Era una noche peligrosa. La tormenta rugía en el exterior pero no era una de esas tormentas normales. El viento era tan fuerte que había levantado nubes de polvo y radiación, y podía matar a alguien en minutos. No había acudido nadie al bar después del anochecer, y no tenía pinta de que la cosa fuera a cambiar.
El bar no tenía nombre, era el único del asentamiento de Copperfield, y la gente lo llamaba simplemente el bar de Copperfield. “Un buen antro en un pueblecito minero”, es lo que ponía el cartel de la entrada. “Vuelva cuando quiera”, aunque eso no solía pasar confrecuencia.
Algunos ni siquiera habían llegado a irse nunca, como Laurence. Sin muchos talentos naturales, había probado muchas cosas sin llegar a destacar en nada. Nadie ponía en duda de que había intentado ver mundo en su juventud, pero el amor le pudo. O los dardos, puesto que le ganó el bar al padre de la chica de la que estaba enamorado jugando a los dardos, y nunca había tenido claro si éste se había dejado ganar o no.
Sea como fuere, Laurence y Molly vivían día a día, como muchos otros habitantes del Yermo, aunque no por ello menos felices. En su local nunca faltaban los cuchicheos, buena comida, conversación y disputas sin importancia entre borrachos. Y siempre había alguien durmiendo la mona. Esta noche le tocaba a un tipo de aspecto rudo que llevaba durmiendo la mona desde media tarde, y no habían querido despertarle. Un forastero.
El sonido del exterior sonaba apagado, Laurence se había gastado sus buenas chapas en un buen aislante para que la gente pudiera olvidarse por un rato de los problemas de fuera. Y para que no se quejaran de los hobbies de Molly con el soldador de plasma. Lo único que rompía la monotonía era el sonido apagado de un contador Geiger en la trastienda, cantando su música nuclear, los suaves ronquidos del forastero, y el sonido rasposo que hacía Laurence al frotar un viejo trapo contra la barra, hasta que se cansó y elevó un murmullo de indignación.
—¿Cómo va el señor Mañoso? —girando la cabeza hacia el fondo del local.
Una puerta se abrió y Molly y el señor Mañoso entraron en la sala principal. Molly era justo lo que cuarenta años de vida dura en el Yermo podían hacer. Una persona dura, con cicatrices tanto por fuera como por dentro. El Señor Mañoso, sin embargo, emanaba…Edad. Se le veía antiguo y regio, gastado pero sin una mota de óxido. El orgullo de Molly al lado del Señor Mañoso evidenciaba lo mucho que lo cuidaba.
—Le he tenido que desconectar el brazo sierra, tiene fastidiado el control de seguridad y podría intentar matar a alguien de nuevo. Ya se cargó el frigorífico el otro día y hasta que no venga un caravanero con piezas no voy a poder repararlo. Ahora tiene el brazo limpiador y espero que no tenga mucho trabajo, no quiero que vuelva a escacharrarse —respondió a Laurence mientras le daba un par de golpecitos cariñosos con la llave inglesa al Señor Mañoso. Llevaba generaciones en su familia y era lo que más quería en el mundo, como anunciaba a menudo.
—Esperemos que no le dé por intentar limpiar la sangre del cuerpo de nadie —murmuró Laurence.
El silencio llenó por un momento la sala mientras imaginaban en lo que podría ocurrir si se le iba la cabeza otra vez.
—¿Sabemos quién es nuestro amigo? —dijo Molly cambiando de tema, señalando con la cabeza a la figura que roncaba. Le salía un poco de baba por la comisura de la boca y había formado un charco de un color parduzco en la mesa. El Señor Manitas se acercó flotando, y limpió el exceso de baba de la mesa, yéndose luego a una esquina. El sonido de sus propulsores de plasma era suave, pero calentaba la habitación.
—Creo que es un mercenario, pero la verdad es que no dijo mucho. Se pimpló todo lo que pudo pagar y cayó redondo. Este no saldrá de aquí hasta mañana.
—Tampoco es que pueda hacer otra cosa. Salir ahí fuera es imposible. Habría que estar loco para…
La puerta del bar se abrió con fuerza, golpeando la pared, y el polvo entró a raudales en el bar. Una figura se perfiló contra las nubes verdosas del horizonte. El contador Geiger empezó a pitar como loco.
—¡Agh! ¡Cierra de una maldita vez! —gritó Molly mientras intentaban evitar que el polvo les entrara en la cara.
