Desde tiempos inmemoriales, las leyendas sobre la brujería eran el pan de cada día en la mayoría de los pueblos de Massachusetts. Las calles de Salem se habían levantado sobre los cimientos candentes de aquello que hubiera sido los Juicios de las Brujas allá por 1692. El viento soplaba con la sinuosidad de una serpiente mientras que los ciudadanos vivían con los ojos sobre sus hombros, visualizando cada esquina, lugar y sombra que se cernía sobre ellos. En el epicentro de todo lo ocurrido, de esa gran historia y de la gran afluencia de turismo, se podía vislumbrar los nacimientos de siete puntiagudos tejados, teñidos de un negro casi desgastado que comprendía una gran historia en el interior de sus tórridas paredes. Parecía imposible conocer lo que había sucedido en su interior, aunque los guías urbanos no perdían el tiempo con especulaciones y escenarios ficticios. Las noches no eran capaces de contrastar su color ya que ni la más remota oscuridad podía hacerse entre las tejas. El aire temía pasar entre sus relieves por miedo a salir escatimado o mal herido. En el cincuenta y cuatro de Turner Street había tantos secretos como husmeadores intentando destaparlos. Nadie se había atrevido a mucho, no hasta aquel suceso hacía algunas semanas.
El uno de octubre, una mujer inglesa movida por la morbosidad y la expectación de encontrar algo se hizo con una llave para perderse por el interior de la casa. Nadie conocía su plan, tan siquiera su marido, el cual la había acompañado a realizar el tour el día de antes. Unos vecinos que paseaban por la acera contraria a la casa escucharon un desgarrador grito, un último aliento de auxilio, un último quejido. Nunca se supo nada más de ella, pues ni las autoridades se atrevieron a indagar en la casa.
Elizabeth era una joven muchacha de apenas veintitrés años, la cual estaba a punto de graduarse en Periodismo y cuyo vínculo con Salem era más grotesco de lo que nunca llegaría a imaginar.
Caminó por el pequeño camino de piedras de la casa y se detuvo frente al gran portón negro, del que colgaba un picaporte con forma de una huesuda mano con unas largas uñas afiladas. Inhaló con fuerza antes de hacerlo impactar contra la puerta y esperar una respuesta. Eran cerca de las seis de la tarde del treinta y uno de octubre cuando decidió acudir a la casa. Miró hacia las ventanas de guillotina que se localizaban en la planta baja pero no consiguió ver a nadie. Los transeúntes observaban la escena desde la lejanía, completamente sorprendidos de que alguien tuviera las agallas suficientes como para querer entrar después del suceso de la inglesa.
—Buenas tardes, señorita —dijo una voz gruesa y firme.
La puerta se mantuvo entornada mientras un hombre de pelo canoso, cejas pobladas, también grisáceas, y una gran nariz picuda observaba a Elizabeth. Ella dio un respingo y, luego, parpadeó varias veces para volver a situar a su mente en aquel lugar.
—Ho…Hola, soy Elizabeth Owen, soy periodista y estoy escribiendo un artículo sobre la Casa de los Siete Tejados de Salem.
Camufló la verdad de su motivo bajo un falso artículo para el periódico en el que trabajaba. Aún le faltaba mucho para que su jefe le permitiera redactar alguna noticia, pero, debía convencer a aquel hombre con algún motivo.
—No concedemos entrevistas, lo siento.
Hizo el amago de cerrar la puerta, pero, la mano de ella fue más rápida que el movimiento de aquel pobre anciano.
—¡Espere! Solo quiero hacerle unas preguntas.
—No respondo preguntas, tampoco, jovencita.
Ella retiró la mano de la puerta al percatarse de que, si no lo hacía, posiblemente se la pillaría cuando la cerrara por completo.
—Quiero que me cuente lo que sucedió con el Malleus Maleficarum.
Él alzó su mirada y colocó sus grises ojos sobre los de Elizabeth, la cual comenzó a sentir cómo una perla de sudor comenzaba a deslizarse en su frente. Entonces, se dio cuenta de sus facciones marcadas y ahuesadas. Su mentón carecía de músculo, sus pómulos parecían dos líneas rectas a punto de traspasar la piel de su rostro y sus orejas eran la minusculidad más precisa.
—Pasa —terminó contestando.
