Por: Julieta Leyría
Existe un barrio en Buenos Aires donde, a primera vista, el tiempo parece haberse congelado sesenta años atrás. Un barrio donde abundan las piezas de cerámica, las pinturas de óleo antiguo, de colores envejecidos con un marco dorado y pesado, muebles tallados con detalles minuciosos tan pesados que parecen haberse construído para no moverse nunca de su lugar. Ropas extravagantes, arañas de cristal en vez de las luces simples que predominan hoy en el mundo, y cientos de pequeños objetos que cada uno guarda una historia detrás. Un barrio donde la música es el tango. Y ese barrio es San Telmo.
Pero, detrás de la exuberancia y la riqueza, por fuera nunca dejó de transformarse para adaptarse a la demanda de hoy en día. Cada domingo, recibe entre 10.000 y 15.000 visitantes y generan un movimiento económico que atraviesa distintos sectores del barrio. Su eje turístico y comercial es la feria de San Telmo, que se desarrolla alrededor de la calle Defensa y Plaza Dorrego. Fue creada en 1970 con apenas 30 puestos, y actualmente cuenta con más de 180 permisionarios.
Por esto, el negocio de los anticuarios tuvo un cambio exponencial: algunos, como Gabriel del Campo, Mauricio Faivich, o Eduardo Janeir Aude, se reinventaron para ofrecer lo que el turista busca hoy en día, como gastronomía o pequeños objetos coleccionables.
Así, mientras las vidrieras siguen exhibiendo un pasado abundante, el valor de eso se resignificó con el cambio en la demanda: el negocio se volvió cada vez más pequeño, más específico y más adaptable.
Anticuarios más importantes de San Telmo hoy. Créditos: Sofia Quercetti.
¿Qué objetos encontramos dentro de los anticuarios? Créditos: Julieta Leyría.
El auge del negocio no puede entenderse sin mirar varias décadas hacia atrás. Durante los años dorados de la Argentina, a fines del siglo XIX y principios del XX, las familias argentinas de mayor poder adquisitivo habían importado muebles, obras de arte y objetos decorativos europeos para sus hogares. Décadas más tarde, cuando aquellas grandes casas comenzaron a vaciarse, muchas de esas piezas terminaron en los anticuarios.
Años más tarde, durante la posguerra, los europeos buscaban reponer objetos y piezas que habían sido destruidas y vinieron en búsqueda de esas piezas que habían sido adoptadas por los anticuarios. Acá, se encontraban precios entre un 30% y un 40% inferiores a los de mercados tradicionales de París, Londres o Nueva York. Así, contenedores enteros emprendían sus viajes hacia una nueva tierra.
No obstante, Beatriz Croppi , guía turística en San Telmo entre los años 1980 y 2020, con el paso de los años, empezó a detectar una transformación que llevó al fin de la época dorada. Desde la década del noventa, los turistas ya no buscaban aquellas grandes piezas, sino que comenzaron a mostrar interés por objetos pequeños que cupieran en sus valijas o por la gastronomía local. Así, Croppi vio cómo los grandes locales anticuarios comenzaron a ceder su espacio a cafeterías, bares y nuevos comercios.
Del mueble al objeto
Dentro de Nayem, anticuario de Eduardo Janeir Aude y Myrna Garazatua, todavía hay cuadros, metales, muebles y pequeños objetos acumulados unos junto a otros. Pero, Janier sostiene que el siglo XXI cambió el mercado de las antigüedades.
Según el anticuario, una pieza que antiguamente valía un millón, puede venderse hoy por una décima parte. Estima que el nivel general de ventas del sector cayó entre un 70% y un 80% como resultado del cambio en la relación de las generaciones más jóvenes con los objetos: viviendas más chicas, una estética más minimalista y nuevas prioridades de consumo, como la tecnología, hicieron que las grandes antigüedades dejaran de ser atractivas.
No obstante, la oferta no bajó. Durante la pandemia, muchas personas comenzaron a ordenar sus casas y desprenderse de aquello que ya no utilizaban. A eso se sumaron sucesiones en las que los descendientes prefirieron vender los objetos heredados antes que conservarlos. Más antigüedades comenzaron a buscar comprador en un mercado donde había cada vez menos interesados. El resultado puede verse en los precios.
