Versión para los Alumnos
Autores – Contactos
Graciela Palau – gmpalau@gmail.com
Manuel de Elía – mjdeelia@gmail.com
Pablo Mones Cazón – pablomonescazon@gmail.com
Podés encontrar todo este material en Una lectura de la Teología del Cuerpo
Links de las Catequesis de Juan Pablo II: Audiencias Teología del Cuerpo 1979– 1984
Estimados alumnos, bienvenidos a “Una lectura de la teología del cuerpo”. Les recomendamos encomendarse (y encomendar a los demás) al Espíritu Santo, verdadero artífice de la sabiduría y la santidad, a la que apunta de modo directo esta materia.
En segundo lugar, pasamos a explicarles los objetivos de estos contenidos de formación personal y matrimonial.
Les planteamos dos objetivos:
1. Que las nociones fundamentales de la Teología del cuerpo, expuestas por San Juan Pablo II, nos muevan con entusiasmo a una visión afirmativa y gozosa de nuestro ser cuerpo personal con todo lo que implica de cara a la santidad. Debería ayudar a descubrir la riqueza infinita que encierran tanto el matrimonio como el celibato, caminos de vocación al AMOR, respuestas a una llamada de Dios para ser santos y llegar al cielo.
2. Que esas nociones positivas y gozosas nos sirvan para realizar un acompañamiento de nuestros amigos y grupos de matrimonios que haga arder de alegría los corazones, en la confidencia de la amistad.
El material que les entregamos consta de:
Texto para alumnos: Se trata de un texto esquemático que pueden llevar leído a la reunión grupal o leer juntos el día de la reunión.
Temas actuales: listado de temas de actualidad divididos según los capítulos, vinculados a los temas tratados en cada uno.
La aplicación a temas actuales y a sus vidas personales puede ayudar a reforzar las nociones fundamentales, aplicarlas a la propia vida personal y matrimonial y al comprenderlas y vivirlas poder transmitirlas a los amigos. Las nociones fundamentales de la Teología del cuerpo deberían ayudarnos a profundizar y rezar el fondo teológico de nuestra condición humana. De ahí saldrán las respuestas a los problemas concretos.
Apunte de los textos bíblicos principales: se pueden ver en página 47. Tener este apunte en hojas aparte facilita el acceso a las diferentes pasajes de la Sagrada Escritura que cita el Papa. Otros secundarios convendrá buscarlos directamente en la Biblia.
Elenco de términos relativos a partes de la materia, con los links al Enchiridion Familiae (se trata de una gran obra que reúne todo el magisterio pontificio y conciliar sobre matrimonio, familia y sexualidad). Ahí tendrán la posibilidad de profundizar en lo que más les interese.
Lista de las audiencias de San Juan Pablo II sobre la Teología del cuerpo, y los respectivos links a vatican.va.
Los 5 principios para la plenitud personal, en la sexualidad.
No son pocos los debates actuales relativos a qué es lo que daría pleno sentido a la vida del ser humano y cuál es el papel de la sexualidad en ese ámbito esencial. Pero es necesario partir de algunas nociones fundamentales que nos permitan entendernos. Les invitamos a aclarar nociones importantes, para que hablemos el mismo lenguaje.
Hombre, varón y mujer: Por causas de diverso origen, el ser humano (del sexo que sea) es considerado un individuo, al margen de sus relaciones personales. Esta postura se denomina “individualismo”. Pero san Juan Pablo II y nosotros con él, entendemos que el ser humano es “relacional”. Un ser humano "sólo" no existe, no es. Los seres humanos co-existen, es decir, existen junto a otros (la madre, el padre, los hermanos que conforman de modo natural una familia, tienen entre sí vínculos constitutivos (no accidentales). Esa “relacionalidad esencial” es visible en el cuerpo. Es decir, no es posible entender al ser humano de manera individual, sino solamente como ser relacionado a sus semejantes por el cuerpo, y principalmente en la polaridad del binomio varón-mujer.
Sexualidad: También por diversas razones, la sexualidad hoy es entendida como “capacidad de placer físico por ejercicio de la genitalidad, individual o asociada a otro individuo”. Esta perspectiva es llamada generalmente “hedonismo”, enfoque que identifica el placer con el fin del hombre. Vivimos para disfrutar de la vida, sentirnos bien y alcanzar el mayor bienestar posible. En cambio, con san Juan Pablo II, entendemos la sexualidad como uno de los modos de ser del hombre relacional: mujer y varón. En otras palabras, el ser humano, sólo puede ser ser humano o persona siendo varón y siendo mujer, es decir siendo un ser relacional. Insistamos: no sólo varón o mujer, sino varón y mujer. Forman una unidad tomados “de a dos”, porque la masculinidad tiene sentido en relación con la feminidad, y la feminidad en relación con la masculinidad.
Aclarado el modo de entender estos términos, pasemos a conocer “los 5 principios para la plenitud sexual” que abren el camino a la plenitud humana relacional. Pensamos que pueden ayudar a intuir que las acepciones de las dos nociones recién explicadas hacen más justicia a la realidad del hombre que el individualismo y el hedonismo. Estos principios son una conclusión del estudio de la Teología del cuerpo del Papa San Juan Pablo II.
Como se puede ver en varios pasajes del Evangelio (Mt 19, 3-12; Lc 20, 27-38), el hombre ha tenido dificultad para entender el verdadero papel de la sexualidad en la vida humana, y casi siempre lo ha reducido a algún aspecto como la procreación o el placer. La realidad sexual, corporal, del hombre como varón y mujer debe ser comprendida cabalmente para ser vivida y gozada plenamente. En otras palabras, la mujer y el varón deberían aprender el significado del cuerpo para comprender su gozoso sentido. Nacemos con capacidad de aprender el lenguaje, pero es necesario, como en cualquier idioma, el esfuerzo de aprender a leer y hablar, en este caso, el lenguaje y significado del cuerpo.
En el diálogo de Jesús con los fariseos sobre el divorcio (Mt 19, 3-12), el Maestro remite a sus interlocutores “al principio” y cita el Génesis 1, 27 y 2, 24, haciéndoles ver que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, fue creado varón y mujer. Su ser persona corporal, varón y mujer, tiene como significado la imagen de Dios. Ese significado está expresado en un idioma que es “a 360°”: es decir, se lee y se habla de manera siempre completa. El cuerpo, y en particular, la sexualidad no es sólo placer, amor, ni es sólo biología, ni es sólo procreación… Todas las dimensiones que sean relevantes han de ser atendidas. El diccionario de este idioma consiste en una “sola palabra” compuesta por dos términos simultáneos e inseparables: varón y mujer. Hablarlo con una parte de esa “palabra” lo hace ininteligible. Solo si sabemos leer y hablar este idioma en toda su amplitud sabremos gozar de su sentido completo, porque sabremos ver que la sexualidad expresa “ser alguien para alguien” de manera completa a imagen y semejanza de Dios. Aceptar la posibilidad de que uno use parte de otro (o todo, pero a veces), sería corromper el significado y sentido santo de nuestro cuerpo. El cuerpo no es sólo biología, ni sólo placer, ni sólo instrumento disponible… Leer el cuerpo en todas sus dimensiones juntas nos hará entender la sexualidad en todas su dimensiones personales.
Cualquier aprendizaje se potencia en la medida en que se quitan los obstáculos de salud que pueden obstruirlo o enlentecerlo: no se puede correr o estudiar si uno está enfermo. En el caso de un idioma y de las habilidades correspondientes a una relación, es importante sanar los órganos que intervienen en ese aprendizaje. En el Sermón de la montaña (Mt 5, 27-28), Jesús revela que el “órgano” en el cual reside el aprendizaje del idioma de la sexualidad humana es el “corazón” (en la Biblia y en la cultura, lo más íntimo de una persona): su auténtica interioridad, intimidad e intención: el motivo por el que hace lo que hace. Este principio de acción interior, el corazón, puede ver lo que le rodea, y puede mover a actuar; pero también puede padecer “enfermedades visuales” o “parálisis motoras”.
La sanación de ese órgano del diálogo es obra de la gracia de Dios, que sana o cura y capacita nuestra humanidad en los Sacramentos y la oración para que hablemos y amemos como Dios. Es clave la redención del corazón, no solo para que no desfigure, opaque, o haga parcial el conocimiento de ese lenguaje, sino sobre todo, para que goce de la capacidad de amor de Dios que Cristo ha derramado en nuestros corazones, que es acción del Espíritu Santo en nosotros (cf. Rm 8, 20-23).
El gozoso descubrimiento del significado real del cuerpo, nos lleva a desarrollar la “inteligencia sexual”, es decir, la capacidad de manejar de manera fluida el idioma (no olvidarlo), que es “desarrollar las habilidades” necesarias para la vida de relación corpóreo personal: el modo de mirar, de tocar, de abrazar, de besar, de esperar, de cuidar, de proteger, de curar, etc., que lógicamente incluyen no solo el modo, sino la oportunidad de actuar o no, según cada una de esas habilidades. Esas “skills”, que protegen el debido respeto y valoración del significado real y sagrado del cuerpo humano, conocido en 360°, hacen posible actualizar la donación auténtica de “alguien a alguien”, formando una comunión de personas a imagen y semejanza de la Santísima Trinidad, en el tiempo presente y en la vida eterna (Lc 20, 27-38). La verdadera “inteligencia sexual” permite captar la identidad esencial que existe entre la sexualidad y el matrimonio y ambos con el celibato, como vocación a la comunión de personas por la auténtica donación (Mt 19, 11-12).
La plenitud humana es amar y ser amado de manera auténtica, es decir sincera y desinteresada, por lo que la persona es en 360°, y no en parte. Cuando “alguien” ha aprendido a “leer”, y por lo tanto a valorar, a “alguien” de esa manera completa, “lee” y “habla”, “expresa”, corporalmente de manera auténtica, desinteresada. Se hace capaz de donar su persona de manera completa, y recibir la otra persona de manera completa, a imagen y semejanza de Dios y del amor de Cristo por su Iglesia (Ef 5, 21-33). No es posible una plenitud parcial que niegue alguna dimensión porque será siempre parcial, porque siempre estará en camino. Y resulta que, el ser humano, cuerpo, varón y mujer, está llamado a la plenitud que es la santidad. Esa plenitud la encuentran en el gozo mutuo de amar y ser amado con la fuerza del Espíritu Santo, es decir, en ser capaces de “leerse en la única palabra varón-mujer” y “hablarse en 360°”, donándose del todo, como Cristo amó a la Iglesia, y lo sigue haciendo en cada Eucaristía que es la entrega real de su Cuerpo (junto con su sangre, alma y divinidad).
Vamos a profundizar juntos en los temas que desarrolla San Juan Pablo II en su catequesis a la que se denomina teología del cuerpo (Teología del Cuerpo): el amor humano en el plan divino. La redención del cuerpo y la sacramentalidad del matrimonio.
Esperamos entusiasmar con un redescubrimiento de cuestiones aparentemente conocidas sobre el camino de santidad en el matrimonio como en el celibato que, a la luz de estas enseñanzas, brillarán más en todo su esplendor y atractivo.
El mensaje de Jesús sobre el matrimonio y el sexo, dice Christopher West, es una buena noticia, pero, quizás por la influencia maniquea, el dualismo, el desprecio de lo corporal por la influencia puritana, de ver el sexo más como ocasión de pecado en lugar de percibirlo como medio de plenitud personal, hemos perdido la capacidad de admirar la unión conyugal y la complementariedad de lo masculino y lo femenino como imagen de Dios.
El matrimonio entendido como comunión de personas es tan elocuente que, a través de esa realidad, podemos descubrir la vida intratrinitaria de comunión de amor entre las Personas divinas.
Teología del Cuerpo es el sorprendente título que Juan Pablo II dio a sus 129 audiencias catequéticas, entre septiembre de 1979 y noviembre de 1984. Él mismo nos dice que su catequesis es una reflexión bíblica sobre el hombre como persona y el sentido de su existencia. Es teología o estudio de Dios a través del mismo cuerpo y a partir de las palabras de la revelación de Dios en el Antiguo Testamento y las enseñanzas de Jesús.
Obviamente que tratará sobre el significado de la corporeidad humana como varón y mujer, particularmente en lo que concierne a la llamada de los dos a hacerse “una sola carne”. Pero la Teología del Cuerpo no apunta sólo a personas casadas porque, como dijimos también habla de sexualidad a personas solteras o célibes. Lo importante es saber que la Teología del Cuerpo no se limita meramente a un estudio de la sexualidad humana, de la masculinidad y la femineidad y del matrimonio, sino que es un lugar teológico, donde Dios se revela, se manifiesta a sí mismo en la creación de la diferenciación sexuada, y dice al hombre, varón y mujer, cuál es su identidad. Por eso estamos también ante una antropología o estudio del ser humano, varón y mujer.
Vamos a profundizar en el proyecto original de Dios para la humanidad: por qué nos hizo varón y mujer, qué pasó después de la caída, cuál es la grandeza del hombre redimido destinado a la Resurrección con nuestros cuerpos. Allí nos uniremos con las Personas divinas en los nuevos cielos y la nueva tierra en una vida nueva en la que no necesitaremos “casarnos”. Eso no contradice la belleza y grandeza del matrimonio, sino que, muy por el contrario, se consumará: Jesús nos invita a una Boda nupcial en el cielo de El con nosotros, la Iglesia, que somos su Cuerpo Místico.
El mismo San Juan Pablo II nos dice que este estudio teológico del ser humano como imagen y semejanza de Dios sirve para el auto–entendimiento de su ser en el mundo y nos ofrece el redescubrimiento del significado de la completa existencia, del significado de la vida. Y que, por lo tanto, esta teología del cuerpo es la base del método más apropiado de la auto–educación del hombre. El ser humano no determinado por sus instintos es educable y necesita conocerse para modelar sus tendencias al bien de su mismo desarrollo y plenitud.
El desafío al que nos enfrentamos para vivir nuestra fe y conformar nuestra conducta a las enseñanzas de la Iglesia, decía san Juan Pablo II, no es sólo una mentalidad secularista sobre la verdad de la persona y el relativismo moral o la oposición existencial a una ética sexual, la crisis del matrimonio y la negación de la familia, sino algo mucho más radical, que es una visión del ser humano o antropología individualista, opuesta a la antropología cristiana personalista, porque niega la identidad sexual como un dato de la naturaleza y opone a ella la libertad. Es necesario comprender esa distinción y falsa oposición que plantea la cultura de hoy entre naturaleza (reducida a la noción cosmológica de la naturaleza material que obedece a leyes naturales) y libertad (entendida como pura autonomía sin límites, libertad absoluta que rige el mundo de la cultura humana donde no habría leyes naturales). En esta falsa oposición se construye una visión del hombre libre hasta de su propia condición humana, que puede producir modificaciones sobre su propio modo de ser y obrar, sin ningún tipo de restricción, porque su libertad es un absoluto. Como me decía en una ocasión un twittero: “señora, no hay nada escrito en el corazón del hombre”. San Juan Pablo II lo explicaba así hace ya veinte años:
A la imagen de hombre y mujer, propia de la razón natural, y particularmente del cristianismo, se opone una antropología alternativa que rechaza el dato, inscrito en la corporeidad, según el cual la diferencia sexual posee un carácter identificante para la persona. Como resultado de ello, entra en crisis el concepto de familia fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, como célula natural y fundamental de la sociedad. La paternidad y la maternidad son concebidas sólo como un proyecto privado, realizable incluso mediante la aplicación de técnicas biomédicas, que pueden prescindir del ejercicio de la sexualidad conyugal. De ese modo, se postula una inaceptable "división entre libertad y naturaleza", que, por el contrario, "están armónicamente relacionadas entre sí e íntima y mutuamente aliadas" (Veritatis Splendor, 50).[1]
Ya en el Documento Gaudium et Spes la Iglesia respondía que sí hay ley natural escrita en el corazón del hombre, en su conciencia, pero que puede entenebrecerse por el pecado:
En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad.[2]
Según las enseñanzas de san Juan Pablo II hay una respuesta cristiana al fracaso de la antropología individualista/utilitarista/relativista y a la antropología colectivista/marxista y esa respuesta exige profundizar en un personalismo ontológico arraigado en el análisis de las relaciones familiares primarias. Y por eso Juan Pablo II ve necesario profundizar en la antropología personalista, vinculada a la vocación humana natural de formar un matrimonio y una familia.[3] Propone que estos temas (persona, matrimonio, familia, fecundidad, libertad como raíz y centro de la antropología) sean estudiados y explicados en su conjunto, como lo que son: una realidad vital inseparable. Es típico de su forma de abordar los temas esa mirada integral y armónica de su objeto de análisis: por ejemplo, desde su juventud estudia siempre la ética con su fundamento antropológico y la antropología vinculada a la acción moral.
Al desarrollo de esa antropología filosófica y teológica dedicó Karol Wojtyla – Juan Pablo II – su vida, movido por una finalidad pastoral: explicar al hombre quién es el hombre y cómo alcanza su plenitud y su felicidad. Lo hizo desde el ámbito académico filosófico durante los años en que fue profesor en la KUL, universidad de Lublin, en el contexto de la propagación estatal del ateísmo marxista, y luego, en todos los años de su pontificado, donde se descubre esa clave antropológica como fundamento de todas sus enseñanzas magisteriales. Son, de un modo u otro, desarrollos de algunos puntos del texto conciliar Gaudium et Spes en el que trabajó personalmente junto con Yves Congar y el Cardenal Suenens entre otros. Los números 22y 24 de este documento son citas recurrentes en el Magisterio, en el Catecismo de la Iglesia y en miles de sus catequesis y discursos:
En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona.[4]
El Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros también somos uno (Io 17,21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás.[5]
Hay tres escritos de Karol Wojtyla - Juan Pablo II que es necesario conocer para comprender su antropología integral filosófica o personalismo integral y la que él llama la antropología adecuada que arroja sobre la existencia humana la luz de la Revelación a la que asentimos por la fe. Una antropología adecuada a la realidad esencial de lo humano.
