por Jose Luis Valenzuela
Biblioteca Juan H. Lenzi - Ramón y Cajal 79
Sábado 14 de 15:00 a 17:00 hs.
Entrada libre y gratuita
El músico y sociólogo norteamericano Howard Becker nos dice que en un “mundo del arte” podemos encontrar tres clases principales de especímenes: los artistas profesionales (de irreprochable desempeño según las normas estéticas dominantes), los inconformistas (cuyas producciones obligan a reformular las reglas con que se mide el valor de los objetos artísticos) y los primitivos o espontáneos, que hacen arte sin saber siquiera que lo hacen (como los participantes de una sesión de karaoke o los pintores de brocha gorda que pintan paisajes o retratos los fines de semana). Las dos primeras especies por lo general se nutren y se abrigan en las aglomeraciones urbanas, donde tribus de insaciable apetito de novedad suelen retribuir con igual generosidad tanto la calidad como la irreverencia de los productos artísticos. Los ingenuos o primitivos, en cambio, costumbran esparcirse en todo tipo de terrenos, y sus obras podrían incluso alimentar inesperadamente a uno que otro mercado artístico declinante (piénsese por ejemplo en la captura de las máscaras africanas por los cubistas franceses).
En países como el nuestro, donde la historia parece distribuirse en el espacio más que en el tiempo, donde el medioevo y el siglo XXI pueden estar separados por unos pocos kilómetros, no es difícil encontrar una categoría de artistas no contemplada por Becker: la de los migrantes y francotiradores. No son ingenuos ni conformistas; sus equipajes pueden ser livianos, pero están cargados de autoexigencia y aprendizaje incesante. Nunca calzarán del todo en las comunidades que provisoriamente los admiten, y los nidos precarios o las redes conectoras que pudieran tejer con otros cimarrones tenaces no los vuelven menos solitarios.
Migrantes y francotiradores constituyen un sistema de irrigación artística no prevista por la Institución Arte (o por la Institución Teatro, en nuestro caso), pues ésta distribuye sus centros de formación, de producción y de consumo según sensatos criterios políticos y economicistas. Los migrantes y los francotiradores no destruyen ese sistema, sino que más bien lo aprovechan y llegan a extraerle inesperados jugos.
Si la Institución Teatro quiere promover el saludable crecimiento del “país teatral” como un cuerpo bien alimentado y razonablemente organizado, los migrantes y francotiradores parecieran dar vida más bien a un “cuerpo sin órganos” –en el sentido artaudiano-deleuziano de esa expresión- en que la más olvidada periferia puede aflorar de pronto como inesperado centro de un teatro que excede todo parámetro y nos obliga a veces a repensar nuestro oficio y aun a comenzar de nuevo.
Nuestra Patagonia viene siendo, desde hace mucho tiempo, una suerte de geografía sin órganos donde insiste la ilusión del vacío por llenar o de la página por escribir. Como toda ilusión, tiene el destino del desengaño, pero, mientras tanto, habrá movido deseos e incitado pulsiones insospechadamente contagiosas.
La obra Hijo del campo, escrita por Martín Marcou (un patagónico residente en Buenos Aires), dirigida por Adrien Vanneuville (un francés que desembarcó en Ushuaia y que desde allí fue “subiendo” hasta la Comarca del Paralelo 42) y actuada por Darío Levin (un porteño por ahora afincado en El Bolsón) es un excelente ejemplo de teatro migrante y francotirador. Más allá de su temática (la “deconstrucción” de la masculinidad gauchesca y la tragicidad casi lorqueana que esconden las pequeñas comunidades), los recorridos artísticos y existenciales que desembocan en su producción escénica seguramente encuentran ecos y semejanzas en incontables trabajos y proyectos que siembran el territorio vasto, áspero y sorprendente del teatro patagónico.
La alegoría que despliega Hijo del campo, la solvencia de quienes colaboraron para producirla y la ejemplaridad de la experiencia de la Compañía Teatro Casero justifican, según creemos, la apertura de un espacio de reflexión y debate que, en el marco de este Encuentro Regional, nos permita desplegar sus contenidos, sus formas, sus estrategias y sus imaginarios como una cámara de resonancia en que los grupos patagónicos participantes bien podrían verse concernidos e interpelados.