Huele a azufre y a humedad estancada. Se adhiere a la piel como una segunda capa. El calor es sofocante, una masa viscosa que parece envolver cada centímetro del yermo. Para Hozwell y Gertrud, sin embargo, no es un día como cualquier otro.
En un lugar donde la alegría infantil se medía en raciones, cumplir doce años en la Granja era un hito sombrío. Se trataba de un conglomerado de chabolas y extensos campos cultivados. Era su hogar, su prisión. Un lugar donde la esperanza se desvanecía tan rápido como el agua purificada en el yermo. Hozwell y Gertrud, junto a su madre, habían sido acogidos por Clarence Thornton, el déspota que gobernaba la Granja con puño de hierro. La vida allí era una lucha constante por la supervivencia, una rutina agotadora de trabajo en los campos, desde el alba hasta el ocaso. Pero el duodécimo cumpleaños marcaba un antes y un después. A partir de esa edad, los niños eran destinados a una tarea peligrosa: transportar mercancías a otros asentamientos. Una misión de la que pocos retornaban.
Gertrud, de mirada penetrante y complexión frágil, contrastaba con la inquietud de Hozwell, quien anhelaba escapar de los límites de la Granja y descubrir qué se escondía más allá. Ambos, unidos por la adversidad, se enfrentaban ahora a un futuro incierto, marcado por la sombra de la explotación y la violencia.
—Mis pequeñines, ¡qué grandes estáis! —exclamó la madre, con lágrimas en los ojos y una extraña sonrisa que se parecía más a una mueca que a cualquier señal de alegría—. Ya sabéis que los niños mayores tienen que salir al yermo y caminar hasta la siguiente granja del señor Clarence. Pero no os preocupéis, está muy cerca, solo a cuatro millas de aquí. —decía esto mientras sacaba de un saco un cacharro parecido a un ladrillo, con una pequeña pantalla unida con cinta adhesiva— Con esto sabréis en todo momento adónde ir. El artefacto era un localizador de señal que se empleaba para conectar los distintos asentamientos de Clarence. Contaba con un alcance de unas siete millas y tenía el peso de una piedra del tamaño de un zapato. Durante el trayecto, los niños tendrían que turnárselo para llevarlo.
Aquella noche, los hermanos, que solían dormir en un pajar junto a tres brahmanes, un perro y un burro, no lograban conciliar el sueño. Por primera vez iban a salir de la Granja. Su madre les repetía, una vez más, aquello que ya les había explicado en innumerables ocasiones.
—Mañana al alba saldréis hacia el sur. No os desviéis de los senderos y no os pasará nada. Si veis cualquier tipo de criatura a lo lejos, escondeos. Los monstruos solamente quieren comida. Hozwell, a pesar de sentir una inevitable incertidumbre, experimentaba en lo más profundo de su ser una mezcla de inquietud y excitación por explorar el mundo y ver qué había detrás de aquella enorme verja de la Granja. Gertrud, en cambio, pasó la noche abrazada a él.
Era bien temprano cuando Matthew Skiff, quien era más un carcelero que un conserje, fue a despertar a los chicos para llevarlos a la puerta del complejo y asegurarse de que cumplían con su deber.
—No debéis preocuparos, muchachos —decía Matthew con una risa burlona—. Todos hacen portes de un lado a otro, y más de la mitad vienen. Además, si hacéis bien el recado, no tendréis que hacer un viaje al menos hasta dentro de tres o cuatro semanas —comenzó de nuevo a reír de manera compulsiva.
Los dos hermanos caminaban junto a su madre, agarrados de su mano, hasta donde se lo permitían. Una gran puerta corrediza empezó a abrirse, como una sierra afilada rajando el suelo de un lado a otro, desprendiendo una gran ola de polvo que impedía ver qué había detrás, como si incluso el complejo mismo se resistiera a revelarlo.
Matthew Skiff, aún riendo con su voz ronca y áspera como el metal oxidado, permanecía a un lado, apoyado en su vieja Remington, observando con ojos calculadores a los niños, quienes avanzaban con pasos inseguros.
—Vamos, no os hagáis los remolones —gruñó, mientras golpeaba el suelo con la punta de la escopeta. Acto seguido, escupió al polvo con asquerosa indiferencia, como si la escena no fuera más que una rutina carente de importancia—. Lo que hay fuera no es más aterrador que lo que os espera si no cumplís.
Gertrud miró hacia atrás una última vez, buscando consuelo en la figura de su madre, que se desmoronaba entre plegarias apenas audibles debido al crujir de la puerta. Hozwell apretó su mano intentando transmitirle cierta seguridad.
