Hay vínculos que no saben en qué momento dejaron de ser lo que eran.
A veces alguien entra en tu vida sin hacer ruido. Se sienta a tu lado, camina contigo, aprende tus gustos sin esfuerzo. Y durante un tiempo, todo se siente más fácil.
Después la vida cambia. No hay una pelea grande ni un final claro. Solo decisiones pequeñas, caminos distintos, otras personas.
Y un día entiendes que no todo lo que parece permanente lo es. Que hay quienes llegan para quedarse un momento, no para siempre.
Lo difícil no es entenderlo.
Es soltarlos.
Universidad
Amigos que se vuelven todo
Conexiones
Momentos pequeños
Aprender a irse
∞ Ribs – Lorde
∞ Champagne Coast – Blood Orange
∞ She Plays Bass – Beabadoobee
∞ Sofia – Clairo
∞ Are You Bored Yet? – Wallows
∞ About You – The 1975
∞ We Hug Now – Sydney Rose
∞ Tumblr Girls – G-Eazy
∞ Cool About It – boygenius
∞ Fool – Frankie Cosmos
∞ Bridge on the Ocean – Alex Christian
∞ Youth – Daughter
La historia esta completa en Wattpad, aquí tienes un adelanto:
Domingo 5 octubre, 2023
Hola, Adi.
He estado pensando en escribirte y no sabía cómo empezar. Supongo que así, sin vueltas.
Perdón por desaparecer. Perdón por no ir a tu cumpleaños. Sé que no estuve cuando tenía que estar y eso no tiene mucha explicación.
Eres mi mejor amiga y aun así me comporté fatal. No contesté tus mensajes, no te llamé... Y sé que eso duele.
Solo quiero decirte que me importas y sé que no debí alejarme así.
Ojalá pueda arreglarlo. No quería dejar pasar el día sin decirte algo, aunque sea tarde.
¡Feliz cumpleaños, Ariadne!
Te quiere, J.
⋆⁺₊⋆ ∞ ⋆⁺₊⋆
Ese fue el último mensaje que recibí de mi mejor amigo.
Lunes 7 febrero, 2022
Mudarse sola es emocionante hasta que se hace de noche.
El cuarto del campus era más pequeño de lo que parecía en las fotos. La primera vez que cerré la puerta me quedé unos segundos mirándola, como esperando que alguien tocara. Nadie lo hizo.
Abrí la maleta, saqué la ropa sin orden y la volví a meter porque no sabía en qué cajón iba a poner cada cosa.
El cuarto era solo mío, eso sí. Pero la cocina y el baño los compartía con otras dos estudiantes de mi universidad. No eran de primer año, se les notaba.
Ya sabían dónde quedaba todo, se movían como si el lugar fuera suyo.
Yo a duras penas sabía cómo se llamaban.
Una era Charlotte, lo recordaba porque así se llama mi abuela. La otra era Emily, creo. Las había visto un par de veces en la cocina, hablando de clases y horarios que yo todavía no entendía. Me saludaban con educación, pero hasta ahí.
No había esa cercanía de estar todas igual de perdidas.
Extrañaba el ruido de mi casa más de lo que imaginaba. El sonido de mi mamá en la cocina moviendo ollas desde temprano. Papá en la sala con las noticias demasiado alto, quejándose de todo. Mis perros corriendo por el patio y ladrando sin razón. Incluso el portazo del garaje cuando alguien llegaba.
Aquí no había nada de eso. Solo el zumbido leve del aire acondicionado y mis propios pensamientos.
Tres semanas antes había terminado con Liam. Terminamos. No “vamos viendo”, no “nos damos un tiempo”.
Terminamos.
Salimos por más de dos años. Fuimos mejores amigos por ocho. Crecimos juntos, básicamente.
Él conocía cada rincón de mi casa y yo el suyo. Nos queríamos mucho. Muchísimo. Pero, con el tiempo, me di cuenta de algo que me dio miedo admitir: lo quería, sí, pero no lo amaba.
Y creo que él tampoco.
Estábamos acostumbrados el uno al otro. Éramos rutina, éramos compañía. Separarnos fue duro, obvio. Después de tanto tiempo todo se siente raro.
Pero, si lo pienso con calma, tal vez fue lo mejor.