A pocos metros de Nayem, esa transformación aparece en otra vidriera. Mauricio Faivich tiene 70 años y lleva más de tres décadas instalado en San Telmo. En el barrio muchos lo conocen como “Mauricio el de las lapiceras”. Su posición coincide con la de Janei. En su caso, lo que más vende actualmente es ropa usada, impulsada por la tendencia de la moda circular. Sus principales compradores ya no son extranjeros, sino argentinos y vende 3 prendas por fin de semana a 50 mil pesos, lo que resume sus ventas en un total de 150 mil pesos por fin de semana. Faivich expresa que eso es solo un 10% de lo que vendía antes.
El valor de lo antiguo, entonces, dejó de depender solamente de la edad o la calidad del objeto. También depende de cuánto espacio ocupa, cuánto pesa y qué lugar puede encontrar en la vida de su nuevo dueño.
La explicación de por qué ganó terreno lo pequeño no está solamente dentro de los anticuarios. Trevor y Olemeku, una pareja de treinta años llegada desde Washington D. C., recorrían San Telmo durante su primera visita a Buenos Aires. No habían viajado al barrio para comprar un mueble ni una obra de gran tamaño. Querían conocerlo, comer, visitar cafés y llevarse algún recuerdo, como por ejemplo, un anillo. Esto era por una razón en particular: tenían que entrar en la valija y no podían excederse de peso.
Una valija resume, en cierto modo, cuarenta años de transformación: el extranjero que alguna vez podía comprar y transportar grandes piezas convive hoy con un visitante que calcula el peso de su equipaje.
Los domingos, cualquier idea de que San Telmo atraviesa una crisis parece contradecirse a simple vista. Defensa se llena de personas. Hay música, tango, restaurantes con mesas ocupadas, puestos callejeros, artesanías, cafés y turistas fotografiando fachadas y objetos. El movimiento no desapareció. Se desplazó.
El turismo actual de Buenos Aires es mucho más gastronómico que anticuario. Los anticuarios pueden pasar un día entero sin vender una pieza y, al siguiente, concretar varias ventas. El Mercado de San Telmo, que originalmente concentraba puestos de alimentos, incorporó souvenirs, pequeños anticuarios y una oferta gastronómica cada vez mayor. También comenzaron a aparecer bares y restaurantes en construcciones históricas que antes tenían otros usos.
El turismo, entonces, no abandonó San Telmo. Por el contrario, atraviesa buena parte de su actividad comercial. Lo que cambió fue hacia dónde circula ese dinero. Ese desplazamiento posiciona a los anticuarios en una disyuntiva: ¿conservar el negocio tal como fue o encontrar nuevas formas de sostenerlo?
Mauricio Faivich incorporó ropa de segunda mano. Eduardo Janeir Aude se concentró en piezas pequeñas y coleccionables. Gabriel del Campo reinventó su anticuario para convertirlo en Nápoles, uno de los centros gastronómicos más importantes de San Telmo con una propuesta diferente, lo que nos deja un mensaje esencial: la actividad no necesariamente desaparece, sino que se mezcla, se desplaza o se reinventa frente a una demanda diferente.
A primera vista, en San Telmo el tiempo parece haberse congelado. Pero quizás no sea el tiempo lo que se detuvo, sino la atención que exigen sus objetos. Frente a un mundo atravesado por la tecnología, la velocidad y el consumo inmediato, una antigüedad reclama otra forma de mirar: detenerse, observar, conocer su historia y entender por qué sobrevivió hasta llegar a esa vidriera. Y esa lógica lenta entra cada vez más en tensión con una sociedad que prioriza lo práctico y lo instantáneo. Por eso, los anticuarios también tuvieron que decidir cómo atravesar ese cambio. Pero, tanto en quienes resisten como en quienes se transforman, perpetúa algo de aquel barrio exuberante del comienzo. Porque entre muebles imposibles de mover, arañas de cristal y objetos que entran en una valija, San Telmo sigue obligando a quien lo recorre a hacer algo cada vez menos frecuente: mirar despacio.
Animaciones hechas con la ayuda de IA.
Estos son los locales oficiales de antiguedades que se encuentran hoy en San Telmo. A esto se le suma la feria de antiguedades en la que hay alrededor de 180 puestos más.
Julieta Leyría Juana Monsegur Sofía Quercetti Martina Encina Martina Serra