Dos escritos, de corte filosófico, son Amor y Responsabilidad y Persona y Acción. El tercero, teológico, vinculado a los anteriores, es la antropología adecuada que desarrolla particularmente en su catequesis denominada teología del cuerpo: estudio de lo que Dios dice, a partir de la condición humana que fue creada a su imagen y semejanza. Somos un espíritu corporeizado o cuerpo espiritualizado, unión sustancial de cuerpo y alma semejantes a Dios por nuestra capacidad de amar. Semejantes a Dios Uno y Trino por nuestra capacidad de comunión interpersonal en el amor.
En Amor y Responsabilidad se aborda la descripción de quién es la persona humana, porque ella es quien está detrás de los actos de amor humano en las relaciones de varón y mujer, en sus relaciones sexuadas: contrapone el acto de gozar y el acto de amar procurando descubrir quién es el sujeto que se refleja en esas acciones y conduciendo la reflexión al descubrimiento de quién es la persona y cuáles son los actos que le son propios y conformes a su dignidad personal. Surge de esos análisis la conclusión de que la persona es un sujeto y no un objeto, que no se la puede usar como si fuera una cosa (cosificar). Es un sujeto de interioridad. Brotan de las relaciones humanas libres un mundo de intimidad que se puede comunicar y compartir hasta cierto punto. La persona es un sujeto de interioridad capaz de conocer y de amar, dos acciones que sólo pueden realizar los humanos. Además, la persona puede realizar esos actos o no, y los puede hacer de distinto modo porque no está determinada por sus instintos, como el animal. Por eso es un ser libre y decide sobre sí mismo, se autodetermina por un querer en el que nadie le puede sustituir. Tiene tendencias y deseos, no instintos.
De esa noción descriptiva de quién es la persona (metafísica u ontología) se deriva cómo deberían ser las relaciones de amor interpersonales (ética o moral) y las actitudes de respeto y entrega que corresponden a la dignidad, al valor de la unión personal. Los niveles del amor y las expresiones que brotan del ser humano pueden ser corporales o físicas, sensibles, afectivas y espirituales, y el trabajo educativo sobre uno mismo, el cuidado de si, debería apuntar a que su comportamiento sea conforme a su condición de persona y a la del otro con quien nos relacionamos. El ethos o modo de comportarse y las actitudes propiamente humanas se derivan de la condición de este ser sexuado varón y mujer. El amor trabajado y modelado se hace virtud y sólo el amor virtuoso es el verdaderamente humano.
En Persona y acción y artículos posteriores a su publicación, Wojtyla desarrolla una antropología propia, complementaria con la antropología clásica metafísica realista y tomista, pero más dinámica. Usa su metodología fenomenológica (descriptiva) que parte de la experiencia integral de las acciones humanas y muestra los niveles de donde parten: el nivel sensible físico involuntario, el nivel psicosomático de la acción, el nivel afectivo y emocional, y la acción que realmente refleja quién es el hombre: el acto humano libre y moral, el que parte de la autodecisión en base a lo que dicta la propia conciencia. Una conciencia que descubre los valores y ajusta su comportamiento a las normas que los protegen.
En sus catequesis sobre la teología del cuerpo, un desarrollo antropológico existencial sobre el sentido de la vida humana, la vocación a la Comunión de amor y a la fecundidad, parte de la palabra revelada por Dios en el Génesis, y de las enseñanzas evangélicas de Jesús que remiten a ese designio creador originario de Dios: no como un individuo más de la especie “animal” sino como un ser elegido para entrar en comunión íntima de Amor con Él y, por tanto, hecho a su imagen y semejanza. Está haciendo teología, no filosofía, pero los conceptos son los mismos que alcanzó mediante la razón filosófica y ahora se iluminan y engrandecen desde la mirada de fe.
La evangelización debe fundarse en el núcleo de la fe que predicó Cristo mismo, es decir, en el anuncio (kerygma) del designio amoroso y redentor de un Dios que se revela para salvarnos y manifestarnos su Amor, su llamada al Amor[6]. En la búsqueda de la imitación de Cristo, el Maestro, que invita a todo fiel cristiano a seguirle, recorremos un camino de autoformación en unas etapas que Juan Pablo II sintetiza en Memoria e identidad[7]:
1. Vencer el pecado, cumpliendo los mandamientos mediante una progresiva purificación interior.
2. Descubrir los valores que son las luces que iluminan la existencia y, a medida que el hombre se trabaja a sí mismo, brillan cada vez más en el horizonte de su vida y se incorporan mediante la acción perseverante que nos lleva a la posesión de destrezas morales o virtudes. Así, por ejemplo, Con la observancia del mandamiento «no cometerás adulterio», se practica la virtud de la pureza, lo que significa conocer cada vez mejor la belleza desinteresada del cuerpo humano, de la masculinidad y la feminidad. Precisamente esta belleza gratuita se convierte en luz para sus actos que permite moverse más libremente por todo el mundo creado. Esa luz interior ilumina sus actos y abre sus ojos al bien del mundo creado que proviene de Dios.
3. Llegar a la vida de unión, vida contemplativa, cuando se siente cada vez menos en sí la fatiga de luchar contra el pecado y se experimenta más el gozo de la luz de Dios que impregna toda la creación. Se vive, en cierto modo, un anticipo de la vida eterna porque estamos unidos a Dios en todo, y estamos en contacto con El a través de todos los seres creados que dejan de ser una amenaza o un riesgo de pecar. Esto también se aplica a las relaciones entre los sexos.
En estas palabras retoma el esquema clásico del itinerario que proponía la espiritualidad como un recorrido que comienza en la vida purificativa y a través de la vía unitiva llega a la iluminativa, plenitud de comunión con Dios.
La visión del hombre de Karol Wojtyla es la clave de comprensión de todo su pensamiento filosófico y teológico. Su antropología filosófica es llamada personalismo en un sentido amplio, que él llama la “antropología adecuada” o “antropología integral” de la persona humana, con un fundamento metafísico. La edición italiana de toda su obra filosófica lleva el título de Metafísica de la persona.
Su pasión por el hombre y la defensa de su dignidad están en el centro de todas sus enseñanzas. Ponía pasión en el esclarecimiento de ese alguien, el sujeto humano que no es una cosa o un objeto. La persona humana sujeto no es algo, sino alguien que mediante sus actuaciones se hace mejor o peor persona. La describe a partir de la experiencia humana, con el uso de su razón y el análisis fenomenológico, y la propone como centro de interioridad, capaz de conocer, de amar y de decidirse libremente o autodeterminarse por un querer único en el que nadie la puede sustituir[8].
Su interés juvenil por los temas éticos y antropológicos lo llevaron a profundizar en la comprensión de lo humano a partir del pensamiento y de la acción humana eficiente, libre, para mostrar la naturaleza del ser personal, la subjetividad del espíritu humano, el hombre interior, la persona o ser personal[9], a través de lo que elige hacer. El ser humano no está determinado, sino que se autorrealiza, pero no se construye desde la nada, al menos como dice hoy cierta filosofía, sino que se autoconstruye a partir de algo dado, que es la condición humana biológica, psicológica, sensible y afectiva: desde su condición tendencial, con su inteligencia y voluntad. Y aún más, con la fuerza que proviene de la gracia de Dios.
La persona tiene una experiencia moral de su propia libertad. De modo particular, cuando la conciencia interioriza el valor del bien (de lo bueno) y la bondad de una ley que protege ese bien, uno se siente interiormente obligado, por ejemplo, a un acto de amor y responsabilidad. A obrar, incluso, en nombre de una verdad desnuda (así la denomina en su libro Persona y Acto), cuando los sentimientos no acompañan en la decisión de obrar lo bueno, lo verdadero. Por ejemplo, ante el posible atractivo de una persona casada en el caso de haber contraído matrimonio y querer ser fiel a ese compromiso.
La conciencia propia, que debemos formar, no es autónoma, no se da las leyes a sí misma, ni determina lo que es bueno o malo (relativismo, subjetivismo), sino que tiene que discernir qué es lo bueno para mí, como ser humano, y para los demás, en unas circunstancias concretas (objeto, fin y circunstancias). Esto no transforma la moral en heterónoma, que recibe leyes desde fuera de sí, sino que revelará como teónoma: surge de lo que Dios ha inscrito en nuestro ser, corporal, espiritual, afectivo, libre.
Como filósofo, Karol Wojtyla utiliza el análisis descriptivo (fenomenológico) de la experiencia o conocimiento experiencial que tenemos sobre nosotros mismos por el autoconocimiento. A esta, se suma la experiencia del conocimiento sobre “lo humano” que obtenemos por nuestra relación con las otras personas. Pero, su método filosófico, no se reduce a una mera descripción de la experiencia humana, sino que se apoya o fundamenta en la verdad metafísica, es decir, en la realidad, en cómo entendemos que las cosas son.
¿Qué somos? Un ser real, objetivo, cognoscible, existente y poseedor de una estructura natural (naturaleza) común a todos los seres humanos de todos los tiempos y de toda la geografía humana. Esta estructura humana natural, o naturaleza, o condición humana, es lo que niega hoy la cultura contemporánea al oponer naturaleza y libertad, como si nuestra libertad fuera tan absoluta que pudiera modificar lo dado, común a todo ser humano, o al oponer naturaleza y cultura, como si nuestro ser fuera absolutamente dependiente del contexto en que vivimos, pues creamos cultura, es verdad, pero sin sentido ni criterio alguno, dirían hoy los constructivistas, relativistas y hedonistas.
En su pensamiento Wojtyla armoniza y enriquece el alcance de la luz natural de la razón o filosófica de lo humano, con una mirada desde la fe revelada. La Revelación agudiza nuestro conocimiento de la verdad natural y nos ayuda a penetrar más en el misterio del hombre que sólo se esclarece en el Misterio del Verbo Encarnado[10]: Jesucristo es Quien nos revela el Amor y nos enseña que nosotros, creador por el Amor a su imagen y semejanza, también estamos hechos para amar y esa es, por tanto, la estructura donal de nuestra condición humana.
En el año 79, su primer año de pontificado, ya hace explícito su interés en el hombre, temática que venía profundizando como profesor de filosofía en Lublin. Ya había escrito Amor y Responsabilidad y Persona y acción antes de asumir el pontificado.
Debo confesar que, la reflexión sobre el hombre, es, en primer lugar, un interés peculiar y directo por el hombre concreto, por cada hombre singular –como criatura constituida en su dignidad natural y sobrenatural, gracias a la convergencia y acción providente del Dios Creador y del Hijo Redentor– y para mí un habitus mentale, que llevo conmigo desde siempre, pero que se ha afianzado con una determinación más clara después de la experiencia de mi juventud y después de la llamada a la vida sacerdotal y pastoral (3–XI–79).[11]
El hombre no encuentra respuesta al sentido de la vida, del sufrimiento, el dolor y la muerte: necesita trascender hacia la búsqueda de un sentido que va más allá de la sola constatación de su presencia:
Por lo demás, una simple mirada a la historia antigua muestra con claridad cómo en distintas partes de la tierra, marcadas por culturas diferentes, brotan al mismo tiempo las preguntas de fondo que caracterizan el recorrido de la existencia humana: ¿quién soy? ¿de dónde vengo y a dónde voy? ¿por qué existe el mal? ¿qué hay después de esta vida? (…) Son preguntas que tienen su origen común en la necesidad de sentido que desde siempre acucia el corazón del hombre: de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé a la existencia.[12]
La esperanza y el optimismo antropológico que contagiaba Juan Pablo II, está fundado en una mirada confiada en la fuerza de la redención que enaltece la dignidad humana, la sana. Su mirada esperanzadora refleja su fe en la fuerza de la condición humana creada y redimida, y en la mirada propia de una antropología integral y adecuada. Esta visión no es fruto sólo de su fe sobrenatural, sino también de su experiencia y reflexión: es también antropología filosófica. El vigor de su esperanza estaba empujado por un auténtico deseo de servir a los hombres –amor verdadero– y un ardiente deseo apostólico de mostrarles el camino adecuado para encontrar la felicidad.
«Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado», afirma la Constitución Gaudium et Spes. Fuera de esta perspectiva, el misterio de la existencia personal resulta un enigma insoluble. ¿Dónde podría el hombre buscar la respuesta a las cuestiones dramáticas como el dolor, el sufrimiento de los inocentes y la muerte, sino en la luz que brota del misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo?[13]
Sólo en Cristo se esclarece el misterio del hombre y sus dimensiones. Sólo una visión cristiana del hombre dará respuesta a los interrogantes humanos. Cuántas veces, y de cuántos modos, intentó explicarlo San Juan Pablo II:
“Jesús es el “hombre nuevo” (cf. Ef 4,24; Col 3,10) que llama a participar de su vida divina a la humanidad redimida. En el misterio de la Encarnación están las bases para una antropología que es capaz de ir más allá de sus propios límites y contradicciones, moviéndose hacia Dios mismo, más aún, hacia la meta de la “divinización”, a través de la incorporación a Cristo del hombre redimido, admitido a la intimidad de la vida trinitaria. Sobre esta dimensión salvífica del misterio de la Encarnación los Padres han insistido mucho: sólo porque el Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, el hombre puede, en él y por medio de él, llegar a ser realmente hijo de Dios.[14]
Uno de los desafíos de la evangelización en este tercer milenio es lograr mostrar el atractivo de las enseñanzas tan ricas y fecundas del Magisterio de Juan Pablo II fundadas en la Constitución Gaudium et Spes que él mismo presenta como un compendio de antropología bíblica:
“En aquellas páginas se trata del valor de la persona humana creada a imagen de Dios, se fundamenta su dignidad y superioridad sobre el resto de la creación y se muestra la capacidad trascendente de su razón. También el problema del ateísmo es considerado en la Gaudium et Spes, exponiendo bien los errores de esta visión filosófica, sobre todo en relación con la dignidad inalienable de la persona y de su libertad. Ciertamente tiene también un profundo significado filosófico la expresión culminante de aquellas páginas, que he citado en mi primera Encíclica Redemptor hominis y que representa uno de los puntos de referencia constante de mi enseñanza: “Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, de Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación”.[15]
En el año del comienzo del Concilio Vaticano II era un joven Obispo de 42 años que reflexiona profundamente sobre el misterio de la Redención y escribe en sus apuntes:
La Redención (Redemptio) abarca también una cierta tendencia a la revalorización de todo lo creado[16], y menciona la constitución psicosomática del ser humano y una alabanza de su condición corporal (cfr. Gaudium et Spes, 14). Se presenta la condición dialógica del ser humano expresada en su creación como imagen de Dios y su complementariedad en la mutua referencia del varón y la mujer como don.
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¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra? Y dijo: Por eso dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne (Mt 19, 4-5).
El ser humano busca su plenitud (alegría y paz para siempre o estables), como su autorrealización en esta vida. El cristianismo enseña que esa plenitud, el ser humano la encuentra en Cristo, verdadero Dios y verdadero ser humano, y en sus enseñanzas. Sin embargo, ha sido y es una tentación corriente para los cristianos de todos los tiempos querer cumplir con un mínimo formal de las enseñanzas de Dios para ser libre de disfrutar de lo terreno, de aquello que no va en contra de Cristo, pero sí “más allá” de Él, lo que incluiría la posibilidad de ir quizá alguna vez contra sus preceptos, pues no fallar nunca sería una comprensión “exagerada” de esas enseñanzas.
A veces incluso parece reducirse a actitudes espirituales, mientras el cuerpo no está interpelado directamente, por lo que se pueden negociar ciertos actos corporales, sexuales. Esa negociación tiende a reducirse a una pregunta: “¿se puede o no se puede?”. Dios acaba siendo más un semáforo que un compañero de camino. Alguien a quien prestar atención pero que, una vez que se ha cumplido con Él, se deja atrás... E incluso, a veces, se lo identifica más con la foto multa… Al final de cuentas, Dios es bueno, pero tiene más que ver con mi alma y mi cumplimiento para ser bueno, que con mi cuerpo y mi disfrute de la tierra. En esta trama de búsqueda de felicidad y relación con Dios, entra también la relación entre la mujer y el varón: la negociación entre lo que se puede y lo que no, frente al disfrute que se espera.
En ese mismo contexto, tan actual, unos fariseos se acercan a Jesús y le hacen la pregunta sobre el divorcio, con la que el Papa da inicio a todo el desarrollo de la Teología del cuerpo (Mt 19, 3–12 y Mc 10, 2–12): una teología de la plenitud humana, y no solo de la sexualidad.
Como se puede leer en el pasaje citado, Jesús, para darles respuesta, los remite (y nos remite) al designio que Dios tenía para el hombre “al principio”. Les hace prestar atención a que Dios creó al hombre, “a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó” (Gén 1, 27); y que “los dos se harán una sola carne” (Gén 2, 24). Con esta remisión “al principio”, Jesús indica que para entender quién es el hombre, y cuál es el plan de Dios para la felicidad humana, tenemos que leer el Génesis y pensar en la situación del hombre y la mujer recién creados, antes del pecado original: conocer al hombre en estado de inocencia original. Ese estado previo, aunque ya irrecuperable (nosotros, por el contrario, nacemos con las consecuencias del pecado original), contiene verdades que son válidas para el hombre de todo tiempo.