Cuando llegó lo de Sídney, él quería que me quedara. Decía que podíamos buscar algo más cerca, que no hacía falta irme tan lejos para estudiar.
—No tienes que irte —me dijo ese día, parado en la puerta de mi casa.
—Sí, tengo —respondí yo, intentando que no me temblara la voz.
Desde entonces no nos llamamos. No nos escribimos.
No nos bloqueamos tampoco.
Seguimos ahí, en redes, como dos personas que fingen que no se miran. A veces entro a su perfil y salgo antes de ver demasiado.
No quiero saber qué está haciendo. No porque no me importe, sino porque aún me importa demasiado.
Duele. Aunque sea lo mejor.
Entrar en una universidad de Sídney no fue casualidad. Me esforcé muchísimo para conseguir esta beca y poder estar en la carrera de mis sueños.
Los últimos años de la escuela fueron puro estudio, voluntariados, trabajos extra, fines de semana haciendo cosas que sumaran puntos.
Presenté papeles, entrevistas, ensayos. Cuando me confirmaron que me daban la beca lloré tanto que mi mamá lloró conmigo.
Cuando mi abuela se enteró, lloró a mares también. Fue un drama hermoso en medio de una reunión familiar.
Yo sabía lo que significaba: irme, sí, pero también cumplir algo que llevaba años soñando.
Así que ahí estaba.
En el campus.
Sola, pero donde quería estar.
El primer día de inducciones no empezó en un aula con profesores serios. Empezó al aire libre, con mesas plegables, globos amarrados en grupos de colores y música sonando un poco más fuerte de lo necesario.
El cielo en febrero estaba despejado, azul brillante, y el calor se pegaba a la piel. Todo se veía demasiado vivo.
Me acerqué a la mesa donde entregaban los lazos.
—¿Facultad? —preguntó una chica, mirando una lista.
Sentí la garganta seca.
—Ci… Ciencias —respondí, carraspeando un poco.
Ella buscó en una caja y me entregó un lazo azul.
—Carrera y nombre —dijo ella mirándome.
—Biología marina… Ariadne… Ariadne Northcliffe —repliqué un poco más segura esta vez.
—Bienvenida —sonrió rápido mientras tachaba mi nombre de la lista.
Me até el lazo en la muñeca. Lo ajusté demasiado. Pensé en aflojarlo, pero lo dejé así. Que se marcara un poco no era tan grave.
Llevaba un cuadernito pequeño en la mano. No tenía nada escrito aún, pero me gustaba sentirlo ahí. Sentir las manos ocupadas.
Nos empezaron a dividir en grupos mezclados. Derecho con Ingeniería. Enfermería con Arquitectura. Diseño con Ciencias.
Miraba las muñecas antes que las caras. Era imposible saber quién podría terminar siendo compañero mío de carrera.
La primera actividad trataba de nuestros orígenes y metas. Teníamos que decir en voz alta que nos gustaba de nuestra carrera y de donde veníamos.
—¿Tú de dónde eres? —me preguntó una chica de Arquitectura, sonriendo demasiado cerca.
—De Hobart —respondí, acomodándome el cabello detrás de la oreja—. Tasmania —añadí, en voz más baja.
—¡Qué lejos! —soltó ella, sorprendida.
Asentí con una sonrisa.
Nos dieron cartulinas enormes y marcadores gruesos.
—Necesitamos un título grande —dijo un chico de Derecho, mirando alrededor—. ¿Quién tiene buena letra?
Nadie dijo nada.
—Puedo hacerlo —levanté la mano, con una sonrisa tímida.
—Perfecto —respondió una chica de Negocios, pasándome el marcador.
Escribí despacio, cuidando que las letras quedaran parejas. Me concentré en los trazos, en que no se manchara. Cuando terminé, el chico de Derecho se inclinó.
—Oye, sí tienes buena letra —comentó, genuinamente sorprendido.
—G-Gracias —repliqué con una sonrisa pequeña y un poco de rubor.
No me gustaba resaltar, pero si me gustaba ser útil.
Mientras ellos discutían metas ambiciosas, yo organizaba las frases para que cupieran bien en la cartulina.