Cuando finalmente estuvieron fuera y la puerta se cerró tras ellos, una ráfaga de aire denso les golpeó el rostro. Un paisaje desolado y hostil se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Se quedaron completamente paralizados al ver por primera vez aquel yermo. Si la Granja ya tenía un aspecto decadente, lo que estaba ante sus ojos la dejaba en muy buen lugar.
—Hoz... —dijo Gertrud con un hilo de voz casi inaudible.
Hozwell se armó de valor y dio el primer paso, arrastrando consigo a su hermana. No había elección posible. Ahora, lo único que importaba era cumplir con el recado y regresar. Pero en el fondo, una duda comenzaba a enraizarse: ¿realmente podrían volver?
El sendero marcado por el localizador se adentraba en un páramo árido, lleno de escombros, charcos de agua verdosa infestados de insectos, asfalto agrietado y restos de vehículos de antes del apocalipsis nuclear. A ambos lados se extendía una hilera de casas destrozadas, algunas casi reducidas a escombros.
—¿Te imaginas vivir en una casa así? Ya sabes, mamá, tú y yo —comentó Hozwell.
Su hermana no respondió. Seguía mirando al frente mientras caminaba, cargando a la espalda sacos de arpillera atados a su cuerpo. Estos estaban llenos de suministros útiles para otros asentamientos, ya que cada uno de ellos escaseaba de materiales que solía tener otro.
—Imagina tener nuestra habitación propia, donde guardar nuestros tesoros —continuó Hozwell entusiasmado. Al contrario que su hermana, en él se podía apreciar cierto atisbo de emoción.
Tras atravesar aquel pueblo, se toparon con una estructura que parecía ser un búnker con una gran apertura en un lado, a través del cual se adentraron para hacer una parada y descansar. A simple vista, podría parecer que años atrás habían intentado destruir esa base a cañonazos. Gertrud desató las cuerdas de los bultos que llevaba a la espalda y los dejó caer al suelo. De uno de ellos sacó una pieza de dudosa salubridad: una multipapa aderezada que les correspondía por realizar el trayecto. Aunque técnicamente eran comestibles, su sabor dejaba mucho que desear: una mezcla entre cartón húmedo y tierra rancia, con un regusto metálico que no se quitaba fácilmente. Según lo establecido, les tocaba una multipapa y media por cada día fuera de la Granja.
Cuando parecía que Gertrud había conseguido estar algo más calmada, se levantó y dio unos pasos hacia el interior del búnker.
—No te alejes mucho —le dijo Hozwell, levantando la mirada hacia ella. Gertrud asintió y avanzó unos metros, mirando con cautela cada rincón del lugar.
De repente, un ruido proveniente de la zona exterior rompió el silencio. Era un gruñido de dolor y furia, pero no humano. Hozwell, con un ojo cerrado por la luz que entraba a través de un pequeño agujero, se tensó al oírlo y asomó la cabeza rápidamente por uno de los huecos en la pared. Dos siluetas oscuras por el contraluz de la tarde, dejaban entrever un mutascorpius que sujetaba con sus pinzas a una enorme rata topo que intentaba morderle sin éxito, pues la tenía bien agarrada. Sin inmutarse lo más mínimo, el escorpión le perforó la piel con su aguijón venenoso, y el aire se llenó con un chillido agudo de la rata, casi insoportable, antes de quedar completamente inmóvil. En ese momento, Hozwell buscó rápidamente a su hermana. Tenían que salir de ahí si no querían convertirse en la próxima presa de esa alimaña.
La niña estaba detrás de un mostrador donde había puros antiguos y algunas fiambreras hechas con restos de plástico y alambres, y cogió una de ellas. Justo en ese momento, Hozwell la encontró y tomó su mano, apresurándola a escapar. El mutascorpius, habiendo devorado ya la cabeza de la rata, comenzó a tantear con sus pinzas uno de los agujeros de la pared, intentando abrirse paso hacia el interior. Ambos corrieron sin parar en línea recta, saliendo por la puerta trasera del búnker.
Una vez fuera, a unos escasos treinta metros, hallaron un socavón que hacía de rampa hacia un parking subterráneo de un viejo centro comercial, y se escondieron allí sin pensarlo dos veces. Permanecieron en silencio durante unos segundos cuando escucharon a la bestia pasar de largo.
—Ufff... por poco. —susurró Gertrud.
