14 de octubre
Corría una tarde de octubre cuando el viento comenzó a colarse por las leves rendijas que había dejado entreabiertas. Cerré la ventana tirando de la empuñadura y me resguardé en el calor interno. El otoño acechaba la ciudad, lo que suponía que la campaña de Navidad para la casa Roberts pronto comenzaría a fraguarse.
Le eché un vistazo al reloj sostenido en la pared justo antes de envíar el informe al superintendente de Scotland Yard que venía pisando mis talones desde hacía ya varias semanas. El Caso Némesis se había cerrado con éxito y ahora, después de pasar todo agosto y parte de septiembre de vacaciones, me tocaba volver a la faena. Había tenido que rechazar varios casos en ese tiempo. No me encontraba físicamente preparado para resolverlos, pues era consciente de que mis células grises también necesitaban un poco de descanso.
Estiré mis brazos justo cuando el teléfono fijo sonó abruptamente, sacándome de mi obnubilación. Acepté la llamada y una voz ligera me recibió con calidez.
—Hola, querido, ¿qué tal el primer día de vuelta al trabajo? —Era la tía Amelia.
Después del desembarco del Némesis había decidido marcharse hasta el mes de noviembre a Somalia en busca de nuevas experiencias espirituales.
—Muy bien. Ha sido casi todo papeleo sobre los expedientes ya resueltos —repliqué, levantándome de la silla y acercándome a la ventana que acababa de cerrar.
El cable se tensó al instante, limitando mi movimiento.
Abrí una de las lamas con mis dedos y agudicé mi mirada para ver como Kate entraba a casa cargada de bolsas. Continué la llamada durante algunos minutos más hasta que Amelia tuvo que marcharse a un ritual de limpieza de aura.
Salí del despacho justo cuando Kate llegó a la cocina. Besé su sien con cariño y coloqué mi mano sobre su cadera mientras ella me observaba con una sonrisa. La tranquilidad reinaba en el resto de la casa aquella noche de octubre en la que el viento parecía haber entrado de lleno y nos había obligado a ocultar nuestra piel bajo largas capas de ropa.
Alguien aporreó la puerta de casa con desesperación. Sus nudillos impactaron contra la madera maciza que recubría la jamba.
Caminé hacia ella con el ceño fruncido y torcí el gesto al abrirla.
—¿Se puede? —preguntó la voz de aquella mujer al otro lado de la puerta.
Era una muchacha joven de cuerpo escuálido y mirada perdida.
—Adelante —contesté, haciéndome a un lado y dejándola pasar al recibidor de la casa.
—Detective Roberts, necesito su ayuda… algo terrible acaba de suceder.
CONTINUARÁ…