Ella hizo caso a la orden y, antes de entrar, echó un ojo al exterior. Los niños ya comenzaban a pasear por las aceras disfrazados dispuestos a pedir gominolas durante la noche de Halloween. Él cerró la puerta con un solo movimiento, que causó un gran estruendo en aquella enorme casa de tejados altos y alargados. En el interior, las paredes eran oscuras. No podría asegurarse de si eran marrones o negras, aunque por la tenue luz, más bien podrían adivinarse la oscuridad del negro. La estancia a la que llegó era un salón con una lámpara de telaraña traslúcida con velas en cada uno de sus picos. La chimenea iluminaba lo que el resto de los candelabros no llegaban a iluminar. En las paredes, varios rostros de hombres colgaban en cuadros robustos y de marcos dorados, a Elizabeth le dio la sensación de que la observaban.
—¿Quiere algo? ¿Agua, café, té…?
—Agua, está bien.
Quitó el corcho de una de las garrafas cristalinas que se disponían en círculo sobre la gran mesa alrededor de la cual se habían sentado y le sirvió un vaso de agua.
—¿Qué sabe sobre el Malleus Maleficarum? —Su voz sonaba imparcial, como si ninguna emoción fuera capaz de afectar su padecer.
—Sé que es un manifiesto que se utilizó durante varios siglos para exterminar la brujería por todo el mundo. Sé que la mayoría de las veces, eran mujeres las culpadas por los reverendos y, también sé que muchas eran inocentes y que solo se las castigaba por tener libertad. Las mujeres en esa época eran concebidas como el mismísimo diablo. Si era mujer y no estaba casada o practicaba actividades extrañas, era condenada.
Él asintió.
—Muchos tienen una mala concepción del Malleus Maleficarum. Muchos creen en brujas, pero nadie es capaz de ver más allá de lo que esconden esas páginas.
—¿A qué se refiere con eso, señor…?
—Turner. Joseph Turner —murmuró—. Me refiero a que en la historia de Salem y, bueno, en la de todo el mundo, los hombres se basaban en la creencia de brujas para castigar las acciones de las mujeres, pero, eso no era del todo cierto, ¿no? Un hombre no tiene porqué matar a una mujer sin motivo y ellos… ellos parecían no tenerlo. El Malleus Maleficarum se escribió para reprimir a los demonios, a los verdaderos demonios, a aquellos que vivían bajo la superficie, aquellos que se ocultaban en las sombras y que acechaban al pueblo.
El reloj del salón colaba el sonido de sus agujas en los silencios que se creaban durante la conversación. Elizabeth estaba tensa y se sentía incómoda en aquel ambiente tan desconocido para ella. Joseph, por otro lado, intentaba descubrir las intenciones de aquella jovencita para con el manifiesto.
—Nadie sabe las intenciones del Diablo en Salem, pero, los redactores de la versión americana del manuscrito lo conocían a la perfección. Déjeme ver algo.
Joseph se levantó de la añeja butaca en la que se había sentado. Era un sillón individual tapizado en un marrón oscuro que asemejaba a la decoración del siglo XVIII. El hombre deslizó sus manos por una estantería colocada a apenas unos metros del cuerpo de Elizabeth y, cuando creyó haber encontrado lo que buscaba, se giró sobre sí mismo y se lo tendió a la muchacha.
—Aquí tienes. Una de las primeras copias del Malleus Maleficarum versión Americana. Uno de los redactores de ese manuscrito era un antepasado mío.
—¿Qué diferencia este del resto? —preguntó ella, interesada en el bloque de páginas casi destruídas que sostenía sobre su regazo.
—En esta versión, el Diablo es el principal sospechoso de las atrocidades humanas y las brujas unas meras mensajeras de su mensaje, las cuales, deben ser aniquiladas para salvar el alma de Cristo. Avance hasta la página 333.
Ella hizo lo pedido y sus ojos comenzaron a leer todas y cada una de las palabras que había en las páginas de aquel libro. Concretamente, en la 333 se relataba cómo el Diablo había sido capaz de colarse en las casas de Salem, allá por el 1691, para extorsionar a mujeres desoladas a las cuales les prometió sus más recónditos sueños.
—Las mujeres eran consideradas el sexo débil, y, por tanto, el más fácil de persuadir, y, aunque se conocen las evidencias de la existencia de varios hechiceros de la zona, eran muchos menos. Las brujas gobernaron los subsuelos de Salem durante años, siglos, incluso.
En ese momento, en algún punto de la segunda planta de la casa, se escuchó una puerta cerrarse con una gran fuerza, haciendo que el sonido retumbara por la resentida madera. Joseph se perdió por la puerta del salón y Elizabeth continuó leyendo el libro.