Quería preguntarles sus nombres, quería interactuar con esos chicos. Justo cuando tomé el valor suficiente… nos cambiaron de grupo.
Otra vez presentaciones. Otra vez colores mezclados. Había alguien de Ingeniería hablando de algoritmos, una chica de Diseño con el cabello verde que quería hacer algo creativo y un chico de Ciencias que casi no hablaba.
Las actividades se volvieron más físicas. Nos dieron pelotas pequeñas y aros a cierta distancia.
—Hay que encestar al menos tres —dijo el chico de Ingeniería, serio como si fuera una competencia olímpica.
Tomé la pelota. Respiré.
Lancé la primera… cayó demasiado lejos.
—Casi —dijo la chica de Diseño, animándome.
Tomé otra.
Lancé sin mucha fe, nunca había tenido buena puntería, y con todas esas personas mirándome, sentía que me iba a ahogar.
La pelota rebotó en el borde del aro y cayó dentro.
—¡Eso! —gritó el de Ingeniería, levantando el puño.
Me reí, sorprendida.
—Fue suerte —dije, sacudiendo la cabeza.
Después tuvimos que armar una torre con materiales rarísimos. Cartón, cinta, algo que parecía papel aluminio.
—Si la base no es firme, se cae —dijo el de Ingeniería, concentrado.
Yo sostenía las piezas mientras discutían.
Giré una de las piezas sin querer. No sé si fue por eso o por otra cosa, pero la torre se volvió más estable.
—¡Eso, equipo! —dijo la chica de Diseño, chocando mi mano.
Estaba sonriendo, apunto de pedirle su número… cuando nos volvieron a cambiar de equipo.
Me sentí incómoda, no había podido decir más de tres palabras a mis compañeros de grupo. No sabía el nombre de nadie… Y nadie sabía mi nombre aún.
Un nuevo equipo, una nueva oportunidad.
En esta nueva dinámica había que correr, agarrar tarjetas y volver sin que te tocaran.
Nadie del grupo parecía querer ser el primero. Así que me animé.
—Yo voy —dije, sin pensarlo demasiado.
Salí corriendo, tropecé con mi propio pie y casi me voy de frente antes de seguir corriendo.
—¿Estás bien? —preguntó una chica de Comunicación detrás mío.
—Sí, sí —respondí riéndome, aunque muy sonrojada—. Todo bajo control.
Cuando fue mi turno otra vez, volví a correr, esta vez más atenta. Cuando regresé con la tarjeta, me chocaron la mano como si hubiera hecho algo increíble.
Me sentí muy bien.
—¿Cómo te llam…
No pude terminar cuando nos volvieron a cambiar de grupo.
Suspiré un poco triste, pero continué.
Después de unas cuantas horas de estar entre juego y juego, me di cuenta de que estaba riéndome de verdad.
No estaba pensando en cómo me veía. Ni en si alguien me recordaría después de alguna actividad. Simplemente me estaba divirtiendo con otros estudiantes.
Si alguien necesitaba un marcador, se lo pasaba. Si alguien se quedaba atrás, me quedaba con esa persona.
En el último cambio de equipo, quedé con dos de Derecho, una de Psicología y uno de Ciencias. Vi el lazo azul antes que su cara.
—Biología Marina —dijo él cuando le tocó presentarse, con voz tranquila.
Levanté la vista.
—Yo también —dije sonriendo. Era la primera vez que coincidía con alguien de mí misma carrera, no solo facultad.
En la última dinámica, teníamos que movernos rápido para intercambiar tarjetas. Yo iba mirando hacia el lado, riéndome por algo que gritó una chica de Enfermería. Estaba tan distraída que terminé pisándole el pie.
Fuerte.
—¡Ay!—dije de inmediato —. ¡Lo siento tanto!
El chico miró su zapato, luego a mí.
—Creo que sigues ahí —respondió él, con una media sonrisa.
Me tapé la cara un segundo y di un paso atrás.
—Lo lamento —añadí mirando su zapato, había quedado lleno de tierra.
—No es nada —contestó él, sonriendo.
Después casi chocamos de hombros cuando nos acomodaron para la foto final. Nos pusieron frente a un edificio de ladrillo claro, el sol pegando fuerte. Todos estábamos un poco despeinados, brillando por el calor.
