Piensa cómo te sientes cuando alguien te avisa que habrá tráfico. De alguna manera, te sientes seguro, prevenido y hasta con la capacidad de tomar decisiones: tal vez salir más temprano, buscar una ruta alternativa o simplemente estar preparado para lo que vas a enfrentar. Ahora, imagina lo contrario: sales sin saberlo, y de pronto te encuentras con un embotellamiento interminable. ¿Qué ocurre? Puede que te frustres, sientas ansiedad o incluso enojo porque no estabas listo para esa situación inesperada. Esa sensación de descontrol o incertidumbre es algo que las personas con autismo enfrentan con mucha frecuencia en su vida diaria, especialmente cuando no saben qué esperar de las situaciones que les rodean.
Para las personas neurotípicas, adaptarse a los imprevistos puede ser un reto, pero generalmente lo logran con relativa facilidad. En cambio, para una persona autista, esta falta de anticipación puede ser abrumadora. Los cambios inesperados no solo generan incomodidad, sino que pueden causar reacciones intensas, como ansiedad, crisis emocionales o conductas desafiantes. No porque no puedan adaptarse, sino porque necesitan más tiempo y apoyo para procesar los eventos que otros podrían dar por sentado.
Aquí es donde entra en juego la anticipación: una herramienta sencilla pero poderosa. Al preparar a alguien para lo que viene, no solo reducimos su nivel de estrés, sino que también le damos la oportunidad de entender, procesar y participar en su entorno. Les estamos diciendo, de manera implícita: Entendemos cómo te sientes, y queremos que tengas el control necesario para sentirte seguro y confiado.
Hoy, una experiencia en el consultorio me recordó lo vital que es comprender las percepciones del mundo de los niños autistas. Uno de mis pequeños pacientes, al verme con un pantalón militar, se vio sumido en una confusión genuina. ¿Era yo una terapeuta de lenguaje o acaso un militar? Mi vestimenta, que para otros podría parecer una elección sin mayor trascendencia, para él representaba algo completamente diferente. En su mente, al verme con ropa militar, su imaginación lo llevó a la conclusión de que, después de la terapia, iría a la guerra.
Este momento me hizo reflexionar sobre la importancia de los detalles y cómo cada niño, con su forma única de procesar la información, puede interpretar el mundo de manera distinta. Lo que para muchos de nosotros es una pieza de ropa común, para un niño autista puede ser un símbolo de algo mucho más grande, más lleno de significado, basado en sus conocimientos, sus intereses o incluso sus temores. En este caso, su inquietud no era sobre la terapia en sí, sino sobre lo que su mente asociaba con lo que veía: algo relacionado con el concepto de guerra, posiblemente influenciado por lo que ha observado en su entorno o por su sensibilidad a las estructuras autoritarias.
Esta situación nos recuerda la importancia de la flexibilidad en nuestra comunicación, especialmente cuando trabajamos con niños que tienen diferentes formas de entender el mundo. Como terapeutas, debemos estar atentos no solo a lo que decimos, sino también a cómo lo que usamos o cómo nos presentamos puede influir en la percepción de nuestros pacientes. La empatía y la paciencia son esenciales para deshacer esas confusiones, y en este caso, se convirtió en una oportunidad para explicar y aclarar, suavizando sus temores y creando un espacio más seguro en la terapia.
Cada día es una nueva lección sobre cómo los niños autistas, se relacionan con su entorno de una manera tan particular y profunda. Nos recuerda la importancia de no dar nada por sentado y de siempre tomar un momento para entender cómo ven ellos el mundo.
Las personas autistas no son "ángeles azules", ese término pertenece exclusivamente al reconocido grupo musical. Hablar de autismo no debe romantizar ni idealizar a las personas que lo viven, sino enfocarse en generar conciencia, promover la conocimiento y difundir los derechos y necesidades reales de quienes forman parte del autismo.
El autismo no debe ser un secreto a voces, es una forma de ser y percibir el mundo que requiere respeto, comprensión y apoyo, no mitos o etiquetas innecesarias. Cambiemos el enfoque hacia un diálogo informado, basado en la aceptación y en la lucha por la equidad, para que todas las personas autistas puedan desarrollarse plenamente en una sociedad que valore su diversidad.
Un hecho preocupante que observo mucho en mis consultas es ver que las mamás sienten esa carga de culpa, como si tuvieran el "superpoder" de asumir la responsabilidad de todo lo que sucede, incluso cuando no está en sus manos. Es un reflejo del profundo amor y el deseo de hacer lo mejor para sus hijos. Pero es importante recordar que no es tu culpa. Las circunstancias, los desafíos y las situaciones en la vida no siempre dependen de lo que hagamos o dejemos de hacer.
Ese sentimiento de culpa, aunque natural, no tiene que definir tu experiencia. Como madre, ya tienes el superpoder de amar, apoyar y ser una fuente constante de fuerza para tu hijo. Es normal tener momentos de duda, pero lo esencial es reconocer que estás haciendo lo mejor que puedes. Tu amor y esfuerzo son suficientes.
Es vital también ser compasiva contigo misma, entender que no existe la "mamá perfecta" y que lo que tu hijo realmente necesita es una madre que lo quiera y lo apoye tal y como es. A veces, el mayor regalo que le puedes dar es ser amable contigo misma y aceptar que estás haciendo todo lo posible por ser la mejor mamá que puedes ser, con todos los altibajos que eso conlleva.
Imagínate que eres un gajo de mandarina atrapado en una cabeza de ajo. Al principio, intentas apretujarte bien para que nadie note que eres distinto. Te quedas quieto, fingiendo que hueles igual que los demás, aunque por dentro te sientes fuera de lugar.
En la escuela, con amigos o en una reunión familiar, intentas ser más "picante" o "intenso" para encajar, aunque eso no sea lo tuyo. Tal vez te esfuerces por reír cuando no entiendes el chiste o copies cómo hablan los demás aunque no te salga natural.
Este esfuerzo constante por parecer un ajo más se parece mucho a lo que algunas personas autistas hacen al enmascarar. Es como seguir un guion social, imitando gestos, expresiones o palabras para adaptarse, aunque eso no les haga sentir cómodas ni seguras.
El problema es que, con el tiempo, tanto fingir ser un ajo resulta agotador. Intentar tapar tu aroma dulce y cítrico para que nadie note que eres una mandarina puede hacer que te sientas ansioso, confundido o incluso perdido respecto a quién eres realmente.
Por eso es tan importante que los entornos donde se desenvuelven las personas autistas les permitan ser ellas mismas, sin necesidad de disfrazarse o de intentar oler a algo que no son para sentirse aceptadas. Al final, el mundo necesita tanto ajos como mandarinas... ¡y qué suerte que cada quien tenga su propio sabor!