—«Y cuando la tormenta de almas amaine y la soledad del comienzo del otoño aceche, el Sacerdote expiará los pecados de las doncellas medidas como culpables y sentenciadas como tal. Los mechones de su cabello servirán como ofrenda al Diablo para así detener la mala praxis de los años. Dios Todopoderoso perdonará el destino de aquellos que así lo hagan, como también nosotros perdonamos a los que lo ofenden. Las doncellas han de ser curiosas y atentas y deberán de estar en el atardecer de los siete puntos álgidos de Salem. El hombre acometido obrará con acto impune y con pecado capital, entendiendo este la purificación de su alma».
Elizabeth sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal cuando la puerta volvió a sonar en la parte superior de la casa. Lo sintió como un aviso, como un ultimátum. Era el momento de descubrir aquello que había venido a buscar, si, era cierto lo que había leído en uno de esos libros antiguos de la biblioteca de su facultad… Un golpe parecido al de algo cayéndose sobre el suelo resonó por encima de su cabeza, en lo que era el techo del salón. Se levantó con rapidez del sofá y cogió entre sus manos un candelabro rojo con base pentagonal.
—¿Señor Turner? —murmuró, avanzando hacia la puerta por la que se había perdido—. ¿Está usted bien? He escuchado un golpe.
Deslizó el candelabro hacia el pasillo que se abría justo al salir del salón. Una gran alfombra decoraba el centro del suelo, dejando los lados completamente al descubierto. Ella caminó sobre esta mientras agudizaba su mirada ante cualquier estímulo que pudiera alcanzar a apreciar. El pasillo terminó y llegó a las escaleras que parecían conducir hacia el piso superior. Pensó durante algunos segundos que hacer, pero, ella, una Owen de sangre fría, no podía volver al salón, no podía irse de aquella casa, al menos, no sin descubrir la verdad. Colocó su pie sobre el primer escalón y comenzó a subir hasta la segunda planta con la cautela propia de un ladrón.
Cuando llegó a la segunda planta, se encontró con otro gran pasillo y diecisiete puertas, de las cuales, solo una permanecía encajada, la última. Continuó andando hasta que escuchó otro sonido, el de una puerta cerrándose a sus espaldas, pero, cuando se giró y la luz del candelabro se hizo con esa zona, no vio nada, aunque sí sintió algo. Sintió el susurró del aire remover su cabello y aquello la hizo estremecer.
Y, de repente, un grito. Un grito desesperante tal y como el que habían descrito las personas que pasaban cerca de la casa el uno de octubre. Elizabeth volvió a girar y observó como la única puerta que había permanecido abierta, ahora estaba cerrada. Una luz salía por el hueco separador entre la estructura de madera y el suelo y supo que alguien había entrado sin que ella lo hubiera visto.
No había ni rastro de Joseph Turner ni de la mujer que había dado aquel grito ensordecedor, porque, si de algo estaba segura era de que aquello provenía de la boca de una mujer.
Pensó en retirarse, en bajar a la primera planta y salir de nuevo a la calle donde al sol le quedarían pocos minutos para desaparecer. Quiso hacerlo, pero, cuando la llama de la vela se movió hacia el lazo derecho y, posteriormente, hacia el izquierdo, consiguiendo que todo el pasillo se iluminara por completo, se dio cuenta de algo. Un retrato cerca de ella tenía una inscripción grabada. Elizabeth Howe. Se percató de que todos los retratos que había en el pasillo pertenecían a las mujeres sacrificadas durante los Juicios de Salem. Mujeres impugnadas por ser libres, raras o alejarse de los estándares sociales de la época.
En el retrato de aquella mujer morena pudo verse a sí misma. Los rasgos de los ojos formaban sesgos indescifrables, oscuros como el cabello que caía de la cabeza de la señora que, con una sonrisa sombría y poca empatía en su mirar, intercambiaba su semblante con el de Elizabeth. La muchacha tragó con dureza al recordar el motivo por el que estaba ahí, en esa casa tan siniestra, en ese pasillo tan oscuro, en esa tesitura tan compleja. Y es que, ella había investigado, había leído libros, periódicos y había escuchado las palabras de su abuela.
«—La magia… La magia siempre ha acompañado a nuestra familia. Desde tiempos pasados, las mujeres Owen han tenido el don de conocer el futuro de la humanidad y no siempre se las creían. Hay un secreto feroz en nuestro linaje, querida Beth, un secreto que tiene su génesis en Salem.» dijo aquella tarde de abril bajo la reconfortante calidez de una manta de lana.
Pocas semanas después, Elizabeth había comenzado a investigar sobre ese secreto, sobre ese linaje, sobre el génesis, el origen de todo lo ocurrido con las mujeres Owen. Ella no había sido desconocedora de los Juicios de Salem, nadie que viviera en el estado de Massachusset lo era, pero, indagar en los días, en los hechos, en los juicios, en los implicados… Todo la había dirigido a ese momento, a aquella casa, a la Casa de los Siete Tejados.