Con gran esfuerzo, el desconocido consiguió cerrar la puerta, pero el daño ya estaba hecho. La estancia estaba llena de polvo en suspension, y Laurence empezó a toser, poniéndose el trapo delante de la nariz. Una voz metálica se alzó sobre todo lo demás.
—Calidad del aire insuficiente. Iniciando protocolo de purificación. Iniciando. Iniciando. El Señor Mañoso hizo honor a su nombre y en menos tiempo de lo que se podría esperar, se ocupó de filtrar el aire, aunque las superficies estaban asquerosas. Laurence se estaba recuperando, y el color rojo de su cara era mitad esfuerzo por toser, y mitad enfado.
—Me has llenado el local de polvo. A qué loco se le ocurre viajar en un momento así —dijo Laurence con tono rencoroso. Con la visión restablecida, le pudo echar un buen vistazo a la persona. Iba cubierta de multitud de capas de abrigo, todas llenas de polvo. El señor Manitas se afanó en limpiar las prendas, mientras el desconocido se quitaba lo más sucio de encima. Debajo del abrigo, llevaba ropa gastada, un arma en la cintura, aunque mantenía un sombrero que había pasado tiempos mejores, y lo llevaba bien calado, no se le veía la cara.
—No he hecho un viaje tan largo como para que me pare una simple tormenta. Tengo negocios que hacer —dijo con voz grave el desconocido mientras giraba un poco la cabeza, esperando la inevitable respuesta.
—Pues esta noche estamos cerrados, así que ya te puedes ir saliendo por donde has entrado y que el Yermo te lleve. —Laurence se había cansado de jueguecitos por esta noche.
En el aire se podía empezar a notar la tensión. Laurence agarró con sutileza la recortada que mantenía siempre apuntando a la puerta, y el desconocido movió la mano por inercia hacia su propia pistolera. Les interrumpió el Señor Manitas, que, con un último chirrido, empezó a hacer ruidos extraños y se bloqueó, el brazo limpiador totalmente obstruido por el polvo. Se mantuvo flotando en el aire, petardeando e iluminando toda la sala. Molly bufó al verlo.
—¿Ahora el otro brazo? —se acercó con rapidez—. Mira que estos filtros no son fáciles de conseguir. Señor de dónde seas, como el Señor Mañoso esté cascado de verdad te vamos a tirar a la tormenta aunque se nos vuelva a llenar el local de radiación, así que apartaos y dejadme sitio.
Molly comenzó a hacer una operación a corazón abierto al robot, quitando partes e intentando limpiar filtros. Laurence miró al desconocido que finalmente, con un gesto, se quitó el sombrero y los estudió. Su cara era la de uno más del Yermo, no tenía nada de característico, hasta que giró a un lado, donde se le veía un tatuaje en su cara. Un as de picas. La expresión de Laurence cambió por completo.
—¡Que me arranquen los ojos y se los coma un Sanguinario si no es el mismísimo Ringo Cinco Ases en mi local! He escuchado tus historias mil veces en este local. Yo soy Laurence, y mi mujer se llama Molly.
—Doy fe de lo de las historias —le interrumpió Molly—. Adora a los caravaneros que pasan por aquí con historias frescas.
—La mitad de lo que cuentan es mentira, y la otra mitad es una exageración. Como veis, no tengo un ghoul compañero ni un montón de sheriffs y mercenarios tras de mí.
—Algo será verdad o no se hablaría tanto de ti. —Laurence interpretó el silencio de Cinco Ases como una confirmación—. Pero no sabía que estuvieras totalmente loco. Tienes los sesos de una rata topo si has decidido venir a Copperfield, el pueblo más aburrido y olvidado del Yermo, ¡y en mitad de una tormenta de polvo! ¿Tantas ganas tenías de morir?
Cinco Ases golpeó el suelo un par de veces con su bota.
—No vendría si tuviera alternativa, créeme. Pero cuando hay que hacerlo, no hay nada que me pare.
—¿Y qué es lo que necesita una leyenda como tú en un pueblecito minero como éste?
Suspiro. Silencio. Pensamiento.
—Un abrigo. Y algunas medicinas.
—Y espero que nos pagarás con ese tesoro que tienes, ¿no? El famoso tesoro de Cinco Ases —observó la mueca de Cinco Ases, que le dijo todo lo que tenía que saber—, Conque no tienes encima ni una mísera chapa, ¿eh?