Se distinguen tres momentos: el origen, la situación posterior al pecado, el hombre caído, y la situación actual, histórica, del hombre, varón y mujer, redimido por Cristo. De hecho, Cristo mismo vino a la tierra para redimirnos, es decir, para superar el límite del pecado que nos separa de la plenitud humana que es la santidad, una vida que supera el estado de inocencia original
Vale la pena un buen análisis del texto del Génesis, en el que se incluyen dos relatos de la creación del hombre, que son complementarios. Es notable que la diferencia del sexo (varón y mujer) está subrayada solo respecto del hombre (téngase en cuenta que en hebreo, “hombre” significa varón y mujer). De la misma manera solo la fecundidad del hombre es bendecida por Dios, como vínculo de personas, a imagen y semejanza de Dios. Al terminar la creación del hombre, Dios se reconoce a sí mismo, y “vio que era muy bueno” (solo Dios es bueno) [5, 12, 19 y 26–9–79].
El análisis detenido que hace el Papa de los pasajes del Génesis lleva a descubrir que la soledad de Adán al principio es solo una descripción del “sin sentido” del varón sin la mujer, y de cómo uno solo no es imagen de Dios: “no era bueno (no era imagen de Dios) que el hombre esté solo”. La creación de los animales no resolverá la soledad originaria de Adán, que no tiene todavía una ayuda adecuada (Gén 2, 18.20). El hombre no es hombre sin el varón y la mujer. Esta es la revelación del Génesis a la que nos remite el Maestro, cuando nos recuerda que el hombre no fue creado varón y después mujer, sino que “a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó” (Gén 1, 27). El hombre es un “ser para un tú”, para formar una “comunión de personas” a imagen y semejanza de Dios, en sus cuerpos; y nunca un individuo solo [10, 24 y 31–10–79].
Al contemplar la exultación del varón frente a la mujer (“Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”, Gén 2, 23) podemos ser testigos de cómo el hombre toma conciencia del significado de sus cuerpos, y de su gozosa vocación a vivir a imagen y semejanza de Dios, en comunión de personas. Esta teología conlleva una ética, un “ethos”, un modo de vivir del hombre–cuerpo; y una sacramentalidad (Efesios 5, 29–32), es decir, una acción de Dios que nos comunica su misterio, su Vida, a través de la vida corporal del hombre. La diferencia sexual no señala solamente el instinto sexual, sino una comunión posible que es personal, y también pero no solamente, unión física [7, 14 y 21–11–79].
Génesis 2, 25 dice así: “Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, sin avergonzarse de ello”. Este pasaje revela el estado gozoso de conciencia y experiencia recíproca del cuerpo en el origen; totalmente opuesto al posterior al pecado: “Abriéronse los ojos de ambos, y ‘entonces’ vieron que estaban desnudos” (Gén 3, 7). La vergüenza se siente como una vulnerabilidad frente a la mirada del otro, y frente a la desnudez del otro. La corporalidad se convierte en una pantalla que esconde a la persona, en una atracción perturbadora, que cosificando al otro, dificulta la comunión. Para defenderse, el hombre se cubre: nace el pudor, la defensa de la intimidad personal del hombre, varón y mujer, corporales. Con el pudor el ser humano manifiesta casi «instintivamente» la necesidad de la afirmación y de la aceptación de su «yo» según su justo valor. La vergüenza (y el pudor sexual) son expresión de la vocación a ser un yo, una persona, no una cosa.
El hombre se siente solo hasta que descubre su unidad al conocer a la mujer (en su desnudez pura), que le ayuda adecuadamente (“carne de mi carne”) a conocer inocente y espontáneamente el significado de su cuerpo y la verdad sobre su humanidad como imagen de Dios. Y él, a su vez, le revela corporalmente esa verdad a ella. El conocimiento del hombre en sus cuerpos de varón y mujer no es un conocimiento sólo exterior, sino una comunicación plena de la persona desde su exterior (desnudez), que comunica espontáneamente la plenitud de su interioridad personal, dando lugar a la communio personarum: ser comunión de personas [12 y 19–12–79]. Es una participación del conocimiento pleno que Dios tiene de la persona. Un conocimiento en el que no hay ruptura entre lo sensible y lo espiritual, ni entre la persona y su sexualidad, masculino y femenino. Ese ser “don el uno para el otro”, descubierto al verse físicamente, es el significado esponsal de sus cuerpos. No se piense en una admiración angélica ante una belleza abstracta, sino en el conocimiento abarcativo de todas las dimensiones espirituales y corporales del hombre varón y mujer: afecto, placer espiritual y sensual, compañía, complementariedad, fecundidad… Se reconoce “don para el otro”, dos hechos “para darse”. La libre donación a la comunión de personas y a su fecundidad (Gén 2, 23) sin sentir “vergüenza” (Gén 2, 25) manifiesta que el varón y la mujer “son para” de manera consciente y libre; y aunque se relacionen análogamente a los animales en lo físico, se distingue absolutamente en cuanto al significado de su cuerpo que es la comunión de personas, a imagen y semejanza de Dios [2 y 9–1–80].
El hombre exclamó: “Esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ésta se llamará varona, porque del varón ha sido tomada”. Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne (Gén 2, 23-24).
Según lo visto hasta ahora, la plenitud humana que describimos al iniciar este capítulo se alcanza con la comunión de personas. Esa plenitud de la comunión se puede entender bajo un doble aspecto: amar y ser amado. Amar: (desarrollar plenamente nuestra capacidad de dar –de darse-, para hacer feliz a otro. ·Y ser amados: ser plenamente aceptados como “persona singular”, más allá de nuestras capacidades o limitaciones. En este amar y ser amados, nuestros interlocutores son Dios y los demás, paradigmáticamente en la relación varón-mujer. Todo el hacer del hombre (el trabajo, el arte, la técnica…), como expresión de lo humano, hace referencia a la búsqueda de estos dos fines, con más o menos acierto.
Esa comunión implica que el hombre, varón y mujer, conquisten la libertad de hacer de su persona un don; y a la vez, de aceptar plenamente a la otra persona, que responde con la donación de su misma persona corporal. El Papa, cita un texto del Concilio Vaticano II que confirma que la plenitud del hombre es la comunión de personas. Ese texto afirma que el hombre, a imagen de la unidad existente en la Trinidad, es la “única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo” y que “no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Gaudium et spes n. 24). Es decir, en la medida en que el hombre se sabe amado por Dios –y amado por ser quien es, “por sí mismo”-, entonces se descubre llamado a amar de la misma manera, a imagen y semejanza de Dios. Por esto, San Juan Pablo II afirma contundentemente que en la comunión de personas el ser humano realiza el sentido mismo de su ser y existir [16–1–80]. Ese querer “por sí mismo”, por su valor o dignidad absoluta como persona, supera la dimensión simplemente física de la “sexualidad”. En la capacidad de hacerse don, el cuerpo masculino y femenino hacen posible “afirmar a la otra persona”, que sea amada por sí misma, como lo es por Dios [16–1–80]. El hombre, varón y mujer, deben descubrir en su corporalidad el camino a la plenitud personal, o no la encontrarán nunca. Pero ese descubrimiento tiene un presupuesto de rectitud. Veámoslo con un poco de detenimiento.
Solo el ser es bueno (ens et bonum convertuntur, ser y bien se identifican); llamamos “mal” a su ausencia. Y el ser –fuera de Dios- empieza a ser por creación (de la nada), es decir por donación, por gracia, por amor. Por eso cuando recibimos un regalo reconocemos al dador, y decimos: “Gracias”. Y el donante responde: “de nada”. Es como si dijera: “no lo hice por otra cosa. Lo hice de la nada, por amor”. Por eso, el Papa dice: Sólo el amor crea el bien.
El Papa nos explica que la gozosa y plena comunión de personas del “principio”, se dio en un contexto de “inocencia originaria”, de bien y de amor, propios de la creación de Dios antes del pecado original. El Papa precisa: Es un misterio de la existencia del ser humano, anterior a la ciencia del bien y del mal (anterior al pecado original). Por lo tanto, no es “inocencia” en el sentido de ingenuidad, sino en el sentido de plenitud de ser, de bien sin daño (in–nocens; sin golpe o daño). Una presencia del bien y del amor del Creador, que no deja espacio a un amor parcial o dañado (que implicaría la entrada de la vergüenza). Es la “pureza de corazón”, que conserva una fidelidad interior al don según el significado esponsalicio del cuerpo. Sólo se puede ser felices en la comunión varón–mujer con inocencia, con rectitud interior [30–1–80]. La inocencia “del corazón” significa participación en el eterno y permanente acto de la voluntad de Dios, en su amor a cada persona “por sí misma”.
San Juan Pablo II profundiza de manera asombrosa en el desarrollo de ese crecimiento en el amor: Génesis 2, 23–25 nos permite deducir que la mujer, la cual en el misterio de la creación fue “dada” al varón por el Creador, es “acogida”, o sea, aceptada por él como don, gracias a la inocencia originaria, a la pureza del corazón. La mujer se dona y, ante la mirada y acogida del hombre, se descubre y se confirma en toda la verdad de su humanidad y en toda la realidad de su cuerpo y de su sexo, de su feminidad, ella llega a la profundidad íntima de su persona y a la posesión plena de sí. Éste, a su vez, al aceptarla se dona a sí mismo y, aceptado por la mujer, se confirma en su donación y dignidad. La mutua donación y aceptación, los lleva a una cada vez más intensa conciencia del don libre de sí mismos. Por otro lado, Génesis 2, 23 parece haber asignado al varón “desde el principio” la función de quien recibe el don de la mujer; y por eso es el varón quien debe asegurar el proceso mismo del intercambio del don, la recíproca compenetración del dar y del recibir el don, que por reciprocidad de la mujer, crea una auténtica comunión de personas. En otras palabras, si el varón no recibe a la mujer como don y la trata como objeto, plantea la relación como cerrada a la comunión, en la que la mujer no podrá donarse, porque ha sido cosificada, rechazada como persona [6–2–80]. Como queda a la vista, la Teología del cuerpo es esencial para conocer quién es el hombre y quién debe ser, a imagen y semejanza de la comunión de personas en Dios, nos dice el Papa [13–2–80]. El hombre se siente, en su cuerpo de varón o mujer, sujeto de santidad – de plenitud a imagen de Dios- y ese cuerpo, a pesar del pecado, revela una “llamada a la gloria” (cf. Rom 8, 30) [20–2–80].
Esta comunión es llamada también “conocimiento” (Gén 4, 1–2). A través del cuerpo, varón y mujer se conocen. Cada uno de los sentidos recibe lo que el otro dona. Vista, oído, tacto… dan a conocer y comunican a las personas. Esa terminología encierra el contenido de la comunión como acto libre; y a la vez de apertura a toda la verdad del hombre y en ese diálogo, particularmente en el encuentro sexual, ese denso diálogo se abre a una nueva posibilidad, que es una nueva palabra, el hijo. Por eso, dice el Papa, la conciencia del significado del cuerpo implica la paternidad y la maternidad: Una vez que Adán “conoció” a su mujer, su cuerpo y sexo de mujer revelan lo más propio de la feminidad mediante la maternidad: “la cual concibió y parió” (Gén 4, 1). La mujer está ante el hombre como madre, sujeto de la nueva vida humana que se concibe y se desarrolla en ella, y de ella nace al mundo. Así se revela también hasta el fondo el misterio de la masculinidad del hombre, es decir, el significado generador y “paterno” de su cuerpo [5 y 12–3–80]. La maternidad y la paternidad son “modos del ser” de Dios, que el hombre, varón y mujer, viven a su imagen y semejanza, no solo como facultad generativa, sino como modo de amar y de ser comunión de personas. En la donación de sus personas, a imagen de la comunión de amor de Dios, son como “arrebatados” juntos, dice el Papa, o en otras palabras, entregados en “mutua y libre desposesión” por amor: entregan juntos sus personas con sus sexos, y las ponen a disposición de la procreación como instrumentos del Creador. Después del pecado, este significado del cuerpo del hombre quedará también opacado, y la procreación ya no se verá como gozosa consecuencia de la mutua donación a imagen y semejanza de Dios, sino como dolor y sacrificio, unidos a la muerte, que serán parte de la existencia terrena del hombre. Sin embargo, señala el Papa, la vida se sigue abriendo camino, como si ambos, varón y mujer, afirmaran en el nuevo hombre engendrado: “he aquí que era todo muy bueno” [26–3–80]. En el capítulo cuarto volveremos sobre la cuestión de la fecundidad de la comunión de personas.
Habéis oído que fue dicho: No adulterarás. Pero yo os digo que todo el que miro a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón (Mt 5, 27–28)
San Juan Pablo II analiza las siguientes palabras de Jesús en el Sermón de la Montaña: «Habéis oído que fue dicho No adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón» (Mt 5, 27–28). Y el presupuesto de su discurso: «No penséis que he venido a abrogar la ley o los profetas: no he venido a abrogarla, sino a consumarla» (Mt 5, 17). La posibilidad de un adulterio del corazón introduce una absoluta novedad en la ética, al desviar la atención de los actos exteriores a su fuente interior y más auténtica: el corazón.
Este giro hacia la interioridad permite descubrir que la moral no es un código de comportamiento que se impone desde fuera, sino la búsqueda de una armonía que uno percibe interiormente como buena, un orden que permitirá la comunión de personas, que es nuestra plenitud. Por eso, todo hombre, varón y mujer, deben mirar al corazón: aquella dimensión de la humanidad con la que está vinculado directamente el sentido del significado del cuerpo humano, y el orden de ese sentido, nos dice el Papa [23–4–80].
En el inicio de sus catequesis, el autor ha mostrado cómo el cuerpo humano tiene una estructura en la que es posible reconocer el significado esponsal, una invitación a la comunión de personas, que supone amar y ser amados “en sí mismos”, como nos ama Dios. Pero después del pecado original, convive junto con aquella vocación, la triple concupiscencia (1 Jn 2, 16–17): «Todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre, sino que procede del mundo». El mundo, en el Evangelio de San Juan, no es aquello que “Vio Dios que era bueno” (Gén 1), sino el “mundo sin Dios”, porque Dios es rechazado por el hombre en su corazón.
Este rechazo del primer hombre, los lleva a esconderse de Dios: se dan cuenta que estaban desnudos. La experiencia de la vergüenza irrumpe en la vida del varón y la mujer. Es sugestiva la reacción de Adán: “Temeroso, me escondí, porque estaba desnudo” (Gén 3). La desnudez supone el desplome de la condición originaria del cuerpo, imagen de Dios, y comporta un sentido de desprotección, explica el Papa [14–5–80]. La vergüenza es señal de alerta ante la amenaza por la aparición de la concupiscencia, que oscurece el significado del cuerpo y obstaculiza la armonía de autoposesión y autodominio originales, de manera que el cuerpo, antes vehículo de fuerzas de comunión se transforma en un obstáculo [4–6–80]. El hombre, varón y mujer, se ve obligado a defenderse de una mirada que ya no mira con respeto al cuerpo, y no lo reconoce como un signo de comunión de amor, sino que lo mira como objeto. Pero esa transformación de la mirada no está en el cuerpo, sino en el corazón del varón y de la mujer; no está en la sexualidad somática, sino en la mirada deformada, oscurecida [26–6–80]. El pudor del cuerpo será una voz que reclama, que llama a la comunión en la pureza de un amor de entrega. Se tratará ahora de vigilar serenamente el corazón, de controlarlo, para que no se deje llevar por la concupiscencia [23 y 30–7–80].
Israel, el Pueblo elegido, a pesar de sus incoherencias, reconoce el adulterio como una falta seria. Es una falta objetiva y se la valora negativamente como tal. Sin embargo, el Maestro introduce un nuevo elemento: el deseo del adulterio. Cuando antes se estaba refiriendo a un acto externo –adulterio–, ahora transfiere el contenido del pecado a la interioridad. Cristo profundiza la ley anterior –”Pero yo os digo”–, e introduce un nuevo ethos, una nueva manera de comportarse [27-8-80 y 10–9–80]. La mirada es expresión del corazón, es el umbral de la verdad interior del hombre [8–10–80]. Cuando el hombre se deja dominar por la desarmonía del pecado y la concupiscencia, la mirada cabalga sobre las ruinas del significado esponsal del cuerpo, dice el Papa [17–9–80], y el hombre, varón y mujer, ya no desean la comunión de personas, sino “la cosa” que es el otro “para mi” [17–9–80]. Cuando la concupiscencia, que es el nombre del desorden del corazón, domina la mirada, ésta niega interiormente la verdad del significado esponsal del cuerpo, y niega así el sentido de la existencia del hombre, que es ser comunión a imagen de Dios.
El pecado no está en el cuerpo, sino en el corazón, y a él apela Cristo [24–9–80 y 15–10–80]. El Papa busca desterrar todo tipo de maniqueísmo, toda tentación de contraponer la materia al espíritu: el mal no está en el cuerpo, y el bien en el espíritu, sino que el cuerpo es manifestación del espíritu. San Juan Pablo II expone magistralmente que muchos pensadores contemporáneos han reducido y condenado al hombre a algún aspecto de su desorden interior, transformándose en maestros de la sospecha del corazón humano, sembrando el pesimismo. Alineándolo con las tres concupiscencias, el Papa señala que Nietzsche representa la soberbia de la vida (con su negación de todo Orden superior y su apelación al Superhombre, dueño absoluto de sí mismo); Marx representa la concupiscencia de los ojos (con su reducción del hombre a lo económico y material); Freud a la concupiscencia de la carne (la sexualidad instintiva). La concupiscencia no es el criterio fundamental que define al hombre, dice el Papa. El hombre sigue siendo portador de los significados que le fueron dados cuando recibieron la existencia originaria en Adán y Eva, y aún más ha sido redimido para poder llevarlos a plenitud, también en la situación dañada por el pecado [29–10–80]. Más aún, el Santo Papa recuperará el sentido positivo del eros, como fuerza interior que atrae hacia la verdad, el bien y la belleza. No es verdadera la reducción del “eros” a la concupiscencia de la carne [5–11–80]. De esta manera, lo digno del corazón humano es vivir la comunión donando y aceptando lo bueno, lo verdadero y lo bello de las personas, es decir, eróticamente. A través del autodominio, que es la virtud como adquisición estable del valor del significado del cuerpo en el comportamiento, el corazón humano se hace partícipe de otra espontaneidad, de la que nada sabe el “hombre de la concupiscencia carnal” [12–11–80]. El desorden del pecado se encuentra así con el hombre que experimenta gradualmente su propia dignidad recuperada, y con ella, la libertad del don, que le permite vivir su imagen y semejanza de Dios, su vocación a la santidad [3–12–80].