—¡¿Qué hacías, Gert?! Si no llego a encontrarte detrás de ese mostrador, ahora mismo podríamos ser presas del bicharraco ese.
—He encontrado esto, quizás haya algo útil dentro —respondió Gertrud respirando con dificultad y mostrando a su hermano la fiambrera.
Hozwell, con la ayuda de un trozo de chapa, hizo palanca en la apertura del recipiente y lo abrió con dificultad. En su interior encontraron algunos billetes de antes de la guerra, algunas balas de 10 mm, un par de fichas de póker, una nota y, lo que más llamaba la atención, un taco de panfletos promocionales muy coloridos, de unos dos centímetros de grosor, en los que se podía leer:
REFUGIO 99 - CANDY CORP 41.1327820, 129.1657900.
EL REFUGIO DE LOS NIÑOS
La nota, con bordes manchados y arrugas, decía:
Ringo, te he dejado el taco de panfletos. Un tipo me dio un puñado de chapas por repartirlos a los niños por los asentamientos y colonias cercanas. Sabes bien que soy el mejor repartidor de propaganda del yermo, pero esta semana he recibido un disparo de junk jet en la rodilla y me veo imposibilitado para esta misión. Te pagaré como es debido. Un abrazo a Atenea y a tu señora.
Fdo. Brahmanes
—Esto está a un kilómetro de aquí. No perdemos nada por echar un vistazo —comentó Hozwell mientras introducía las coordenadas del panfleto en el dispositivo de localización.
—Pero Hoz, eso está en sentido contrario a nuestra ruta. Además, nos hemos alejado del sendero, y mamá dijo...
—¡¿Qué dijo mamá?! —interrumpió Hozwell— Mamá no querría que muriéramos de hambre. Has dejado todos los sacos en ese sitio, con la mitad de la comida y la mercancía, Gert. No tenemos suficientes provisiones para el trayecto de ida y vuelta. Y, además, si nos quedamos aquí fuera esta noche, no sobreviviremos hasta mañana.
—Lo siento, hermano, ¡yo solo quería ser útil! —le respondió Gertrud entre lágrimas.
—No te preocupes, Gert —dijo él, con tono más suave, arrepentido por su dureza—. Solo nos quedaremos en ese refugio para pasar la noche y mañana volveremos con mamá —luego la abrazó con fuerza, intentando reconfortarla.
Llevaban caminando hacia las coordenadas del panfleto desde hacía aproximadamente una hora, cuando avistaron una enorme explanada en la que yacía un avión estrellado. Aquello parecía una base militar abandonada, o algo similar. Más allá de la explanada, encontraron una estructura circular en el suelo con una escalera que descendía. Allí abajo parecía estar realmente oscuro, pero Hozwell no dudó ni un momento en aventurarse a bajar las escaleras.
—Gert, tenemos que bajar. Las coordenadas nos llevan hasta aquí. Venga, vamos. —le tendió la mano, y la niña, mirando a su alrededor buscando alguna otra alternativa, finalmente la apretó, siguiéndolo hacia el nivel inferior.
Una vez abajo, descubrieron que esa base subterránea era tan grande como la explanada de la superficie, con pequeños agujeros de luz filtrándose a través de ranuras en la parte superior, sostenida por pilares de unos tres metros de altura. La poca luz que se colaba a través de esos huecos se sumaba a la débil iluminación de la pantalla del localizador, que revelaba carteles de Vault-Tec pegados a las paredes. Los mensajes eran optimistas, instruyendo sobre cómo vivir dentro de los refugios y la manera correcta de ser un estadounidense ejemplar. El rostro de ese joven rubio en los carteles les transmitía la confianza necesaria para continuar avanzando hacia lo que parecía ser el refugio.
Cuando estaban a pocos metros de la señal de las coordenadas, escucharon una voz.
—Pst. Hola, niños. ¿Cómo estáis? ¿Buscáis el Candy Corp? —una sombra alta se aproximó hacia ellos, y Gertrud agarró del brazo a su hermano, quien parecía calmado. Se trataba de un hombre de unos cuarenta años aproximadamente. Vestía de payaso, con un divertido disfraz amarillo y azul, a juego con el maquillaje y la peluca que llevaba puesta. No daba la sensación de ser un saqueador o una mala persona— Parecéis hambrientos, mis niños —de su bolsillo sacó dos grandes piruletas, coloridas y redondas. Gertrud quedó completamente embelesada. Cuando la mordió, dos lágrimas brotaron de sus ojos. Jamás en su vida había probado algo tan delicioso—. ¡De donde yo vengo hay muchísimo más! ¡Mi nombre es Downsy! ¡Os acompañaré hasta el refugio!