Intenté moverme hacia un lado, pero alguien me empujó sin querer y quedé casi en el centro. Él terminó a mi lado otra vez.
—Más juntos —indicó el fotógrafo, levantando la cámara.
Di un paso pequeño, mirando bien dónde pisaba. No podía repetir ese incidente.
—Sonrían —dijo el fotógrafo.
⋆⁺₊⋆ ∞ ⋆⁺₊⋆
Esa noche, sentada en mi cama, con el cuarto todavía sintiéndose demasiado silencioso, vi la foto en las historias de la Universidad.
Todos mezclados. Colores distintos en las muñecas. Caras que probablemente no volvería a ver.
Yo en el centro, el lazo azul marcándome la piel.
Feliz.
Me veía feliz.
Miré la imagen un momento más largo de lo necesario. Luego la mandé al chat de mi familia y al de mis amigos de la escuela. Recibí un par de emojis y muchos corazones de mi madre.
Liam no me había escrito. Yo tampoco.
Seguíamos en contacto cero.
Habría amado decirle lo mucho que me divertí, todas las nuevas personas con las que interactúe… pero no. Liam ya no estaba.
Dejé el celular boca abajo.
Mañana tenía otro día de inducción.
Y, aunque doliera un poco estar sola, también tenía ganas de volver.
Lunes 14 febrero, 2022
La semana anterior fueron inducciones hasta el viernes. Ese viernes fue, oficialmente, mi primer día de clases.
Y fue un desastre.
Aunque solo era un día para saber qué asignaturas cursaría y quiénes serían los profesores, me fue fatal.
Llegué tarde a un salón porque confundí los edificios. Me senté en la fila equivocada en otra clase y tuve que levantarme cuando el profesor dijo que esa sección no era la mía.
Almorcé con unos chicos de Psicología que conocía de las actividades de integración, eran simpáticos, pero no los volví a ver.
Terminé el día agotada, con dolor de cabeza y con esa sensación fea de no encajar en ningún lado.
El fin de semana estuve sola. Ordené el cuarto. Pensé demasiado. Llamé a mis papás. Les mostré el cuarto, el escritorio ordenado, mis apuntes aunque solo haya tenido clases de introducción el viernes.
Mamá siempre me miraba con esa mezcla de orgullo y preocupación.
Sé que si le decía que a veces comía sola o que todavía no tenía amigos de verdad, le iba a doler más que a mí. Porque para ella yo seguía siendo la niña que siempre tenía a Liam al lado en el recreo.
Así que no se lo decía.
Me prometí que el lunes iba a ser distinto.
No sabía cómo, pero lo sería.
El lunes llegó y era San Valentín.
Entré al edificio de Ciencias y todo estaba precioso. Corazoncitos pegados en las paredes, algunos torcidos. Una mesa con cupcakes con glaseado rojo brillante. Carteles hechos a mano. Se notaba que alguien se había tomado el tiempo de decorar todo.
Y sí, me dolió un poquito.
Todavía tenía el corazón medio roto por lo de Liam. No era que estuviera llorando por los pasillos, pero días así hacían ruido en mi corazón y mente. Me quedé un segundo mirando los cupcakes, pensando que el año pasado había sido distinto, que si siguiera en Hobart, Liam me hubiera recibido con flores.
Suspiré y seguí mi camino.
Al menos el campus se veía alegre.
Yo solo quería llegar a tiempo a mi clase de Biología celular y genética.
Ya no eran juegos ni dinámicas raras, o las clases de introducción para conocer a los profesores y el cronograma del semestre. Esa semana empezábamos a aprender de verdad.
En el primer año solo veíamos asignaturas básicas de ciencias.
Conceptos básicos. Nada imposible. Nada impresionante todavía, pero eso no le quitaba lo interesante… o lo difícil.
Tenia que esforzarme si quería continuar con mi beca.
Las clases del primer semestre estaban bien. No había ninguna que me pareciera increíble todavía. Cuatro materias, 24 créditos, nada del otro mundo.
Lo que sí me pesaba era otra cosa.
Todavía no tenía a nadie con quien hablar de verdad. En inducciones hablé con muchísima gente. Almorcé con algunos. Intercambié redes sociales. Anoté nombres en mi cuadernito porque me daba ansiedad olvidar caras.