La redención del corazón se concreta en cada persona como obra del Espíritu Santo: «Os digo, pues: andad en Espíritu y no deis satisfacción a la concupiscencia de la carne. Porque la carne tiene tendencias contrarias a las del Espíritu, y el Espíritu tendencias contrarias a las de la carne, pues uno y otro se oponen de manera que no hagáis lo que queréis» (Gál 5, 16–17). Para San Pablo “la carne” nunca es la materialidad del cuerpo, sino el cuerpo que no vive según el Espíritu: un cuerpo que no es fiel a su verdad como imagen de Dios. Para el Apóstol, la justificación viene “del Espíritu” (de Dios), como una auténtica fuerza que actúa en el hombre y que se revela y afirma en sus acciones, afirma el Papa. Es acción de Dios que entrelaza lo moral (el dominio de uno mismo) y los dones del Espíritu: esa es la auténtica pureza. San Pablo contrapone la impureza a la santidad de la comunión de personas como obra del Espíritu Santo [14–1–81]. El don de piedad permite reconocer en la comunión de personas la imagen de la comunión de Dios mismo, restituyendo en toda su limpidez y en toda su alegría interior la experiencia del cuerpo, especialmente en las relaciones recíprocas del varón y mujer [18-3-81 y 1–4–81].
Las palabras de Cristo fundan una Teología del Cuerpo, que se traduce en una pedagogía del cuerpo, para dar lugar a una espiritualidad del cuerpo, bien sustentada por la enseñanza de San Pablo, como “Templo” en el que actúa el Amor de Dios que es el Espíritu Santo.
La moral como ciencia práctica, arte, tiene como objetivo guiar nuestras acciones a la plenitud personal, a la felicidad, por lo que se propone como un camino de aprendizaje del buen actuar: no se nace sabiendo, sino que hay que hacerse a uno mismo a través de las opciones morales y las correspondientes acciones. La teoría se debe hacer praxis, acción: así, el hombre, varón y mujer, pueden aprender a comportarse, pensar, meditar, elegir las acciones virtuosas que corresponden a su ser corporal. Virtudes como la caridad, la paciencia, la fortaleza, la fidelidad, la castidad, y actitudes como la ternura, el saber escuchar, la disponibilidad, encuentran luz en la Teología del cuerpo para ser aprendidas, elegidas y hechas realidad: ésta teología es, a la vez, pedagogía. La pedagogía tiende a educar al hombre, poniendo ante él las exigencias motivándolas e indicando los caminos que llevan a su realización. Los enunciados de Cristo también tienen este fin: se trata de enunciados «pedagógicos». Contienen una pedagogía del cuerpo, expresada de modo conciso y, al mismo tiempo, muy completo [8-4-81]].
A continuación, el Papa cerrará este capítulo de la Teología del cuerpo, dirigiendo su atención a lo que enseña el magisterio, a través de la Constitución Gaudium et Spes y la Encíclica Humanae Vitae, sobre todo en su descripción de la vocación del matrimonio, y también de la distorsión de su verdad en el mundo de hoy [8–4–81], mientras recoge la invitación sobre la «necesidad de crear un clima favorable a la educación de la castidad» (Humanae Vitae, n. 22).
Es en este sentido, que se referirá al cuerpo como “tema” de la creación artística, sobre todo en el terreno de la cultura audiovisual (TV, cine, redes) que tanto influye hoy en día en la percepción del cuerpo. Señala que el cuerpo no puede ser representado privado de su significado personal, al ponerlo delante de la mirada ajena como objeto para ser consumido. Precisamente la verdad integral del hombre es la que exige considerar tanto el sentido de la intimidad del cuerpo, como la sinceridad del don, vinculado a la masculinidad y feminidad del cuerpo mismo, particular y específicamente en la representación artística, si queremos ser libres de expresar el cuerpo con realismo [22 y 29–4–81].
La situación del hombre, varón y mujer, en el más allá ha despertado siempre algo de perplejidad: los hombres no se casarán ni las mujeres tomarán marido (Mt 22, 30). ¿Algo valioso se pierde en el cielo? No parece: si seguimos el análisis de Juan Pablo II, iluminando los textos bíblicos.
Lo primero que debemos subrayar es lo que todos los domingos confesamos en el credo, como parte importante de nuestra fe: Creo en la resurrección de la carne.
En el diálogo con los saduceos, que no creían en la resurrección, Jesús les llama la atención sobre la Palabra de Dios y el Poder de Dios. La Palabra habla de un Dios de vivos: Abraham, Isaac y Jacob siguen presentes delante de Dios, que es un Dios de vivos y no de muertos: hay resurrección. Y les reprocha no entender el Poder que Dios tiene de volver a dar la vida.
Además, señala cómo será nuestra resurrección. Primero prestemos atención a cómo será nuestra situación. Dice: serán como ángeles. La partícula como no señala una identidad, sino un parecido, una analogía: entendemos, a la luz de lo que hemos visto hasta acá, que los cuerpos resucitados serán espiritualizados. Se dará una armonía absoluta entre lo que en nosotros es espiritual y lo que es corporal. Señala Juan Pablo II que nos encontraremos con un nuevo sistema de fuerzas que hará funcionar en plenitud a la persona en sus dos dimensiones. Dicen San Pablo y San Juan que seremos como Él es, por eso lo veremos cara a cara, lo conoceremos tal cual es (1 Jn 3, 2 y 1 Cor 13, 12). El cuerpo permanece, en una nueva situación, dice, pues serán hijos de Dios: será divinizado, se verificará una impregnación, penetración de lo esencialmente humano por lo esencialmente divino.
No se nos debe escapar que el mismo Jesús hace referencia a que en el cielo permanecerá nuestra condición sexuada: habrá hombres y mujeres, indica, que no se casarán…, pero seguirán siendo lo que fueron y serán.
Lucas introduce una variante, informando de un matiz que da luz: el matrimonio pertenece, dice Jesús, a este mundo; no contraerán matrimonio, en cambio, los que sean hallados dignos del otro mundo (Lc 20, 34-35). ¿Qué ha cambiado? Que el matrimonio en este mundo era vehículo para la comunión del hombre y la mujer, era profecía y sacramentos (signo y presencia) de la comunión con Dios, hacia la que nos dirigía esa llamada a ser una sola carne. El excelente vehículo se abandona cuando se ha llegado a destino; la profecía se hace luz frente a la realidad que promete; el sacramento se hace visión directa de lo que re-presentaba. En la resurrección hemos llegado a nuestro destino, la comunión eterna de amor con Dios y con los hallados dignos de ese otro mundo.
En este mundo el matrimonio es –podemos ensayar descripciones- una riquísima gama de experiencias que hacen esta vida más rica: alegría del don, dulzura de la compañía, soporte recíproco en el camino, solidaridad en los proyectos, placer en la cercanía y en la intimidad, placer de la unión sexual, comunidad de personas que refleja una alegría sin fin. Terminado el camino, cumplido el proyecto, nos encontramos, juntos, en la promesa que deja lugar a la realidad: la comunión con Dios, en Dios. Toda aquella gama de experiencias se colma y multiplica infinitamente en Dios infinito que se vuelca con toda su belleza, armonía, placer, alegría… No habremos perdido nada grande. Muy por el contrario, recibiremos la plenitud de lo que aquel signo y sacramento prometía. Alcanzaremos la luz completa de aquello que se vivía con sombras y tensiones de este mundo.
El otro mundo no supone una desencarnación o deshumanización del hombre, varón y mujer, sino la armonización perfecta de lo espiritual y lo corporal en Dios, donde cada dimensión del hombre alcanzará su definitiva realización. Esta plenitud responde a la pregunta que nos hacíamos: la superación del matrimonio no será una pérdida. Lo confirmará una nueva experiencia: con palabra de San Josemaría: Considera lo más hermoso y grande de la tierra..., lo que place al entendimiento y a las otras potencias..., y lo que es recreo de la carne y de los sentidos... (…) -Y eso, junto con todas las locuras del corazón satisfechas..., nada vale, es nada y menos que nada, al lado de ¡este Dios mío! -¡tuyo!- tesoro infinito… (Camino 432).
San Juan Pablo II aprovecha para clarificar algún dato más sobre el cuerpo resucitado en 1 Co 15, 42–46: el cuerpo sembrado en corruptibilidad resucitará incorruptible; sembrado en ignominia, resucitará en gloria; sembrado como cuerpo animal (pecador), resucitará como espiritual… pero siempre cuerpo.
La masculinidad y la feminidad se expresarán cada una a su manera, como don absoluto a Dios y a los demás por Dios y en Dios. Y, además, recibirán en cuerpo y espíritu a Dios mismo como don…
Una reflexión del Papa Santo, motivada por esta meditación disparará el próximo tema: ¿es posible llamar a la vida en el más allá una vida virgen? Si recordamos cómo fue la primera plenitud en el encuentro de Adán y Eva, en ese primer encontrarse en una mirada penetrante y pura, podemos recordar que es el momento de la virginidad en el que se descubren signo del amor eterno de Dios. Posteriormente se hará cuerpo: una sola carne. El “principio” y la “escatología” se encuentran para dar un significado a un comportamiento que Jesús asume e invita a compartir: el celibato por el Reino de los Cielos.
Jesús elige la continuación de un discurso sobre el matrimonio para hablar de algo novedoso y desestabilizante: la virginidad/celibato por el Reino de los Cielos. Ante el desconcierto de los discípulos sobre su enseñanza de la indisolubilidad del matrimonio, y el comentario pesimista de uno de ellos, “si esta es la condición del hombre con la mujer, mejor no casarse”, Jesús no lo secunda, pero insta a considerar algo que tal vez ellos no han percibido: él mismo no abraza el camino del matrimonio, apenas renovado y bendecido en su predicación. Dicen los comentaristas que es tan desconcertante el uso de la imagen del eunuco, no usada otra vez por el Señor ni por el Nuevo Testamento (salvo en Hechos 8, 26-39): probablemente proviene de un epíteto usado contra Jesús, por su situación de tener edad para haberse casado y no haberlo hecho.
No conviene casarse, dice uno. El Señor cambia el rumbo del discurso: No todos entienden esto, sino aquellos a quienes ha sido concedido. A algunas personas les es concedido el carisma particular, claramente una excepción a toda la tradición judía, y también a lo visto hasta ahora en la Teología del Cuerpo. Aun cuando el cuerpo llama a la mujer hacia el hombre como a camino de comunión a imagen de Dios, y al hombre hacia la mujer, a algunos se les propone otro camino.
La imagen que Jesús utiliza claramente presenta esa opción como una renuncia: la figura del eunuco es claramente explícita (hombres privados de su masculinidad, castrados) y definitiva o permanente. Sin embargo, queda claro que no se trata de una negatividad absoluta, y por supuesto, no niega la santidad y riqueza del matrimonio y la sexualidad. Para entenderlo prestemos atención al motivo del celibato: el Reino de los Cielos, que el Señor también llama el Reino de Dios, la Viña del Señor que hay que trabajar, la Casa del Padre. Un Reino de amor al que todas las personas están llamadas, destinadas, una Viña amada (en el Antiguo Testamento, imagen del pueblo amado), una Casa que necesita de quienes se ocupen de ella, con amor, como en toda casa, hogar.
Todas las imágenes transparentan el amor como motivo, la disponibilidad para ser don exclusivo de sí por el Reino de Dios: se está dispuesto a toda renuncia por amor. Pablo lo dejará claro en Efesios cuando hable de la entrega del Esposo a la Iglesia, por amor. El célibe, el virgen, la virgen, niegan el ejercicio de su sexualidad física con un motivo de amor que los hace disponibles a todos, sin acepción de personas, en su masculinidad y feminidad, sin renunciar a ella, pues siguen siendo con su cuerpo. Su sensibilidad, su riqueza personal, su finura espiritual, manifestada de modos distintos, reflejarán el amor eterno y total de Dios de modo distinto, pero con la misma densidad de los casados. Y lo harán poniendo toda su riqueza al servicio de la misión de la Iglesia donde se necesite. Haciendo el Opus Dei, por ejemplo.
El celibato/virginidad tiene como iconos privilegiados a José y María, que serán los primeros en experimentar la fecundidad de esa elección virgen. Los mismos apóstoles tendrán como único respaldo de esa imagen fuerte la misma vida de Jesucristo, que eligió esa opción virginal de vida como trasfondo de su fecundo ministerio. El ansia de maternidad y paternidad del célibe no se cercena, como señala San Josemaría: ¿Ansia de hijos?... Hijos, muchos hijos, y un rastro imborrable de luz dejaremos si sacrificamos el egoísmo de la carne (Camino, 28). La referencia al egoísmo de la carne, o el contexto en el que el santo habla del matrimonio puede leerse en la versión crítica-histórica de la obra citada: no acepta una visión maniquea del matrimonio.
Quien responde a esta invitación a seguir a Jesús por el camino del celibato ha de hacerlo “como respuesta madura al Espíritu Santo”, consciente del sacrificio que supone y de la alegría que conlleva. La dificultad que muchos encuentran al pensar el celibato ha de confrontarse con la obtenida redención del cuerpo, que sana a todos, casados y célibes, para poder vivir como Jesús propone. La redención de la que usufructuamos hoy tiene un valor moral, es la invitación a la superación de los límites de la vida hoy. Los célibes, tanto como los cónyuges en su matrimonio han de descubrir cada día su vocación específica: “Han de iniciar cada día la indisoluble unión de esa alianza que han establecido en sus corazones, sacando inspiración y fuerza para, superando el mal adormecido en la triple concupiscencia, formar una comunión de personas. El virgen, la virgen, disponiéndose en su cuerpo, según la condición de amor abierto a todos, ocupándose del Señor y de las cosas del Señor (1 Cor 7, 33-34). De esta manera pregustan el Amor incondicional de Dios, a la vez que esperan la definitiva comunión con Dios, también en sus cuerpos, como manifestación de la libertad de los hijos de Dios, capaces de elegir vivir como vivió Cristo.
Puede ser interesante agregar una reflexión de la teología contemporánea sobre el celibato: mientras la virginidad consagrada, propia de los religiosos se caracteriza por su testimonio escatológico, correspondiente al otro mundo, la virginidad y el celibato laical (del que el Opus Dei es una muestra) se caracterizaría por su testimonio en este mundo. Una realidad semejante, con acentos distintos, según su especificidad consagrada (religiosos) o secular (laicos).
Cuando la Iglesia presenta la virginidad como superior al matrimonio jamás lo hace desde una lógica maniquea: no se contraponen el primero como camino para perfectos y el segundo para los menos perfectos. Ambos estados son complementarios en su significado y en su alcance, y ambos tienen una dimensión esponsal, ya que también la continencia por el Reino de los Cielos debe llevar la paternidad y maternidad espiritual, que es fecundidad en el Espíritu Santo. Así como debe ser espiritualmente fecundo el matrimonio. El celibato no niega el valor del matrimonio, sino que lo ilumina.
Con humildad y profundidad, San Pablo dirá que el matrimonio está bien, pero la continencia es mejor. Tal vez pueda buscarse la explicación en las palabras de Jesús cuando lo ponga en relación con el Reino de los Cielos.
Algunos hay que han salido así [eunucos], desde el vientre de sus madres, otros han sido hechos tales por los hombres, pero aun otros se han hecho a sí mismos eunucos por el Reino de los Cielos. Mientras los dos primeros son víctimas de una coacción, de un defecto, señala Jesucristo que para otros es una opción libre, consciente, voluntaria, y por un motivo sobrenatural. Y es un don que permite acompañar a Jesús en su elección, que pidió también a los más cercanos: José, María y sus apóstoles.
Podemos terminar con palabras del Prelado del Opus Dei en 2005:
El celibato de Jesucristo ilumina con toda su fuerza y resplandor este don que Dios concede a muchas personas. Como afirmaba San Josemaría, “ha venido a repartir su Amor”: por eso es el Buen Pastor a quien conocen sus ovejas y se fían de Él; por eso es misericordioso con todos, hasta con los que no saben o no pueden amar por enfermedad del alma; por eso le buscan las personas individualmente y las muchedumbres; por eso confían en Él los desahuciados y los marginados; por eso sale al encuentro de quienes no le esperaban o tenían como compañera de vida la tristeza; por eso da paz a los desconsolados; por eso la sola presencia suya trae paz y consuelo; or eso aprecia todos los detalles, hasta los más pequeños; por eso colma de esperanza a quienes ya no pueden tener ningún asidero de esperanza humana...
Es verdad que de esos bienes podemos participar todos los hombres y podemos ejercitarnos en esos servicios, porque Él ama con su caridad perfecta y su justicia a cada criatura. Pero también es cierto que ha querido que se manifieste toda su perfección divina de trato con los hombres a través de su santísimo y eficacísimo celibato; nos ha demostrado a qué grado extraordinario de paternidad y maternidad, da caridad sin límites, se llega por este don (Pro manuscripto, 20-1-2005).