Sintió un estruendo cerca de su cuerpo y vio como la puerta que se había cerrado, ahora comenzaba a abrirse de nuevo, la claridad que salía de ella permitía ver una silueta negra y alargada, grande y esperpéntica. Miró hacia ambos lados y lo único que pudo encontrar fueron dos puertas, una derecha y una izquierda. Por instinto, colocó su mano sobre el pomo de la izquierda y lo giró haciendo que la puerta se abriera. Se colocó en la habitación y suspiró aliviada al sentirse a salvo, al menos, por unos minutos.
Cuando sus ojos se adecuaron a la oscuridad de la habitación, se dio cuenta de que era una especie de biblioteca con mucho polvo y poca luz. Un candelabro posado sobre una mesa céntrica era el único foco de iluminación de la estancia. Elizabeth se acercó a la susodicha y observó el libro que se abría ante ella. Una especie de penumbra se cernía sobre sus páginas dificultando su lectura, pero, lo que pudo leer le erizó el vello. Era una lista detallada de todas y cada una de las mujeres que fueron quemadas en las hogueras de Salem por brujería. Cada capítulo de aquel libro, manuscrito en puño y letra, relataba la vida de las familias de las implicadas y cómo su linaje se había ido perpetrando año tras año hasta llegar al actual, a 2024.
—Debieron quemar a sus hijos, también —murmuró la voz masculina y grave del señor Turner.
La muchacha se sobresaltó y se giró para visualizarlo. El hombre de mandíbula ancha y ojos saltones la observaba desde el umbral de la puerta con la desesperación de aquel que necesita cazar para alimentarse. En su mano, un gran cordón marrón se enfundaba en forma de círculo, un círculo perfecto para atrapar a Elizabeth.
—¿Es cierto lo que pone en este libro? —titubeo ella.
—Cada palabra del mismo. Mi familia lleva estudiando los linajes durante siglos y yo… yo te he estudiado a ti. Todos los pasos que has dado desde que naciste ese otoño de 2001. Desde que eras un retoño hasta que tuviste tu primer amor. Cuando te graduaste de la universidad, yo estaba allí, sentado tras tus padres, haciéndome pasar por un familiar más… Nunca me has visto, pero siempre he estado ahí.
—Por eso me resultabas tan familiar. Por eso…
—Los hijos de Elizabeth Howe alteraron el apellido para no ser relacionados con su madre, con la brujería y con todas las atrocidades que las brujas son capaces de hacer. Howe pasó a ser Owen y, desde entonces, tu familia y tú habéis podido vivir en la sombra de la regularidad hasta ahora. ¡Hoy es el fin del linaje! La primera advertencia de la matanza, el culmen del Malleus Maleficarum.
Ella recordó las palabras que había podido leer con el libro en sus manos. «Las doncellas han de ser curiosas y atentas y deberán de estar en el atardecer de los siete puntos álgidos de Salem. El hombre acometido obrará con acto impune y con pecado capital, entendiendo este la purificación de su alma».
Ella era la doncella. Ella estaba en la casa de los siete puntos álgidos. Ahora era el atardecer. Joseph Turner es el hombre que obrará para purificar su alma. Elizabeth Howe es su ancestro y ella… ella es una bruja.
El señor Turner se acercó a la muchacha mientras ella echaba pasos hacia atrás alejándose de él. Su corazón se enfundó en un palpitar sin control y su boca, seca como el esparto, no era capaz tan siquiera de gritar. Visualizaba los movimientos del hombre. Sus manos veloces estirando la cuerda, su mirada penetrante observándola y su respiración nerviosa fruto del deseo por hacer aquello que en sus planes estaba escrito.
Intentó escapar por el hueco que tenía el hombre a su derecha, uno cerca de la puerta que la llevaría al pasillo. Intentó hacerlo pero eso solo consiguió que Joseph se abalanzara sobre ella. La tiró al suelo y opacó sus movimientos, coartando su libertad mientras sujetaba sus muñecas. Ella se removía bajo su cuerpo, gimoteaba y gritaba, pero nadie, nadie podría oírla.
Cuando la mano de él se colocó sobre su boca, ella mordió su piel con la ferocidad de un depredador, pero él, que solía quemar su mano con la llama de las velas, ni se inmutó. El oxígeno comenzó a atravesar los huecos de su nariz con más dificultad a medida que su excitación era más y más intensa. Solo estaban ella y él. Un hombre dispuesto a matar y una chica jóven que acababa de descubrir el secreto familiar, el génesis de todo lo ocultaba su linaje. Eran descendientes de Elizabeth Howe.
