Algunos dicen que soy fría, que la lluvia se transforma en granizo cuando
me toca; pero ese rumor es resultado de mi engañosa apariencia. Por dentro
ardo con un deseo que nace de lugares recónditos y secretos. Apenas puedo
tocarme, porque temo que el aire nocturno se convierta en vapor sobre mi
piel. Incluso la luz parece adquirir una consistencia ígnea cuando me roza.
Mi abuela francesa, que fue algo bruja, solía decir que en el horóscopo
tibetano yo era un pájaro de fuego. Y nunca pude desechar la idea de que
había cierta predestinación en sus palabras.
Esta noche iré otra vez a buscarlo. Antes de bajar, me contemplo en el
espejo y cuido hasta el más mínimo detalle de mi persona: el broche
recogiendo los cabellos, mi rostro perfectamente maquillado, y una rosa.
Abandono el dormitorio con paso rápido, pero el gato me detiene durante
un momento. Es la única criatura que me demuestra su afecto; la única que
no huye de mí, ni se comporta como si yo padeciera de un mal incurable.
El reloj del descansillo mueve sus piezas, preparándose para sonar. Voy
pisando los escalones, sin olvidar la expresión de serenidad que engañará a
todos. Cuando llego, me parece oír un susurro en la terraza del fondo.
La alfombra apaga el rumor de mis pies. Por eso ninguno de los dos me
ha sentido llegar. Casi de perfil, contemplo al hombre que me dio hogar y
afecto desde que murieran mis padres, que veló por mí durante años
mientras yo aguardaba el día en que nos casaríamos. No logro escuchar sus
palabras porque el viento de la noche crece como un vendaval. Junto a él,
hay un joven. Recuerdo haberlo visto dos o tres veces en algunas de
nuestras fiestas; pero nunca antes le presté atención. Existe un extraño aire
de familiaridad entre ambos. Lo adivino por la forma en que sonríen.
Percibo frases raras, vocablos de un código que no alcanzo a entender. La
escena me fascina y, a la vez, me aturde. Solo capto dos o tres promesas:
«...Tendré que irme después de la boda... Estoy harto... No puedo fingir
más...» Y se besan. Mi amado besa a aquel joven como otras veces me ha
besado a mí.
No puedo evitar la impresión de un gran mareo, como si el mundo
hubiera enloquecido. La rosa que llevaba en mi atuendo cae el suelo. Poco a
poco retrocedo hasta el comedor, cercano a la cocina. Junto al fogón donde
crepita la leña está el aceite para las lámparas.
Semejante a un eco, me llega el sonido del reloj que despierta.
La hoguera arde en su encierro de ladrillos con lujuria febril. Y vuelvo a
escuchar: «Estoy harto... harto...». No sé cómo ha sido. La lumbre se ha
prendido de mis ropas y tengo una lámpara en las manos. Oigo gritos: los
míos. Aullidos de mujer furiosa y traicionada que devoran la noche.
Atravieso enloquecida la galería. Salgo al exterior y corro a campo abierto
convertida en una brasa, en un duende, en un pájaro de fuego.
Cuando miro atrás, la casa es un sitio en ruinas que aparenta un
abandono de siglos. Varios desconocidos, vestidos con ropas extravagantes,
me contemplan espantados... Entonces acerco mis manos al rostro y me doy
cuenta de que puedo ver el mundo a través de ellas. Ahora lo recuerdo todo.
Las llamas me cubren totalmente, pero no percibo dolor alguno. Hace más
de cien años que dejé de sentir.