San Pablo introduce en su reflexión sobre el matrimonio una metáfora o paralelismo desconcertante. La pareja matrimonial se compara con la pareja Cristo-Iglesia esposa. Aquella es una imagen de ésta, y ésta ilumina aquella.
La Teología del Cuerpo ya nos ha mostrado como el hombre, varón y mujer, son, juntos, imagen del amor en la intimidad de Dios Trino, y por sus criaturas. Ahora nos dice más: el matrimonio es imagen, sacramento, manifestación, revelación, del amor infinito en Dios y por sus criaturas, que se revela también con una relación esponsal: la de Cristo con su Iglesia.
Cristo se ha entregado hasta la muerte por sus criaturas en la Cruz, en un gesto supremo de amor. Con ese acto de entrega constituye la Iglesia, funda la Iglesia, como la comunión de los hombres con Dios a través de Cristo. La Iglesia es la Esposa de Cristo, creada por él, y salvada, sanada, redimida, por el baño de su Sangre en la Cruz. La Iglesia es la Esposa que, contemplando el amor con que ha sido creada y salvada es invitada a responder –”Amor con amor se paga”-a esa entrega con amor. No sólo con obras adecuadas, sino con la conciencia de que la redención la ha transformado a través de la gracia, para ser capaz de una vida de entrega total y fidelidad a su Esposo. Así, los esposos son invitados en el matrimonio a re-presentar ese misterio en sus relaciones. Que marido y mujer sepan inspirar su diaria relación en el ejemplo que Jesús nos dio: que cada uno sepa, quiera, busque, entregarse al otro con un amor capaz de llegar a dar la vida. Ese amor entre los esposos debe tener las características que Cristopher West resume y repite continuamente: una amor libre, total, fiel y abierto a la vida o fecundo. Sólo así el amor matrimonial será como el de Jesús que entrega su vida porque quiere, la entrega hasta la última gota de su sangre, permanece fiel a su amor que perdona siempre y nos regala la vida nueva de la gracia.
San Pablo utiliza una palabra cuya acepción hoy es negativa, aunque el Espíritu Santo haya querido acuñarla para lo que Cristo ha hecho por nosotros: sumisión. “Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo” (Ef 5, 21): el marido a la mujer, la mujer al marido, los hijos a los padres, los padres a los hijos… No parezca una exageración incluir también esta última relación: si pareciera inapropiada la sumisión de los padres a los hijos, habría de pensar si no es una “exageración” la sumisión de Dios a los hombres en Jesucristo… La clave está, en nuestra opinión, en entender la sumisión como disponibilidad a servir, ser capaces de “vivir para”… El texto de Efesios continúa con una enumeración que, como explica San Juan Pablo II, bien puede leerse de modo reversible: esposas, sean sumisas a sus maridos; maridos, sean sumisos a sus esposas; maridos amen a sus esposas como Cristo amó a la Iglesia; esposas, amen a sus maridos como Cristo amó a su Iglesia; busquen recíprocamente la pureza y santidad el uno de la otra; aliméntense y cuídense recíprocamente con cariño, viendo en el otro, en la otra, su propia carne (cf. Ef 5, 21. 24-33). La atención de los cónyuges a tamaña invitación los puede estimular a meditar el pasaje, y extraer luces divinas para redescubrir el propio matrimonio [11, 18 y 25-8-82 y 1-9-82].
El amor de Cristo a su Iglesia pasa por el cuerpo: Él alimenta y cuida con cariño a su Esposa, la Iglesia. También esposa y esposo deben cuidarse con cariño y alimentarse…
El Papa dice: El cuerpo de mi esposo, puede pensar la esposa, es el “lugar” de mi amor por Dios y del amor de Dios por mí. Lo mismo puede pensar el esposo. Resuena la invitación de Jesús: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13, 34). El cuerpo así visto se transforma en un sacrum, lugar sagrado, donde se revela el amor redentor de Cristo a cada cónyuge, y por ello sabrá tratarlo con santidad y respeto. Insta San Juan Pablo II: así como frente a Dios, la actitud es de piedad, es la piedad la actitud fundamental del cónyuge frente a su pareja, en todas las dimensiones de su ser, cuerpo y espíritu, diálogo e intimidad sexual, solidaridad y autonomía, libertad y responsabilidad…
La catequesis del Papa se detendrá a mostrar cómo esta imagen paulina no es ajena al ámbito de la Revelación, ya que el mismo Dios ha querido mostrar a lo largo de los siglos su amor a través de la imagen del matrimonio fiel con su pueblo, aun ante el adulterio de Israel. Como dirá Benedicto XVI, lo hará a través de imágenes eróticas audaces, por boca de Oseas y Ezequiel (Deus caritas est, 9), que su predecesor ha desarrollado extensamente en la Teología del cuerpo.
El matrimonio, dice, es un lugar de gracia: una primera gratificación lo fue en el momento primordial de la creación; lo vuelve a ser ahora, en el sacramento del matrimonio en la Nueva Alianza, en el que la fuerza de Cristo-Esposo desciende sobre su Iglesia-Esposa, y la santifica.
La catequesis continúa mostrando cómo el signo del matrimonio, la fórmula del consentimiento matrimonial (Yo, te recibo a ti… y me entrego a ti…) lleva consigo, en palabras, todo el lenguaje del cuerpo del que se ha hablado hasta ahora. Allí el hombre, varón y mujer, “hablan” un lenguaje del que no son autores. Pronunciando esas palabras incluyen un propósito, decisión, opción, de hacer lo dicho por Dios, elocuentemente en el cuerpo. Y lo dicho se hará historia en cada día de la vida de los esposos, que seguirán diciendo con verdad aquello que declararon. Ellos son los verdaderos autores de sus palabras, pero constantemente releídas en la verdad de su origen. Serán los esposos quienes entablan un diálogo conyugal, propio de su vocación y basado en el lenguaje del cuerpo, releído en su tiempo, oportuna y continuamente, ¡y es necesario que sea releído en la verdad! [26-1-83].
Las palabras del consentimiento expresan la vocación del matrimonio a la unidad y la indisolubilidad, que se perfilan como música de fondo de una vida que busca belleza en la fidelidad, y no como límites que restringen la libertad: son vocación a no dejar que entren en la relación manchas y arrugas (Ef 5, 27), suciedad y envejecimiento, sino que sea verdaderamente un camino de santidad recorrido de a dos, cada uno de ellos con sus límites y fortalezas.
El Papa ayuda a contemplar el matrimonio en su belleza originaria, poniendo en boca de la primera pareja las palabras de amor del Cantar de los Cantares; y con realismo presentará la historia de amor del Libro de Tobías, donde la belleza del matrimonio se ve amenazado por obstáculos que se superan con la confianza en la oración [23 y 30-5-84; 6 y 27-6-84]. Son presentadas así la perfección del amor matrimonial del Cantar que se encuentra con las sombras que amenazan esa plenitud en el amor de Tobías y Sara. Vocación a la perfección, vicisitudes de un mundo de pecado y redención por la oración.
La vocación del matrimonio se vive desde una doble dimensión: la primera es la presencia de una gracia que santifica a los cónyuges dotándolos de una fuerza divina para poder ser signo de la comunión de personas en la Santísima Trinidad; la segunda es el nuevo ethos, como invitación a una vida nueva que es fruto de tomar conciencia del significado esponsal del cuerpo, y que supone un rico abanico de belleza en la vida diaria. ¿No peca esta propuesta de una cierta ingenuidad, al descartar las tensiones que supone una vida en común, el desgaste y el cansancio de la convivencia entre personas que no son perfectas? ¿No es una propuesta demasiado angélica, al no considerar la sexualidad desordenada, incluso dentro del matrimonio? Por el contrario, esta propuesta tiene en cuenta que el destinatario de la Palabra de Dios es el hombre (varón, mujer) de la concupiscencia, pero es al mismo tiempo el hombre de la llamada, de la vocación a vivir según Dios. Podríamos aquí citar otro párrafo de San Pablo: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Fil 4,13). Ethos y gracia se componen en la vida conyugal para desarrollar virtudes, que ciertamente cuestan esfuerzo, pero son la belleza de toda vida lograda.
Las incidencias de la vida diaria, propicias y adversas, serán ocasiones para releer la verdad de su vocación en el cuerpo, a la luz de la entrega de Cristo por su Cuerpo que es la Iglesia.
San Juan Pablo II dedica a este aspecto esencial de la plenitud humana las audiencias que van desde el 11-7-84 al 5-9-84, centrándose en el texto de la Encíclica Humanae vitae de San Pablo VI. Citaremos este texto entre comillas. Y como siempre, ponemos en cursiva, las palabras del autor de la Teología del cuerpo; y solo a él nos referimos cuando decimos “el Papa” o “el autor”.
Es conocido por todos que en muchos ambientes católicos la enseñanza de la Humanae vitae no ha sido recibida: se le niega autoridad, o aceptándola en general, se difumina su fuerza al considerar que hay situaciones que la harían inaplicable. Atento a esa dificultad que confunde a los fieles, Juan Pablo II sale al cruce de las diversas objeciones que se han hecho a esta enseñanza y a su aplicación, mostrando que las raíces de esta Encíclica están en la Biblia, en la tradición, y en el magisterio anterior, particularmente en la Teología del cuerpo.
En primer lugar, el Papa deja en claro que el contenido de la Humanae vitae es de ley natural y que el significado de esa ley puede y debe ser tema de conciencia de cada hombre, varón y mujer, para poder ser vivido en la verdad del lenguaje del cuerpo. Se trata de una enseñanza de la Iglesia, revelada en las fuentes bíblicas y en la tradición de la Iglesia, en el Concilio Vaticano II, y en todo lo desarrollado en la “teología del cuerpo”. [11, 18 y 25-7-84]
El lenguaje del cuerpo es el idioma en el que se expresan los significados verdaderos del acto sexual: amor de unión y fecundidad son dos caras de una misma moneda, que para ser verdadera debe ser tomada, vivida, en integridad de significado. En este sentido, una verdadera pastoral, significa búsqueda del verdadero bien del hombre, que es como la “regla de comprensión”: el designio de Dios sobre el amor humano, que es la plenitud del hombre, varón y mujer [25-7-84]. Por eso mismo, el principio de la moral conyugal, que la Iglesia enseña (Concilio Vaticano II, Pablo VI) es el criterio de la fidelidad al plan divino [8-8-84].
Los significados del acto conyugal, y la verdad que implican sobre la vida del hombre, varón y mujer, pueden frustrarse por la negación de cualquiera de los dos.
En primer lugar se falsea la verdad del acto sexual en las relaciones extramatrimoniales: dos personas están diciendo corporalmente un amor que no es real en su totalidad: sin descartar que quienes lo viven lo experimenten como un gesto relevante de amor y de entrega. Sin embargo, ese amor no es verdadero, ya que no es total. El amor humano entre el varón y la mujer exige ser libre, total, fiel y abierto a la vida. Esta verdad del amor se expresa en el acto sexual. Pero, el gesto sexual fuera del matrimonio no es impureza en el sentido de que sea sucio u oculto por ilegítimo, sino que, al no corresponder a una entrega total, ese gesto falsea su significado, alejando a las personas del verdadero bien del hombre, varón y mujer, es una mentira, dirá Juan Pablo II. Pensamos, que podría ser esclarecedor referirse al sexto mandamiento en términos que evidencien el significado del cuerpo: “No cometerás actos que empobrecen la imagen divina de tu persona”, o “No dirás con tu cuerpo lo que no dices con la totalidad de tu ser personal”. Las relaciones sexuales extramatrimoniales falsean el significado unitivo del acto sexual. El hombre, la persona, “habla” por medio de los gestos y de las reacciones, por medio de todo el dinamismo, de la tensión y del gozo del cuerpo en su masculinidad y feminidad, en su acción e interacción. De la misma manera, las relaciones sexuales en el matrimonio, no pueden ser nunca una mera satisfacción egoísta, propia de la concupiscencia de la carne o la lujuria, que no busque la comunión de personas, que cosifica al cónyuge, desatendiendo sus deseos, situación de salud, estado de ánimo o disponibilidad.
El hombre, dice el Papa, es persona precisamente porque es dueño de sí y se domina a sí mismo. Efectivamente, en cuanto que es dueño de sí mismo puede “donarse” al otro. Y ésta es una dimensión -dimensión de la libertad del don- que se convierte en esencial y decisiva para ese “lenguaje del cuerpo”, en el que el hombre y la mujer se expresan recíprocamente en la unión conyugal. Dado que esta comunión es comunión de personas, el “lenguaje del cuerpo” debe juzgarse según el criterio de la verdad. Precisamente la Encíclica Humanae vitae presenta este criterio [22-8-84].
La segunda frustración del significado del acto conyugal es la anticoncepción. Si el acto conyugal queda privado artificialmente de su capacidad procreadora, también queda privado de su verdad interior, y deja también de ser acto de amor. Si falta esta verdad, no se puede hablar ni de la verdad del dominio de sí, ni de la verdad del don recíproco y de la recíproca aceptación de sí por parte de la persona. Esta violación del orden interior de la comunión conyugal, y del orden mismo de la persona, constituye el mal esencial del acto anticonceptivo [22-8-84]. La verdad del significado personal del acto conyugal enseña que queda “excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación” (Humanae Vitae, 14). De la misma manera, también se frustra el significado del acto de unión matrimonial, cuando se vive el recurso a los períodos infecundos, de manera abusiva, sin motivos serios, o con una mentalidad anticonceptiva. Es preciso – señala el Papa- que los cónyuges tengan en cuenta, no sólo el bien de la propia familia y estado de salud y posibilidades de los mismos cónyuges, sino también el bien de la sociedad a que pertenecen, de la Iglesia y hasta de la humanidad entera [5-9-84].
Ante ciertos planteos morales que postulan que hay situaciones individuales en las que una determinada ley puede ser inaplicable, es importante recordar que el magisterio, aún atendiendo a la gravedad de algunas circunstancias por las que pasan los esposos, no deja de enseñar que el acto anticonceptivo es, en términos morales, un acto intrínsecamente malo (Humanae Vitae, 14): no admiten excepciones, porque se trata de un acto contrario a la verdad del cuerpo de la persona humana, es decir, contrario al ser humano. Por eso, afirmar que se podría “adecuar la norma” con atención a la situación de las personas, que la hace de hecho inaplicable (así lo sostienen autores de la llamada moral de situación o la llamada moral para las personas). La norma es el enunciado de una realidad natural del ser humano, no una regla externa. Por eso San Pablo VI dijo con claridad: “En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal moral menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande [cita a Pío XII], no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien (Rom 3, 8), es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social. Es por tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por esto intrínsecamente deshonesto, pueda ser honesto por el conjunto de una vida conyugal fecunda (Humanae vitae n. 14). Sobre este tema volverá Juan Pablo II años después de esta catequesis (cf. Veritatis Splendor, 79 ss.).
La anticoncepción es un pecado grave, ante el que hace falta ayudar con misericordia a formar bien las conciencias y contar con la misericordia constante de Dios que no niega nunca su gracia a un corazón arrepentido, atendiendo a la ley de la gradualidad… Pero sería un error presentar un horizonte falso, supuestamente “más humano” que el camino de plenitud personal y matrimonial revelado por Dios. A ese horizonte verdaderamente humano nos lleva gradualmente Cristo, que lejos de exigir un precepto extrínseco impuesto contra la racionalidad de una vida buena, apela a nuestro corazón para que descubramos la plenitud de la verdad del hombre, varón y mujer, imagen y semejanza de Dios.
El Papa señala que la Encíclica Humanae vitae, demostrando el mal moral de la anticoncepción, al mismo tiempo, aprueba plenamente la regulación natural de la natalidad y, en este sentido, aprueba la paternidad y maternidad responsables [29-8-84]. Mientras lo primero es una acción elegida de hacer artificialmente infecundo un acto matrimonial, el segundo respeta lo que la naturaleza da de sí, que es una verdad que Dios ha inscrito en el cuerpo de la mujer. Es respetar ese lenguaje que ha sido hablado primero por Dios, y que los cónyuges repiten día a día en todas las circunstancias de su amor. Enseña que el dominio técnico no respeta la verdad del cuerpo del hombre, varón y mujer, mientras que esa verdad los invita a un dominio de sí –virtud, castidad – que los hace auténticamente humanos en su actuar.
El Papa hace notar que la enseñanza de San Pablo VI sobre la “paternidad-maternidad responsable” no trata solamente la posibilidad de evitar “un nuevo nacimiento”, sino también la de hacer crecer la familia según los criterios de la prudencia. Bajo esta luz desde la cual es necesario examinar y decidir la cuestión de la “paternidad responsable”, queda siempre como central “el orden moral objetivo, establecido por Dios, cuyo fiel intérprete es la recta conciencia” de los cónyuges (Humanae vitae, 10) [5-9-84]. La conveniencia de distanciar los nacimientos o de retrasarlos ha de pasar por hablar con el cuerpo a través de las virtudes, que son su belleza (dominio de sí, prudencia, generosidad, etc). Particular relevancia tendrá en este orden la virtud de la castidad, que es la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual (Catecismo de la Iglesia, 2337), que es la santa pureza, entendida como vida en el espíritu (cf. Gál 5, 25). Esa integración de la sexualidad significa el ejercicio virtuoso de la continencia durante los períodos fecundos, que invita a maneras distintas de vivir la comunión de personas y de expresar el amor conyugal.