Igual los olvidé.
Y ellos también a mí, supongo.
En el colegio era distinto. Conocía a todos. Sabía cómo eran los profesores, qué esperar de cada clase, dónde sentarme sin pensar. Tenía a mis amigos al lado sin tener que planear nada.
Aquí todo era nuevo. Demasiadas caras desconocidas. Demasiadas posibilidades. Y yo, un poco perdida en medio.
Sí, me sentía como pez fuera del agua.
Al llegar al salón, me fijé en un grupo que estaba sentado en la primera fila.
Primero la noté a ella.
Clara.
Tenía el pelo rubio hasta los hombros, liso y brillante. Ojos castaños grandes como los de una muñequita de porcelana. Iba arreglada, pero no exagerado. Como si le gustará verse linda para ir a clase, aunque fuera temprano. Se reía fácil. Hablaba con todos. Tenía esa energía de persona que entra a un lugar y no parece incómoda nunca.
Sabía su nombre porque se había postulado como representante de los de primer año de biología marina durante la semana de inducciones. No ganó, pero se notaba que eso no la detendría de postularse el siguiente año.
Por estar distraída con Clara, se me cayó un lápiz. Rodó hasta cerca de su puesto.
Ella se inclinó, lo recogió y me miró.
—¿Es tuyo? —preguntó Clara, estirando la mano.
—Sí, gracias —respondí.
Me devolvió el esfero y miró mi cuaderno abierto.
—Tienes una letra muy bonita. Ojalá yo escribiera así.
—Gracias —contesté ruborizándome.
Clara sonrió. Tenía una sonrisa muy dulce. No sé cómo explicarlo, pero me dio ternura. Pensé, sin conocerla, que me caía bien.
Decidí sentarme tras ella. No justo al lado. Eso me daba demasiada vergüenza. Una silla de distancia, como si fuera casualidad.
No lo era.
La clase empezó bien, el profesor habló de las bases, explicó un tema rápido, y luego sin aviso: formen grupos.
Empecé a sudar, mire a mi alrededor, todos ya tenían grupos.
Y como si Clara me hubiera escuchado, se volteó.
—¿Te unes con nosotros? —preguntó como si no fuera nada.
Asentí demasiado rápido.
—¿Cómo te llamas? —preguntó enseguida, sonriendo mientras me sentaba más cerca.
—Ariadne.
—Wow, qué bonito nombre —dijo Clara, con los ojos bien abiertos.
Señaló a los chicos.
—Yo soy Clara. Él es Theo y él es Jean.
Ambos me saludaron con la mano.
Jean tenía la piel oscura y unos ojos verdes que llamaban la atención sin que él hiciera nada. Llevaba el cabello marrón con un peinado prolijo. Se veía tranquilo, como de esos que primero escuchan y después hablan.
Theo era pálido, usaba gafas redondas y tenía los ojos azules muy profundos. Su pelo, que claramente era café natural, lo llevaba teñido de un rosa suave. No era exagerado, solo diferente. Tenía cara seria, pero se notaba que no lo era tanto.
—¿Y cómo te gusta que te digan? —preguntó Clara, volviendo a mirarme—. ¿Ariadne completo o tienes apodo?
—En el colegio mis amigos me decían Adne —respondí.
—Adne —repitió, sonriendo—. Es hermoso. Suena muy tuyo.
Sentí que me sonrojaba.
Luego me miró con más atención.
—Tu cabello es tan bonito… ¿es natural? —preguntó ella, curiosa—. Te queda demasiado bien ese color.
—Sí —respondí—. Bueno… de pequeña era rubia, pero de la nada se me fue poniendo rojo. Nadie en mi familia entiende por qué.
Clara llevó una mano a su pecho.
—Qué bonito, en serio. Es un rojo precioso. Te queda perfecto.
No sonó a juicio ni a comentario raro. Sonó sincero. Y eso me hizo relajarme.
Mientras organizábamos el trabajo empezaron a hablar de las inducciones.
—¿Te acuerdas del rally por el campus? —le dijo Theo a Clara.
—Cómo olvidarlo. Caminamos demasiado —respondió ella.
—Y Jean juraba que sabía leer el mapa —añadió Theo.
