PRÓLOGO
Un nuevo comienzo
Aquella noche de verano mi despacho parecía un auténtico caos. Los informes estaban esparcidos por todos los lugares habidos y por haber dentro de aquella habitación gigantesca de mi nueva casa. Sobre la mesa, encontré el teclado de mi ordenador en el cual tecleé la siguiente palabra: Expediente 008. Era un caso más. Un caso igual de aburrido que el anterior. La fama me azotó como una ráfaga de viento fresco en una mañana de verano en la que el sol abrasador tuesta tu piel sin piedad, la recibes con ganas, pero, es tan fugaz que no puedes saborearla.
Algo así pasó luego del Expediente 001 o, como lo conocen los medios «La sangrienta Navidad en Roberts». Las noticias no pararon de propagarse por toda Gran Bretaña, e incluso se extendió más allá de la frontera que supone la isla. Mi nombre apareció en todos los periódicos, en todas las noticias. Mi cara, el caso y mi familia fueron carne de titular durante unas semanas, sin embargo, eso terminó cuando ya no había más sangre que escribir, más chicha que sacar. Los asesinatos fueron mediáticos, pero no tanto como para mantenerse durante más tiempo.
Era mi octavo caso como detective y aún no había conseguido uno que me llenase tanto como lo hizo el primero. Quizás esa es la magia de las primeras veces. Todo es más eufórico, más real, más honesto. Quizás nunca se presentaría algún caso parecido, alguno que consiguiera hacerme sentir vivo de nuevo. Por eso, tomé la decisión de embarcarme en aquel viaje. Necesitaba un soplo de aire fresco para despejarme. Necesitaba viajar y vivir experiencias.
Alguien aporreó con sutileza la puerta del despacho:
—Oliver, cariño, ¿has revisado si lo tienes todo listo? —preguntó Kate.
—Estoy recogiendo mis anotaciones sobre el nuevo caso y ya lo tendría todo.
Ella asintió con una sonrisa y salió de la habitación.
En dos días viajaría hasta Italia para coger un crucero con destino a El Cairo. Necesitaba algo que volviera a conectarme con mis raíces, con aquello que me impulsó a comenzar: mi abuelo. Mi familia se había encargado de que conociera los múltiples viajes que mi abuelo había hecho a El Cairo en su juventud. Iríamos desde Siracusa hasta Rashid en el crucero y desde allí, en un barco más pequeño, atravesaríamos el Nilo hasta llegar al destino.
Estaba ansioso por vivir aquella aventura.
Quizás el futuro me deparaba algo en alta mar.