—Lo que conseguí fue muy valioso, pero ni mucho menos atraqué una caja fuerte. Pero no, no llevo chapas encima. Puedo ofrecerme como guardaespaldas, o como mensajero.
Dejadme que al menos os ayude a limpiar este sitio mientras hablamos.
—Nada de limpiar este sitio —dijo Molly—. A limpiar al Señor Mañoso, si tú lo has dejado así, bien puedes ayudar a dejarlo como nuevo.
Laurence continuó su alegato:
—Las medicinas no son baratas, Cinco Ases, y menos en este pueblo donde cada pocos días alguien pierde un brazo o una pierna. Sin chapas, no vamos a poder ayudarte, lo siento.
Otra vez el duelo de miradas. Molly les interrumpió, harta.
—Laurence, aquí no va a venir nadie y no tenemos nada que hacer hoy. Tengo un viejo abrigo que igual le podría servir, pero si no tiene chapas, que pague con historias. Me aburren las tuyas y esta noche tiene pinta de ser larga. Y seguro que las historias de alguien como este superviviente serán la mar de interesantes.
El duelo de miradas acabó, tan rápido como había empezado, y la ganadora no había siquiera participado.
Unas horas después, las manos de Ringo estaban peladas de usar tanto limpiador Abraxo en los vasos del bar y de frotar todas las superficies posibles. Aun así, silbaba con alegría una canción del Viejo Mundo. Laurence lo revisaba todo metódicamente.
—Te has dejado una mancha en esa esquina, frota bien si quieres ganarte ese abrigo. Oye, ¿qué cantas?
—Diamond in the Sky, todo un clásico.
Llevaban un rato de cháchara sobre música cuando Molly les interrumpió, con raciones en las manos.
—Suficiente trabajo. Vamos a cenar algo.
—Molly, ¿sabías que Ringo tiene canciones que nunca había escuchado? Me ha copiado algunas en la memoria del Señor Mañoso.
—Por favor, si se queda sin espacio avísame. Pero al grano, ahora dale una Sunset Zarzaparrilla, y a comer, quiero que nos cuente ya alguna de esas historias.
Tras una cena rápida, Johny sacó una baraja de cartas y empezó a repartir mientras hablaba.
—Bueno. ¿Qué queréis? Me sé una muy buena. Una vez conocí al Fantasma de los Johnson.
Un murmullo de admiración salió de sus interlocutores.
—Nos la estás colando. ¿El Fantasma del abuelo Johnson? ¿De verdad?
—El mismo. Hasta viajé con él. El ghoul más amable que he visto nunca, hasta que alguien hacía daño a su familia. Y hace como cien años que decidió que toda persona que estuviera en problemas en el Yermo era su familia, os podéis imaginar. Ha dejado un rastro de saqueadores muertos, esclavistas decapitados y supermutantes caníbales hechos puré por varias interestatales.
—¿Y cómo te lo encontraste? —preguntó Laurence con una cara de absoluta adoración.
— En esa época yo no tenía mucha suerte eligiendo patrón, mi jefe me la jugó y me había vendido a unos esclavistas. El Abuelo Johnson nos liberó a mí y a otra docena de muertos de hambre que habíamos ido a buscar trabajo. Me ayudó a rastrear a mi antiguo jefe por una zona llena de centauros y radiación, y lo encontramos medio comido por una familia de geckos. Cogimos el dinero que llevaba y nos largamos. No me cobró ni una mísera chapa.
Decía que yo era su as de la suerte. Al día siguiente, me desperté y se había largado como un fantasma. Maldito viejo, cómo lo echo de menos. Espero que le vaya bien.
—Cinco Ases, menuda historia —comentaron ambos.
—Por favor, llamadme Johny. Me han invitado a muchas Nuka Colas solo por las historias que cuentan de mí, pero pocas veces me hacen contar las de otros. Abuelo Johnson es un buen tipo de verdad, el resto solo intentamos hacer lo que podemos con las cartas que tenemos.
—No te calientes mucho la cabeza Johny, todos tenemos malas épocas —dijo Molly, comprensiva—. En Copperfield… El pueblo nunca va bien. El bar nos mantiene a flote, y así no tenemos que partirnos el espinazo en la mina. —Empezó a aplanar el abrigo que tenía en el regazo—. Pero no todo sale como queremos. Antes éramos tres, nuestra Cindy, la niña de mis ojos. —Jugueteó con la llave inglesa un momento—. Pero cuando llegaron esos reclutadores para alguna de las grandes tribus, la engatusaron. Se fue sin decirnos nada… Ni siquiera se llevó su abrigo —susurró mientras lo extendía sobre la mesa.