—Sabía leerlo —dijo Jean, medio riéndose.
Yo los escuchaba. Iban saltando de recuerdo en recuerdo. Poco a poco entendí que habían pasado toda esa semana juntos. Por eso se notaban tan cómodos, eran amigos.
Y aun así, me hicieron espacio sin hacerlo raro.
Repartimos el trabajo. Yo me ofrecí a organizar el documento final.
—Perfecto —dijo Clara—. Yo soy pésima con el formato.
—Yo me encargo de las referencias —añadió Jean.
Nadie intentó dejarle todo a nadie. Todos aportaban. Yo no sentí esa presión rara de tener que hacerlo perfecto para que me aceptaran. Solo trabajamos.
Intercambiamos números. Theo creó el grupo y lo llamó “Coralitos”. Clara mandó el primer mensaje.
Todo fluyó.
Salí de esa clase con una sensación nueva. Alivio, sí. Pero también algo más estable.
Y lo mejor fue que la siguiente clase, unas horas después, también era con ellos. Química General I.
Entramos juntos.
Yo todavía estaba acomodándome cuando el profesor dijo:
—Hoy trabajarán en grupos de cinco.
Nos miramos los cuatro al mismo tiempo.
—Nos falta uno —dijo Clara, mirando alrededor.
Empezaron a buscar con la mirada a alguien que estuviera solo. Yo me volteé para hacer lo mismo.
—¿Puedo unirme? —preguntó un chico cuando nuestras miradas se cruzaron.
Pelo negro, un poco despeinado. Piel ligeramente bronceada. Ojos grises que, con cierta luz, parecían azulados. Se me hacía conocido, pero no sabía de dónde.
—Ay, sí, claro —respondió Clara—. Justo estábamos buscando a alguien.
Se sentó con nosotros.
—Me llamo Jeremiah —dijo el chico —. Pero pueden decirme Jeremy.
—Clara.
—Jean.
—Theo.
—Ariadne.
Empezamos a trabajar. Nos dividimos las partes sin problema. Comentamos la lectura. Jeremy hacía buenas preguntas. Clara anotaba. Jean organizaba. Theo revisaba que no se nos escapara nada.
En un momento el profesor nos dio unos minutos de receso.
Clara sacó el celular. Frunció el ceño. Nos miró a Jeremy y a mí.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Ustedes se conocen de antes, ¿no?
Jeremy y yo nos miramos. Lo detalle, ciertamente se me hacía conocido, pero no lograba identificar de dónde.
—¿Qué? —dijimos casi al mismo tiempo.
—Sí —insistió Clara—. Miren.
Nos mostró la pantalla.
—Me acaba de aparecer esta foto del primer día de inducción. Son ustedes, ¿no?
Ahí estábamos. En una foto grupal del primer día. Él mirando hacia otro lado. Yo con cara de no entender nada pero sonriendo.
—No puede ser —Jeremy se acercó.
—Ay… es verdad —dije yo sorprendida.
—Espera —añadió él—. Tú eres la que me pisó ese día.
—¡Ah! —solté un jadeo al recordarlo por fin —. Dios, lo siento tanto.
Jeremy solo sonrió.
Theo se rió. Clara también. Jean solo miraba la foto divertido.
—Nos vimos un día y ya nunca más —aclaré.
Terminamos el trabajo y fuimos a almorzar juntos.
Más tarde revisamos nuestros horarios para ver en cuáles materias coincidiamos.
Sonreí al ver que de las cuatro, tres eran con Jeremy, dos con Theo y Jean. Con Clara compartía todas.
Theo agregó al chat grupal a Jeremy.
Empezamos a almorzar juntos toda esa semana. A veces los cinco. A veces tres. A veces coincidía solo con Clara o con Jeremy, pero siempre había alguien.
Y eso, por ahora, me bastaba.
⋆⁺₊⋆ ∞ ⋆⁺₊⋆
El viernes en la noche cuando llamé a mi casa, mamá me preguntó por todo lo de esa semana.
—¿Ya hiciste amigos? —preguntó ella luego de que yo terminara mi gran monologo.
Sonreí antes de contestar.
—Sí. Creo que sí.
Y por primera vez desde que llegué, lo dije sin dudar.