El cambio climático no es una proyección: es una factura que ya llegó. En Puebla, los eventos hidrometeorológicos extremos (lluvias torrenciales, granizadas atípicas, avenidas súbitas) se han intensificado en frecuencia e intensidad.
El problema no es solo cuánto llueve, sino cómo cae. Una tormenta que antes se distribuía en 72 horas ahora se concentra en 6. El suelo no absorbe, el drenaje no da abasto, los cimientos se saturan y los edificios públicos empiezan a fallar de forma silenciosa.
Y lo peor: la mayoría de los municipios no tienen un mapa actualizado de puntos críticos ni un plan de acción previo a la tormenta. Actúan después, cuando ya hay pérdidas económicas, daños estructurales y, en el peor de los casos, riesgos para la vida de la población.