Mientras Laurence miraba el abrigo, Molly estaba fijándose en su invitado. Cinco Ases y ella cruzaron la mirada, él tenía la cara tensa, claramente incómodo, y tras ese segundo de reconocimiento mutuo apartó la vista para mirar a su botella. Molly continuó hablando:
—Le he metido un puñado de fármacos en el bolsillo, espero que te vayan bien. Y no empieces otra vez Laurence —expuso de forma cortante—, que ya está decidido.
—De acuerdo, de acuerdo. —Laurence alzó las manos en gesto de rendición—. Eres tan tozuda Molly como un brahmán hambriento, por eso te quiero. Johny, si ves a nuestra Cindy por ahí, diles que en Copperfield la quieren y la esperan, ahora y siempre.
—Lo haré, no os quepa duda. Ahora debería irme, la tormenta está empezando a parar y no me gustaría que el amanecer me pillara tan lejos de mi destino. —Miró la puerta principal y les dirigió una sonrisa pícara—. ¿Dónde tenéis aquí la otra salida?
Molly se rió un poco de la ocurrencia.
—Si te refieres a donde tiramos la basura al Yermo eres libre de usarla, pero igual te rompes el espinazo. ¿Para qué la necesitas? Ni que hubiera saqueadores fuera, este pueblo es bastante tranquilo.
—No lo sé, pero mi suerte me dice que hoy toca salir por el peor sitio posible, y no os imagináis la de veces que me ha salvado una corazonada. Por dónde la basura tendrá que ser.
—Eres más raro de lo que pensaba, Johnny… Laurence, ¿qué te pasa? —Laurence no participaba en la conversación, se le veía pensativo.
—Molly, en realidad creo que sí que hay una salida de emergencia, me lo contó tu padre hace 15 años, aunque lo tomé más bien a broma.
—¿Y nunca habías pensado en decírmelo? ¿Y por qué nunca me lo dijo a mí?
—Nunca la hemos necesitado. Dijo que si hacía falta, rebuscáramos al fondo del frigorífico. Como siempre lo tenemos lleno, nunca se me ha ocurrido mirar ahí detrás. Pero como el Señor Mañoso se lo ha cargado, igual merece la pena.
Los tres se arremolinaron donde el frigorífico, y tras examinar el fondo, se dieron cuenta que había un botón. Al pulsarlo, la pared del frigorífico se movió y descubrió un pequeño túnel que avanzaba en la oscuridad. Johny se puso el abrigo con rapidez y se caló el sombrero.
—Bueno, creo que Johny Cinco Ases se despide de Copperfield. Os agradezco mucho la ayuda y os prometo enviar aquí a alguien de confianza con recambios para el frigorífico. Y si veo a vuestra Cindy, tendréis noticias de ella. Laurence y Molly se despidieron de él y vieron cómo se adentraba en la oscuridad con paso decidido.
Con el amanecer amainó la tormenta, y con ella, llegó un nuevo grupo al bar. En cuanto los vio, Laurence supo que habría problemas. Armados hasta los dientes, seguros de sí mismos… Llevaban pintados en las armaduras unos cuernos demoníacos que los identificaban como parte de Mercenarios del Rebaño Infernal, y su jefa era una ghoul con muy mala leche.
—Problemas —anunció en voz alta Laurence, mientras comprobaba por segunda vez en un día que la escopeta de dos cañones que tenía a mano estuviera cargada y lista. Esperaba que Molly le hubiera escuchado, estaba enfrascada en la trastienda con su amiguito robótico. La jefa del grupo no perdió saliva en presentaciones.
—Buscamos a este malnacido. Es un forajido, un ladrón y un asesino —dijo mientras ponía sobre la mesa un papel de busca y captura.
En el papel arrugado, Ringo “Cinco Ases” aparecía dibujado con bastante habilidad. El dibujo captaba hasta su media sonrisa cínica, partida en dos por una arruga del papel. El monto que ponía por entregarlo era… enorme. Laurence hizo como que lo estudiaba un momento, pensativo, y luego negó con la cabeza.