En la cuestión del silencio, una de las ventanas de la biblioteca se abrió, dejando entrar una ráfaga de aire que apagó las velas de los candelabros. Nada podía verse, más pues nada seguía iluminado. Ella sintió alivio cuando él bajó la guardia. Se retorció con el único ápice de fuerza que le quedaba en el cuerpo y consiguió tirarlo al suelo. Corrió por la habitación con la memoria fotográfica que había heredado de su madre y salió de la habitación. Ya en el pasillo, echó la vista hacia atrás y observó la habitación del fondo, la cual, se mantenía abierta. Pese a que la figura ya había desaparecido, ella no podía evitar sentirse incómoda ante una presencia que no conocía. Bajó las escaleras con rapidez y se paró en el descansillo de la casa.
En el salón, una figura femenina de pelo canoso y negro aguardaba sentada en el sillón en el que ella había estado antes. Sintió temor por pensar que podía ser algún familiar Turner, pero recordó que se había informado de que Joseph era el único hijo del último matrimonio de la familia. Entonces, cuando menos se lo esperó, el candelabro que había en una esquina de la habitación se encendió e iluminó mejor a la mujer. Ella se acercó precavida, con claros signos de desconfianza. La mujer no se movía, tan siquiera creía oír su respiración.
—¿Hola? —murmuró en un susurro, escuchando como la puerta de la biblioteca se abría en la planta de arriba.
Se acercó con más rapidez a la mujer y, cuando estuvo a punto de ver su rostro, ésta desapareció ante sus ojos, dejando la habitación completamente vacía. Elizabeth se hizo con el Malleus Maleficarum y deslizó sus dedos hacia un prefacio que había podido observar antes, en la primera lectura. Era un capítulo dedicado a conjuros sencillos de brujería. Si era descendiente de una bruja, sería capaz de hacer magia o, al menos, sería capaz de engañar a Joseph Turner.
—La casa está sellada. No podrás escapar —dijo el hombre entrando al salón.
Ella tragó con dureza y echó un mechón de su pelo hacia atrás. Intentó ocultar el miedo acérrimo que se expandía por su cuerpo a cada paso que daba hacia ella. Bajó su mirada hacia el Malleus Maleficarum y leyó el hechizo en su mente. Se creyó capaz de hacerlo, poderosa y fuerte. Nunca había pensado en qué pasaría cuando descubriera la verdad, cuando, realmente, supiera el génesis de su familia. Nunca se hubiera imaginado hacer lo que estaba a punto de hacer.
Se acercó al candelabro de la mesa y arrancó de cuajo una de las velas. La apretó entre las yemas de sus dedos y la observó con desesperación justo antes de decir las palabras en latín que acaba de leer. En ese momento, una ráfaga de viento se hizo con la habitación apagando todas las velas del lugar menos la que ella mantenía en su mano. La llama de la misma se había movido hacia la derecha, tal y como lo había hecho en el pasillo. Elizabeth sintió una presencia en su espalda y, luego, sintió el calor de una mano posándose en su hombro.
—¿Cómo… Cómo… puede… ser… posible? —balbuceaba Joseph, mostrando un atisbo de terror.
Ella no quiso girarse, no quiso descubrir lo que tenía a su espalda. Sabía que, fuera lo fuese, la estaba ayudando. Se sentía poderosa, se sentía fuerte y decidida. Se sentía ella misma, así que, lo hizo.
—Fac ignem in hac manu, fac fervorem in conclavi, fac cinerem in abyssum, fac in hac flamma eandem perniciem —dijo.
La vela que mantenía en su mano comenzó a arder por completo, consumiendo la cera en cuestión de segundos. Joseph chillaba al sentir cómo, esa misma llama, se propagaba por su cuerpo, comenzando por la cabeza y seguía propagándose poco a poco por el resto. Los lamentos, los sollozos, el horror en su voz. Elizabeth escuchó como Joseph se convertía con lentitud en cenizas.
La presencia reforzó su confianza antes de desaparecer en un murmullo severo y suave. Sabía quién era aquella mujer sentada en el sofá, lo sabía porque la había visto en el pasillo, retratada en un cuadro. La mujer que se posó tras ella y la ayudó a recitar el hechizo era Elizabeth Howe.
El linaje de los Howe estaba a salvo gracias a que no se llevó a cabo lo escrito en el Malleus Maleficarum o, al menos, no por el momento.