San Pablo VI señala que “No es nuestra intención ocultar las dificultades, a veces graves, inherentes a la vida de los cónyuges cristianos; para ellos, como para todos, la puerta es estrecha y angosta la senda que lleva a la vida eterna (cfr. Mt 7,14)” (Humanae Vitae, 25). Sin embargo, San Juan Pablo II recuerda que cuentan con una “fuerza” esencial y fundamental: el amor injertado en el corazón (“difundido en los corazones”) por el Espíritu Santo. Los cónyuges son invitados a acudir a la fuente de esa “fuerza”: la oración y los sacramentos (eucaristía y reconciliación), medios infalibles e indispensables, para releer y redescubrir el verdadero significado del cuerpo del varón y de la mujer, llamados a la comunión de personas que los plenifica a imagen y semejanza de Dios.
Cuando el primer hombre y la primera mujer se encontraron por primera vez, el deslumbramiento mutuo los destacó de todo el resto de la belleza de su entorno. Las bellezas que los rodeaban en el paraíso se ensombrecieron ante el esplendor de la belleza que contemplaron frente a sus ojos. “Comprendieron” un mundo de significados encerrado en la belleza de los cuerpos: en las formas, en la armonía, en la sonrisa, en la mirada, en la complementariedad física que iban descubriendo, en la riqueza de las sensaciones que emergían, en la promesa que ofrecían… “Comprendieron”. Un mundo de compleja variedad se hacía evidente en su estar frente a frente: comunión, felicidad, deseo de entrega y premio de esa entrega, placer, responsabilidad por ese don que hacían y recibían, trascendencia, fecundidad, fidelidad… Se podría seguir enumerando la multitud de riquezas que, a través de los sentidos, invadía su entendimiento y su corazón en ese encuentro. Toda la verdad de su ser dos, de su ser personal, se presentó con nitidez creciente, en un descubrimiento fascinante. Toda esa rica complejidad es la que una antropología adecuada resume en dos palabras que son más que conceptos cerrados. Son estructuras abiertas, pero de contenido claro, que denominamos significados de la sexualidad. Los significados unitivo y fecundo (preferimos esta palabra a procreativo). Esos significados pudieron ser leídos por Eva y Adán. Entendieron algo que les era dado. Hoy, el encuentro de un hombre y una mujer comunica a ambos esos mismos significados, si bien el desorden del pecado original borronea ese “texto”, distorsiona el sonido de ese “mensaje”, que es capaz de sobreponerse a todo ese “ruido” que lo tergiversa. Hará falta atención y honestidad interior para purificar esa mirada, purificar el corazón, para captar primero y gozar después de ese tesoro.
Dios ama los símbolos, y también el hombre, varón y mujer, llevan esa imagen grabada en su ser espiritual y corporal. El hombre es un ser simbólico, capaz de crear contenidos, de asignar significados a sus actos. Así, un beso o sacudir una mano pueden significar algo distinto, según la voluntad del autor o el contexto. Puede hacer que un gesto tenga un contenido u otro, pero frente a la realidad, sabe también “leer” lo que ella le manifiesta.
Hay gestos cuyo contenido, cuyo significado es unívoco: un fuerte golpe en el rostro de otro no puede ser re-significado. Allí es donde ha de entenderse la enseñanza de la Iglesia en todo su alcance: el gesto sexual tiene un significado unívoco, no capaz de ser re-significado por el hombre. En él Dios quiso imprimir un significado que no puede falsearse. Significa, de un lado, unión, amor, que es entrega, don, cuidado y respeto mutuos, don y aceptación plenos de placer, donde cuerpo y alma se funden y entregan para recuperarse. De otro lado, significa también, inseparablemente, fecundidad posible, apertura al misterio del amor que da vida. Negar uno de los significados del acto sexual supone falsear su contenido. Así, la sexualidad fuera del matrimonio, que es el único lugar de la entrega total, es falsear el significado unitivo. Y la anticoncepción en el matrimonio es falsear el significado luminoso de la fecundidad posible, lugar del regalo de Dios de una nueva vida, fruto del amor.
Así, después de todo el recorrido que ha hecho Juan Pablo II, podemos entender cómo su Teología del Cuerpo se armoniza con la enseñanza de la Humanae Vitae: si los cónyuges “leen” lo que dicen sus cuerpos, reconocen que hay un significado cuya verdad ha sido ya “pronunciada” por el Creador, reconocen en su corporalidad (espíritu y materia) la imagen de un Dios que es amor fecundo, unión y origen de la vida y, de esa manera, se reconocen capaces también de vivir según esa palabra originaria, vivir su relación conyugal, sexual o no, a la luz de esa verdad. Gozarán de la gratificación que acompaña sus entregas, respetando la integridad de su naturaleza, que no es sólo biológica, sino compromiso con una decisión que acepta el plan de Dios, con su deleite y su responsabilidad, sin ceder a un atajo que rompa con la armonía de ese don. Esa verdad del acto conyugal es la unidad inseparable del significado unitivo y fecundo (procreativo). Separarlos voluntariamente convierten el gesto sexual en un gesto de falso amor, en una mentira, por eso es moralmente ilícito… Si una tradición poco profunda hablaba de impureza, que se interpretaba como suciedad, lo que llevó a asimilar la sexualidad con lo sucio, una lectura adecuada la coloca en otra dimensión: lo verdadero o lo falso. ¿No sería interesante presentar el sexto mandamiento como “No mentirás con tu cuerpo”, o “No realizarás acciones que empobrecen tu cuerpo”, en vez de “No cometer acciones impuras”?...
La situación actual recomienda una enorme paciencia para hacer la catequesis de esta enseñanza, ayudando a los esposos a recorrer el camino que propone la Iglesia, a través de la comprensión de la profundidad y verdad de la enseñanza. Se trata de un camino gradual que la pastoral ha sabido recorrer con más o menos éxito, pero que pide de los pastores una exquisita honestidad con el designio de Dios y con la situación personal de los fieles que, en general, vive en un ambiente en el que esta enseñanza es desestimada, considerada demasiado onerosa. Tanto las palabras de la encíclica como la catequesis dejan constancia de la dificultad que conlleva, al repetir palabras como esfuerzo, tesón, dificultad…, pero no deja de proponer una norma que protege altos valores personales que están suficientemente fundamentados en toda la catequesis previa, y que conducen a la verdadera plenitud del hombre, varón y mujer.
En este apartado se hace un repaso de todo el programa de la Teología del cuerpo, con la intención de iluminar algunos temas de actualidad que puedan servir para el diálogo con amigas o amigos. También se sugieren propósitos para el propio crecimiento en las virtudes que exige el conocimiento y disfrute de la plenitud humana a la que Dios nos llama en nuestro cuerpo.
1. Importancia de ayudar a los amigos a “abrirse” al conocimiento sobre el ser humano y su plenitud, más allá de lo científico experimental. Conocer al hombre no es sólo saber de ciencia, sino llegar a fondo en los temas fundamentales de la vida.
2. Educación sexual integral de los hijos, y conocimiento de las etapas de la maduración de las mujeres y los varones (físico y afectivo) desde la concepción: Es muy necesario elaborar programas de educación según la edad, a partir de la antropología adecuada que propone San Juan Pablo II en la Teología del cuerpo. Hacerse cargo de que nos falta formarnos para poder pensar propuestas superadoras a la llamada teoría de género.
Propósito: Interés de formarse, hábito de lectura: Aprovechar la lectura espiritual y pedir buenos libros para entender mejor al ser humano.
3. Pensar y rezar la propia vida, la de los hijos y las demás personas que nos rodean. Nadie lo hará por nosotros, y la vida avanza. Desarrollar tanto la paciencia como la búsqueda permanente de mejores respuestas a las dudas o necesidades propias y ajenas. Proactividad en la vida interior, en la educación y en la amistad. Asumir los desafíos culturales de nuestra época: son ocasión de verdadera caridad y apostolado.
4. Ideología de género. Es importante aprender a diferenciar cuando se busca abiertamente la verdad, y cuando se “usan” verdades (o medias verdades) para sostener un postulado que en realidad se busca imponer por encima de la realidad.
Al mismo tiempo es importante tener en cuenta que la mayoría de los seguidores de una ideología suelen ser personas que miran las verdades que hay detrás, e ignoran otras. Esta realidad nos debe llevar a respetarlos y al diálogo de amistad propio de las personas que están buscando la comunión como ideal de vida plena. La coherencia con la comunión es la que los guiará a la verdad de manera más completa.
Propósito: Amistad diaria: dedicar tiempo (agenda) a la oración (el Amigo), y a escuchar amigas o amigos y compartir necesidades o dudas (sin acepción de personas, “la gente” no está “en otra”: quieren ser felices, y tenemos la Palabra que necesitan). “Vivir en salida”, desde la oración (evitar la “zona de confort” y el “ir tirando” que impiden nuestra autorrealización de la propia donación).
1. Habituarnos a mirar a los demás como personas, es decir como relación, y no como individuos aislados. Lo verdaderamente humano y valioso en nuestra vida son las relaciones con Dios y los demás, vividas en el amor y servicio mutuo.
Propósito: Orden de la caridad: Agendar en primer lugar los pendientes en relación con los demás, aunque sean cosas pequeñas, empezando por los más necesitados y nuestra relación con Jesús.
2. Aprender a mirar nuestra “desnudez” desde una doble perspectiva: soy mi cuerpo porque soy para la entrega de mí mismo (visión positiva); y no tengo una armonía plena de mis fuerzas interiores para el pleno autodominio (visión positiva y realista o humilde). No se puede tener miedo al propio cuerpo, sino conocerlo y manejarlo con virtud. “Las personas normales reacciones normalmente ante impulsos normales”: el trato confiado, virtuoso y prudente con las personas del otro sexo, según las propias circunstancias. Y aunque se sienta cualquier inclinación desordenada en la propia persona, aceptar convivir con la propia limitación, con realismo y paz. Nunca será digno de una persona consentir a rebajar alguien a “objeto” de la propia concupiscencia, con el pensamiento o la mirada.
Propósito: Piedad: Pedir con humildad el don de la Santa Pureza, para querer dedicarnos a servir con nuestro cuerpo al gozo de los demás, que es la comunión de personas, nuestra verdadera plenitud humana.
1. Acercarse a los Sacramentos con intención de dejar obrar al Espíritu Santo (Amor de Dios en nosotros), y pedirle: luz para ver la imagen de Dios en toda persona, sea quien sea, como un llamado a la comunión de amor en diversas maneras; fuerza para querer poner nuestro cuerpo al servicio de Dios y de los demás en actos concretos cada día, dándoles prioridad.
2. Autoerotismo o masturbación: ¿Sé explicar su pobreza con serenidad y contenido? Tener presente la necesidad de aprender con perseverancia, tanto a alejarse de las ocasiones, como a fomentar la esperanza segura en la acción del Amor puro de Dios en nosotros que es el Espíritu Santo.
Propósito: Confianza en los medios sobrenaturales, la gracia: La frecuencia de sacramentos no es algo formal, sino esencial, porque nos configuran con Cristo, aplicándonos la redención en tiempo real.
3. Escuchar la apelación de Jesús al corazón: examinar si somos “cumplidores de normas morales” o personas que buscan ser más humanas a ejemplo de Cristo, que no vino a ser servido sino a servir (con su Cuerpo) y a dar la vida por los demás.
Propósito: Sinceridad en la oración, lejos del anonimato o las generalidades: Cuidar los ratos de oración (ahí está nuestro primer Prójimo) y dejarnos mover por su Amor que nos empujará a concretar cada día el servicio con nuestro cuerpo al cuerpo de nuestros prójimos, es decir, a todas las necesidades reales de las personas.
1. El cuerpo forma parte de mí, y por lo tanto de mi destino eterno: no hay nada específicamente humano fuera de la felicidad eterna. Cargar el destino en el GPS es una condición ineludible para elegir el mejor camino, preferible a otras posibles opciones, o para “recalcular” el camino desde donde uno está, y poder reencaminarse. El futuro esperado es el motor de toda vida.
Propósito: Fomentar la caridad: hacer un examen diario, antes de dormir, sobre el camino de servicio a las necesidades del prójimo, empezando por el propio cónyuge y los más necesitados.
2. A veces el pensamiento del Cielo no mueve porque no sabemos entenderlo, y menos aún, presentarlo. ¿Entiendo lo que es? ¿Quiero ir al cielo? ¿Me ayuda a proponer la vida cristiana a mis amigos?
Propósito: Fomentar la esperanza: Concretar la lucha por el aprovechamiento del tiempo en servicio pleno a los demás cada día, pues construimos el Cielo trabajando en la tierra.
1. Un padre preocupado por un hijo o una hija que elige el camino del sacerdocio o de la vida consagrada sufre por ver truncada la proyección de la familia. Una madre ve con miedo una opción por el celibato de una hija mona, inteligente, porque lo considera desde un posible fracaso…. Un hijo o una hija numeraria o agregada ¿la veo proyectada o proyectado en un futuro muy feliz o desconfío? A veces se temen eventuales fracasos de vidas dedicadas a Dios, en vez de valorar esa decisión como camino de plenitud.
2. La decisión de un amigo o amiga a una vocación célibe desconcierta. ¿Cómo aprovechar la ocasión para explicar el sentido de esa vocación, y de la sexualidad en toda su extensión?
Propósito: Amar esas vocaciones en la Iglesia, que son llamadas de Dios, y promoverlas entre los hijos.
3. ¿Se puede vivir en serio el celibato en medio del mundo? ¿Si así fuera, cuáles serían las condiciones? Que a un hombre le gusten las mujeres, o a una mujer le gusten los hombres es una condición para seguir una vocación de virginidad o celibato consagrado o laical.
Propósito: Pensar el celibato como camino de entrega y fecundidad: El verdadero sentido del celibato es la búsqueda de la comunión de personas, que en este caso se concreta en el servicio y entrega de la propia persona al Reino de los cielos, es decir a la Comunión de los santos que forman quiénes se unen a Cristo.
1. Son muchos los años que llevamos juntos, no se puede evitar el desgaste, el acostumbramiento, la rutina, la complicidad en un cierto desapego y descuido.
La vida sexual de la pareja ha dejado de ser un lugar de encuentro gozoso. Excusas de un lado, falta de disponibilidad, reclamos que se consideran inoportunos, falta de interés… Como la misma sexualidad es asimétrica en la feminidad y la masculinidad, se ha de pensar de cada lado qué es necesario sanar y adecuar a la comunión.
Sentido cristiano para encarar los obstáculos inevitables de la convivencia: capacidad de perdón rápido, de reconciliación… Esfuércense y no pequen, y en todo caso, que no se ponga el sol y estén todavía enojados. No dejen espacio al demonio (Ef 4, 26).
Propósito: Piedad y caridad: Buscar diez sinónimos de entrega, como la de Cristo a su Iglesia, para concretar en mi matrimonio.
1. Se suele desmerecer el recurso a los llamados métodos naturales de modo irónico, o sarcástico, por pensarlos ineficaces ¿Se puede pensar que lo son por falta de compromiso, por ejemplo, de ambos cónyuges, en su amorosa aplicación?
No es posible vivir los métodos naturales sin la virtud de la castidad, en toda su densidad y riqueza. Poner verdadero interés en conocer los modos humanos lícitos de regulación de la fecundidad (Naprotecnología u otros).
2. Se sugiere reflexionar cómo en la cultura contemporánea se ha podido hablar de un embarazo como riesgo, o eventualmente amenaza. Incluso en matrimonios cristianos. La paternidad responsable, enseña la Iglesia, ilumina la decisión tanto de tener una familia más o menos numerosa, cuanto la de distanciar el nacimiento de los hijos. Suele saberse de un modo más o menos claro, entre quienes viven su fe, que un pensamiento fuertemente presente en la cultura actual puede distorsionar la riqueza de un don de Dios, y fruto de amor de un hombre y una mujer: un hijo. Vale la pena ponderar personalmente cómo me pongo ante ese desafío de cristianizar la sociedad, desde el fuego de mi propia fe.
¿Qué presiones descubrís en un matrimonio cristiano que puede dar por descontado que no quiere más hijos, atendiendo a su situación objetiva o subjetiva? ¿Cómo podrías explicarle a un amigo o a una amiga que te cuenta que el sacerdote con el que habla le ha sugerido no hacerse problemas morales por el recurso a la anticoncepción?
3. Pornografía. ¿Qué supone en una persona casada? ¿Qué en una persona soltera?
Propósito: Ir a fondo en el apostolado personal, respetando la libertad, los tiempos de cada uno, y con la convicción de que tenemos una Palabra que sana y llena de sentido, orientando la vida hacia su verdadera plenitud.
Dios ha creado el hombre a su imagen y semejanza; llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado, al mismo tiempo, al amor. Dios es amor, y vive en Sí mismo un misterio de comunión personal de amor.
Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y, consiguientemente, la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es, por tanto, la vocación fundamental e innata de todo ser humano.
En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en el cuerpo informado por un espíritu inmortal, el hombre está llamado al amor en esta su totalidad unificada. El amor abarca también el cuerpo humano, y el cuerpo se hace partícipe del amor espiritual.
La Revelación cristiana conoce dos modos específicos de realizar integralmente la vocación de la persona humana al amor: el matrimonio y la virginidad. Tanto el uno como la otra, en su forma propia, son una realización concreta de la verdad más profunda del hombre, de su “ser imagen de Dios”. (FC, 22-XI-81)
Amor matrimonial
El amor, que se alimenta y se expresa en el encuentro del hombre y de la mujer, es don de Dios; es por esto fuerza positiva, orientada a su madurez en cuanto personas; es a la vez una preciosa reserva para el don de sí que todos, hombres y mujeres, están llamados a cumplir para su propia realización y felicidad, según un proyecto de vida que representa la vocación de cada uno.