—Por aquí no ha venido este tipo. No ha venido nadie con la tormenta. Además, aquí viene solo gente de bien y no queremos problemas. La mirada de la mujer podría haber asustado a un Sanguinario.
—Registradlo todo. Si ha venido al pueblo, estará aquí o alguien sabrá algo.
Uno de sus esbirros la interrumpió comentando:
—Jefa, ¿el que está durmiendo no es Larry, que tenía que explorar esta zona? —Todos se giraron a mirar al hombre que dormía la mona. Era Larry. La mujer avanzó hacia él, enfadada.
—Maldito… degenerado. Cómo… se… te… ocurre. —Con cada palabra que gritaba, le daba un puntapié—. Te mandamos vestido de civil para que preguntes a los lugareños, ¿y te gastas las chapas del jefazo en bebida aquí? Te vamos a tener comiendo mutaracha hasta que la piel se te ponga verde. ¡Arriba!
Larry empezó a recuperar el sentido, pero solo emitía gemidos de dolor. Uno de los mercenarios, que había abierto la puerta de la trastienda, salió con Molly agarrada del brazo y dijo:
—Jefa, aquí hay una mujer con un robot.
—Soy la dueña del local, idiota. ¿Te crees que tengo cara de forajido? No le conocemos de nada. ¡Suéltame!
Molly recibió un culatazo en la cara como respuesta. Laurence se puso tenso pero las armas de los mercenarios le intimidaron. Molly se empezó a reír mientras sangraba por la nariz.
—Laurence, cariño. ¿Sabes qué me ha dado tiempo a hacer? He reactivado el brazo sierra de nuestro amigo. —El Señor Mañoso anunció:
—INFESTACIÓN DE GECKOS EN EL LOCAL. PURGANDO. PURGANDO. PURG…DIAMOND IN THE SKY.
Mientras el control vocal se hacía un lío entre reproducir una canción preguerra y sus protocolos de defensa, el brazo sierra se activó y de un plumazo rebanó limpiamente la cabeza del mercenario que había atacado a Molly. Empezó a salir sangre a chorro por todas partes. Empezó el caos, disparos, los mercenarios corriendo de un lado a otro, el Señor Mañoso convertido en un ser de muerte y música. De perdidos al río, pensó Laurence, que agarró la escopeta y disparó los dos cañones por debajo de la mesa, hiriendo a otro mercenario.
Un par de minutos después, el bar parecía un campo de batalla. Laurence y Molly estaban milagrosamente ilesos. El Señor Mañoso, lleno de agujeros pero operativo, y varios cuerpos ensangrentados por el suelo. Algunos mercenarios habían huido por la puerta y no tenía pinta de que fueran a volver. Algunos disparos sonaban en la calle, seguramente vecinos que intentaban echar a los mercenarios del pueblo.
Al poco todo volvió a quedar en calma, el bar estaba tranquilo, y la luz del Sol entraba por la puerta iluminando una mañana radiante. Molly y Laurence estaban abrazados, disfrutando del mero placer de estar vivos.
—Pobrecito, mira cómo lo han dejado. Voy a tardar una eternidad en reparar todos los agujeros. Menudo estropicio, ¿no? —exclamó Molly mientras se reía y se ponía un trapo en la cara. Laurence solo la abrazaba con fuerza.
—¿Por qué no le has delatado? Pensaba que ibas a hacerlo.
—¿No le has visto cuando hablaba de nuestra Cindy? Me jugaría el local a que tiene a alguien a la que quiere tanto como nosotros a ella, y haría lo que fuera por esa persona. Incluso atravesar una tormenta de polvo radiactivo. ¿Por qué no le has delatado tú?
—Me he sentido como en una de esas historias que se cuentan junto al fuego, y si le delataba seguro que nos cortaban los pulgares o algo así, esa gente tenía pinta de zumbada.
—Puede ser.
—Molly.
—Dime querido.
—Menuda historia tenemos, ¿eh?
—Y tanto.
—Para que digan que no pasa nada en Copperfield… ¿Crees que le irá bien?
—Estoy segura de que sí. Ahora trae la fregona que hay mucha sangre que recoger, y creo que el Señor Mañoso necesita otra revisión de sus protocolos de seguridad antes de que nos confunda con un gecko.
Mientras cerraban el bar y se preparaban para ir a dormir, se peleaban por ver quién silbaba más alto Diamond in the Sky.