Los gais existen. No sé exactamente cuándo lo descubrí. De pequeño no conoces a nadie que lo sea. Ni ganas. Al fin y al cabo todos tienen dos abuelos y dos abuelas, un padre y una madre, incluso tú. Llegas a la pubertad y empiezas a masturbarte pensando en tías, tejiendo falsas ilusiones en el tapiz de tus propias mentiras. Hasta que estás en el Pabellón Municipal de Vilassar y los ojos se te van a aquel chico tan alto que juega a baloncesto en vez de a la capitana del equipo femenino. Te fijas más en los pectorales que en los pechos y fantaseas con poder ver los vestuarios a través de un agujero de libertad. ¿Que te gusten los chicos? Algo que ni te planteas. Con la peor excusa del mundo, la curiosidad, te asomas en aquella web de cuyo nombre no quiero acordarme. Tendrían que pasar días sin ducharme para sentirme igual de sucio que después de cerrarla. Los años pasan, pero el problema aumenta. Comienzan las primeras pajas entre colegas. Uno al lado del otro viendo porno, aunque la mejor escena es la que estás viviendo como protagonista principal. En este punto empiezas a descubrir, solo un poco, lo que significa ser homosexual, aunque para nada es algo que te pase a ti, ya que, como dice en los foros de internet, eso se pasa después de la adolescencia, como el acné. Ahí ya llevas una doble vida: la interna, en la que tus fantasías son con el guapo y no la guapa de clase; y la otra, la verdaderamente jodida, la que se cuece entre conversaciones con tus amigos heterosexuales. “Ser gay es una enfermedad mental”, “qué putada tener un hijo y que te salga gay”, “¿a un gay le excita su propia polla?”. Esas frases penetran el oído, recorren el pecho y se te tatúan en el corazón. Ahí te empiezas a dar cuenta de que algo pasa. Ahí y no antes. Es sábado por la noche y no tienes plan, así que empiezas a andar por el paseo marítimo y tus pensamientos te evaden para que el destino te guíe. Después de un lapso de una hora, apareces en el Passeig de la Meditarrànea y descubres la clandestinidad del cruising: hombres dando rienda suelta al sexto pecado capital. Reluce como una amalgama entre el paraíso y el infierno; tú, que solo soñabas con que te dejaran estar tranquilo en el limbo. El corazón se te acelera, te olvidas de los tatuajes marcados a fuego, se te agita la respiración y, de repente, te invade un calor tropical. Y, aunque quieres controlarlo, no puedes, y te unes al turbio jolgorio. Excitación, asco, repulsión, decepción…, miedo. La sensación que se siente después de matar a alguien impulsivamente no debe ser muy distinta. Hasta aquí todo es muy trágico, pero ahora llega lo bonito. Ya un poco menos encarcelado, decides hacerlo bien. Abres Grindr y seleccionas al chico más guapo del catálogo, coges la R1 y pruebas. Y no te gusta, te encanta. Esa noche no duermes, porque esa noche es la noche. Dices tu nombre en voz alta y repites varias veces: “soy gay”. Poco tiempo después decides que ya es hora, que vida solo hay una y que no se puede desaprovechar siendo un cobarde. Escoges a tu amiga de espíritu más libre y la sientas en esa casi infinita manta de arena que hay delante de la estación de Ocata, esa que alguien puso ahí algún día para ese momento. Y mientras te tiemblan las piernas, porque te tiemblan, repites ese discurso sumamente ensayado. Al principio el escepticismo y la incredulidad ganan terreno a la sorpresa, pero, en pocos segundos, se imponen el amor y la certeza. Y, aun así, te sonríe. Y esa noche sí dormí, y estoy seguro de que soñé bonito.