El hombre, en efecto, es llamado al amor como espíritu encarnado, es decir, alma y cuerpo en la unidad de la persona. El amor humano abraza también el cuerpo y el cuerpo expresa igualmente e l amor espiritual. La sexualidad no es algo puramente biológico, sino que mira a la vez al núcleo íntimo de la persona. El uso de la sexualidad como donación física tiene su verdad y alcanza su pleno significado cuando es expresión de la donación personal del hombre y de la mujer hasta la muerte. Este amor está expuesto sin embargo, como toda la vida de la persona, a la fragilidad debida al pecado original y sufre, en muchos contextos socio-culturales, condicionamientos negativos y a veces desviados y traumáticos. Sin embargo la redención del Señor, ha hecho de la práctica positiva de la castidad una realidad posible y un motivo de alegría, tanto para quienes tienen la vocación al matrimonio –sea antes y durante la preparación, como después, a través del arco de la vida conyugal–, como para aquellos que reciben el don de una llamada especial a la vida consagrada. En: Orientaciones educativas en familia, del Pontificio - Consejo para la Familia, 8 diciembre 1995
· Rechazo positivo del dinamismo original de donación total, de la apertura a la vida que contradice la donación mutua total de los esposos
· Separa el carácter unitivo del procreativo de la unión sexual
· Se hace árbitro y manipulador del designio divino
· Falsea el acto conyugal
El anticoncepcionismo, separa los dos significados (unitivo y procreativo) que Dios Creador ha inscrito en el ser del hombre y de la mujer y en el dinamismo de su comunión sexual, se comportan como “árbitros” del designio divino y “manipulan” y envilecen la sexualidad humana, y, con ella, la propia persona del cónyuge, alterando su valor de donación “total”. Así, al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente; se produce no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal.
En cambio, cuando los esposos, mediante el recurso a períodos de infecundidad, respetan la conexión inseparable de los significados unitivo y procreador de la sexualidad humana, se comportan como “ministros” del designio de Dios y “se sirven” de la sexualidad según el dinamismo original de la donación “total”, sin manipulaciones ni alteraciones.
la índole moral de la conducta no depende solamente de la sincera intención y apreciación de los motivos, sino que debe determinarse con criterios objetivos, tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos, criterios que mantienen íntegro el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación, entretejidos con el amor verdadero; esto es imposible sin cultivar sinceramente la virtud de la castidad conyugal”. Y concluyó recalcando que hay que excluir, como intrínsecamente deshonesta, “toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación”.
En esta perspectiva, el Concilio Vaticano II afirmó claramente que, “cuando se trata de conjugar el amor conyugal con la responsable transmisión de la vida, Partiendo precisamente de la “visión integral del hombre y de su vocación no sólo natural y terrena, sino también sobrenatural y eterna”, Pablo VI afirmó que la doctrina de la Iglesia “está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido, y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador” (FC, 22-XI-1981)
La educación para la castidad, como virtud que desarrolla la auténtica madurez de la persona y la hace capaz de respetar y promover el “significado esponsalicio” del cuerpo. Más aún, los padres cristianos reserven una atención y cuidado especial –discerniendo los signos de la llamada de Dios– a la educación para la virginidad, como forma suprema de ese don de sí que constituye el sentido mismo de la sexualidad humana.
La práctica de los métodos naturales de planificación familiar ayuda a las parejas a aceptar los principios normativos de su actividad sexual, que brotan de la misma estructura de sus personas y de su relación. Discurso a la Pontificia Academia de las Ciencias, 18 noviembre 1994
Hay una diferencia antropológica entre el anticoncepcionismo y el recurso a los ritmos temporales. Se trata de una diferencia bastante más amplia y profunda de lo que habitualmente se cree, y que implica, en resumidas cuentas, dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana irreconciliables entre sí (FC, 22-XI-81)
La elección de los ritmos naturales comporta la aceptación del tiempo de la persona, es decir, de la mujer, y, con esto, la aceptación también del diálogo, del respeto recíproco, de la responsabilidad común, del dominio de sí mismo. Aceptar el tiempo y el diálogo significa reconocer el carácter espiritual y a la vez corporal de la comunión conyugal, como también vivir el amor personal en su exigencia de fidelidad. En este contexto, la pareja experimenta que la comunión conyugal es enriquecida por aquellos valores de ternura y afectividad que constituyen el alma profunda de la sexualidad humana, incluso en su dimensión física. De este modo, la sexualidad es respetada y promovida en su dimensión verdadera y plenamente humana, no “usada”, en cambio, como un “objeto” que, rompiendo la unidad personal de alma y cuerpo, contradice la misma creación de Dios en la trama más profunda entre naturaleza y persona (FC, 22-XI-81)
El “deseo” forma parte de la realidad del corazón humano. Cuando afirmamos que el “deseo”, con relación a la originaria atracción recíproca de la masculinidad y de la feminidad, representa una “reducción”, pensamos en una “reducción intencional”, como en una restricción que cierra el horizonte de la mente y del corazón. En efecto, una cosa es tener conciencia de que el valor del sexo forma parte de toda la riqueza de valores, con los que el ser femenino se presenta al varón, y otra cosa es “reducir” toda la riqueza personal de la feminidad a ese único valor, es decir, al sexo, como objeto idóneo para la satisfacción de la propia sexualidad. El mismo razonamiento se puede hacer con relación a lo que es la masculinidad para la mujer, aunque las palabras de Mt 5, 27-28 se refieran directamente sólo a la otra relación. La “reducción” intencional, como se ve, es de naturaleza sobre todo axiológica (de valores) Por una parte, la eterna atracción del hombre hacia la feminidad (Cfr. Gén 2, 23) libera en él –o quizá debería liberar– una gama de deseos espirituales-carnales de naturaleza sobre todo personal y “de comunión” (Cfr. el análisis del “principio”), a los que corresponde una proporcional jerarquía de valores. Por otra parte, el deseo carnal limita esta gama, ofuscando la jerarquía de los valores que marca la atracción perenne de la masculinidad y de la feminidad. AG - 17-IX-1980
Con el desequilibrio interior (consecuencia del pecado original) está vinculada la vergüenza inmanente. Y ella tiene un carácter “sexual”, porque precisamente la esfera de la sexualidad humana parece poner en evidencia particular ese desequilibrio, que brota de la concupiscencia y especialmente de la “concupiscencia del cuerpo”.
Gen 3, 7 es muy elocuente (se taparon) porque el “hombre de la concupiscencia” (hombre y mujer, “en el acto del conocimiento del bien y del mal”) experimentan haber cesado de estar también, a través del propio cuerpo y sexo, por encima del mundo de los seres vivientes o animalia. Es como si experimentase una específica fractura de la integridad personal del propio cuerpo, especialmente en lo que determina su sexualidad y que está directamente unido con la llamada a esa unidad, en la que el hombre y la mujer “serán una sola carne” (Gén 2, 24).
Por esto, ese pudor inmanente y al mismo tiempo sexual es siempre, al menos indirectamente, relativo. Es el pudor de la propia sexualidad “en relación” con el otro ser humano. De este modo, el pudor se manifiesta en el relato de Gén 3, por el que somos, en cierto modo, testigos del nacimiento de la concupiscencia humana.
La motivación para remontarnos de las palabras de Cristo sobre el hombre (varón), que “mira a una mujer deseándola” (Mt5, 27-28), a ese primer momento en el que el pudor se desarrolla mediante la concupiscencia y la concupiscencia mediante el pudor. Así entendemos mejor por qué –y en qué sentido– Cristo habla del deseo como “adulterio” cometido en el corazón; por qué se dirige al “corazón” humano. Alocución 28-V-80, 4
El ser humano ES cuerpo, el cuerpo pertenece a la estructura de su ser sujeto personal. Por eso no puede separarse el ser corporal del ser personal.
El conocimiento del hombre pasa a través de la masculinidad y femineidad, que son como dos “encarnaciones” de la misma soledad metafísica, frente a Dios y al mundo –como dos modos de “ser cuerpo” y a la vez hombre, que se completan recíprocamente–, como dos dimensiones complementarias de la autoconciencia y de la autodeterminación, y al mismo tiempo como dos conciencias complementarias del significado del cuerpo. 21.XI.79
Valor del cuerpo (y del sexo)
El ethos cristiano se caracteriza por una transformación de la conciencia y de las actitudes de la persona humana, tanto del hombre como de la mujer, capaz de manifestar y realizar el valor del cuerpo y del sexo, según el designio originario del Creador, puestos al servicio de la “comunión de las personas”, que es el substrato más profundo de la ética y de la cultura humana (AG, 22-X-80)
La corporeidad y la sexualidad no se identifican completamente. Aunque el cuerpo humano en su constitución normal lleva en sí los signos del sexo y sea, por su naturaleza, masculino o femenino, sin embargo, el hecho de que el hombre sea “cuerpo” pertenece a la estructura del sujeto personal más profundamente que el hecho de que en su constitución somática sea también varón o mujer. Por esto, el significado de la soledad originaria, que puede referirse sencillamente al “hombre”, es anterior sustancialmente al significado de la unidad originaria; en efecto, esta última se basa en la masculinidad y en la femineidad, casi como en dos “encarnaciones” diferentes, esto es, en dos modos de “ser cuerpo” del mismo ser humano, creado “a imagen de Dios” (Gén 1, 27). 7-XI-79, 1 y 2-IV-1980
Revelación del significado del cuerpo humano en la estructura del sujeto personal:
El “principio” nos dice relativamente poco sobre el cuerpo humano, en el sentido naturalista y contemporáneo de la palabra. Desde este punto de vista, en el estudio presente nos encontramos a un nivel del todo precientífico. No sabemos casi nada sobre las estructuras interiores y sobre las regulaciones que reinan en el organismo humano. Sin embargo, al mismo tiempo –quizá a causa de la antigüedad del texto–, la verdad importante para la visión integral del hombre se revela de modo más sencillo y pleno. Esta verdad se refiere al significado del cuerpo humano en la estructura del sujeto personal (y el) significado a toda la esfera de la intersubjetividad humana, especialmente en la perenne relación varón-mujer.
Una óptica que debemos poner necesariamente en la base de toda la ciencia contemporánea acerca de la sexualidad humana, en sentido biofisiológico. Esto no quiere decir que debamos renunciar a esta ciencia o privarnos de sus resultados. Al contrario: si éstos deben servir para enseñarnos algo sobre la educación del hombre, en su masculinidad y feminidad, y acerca de la esfera del matrimonio y de la procreación, es necesario –a través de todos y cada uno de los elementos de la ciencia contemporánea– llegar siempre a lo que es fundamental y esencialmente personal, tanto en cada individuo, varón o mujer, cuanto en sus relaciones recíprocas.
Teología de cuerpo:
La reflexión sobre el texto arcaico del Génesis se manifiesta insustituible. Constituye realmente el “principio” de la teología del cuerpo. El hecho de que la teología comprenda también al cuerpo no debe maravillar ni sorprender a nadie que sea consciente del misterio y de la realidad de la Encarnación. Por el hecho de que el Verbo de Dios se ha hecho carne, el cuerpo ha entrado, diría, por la puerta principal en la teología, esto es, en la ciencia que tiene como objeto la divinidad. La Encarnación –y la redención que brota de ella– se ha convertido también en la fuente definitiva de la sacramentalidad del matrimonio. AG, 2-IV-1980
Es educación para el amor como don de sí mismo. Esta es la premisa indispensable para los padres, llamados a ofrecer a los hijos una educación sexual clara y delicada. Ante una cultura que “banaliza” en gran parte la sexualidad humana, porque la interpreta y la vive de manera reductiva y empobrecida, relacionándola únicamente con el cuerpo y el placer egoísta, el servicio educativo de los padres debe basarse sobre una cultura sexual que sea verdadera y plenamente personal. En efecto, la sexualidad es una riqueza de toda la persona –cuerpo, sentimiento y espíritu–, y manifiesta su significado íntimo al llevar la persona hacia el don de sí misma en el amor.
La educación sexual, derecho y deber fundamental de los padres, debe realizarse siempre bajo su dirección solícita, tanto en casa como en los centros educativos elegidos y controlados por ellos. En este sentido, la Iglesia reafirma la ley de la subsidiariedad, que la escuela tiene que observar cuando coopera en la educación sexual, situándose en el espíritu mismo que anima a los padres (22.XI.81)
Por los vínculos estrechos que hay entre la dimensión sexual de la persona y sus valores éticos, esta educación debe llevar a los hijos a conocer y estimar las normas morales como garantía necesaria y preciosa para un crecimiento personal y responsable en la sexualidad humana.
Por esto, la Iglesia se opone firmemente a un sistema de información sexual separado de los principios morales y tan frecuentemente difundido, el cual no sería más que una introducción a la experiencia del placer y un estímulo que lleva a perder la serenidad, abriendo el camino al vicio desde los años de la inocencia .(FC, 22-XI-81)
La expresión sexual del amor, como acto específicamente humano, se vincula al significado auténtico de la vida y a la dignidad de las personas implicadas. La cultura contemporánea considera a menudo la sexualidad de modo reductivo, sin la armonía de una visión integral de la persona humana. Hay que comprender el amor entre un varón y una mujer según su significado más pleno, sin disociar los diversos aspectos –espiritual, moral, físico y psicológico– que lo integran. Ignorar una sola de esas dimensiones del amor constituye un serio peligro para la unidad de la persona. La práctica de los métodos naturales de planificación familiar ayuda a las parejas a aceptar los principios normativos de su actividad sexual, que brotan de la misma estructura de sus personas y de su relación. Discurso a la Pontificia Academia de las Ciencias, 18 noviembre 1994
No se debe olvidar que el desorden en el uso del sexo tiende a destruir progresivamente la capacidad de amar de la persona, haciendo del placer –en vez del don sincero de sí– el fin de la sexualidad, y reduciendo a las otras personas a objetos para la propia satisfacción: tal desorden debilita tanto el sentido del verdadero amor entre hombre y mujer –siempre abierto a la vida– como a la misma familia, y lleva sucesivamente al desprecio de la vida humana concebida que se considera como un mal que amenaza el placer personal (136). “La banalización de la sexualidad”, en efecto, “es uno de los factores principales que están en la raíz del desprecio por la vida naciente: sólo un amor verdadero sabe custodiar la vida” Orientaciones educativas en familia, del Pontificio Consejo para la Familia, 8 diciembre 1995
Educar en el AMOR VERDADERO en una sociedad sacudida y disgregada por tensiones y conflictos a causa del choque entre los diversos individualismos y egoísmos, los hijos deben enriquecerse no sólo con el sentido de la verdadera justicia, que lleva al respeto de la dignidad personal de cada uno, sino también, y más aún, con el sentido del verdadero amor, como solicitud sincera y servicio desinteresado hacia los demás, especialmente a los más pobres y necesitados.
La familia es la primera y fundamental escuela de socialidad; como comunidad de amor, encuentra en el don de sí misma la ley que rige y hace crecer. El don de sí que inspira el amor mutuo de los esposos, se pone como modelo y norma del don de sí que debe haber en las relaciones entre hermanos y hermanas y entre las diversas generaciones que conviven en la familia. La comunión y la participación vivida cotidianamente en la casa, en los momentos de alegría y de dificultad, representa la pedagogía más concreta y eficaz para la inserción activa, responsable y fecunda de los hijos en el horizonte más amplio de la sociedad. 22-XI-1981, 37
Somos cada uno un YO único e irrepetible, masculino y femenino: él o ella
Catecismo, 1992- N 2333: |Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual. La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja humana y de la sociedad depende en parte de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos.
Identidad personal:
La búsqueda de la identidad humana de aquél que al principio estaba “solo”, debe pasar siempre a través de la dualidad: la “comunión”. El ser humano se autopercibe como diferente a los animales o a las demás criaturas. Descubre su identidad personal que es un principio de antropología adecuada y puede ser verificado siempre según ella. Esta verificación puramente antropológica nos lleva, al mismo tiempo, al tema de la “persona” y al tema “cuerpo-sexo”. Esta simultaneidad es esencial. Efectivamente, si tratáramos del sexo sin la persona, quedaría destruida toda la educación de la antropología que encontramos en el Libro del Génesis. Y entonces estaría velada para nuestro estudio teológico la luz esencial de la revelación del cuerpo, que se transparenta con tanta plenitud en estas primeras afirmaciones. AG, 9-I-1980, 3
Gen 2, 23: “El hombre exclamó: ‘Esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ésta se llamará varona, porque del varón ha sido tomada’”. A la luz de este texto, comprendemos que el conocimiento del hombre pasa a través de la masculinidad y femineidad, que son como dos “encarnaciones” de la misma soledad metafísica, frente a Dios y al mundo –como dos modos de “ser cuerpo” y a la vez hombre, que se completan recíprocamente–, como dos dimensiones complementarias de la autoconciencia y de la autodeterminación, y al mismo tiempo como dos conciencias complementarias del significado del cuerpo. Así, como ya demuestra el Génesis 2, 23, la femineidad, en cierto sentido, se encuentra a sí misma frente a la masculinidad, mientras que la masculinidad se confirma a través de la femineidad. Precisamente la función del sexo, que en cierto sentido es “constitutivo de la persona” (no sólo “atributo de la persona”), demuestra lo profundamente que el hombre, con toda su soledad espiritual, con la unicidad e irrepetibilidad propia de la persona, está constituido por el cuerpo como “él” o “ella”. La presencia del elemento femenino junto al masculino y al mismo tiempo que él tiene el significado de un enriquecimiento para el hombre en toda la perspectiva de la historia, comprendida también la historia de la salvación. Toda esta enseñanza sobre la unidad ha sido expresada ya originariamente en Génesis 2, 23. AG, 21-XI-79
Identidad sexual
En el “conocimiento” conyugal, la mujer “es dada” al hombre y él a ella, porque el cuerpo y el sexo entran directamente en la estructura y en el contenido mismo de este “conocimiento”. Así, pues, la realidad de la unión conyugal, en la que el hombre y la mujer se convierten en “una sola carne”, contiene en sí un descubrimiento nuevo y, en cierto sentido, definitivo del significado del cuerpo humano en su masculinidad y feminidad. Pero, a propósito de este descubrimiento, ¿es justo hablar sólo de “convivencia sexual”? Es necesario tener en cuenta que cada uno de ellos, hombre y mujer, no es sólo un objeto pasivo, definido por el propio cuerpo y sexo, y de este modo determinado “por la naturaleza”. Al contrario, precisamente por el hecho de ser varón y mujer, cada uno de ellos es “dado” al otro como sujeto único e irrepetible, como “yo”, como persona. El sexo decide no sólo la individualidad somática del hombre, sino que define al mismo tiempo su personal identidad y ser concreto. Y precisamente en esta personal identidad y ser concreto, como irrepetible “yo” femenino-masculino, el hombre es “conocido” cuando se verifican las palabras de Gén 2, 24: “El hombre... se unirá a su mujer y los dos vendrán a ser una sola carne”. El “conocimiento”, de que habla Gén 4, 1-2 y todos los textos sucesivos de la Biblia, llega a las raíces más íntimas de esta identidad y ser concreto que el hombre y la mujer deben a su sexo. Este ser concreto significa tanto la unidad como la irrepetibilidad de la persona. AG- 5-III-1980
Es necesario ayudar a las parejas a conocer y comprender las razones del Magisterio de la Iglesia sobre la sexualidad humana. Este Magisterio puede ser comprendido sólo a la luz del plan de Dios para el amor humano y el matrimonio en su relación con la creación y con la Redención. Mostremos al mismo tiempo a nuestro pueblo la elevada y gozosa afirmación del amor humano, diciendo que “Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es, por tanto, la vocación fundamental e innata de todo ser humano” (FC, 11).
