No sé…
Chan: Está bien, solo mírame.
Así lo hiciste. La conexión de sus ojos fue suficiente para que se clavara más en ti. Tus piernas se contrajeron contra sus caderas y algo fluyó en tu interior; algo salió de ti, haciendo que tu espalda se despegara del suelo. Para ti fue casi la muerte; para él, renacer en ti. Un gruñido estrangulado y ronco salió de él y te sentiste cálida por dentro, una calidez extraña. Algo chorreaba; pasaban demasiadas cosas y él no dejaba de moverse, solo iba menguando con su respiración agitada hasta que su cuerpo quedó quieto.
Chan lanzó la cabeza hacia atrás, buscó aire y una sonrisa se dibujó en su rostro cuando su cordura volvió al lugar del que había escapado.
¿Qué restaba hacer?
Nuevamente, en la oscuridad, con el sonido del río y los grillos, con la luna escondiéndose tras una nube más espesa, se recostó sobre la manta a tu lado y te atrajo hacia él para que quedaras sobre su pecho.
Chan: ¿Estás…?
Tú: Bien —abriste los ojos y no pudiste esconder la sonrisa; él la sintió contra su piel y tampoco pudo ocultarla—. Muy bien.