Por consiguiente para evitar cualquier vulgarización y desacralización de la sexualidad debemos enseñar que la sexualidad trasciende la esfera puramente biológica y mira al ser más profundo de la persona en cuanto tal. El amor sexual es verdaderamente humano sólo si es parte integral del amor por medio del cual un hombre y una mujer se confían uno a la otra hasta la muerte. Este darse recíprocamente tan pleno es posible sólo en el matrimonio
Éste es el magisterio –basado en la comprensión de la Iglesia de la dignidad de la persona humana y el hecho de que el sexo es un don de Dios– que debe ser comunicado tanto a las parejas casadas como a las prometidas y también a la Iglesia entera. Esta enseñanza debe estar en la base de toda la educación de la sexualidad y de la castidad. Debe ser comunicado a los padres, que tienen la importante responsabilidad de la educación de los propios hijos, y también a los pastores y a los educadores religiosos que colaboran con los padres en el cumplimiento de sus responsabilidades. (discurso a Obispos EEUU, 24-IX-1983)
Son dos encarnaciones diferentes o dos modos humanos diferentes de ser cuerpo que se completan recíprocamente.
Son dos dimensiones complementarias de la autoconciencia y de la autodeterminación, y al mismo tiempo como dos conciencias complementarias del significado del cuerpo. Así, como ya demuestra el Génesis 2, 23, la femineidad, en cierto sentido, se encuentra a sí misma frente a la masculinidad, mientras que la masculinidad se confirma a través de la femineidad.
Esa diferencia sexual tiene el significado de un enriquecimiento para el hombre en toda la perspectiva de la historia, comprendida también la historia de la salvación. AG, 21-XI-79
El matrimonio, es decir, el pacto de amor conyugal o elección consciente y libre con la que el hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor querida por Dios mismo, que sólo bajo esta luz manifiesta su verdadero significado. La institución matrimonial no es una injerencia indebida de la sociedad o de la autoridad, ni la imposición extrínseca de una forma, sino exigencia interior del pacto de amor conyugal que se confirma públicamente como único y exclusivo para que se viva así
a plena fidelidad al designio de Dios Creador. Esta fidelidad, lejos de rebajar la libertad de la persona, la defiende contra el subjetivismo y relativismo y la hace partícipe de la Sabiduría creadora.
El único “lugar” que hace posible esta donación total. AG, 22-XI-1981
Es necesario educar en el valor de la vida comenzando por sus mismas raíces. Es una ilusión pensar que se puede construir una verdadera cultura de la vida humana, si no se ayuda a los jóvenes a comprender y vivir la sexualidad, el amor y toda la existencia según su verdadero significado y en su íntima correlación. La sexualidad, riqueza de toda la persona, “manifiesta su significado íntimo al llevar a la persona hacia el don de sí misma en el amor”. La banalización de la sexualidad es uno de los factores principales que están en la raíz del desprecio por la vida naciente: sólo un amor verdadero sabe custodiar la vida. Por tanto, no se nos puede eximir de ofrecer sobre todo a los adolescentes y a los jóvenes la auténtica educación de la sexualidad y del amor, una educación que implica la formación de la castidad, como virtud que favorece la madurez de la persona y la capacita para respetar el significado “esponsal” del cuerpo.
La labor de educación para la vida requiere la formación de los esposos para la procreación responsable. Ésta exige, en su verdadero significado, que los esposos sean dóciles a la llamada del Señor y actúen como fieles intérpretes de su designio: esto se realiza abriendo generosamente la familia a nuevas vidas y, en todo caso, permaneciendo en actitud de apertura y servicio a la vida incluso cuando, por motivos serios y respetando la ley moral, los esposos optan por evitar temporalmente o a tiempo indeterminado un nuevo nacimiento. La ley moral les obliga de todos modos a encauzar las tendencias del instinto y de las pasiones y a respetar las leyes biológicas inscritas en sus personas. Precisamente este respeto legitima, al servicio de la responsabilidad en la procreación, el recurso a los métodos naturales de regulación de la fertilidad: éstos han sido precisados cada vez mejor desde el punto de vista científico y ofrecen posibilidades concretas para adoptar decisiones en armonía con los valores morales. Una consideración honesta de los resultados alcanzados debería eliminar prejuicios todavía muy difundidos y convencer a los esposos, y también a los agentes sanitarios y sociales, de la importancia de una adecuada formación al respecto. La Iglesia está agradecida a quienes con sacrificio personal y dedicación con frecuencia ignorada trabajan en la investigación y difusión de estos métodos, promoviendo al mismo tiempo una educación en los valores morales que su uso supone. EV-25-III-1995
Partiendo precisamente de la “visión integral del hombre y de su vocación no sólo natural y terrena, sino también sobrenatural y eterna”, Pablo VI afirmó que la doctrina de la Iglesia “está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido, y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador” (88). Y concluyó recalcando que hay que excluir, como intrínsecamente deshonesta, “toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación”.
Cuando los esposos, mediante el recurso al anticoncepcionismo, separan estos dos significados que Dios Creador ha inscrito en el ser del hombre y de la mujer y en el dinamismo de su comunión sexual, se comportan como “árbitros” del designio divino y “manipulan” y envilecen la sexualidad humana, y, con ella, la propia persona del cónyuge, alterando su valor de donación “total”. Así, al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente; se produce no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal. FC 22-XI-81, 32
En su constitución somática o corporal el ser humano es varón o mujer.La función del sexo, que en cierto sentido es “constitutivo de la persona” (no sólo “atributo de la persona”), demuestra lo profundamente que el hombre, con toda su soledad espiritual, con la unicidad e irrepetibilidad propia de la persona, está constituido por el cuerpo como “él” o “ella”.
Si tratáramos del sexo sin la persona, quedaría destruida toda la educación de la antropología que encontramos en el Libro del Génesis. Y entonces estaría velada para nuestro estudio teológico la luz esencial de la revelación del cuerpo, que se transparenta con tanta plenitud en estas primeras afirmaciones. 9-I-1980
Lenguaje del sexo
El lenguaje de sexo es revelación del yo personal. Al convertirse en “una sola carne”, el hombre y la mujer experimentan de modo particular el significado del propio cuerpo. Simultáneamente se convierten así como en el único sujeto de ese acto y de esa experiencia, aun siendo, en esta unidad, dos sujetos realmente diversos. Lo que nos autoriza, en cierto sentido, a afirmar que “el marido conoce a la mujer”, o también que ambos “se conocen” recíprocamente. Se revelan, pues, el uno a la otra, con esa específica profundidad del propio “yo” humano, que se revela precisamente también mediante su sexo, su masculinidad y feminidad. Y entonces, de manera singular, la mujer “es dada” al hombre de modo cognoscitivo, y él a ella. 5-III-80, 4
La sexualidad no es algo puramente biológico, sino que mira a la vez al núcleo íntimo de la persona. El uso de la sexualidad como donación física tiene su verdad y alcanza su pleno significado cuando es expresión de la donación personal del hombre y de la mujer hasta la muerte. Este amor está expuesto sin embargo, como toda la vida de la persona, a la fragilidad debida al pecado original y sufre, en muchos contextos socio-culturales, condicionamientos negativos y a veces desviados y traumáticos. Sin embargo la redención del Señor, ha hecho de la práctica positiva de la castidad una realidad posible y un motivo de alegría, tanto para quienes tienen la vocación al matrimonio –sea antes y durante la preparación, como después, a través del arco de la vida conyugal–, como para aquellos que reciben el don de una llamada especial a la vida consagrada.
La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otro (CIC-2332)
El significado de la sexualidad humana se arraiga en su relación con la persona. La cultura actual deforma gravemente o incluso pierde el verdadero significado de la sexualidad humana, porque la desarraiga de su referencia a la persona, la Iglesia siente más urgente e insustituible su misión de presentar la sexualidad como valor y función de toda la persona creada, varón y mujer, a imagen de Dios (22-XI-81)
Cultura actual banaliza, empobrece y reduce la sexualidad a a su vinculación con el cuerpo y el placer egoísta que se opone a su vinculación con la persona
La sexualidad es una riqueza de toda la persona –cuerpo, sentimiento y espíritu–, y manifiesta su significado íntimo al llevar la persona hacia el don de sí misma en el amor. (22-XI-81)
En consecuencia, la sexualidad, mediante la cual el hombre y la mujer se donan uno a otro con los actos propios y exclusivos de los esposos, no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte. La donación física total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona incluso en su dimensión temporal; si la persona se reservase algo o la posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donaría totalmente.
Esta totalidad exigida por el amor conyugal corresponde también a las exigencias de una fecundidad responsable, la cual, orientada a engendrar una persona humana, supera, por su naturaleza, el orden puramente biológico y toca una serie de valores personales, para cuyo crecimiento armonioso es necesaria la contribución perdurable y concorde de los padres. Angelus 26-VI-1974
Gn 1, 26–31 (relato elohista, de Elohim, com se llamaba en ámbito levítico a Dios)
26 Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra.
27 Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó.
28 Y bendíjolos Dios, y díjoles Dios: «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra.»
29 Dijo Dios: «Ved que os he dado toda hierba de semilla que existe sobre la haz de toda la tierra, así como todo árbol que lleva fruto de semilla; para vosotros será de alimento.
30 Y a todo animal terrestre, y a toda ave de los cielos y a toda sierpe de sobre la tierra, animada de vida, toda la hierba verde les doy de alimento.» Y así fue.
31 Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien. Y atardeció y amaneció: día sexto.
Gn 2, 7–8 y 15–25 (relato yahvista, de Yahvé, como llamaban a Dios en ámbito sacerdotal– más antiguo que el elohista. En el vers. Gn 2, 4 se enganchan los dos relatos)
7 Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente.
8 Luego plantó Yahveh Dios un jardín en Edén, al oriente, donde colocó al hombre que había formado. (…)
15 Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y le dejó en al jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase.
16 Y Dios impuso al hombre este mandamiento: «De cualquier árbol del jardín puedes comer,
17 más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio.»
18 Dijo luego Yahveh Dios: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada.»
19 Y Yahveh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera.
20 El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo, más para el hombre no encontró una ayuda adecuada.
21 Entonces Yahveh Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne.
22 De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre.
23 Entonces éste exclamó: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada.»
24 Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne.
25 Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro.
Gn 3, 7–11
7 Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores.
8 Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahveh Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín.
9 Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?»
10 Este contestó: «Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí.»
11 El replicó: «¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?»
San Mateo 5, 27–28
27 «Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”.
28 Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón.
San Mateo 19, 3–12
3 Y se le acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, le dijeron: «¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?»
4 El respondió: «¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, “los hizo varón y hembra”,
5 y que dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne?”
6 De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre.»
7 Dícenle: «Pues ¿por qué Moisés prescribió dar acta de divorcio y repudiarla?»
8 Díceles: «Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así.
9 Ahora bien, os digo que quien repudie a su mujer – no por fornicación – y se case con otra, comete adulterio.»
10 Dícenle sus discípulos: «Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse.»
11 Pero él les dijo: «No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido.
12 Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda.»
San Lucas 20, 27–38
27. Acercándose algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, le preguntaron:
28.«Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano.
29.Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos;
30.y la tomó el segundo,
31.luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos.
32.Finalmente, también murió la mujer.
33.Esta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer.»
34. Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido;
35.pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido,
36. ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección.
37. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor – el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. –
38. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven.»
Romanos8, 20-23
20 La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza
21 de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
22 Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto.
23 Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo.
Efesios 5, 21-33
21. Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo.
22. Las mujeres a sus maridos, como al Señor,
23. porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es Cabeza de la Iglesia, el salvador del Cuerpo.
24. Así como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo.
25. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella,
26. para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra,
27. y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada.
28. Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a sí mismo.
29. Porque nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia,
30. pues somos miembros de su Cuerpo.
31. – Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. –
32. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia.
33. En todo caso, en cuanto a vosotros, que cada uno ame a su mujer como a sí mismo; y la mujer, que respete al marido.
Contenido
Los 5 principios para la plenitud personal, en la sexualidad. 6
1. La sexualidad: un idioma para aprender a leer y hablar. 6
2. El idioma del cuerpo se lee y se habla en 360°. 6
3. La salud como condición para aprender el idioma. 7
4. Crecer en inteligencia sexual y desarrollar habilidades. 7
5. La plenitud de la sexualidad es la santidad. 7
Introducción antropológica a la Teología del cuerpo. 8
I. A. Una Verdad Original Olvidada: el Hombre, Varón y Mujer. 14
La pregunta por la felicidady la relación varón –mujer. 14
Cristo nos manda a mirar “al principio”. 14
Desnudez originaria y significado esponsal del cuerpo. 15
I. B. La plenitud personal, consecuencia de la Teología del cuerpo. 16
Plenitud de la vida humana: la comunión de personas. 16
Dios ha confiado la humanidad al hombre, varón y mujer, en la procreación. 17
II. La Redención del Corazón. 18
Cristo apela al corazón del hombre, varón y mujer. 18
El corazón del hombre, varón y mujer, después del pecado. 18
La mirada del corazón, fuente de la ética. 19
III. A La Resurrección de la Carne. 21
Cómo será nuestra resurrección. 21
La Resurrección según San Pablo. 22
III. B. La Virginidad Cristiana. 23
Respuestamadura al Espíritu Santo. 24
IV. A. El Matrimonio a la Luz de la Teología del Cuerpo. 26
El consentimiento matrimonial 27
Ley natural y revelación divina. 29
Inseparabilidad de los significados del acto conyugal 29
Paternidad y maternidad responsables. 31
Temas vitales vinculados a la Teología del cuerpo, 32
Introducción: Sembrar apertura y amor a la verdad sobre el hombre, varón y mujer: 32
Capítulo I: Ver la imagen de Dios en el hombre, varón y mujer. 32
2. Redención del propio corazón. 33
3. B. El celibato por el Reino de los cielos. 33
Anexo 1: Glosario conceptos fundamentales para comprender la Teología del Cuerpo. 35
CONTINENCIA PERIÓDICA -METODOS NATURALES. 36
La educación sexual, derecho y deber fundamental de los padres, 39
MAGISTERIO sobre SEXUALIDAD.. 41
Anexo 2: Citas Bíblicas -Teología del cuerpo – (Biblia de Jerusalén) 45
[1] Cfr. San Juan Pablo II, Discurso del 27 de agosto de 1999, ante las autoridades del Pontificio Instituto para la Familia.
[2] Constitución Pastoral Gaudium et Spes, n. 16
[3]Racionalidad y relacionalidad de la persona humana, unidad y diferencia en la comunión y las polaridades constitutivas de hombre-mujer, espíritu-cuerpo e individuo-comunidad, son dimensiones co-esenciales e inseparables. Así, la reflexión sobre la persona, el matrimonio y la familia puede integrarse, en último término, en la doctrina social de la Iglesia, y acaba por convertirse en una de sus raíces más sólidas.
[4]Ibidem, n. 22
[5]Ibidem, n.24
[6]En palabras del Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 164: «Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte»
[7] Juan Pablo II. Memoria e identidad, cap. 6, pp. 41–44.
[8] Wojtyla, Karol (1979).Amor y Responsabilidad. Estudio de moral sexual, Razón y Fe, Madrid, 11ª ed.
[9] Wojtyla, Karol (1982). Persona y Acción, BAC, Madrid, 12ª ed.
[10] Concilio Vaticano II. Constitución Apostólica Gaudium et Spes, 22.
[11] Juan Pablo II. Vi racconto la mia vita. A cura di Saverio Gaeta.Librería Editrice Vaticana, 2011, p. 41.
[12] Juan Pablo II. Fides et Ratio, n. 1.
[13]Idem, n. 12
[14] Carta apostólica Novo millennio ineunte, 23
[15]Fides et Ratio, 60
[16]Karol Wojtyla – Juan Pablo II. Estoy en tus manos. Cuadernos personales. 1962–2003. Planeta Testimonio, 2014. p. 28
[17] Todas las negritas son nuestras, y buscan facilitar la lectura de los versículos más relevantes para la materia.