Los niños siguieron al payaso, que avanzaba con un paso alegre, canturreando una cancioncilla y riéndose solo. Cuando caminaron unos minutos, divisaron a lo lejos una enorme puerta circular con un «99» en el centro. Estaba adornada con luces de colores y un cartel en la parte superior en el que ponía «CANDY CORP - EL REFUGIO DE LOS NIÑOS».
Downsy, introduciendo dos dedos de su mano derecha en su boca, silbó de manera peculiar, como si fuera un trompetista militar, y después arrancó a reír de forma compulsiva. A los pocos segundos la puerta comenzó a abrirse con un fuerte estruendo. Primero se separó de la pared y luego fue girando hacia un lado, dejando un hueco del mismo tamaño. Al otro lado de la puerta, apoyada en una columna, había una joven igualmente vestida de payaso. Una mitad de su pelo estaba pintada de azul y la otra de amarillo. También tenía un aparato con una pequeña pantalla en su brazo, pintado de rosa. Se incorporó riendo.
—¡Downsy! ¡Cabeza de chorlito! ¿Dónde estabas? ¡Acabamos de terminar las carreras de sacos!
—¡Perdona Cassidy! Encontré a estos dos niños perdidos por la base y casualmente andaban buscando el refugio. Te dejo con ellos, ¿vale? ¡Tengo que hacer unas cosillas! —dijo el payaso, antes de desaparecer corriendo hacia abajo por unas escaleras de caracol.
—¡Hola, chicos! ¿Cómo os llamáis? —preguntó entusiasmada.
Mientras los tres caminaban hacia el interior, Hozwell y Gertrud le contaron todo lo que había sucedido, con una imperiosa necesidad de ser escuchados.
—¿Cómo? ¿Un mutascorpius? ¡Qué valientes! —exclamó la joven con una sonrisa amplia—. ¡Me encanta escuchar historias nuevas!
—¿Qué es eso, Cassidy? —le preguntó Gertrud, curiosa, señalando el artilugio de su brazo.
—¡Esto es un Clown-PipBoy! Sirve para abrir y cerrar puertas. ¡Si necesitas abrir algo alguna vez, solo tienes que decírmelo! —la niña esbozó una sonrisa.
Descendieron unos tres metros sobre una plataforma mecánica y después atravesaron un largo entramado de pasillos. Finalmente, llegaron hacia una enorme sala. Cuando los dos hermanos miraron al frente, no podían creer lo que veían sus ojos. Las instalaciones estaban limpias, era un sitio alegre y animado, decorado con tonalidades azules y amarillas. De fondo se escuchaba música, se respiraban olores dulces, y todo estaba repleto de columpios, toboganes y otras atracciones.
Observaron que había muchos niños divirtiéndose. Los hermanos no podían apartar la vista de todo lo que los rodeaba. Gertrud corrió hacia uno de los columpios, y Hozwell observó cómo su hermana reía mientras se balanceaba, una emoción que no había visto en ella desde hacía años. El lugar parecía un sueño hecho realidad, como si las ruinas del mundo exterior nunca hubieran existido.
—¿Os gusta? —preguntó Cassidy con una sonrisa.
—¡Es increíble! —exclamó Gertrud, con los ojos llenos de asombro.
—Hay algo más que quiero enseñaros —dijo suavemente, invitándolos con un gesto de la mano.
Aunque los dos niños estaban fascinados con el parque, la siguieron con curiosidad hacia una puerta con colores brillantes a la izquierda de la entrada principal. Al cruzarla, se encontraron con otro payaso, de rostro amigable y con una bata de médico demasiado limpia para un mundo tan devastado como el que conocían.
—¡Bienvenidos! —dijo el payaso mientras les hacía una reverencia teatral—. No os preocupéis, esto no dolerá nada... Es más, ¡os va a encantar!
Gertrud y Hozwell intercambiaron miradas de incertidumbre, pero Cassidy les dio un apretón de manos para tranquilizarlos.
—Todo saldrá bien —les dijo con tono suave—. El doctor solo se asegurará de que estéis perfectos.
El payaso les pidió que depositaran sus pertenencias sobre la mesa y se acercaran a una gran máquina con luces de colores que emitía una divertida música circense. Una vez dentro, el aparato comenzó a zumbar y a parpadear. Los niños sintieron un leve cosquilleo mientras el proceso se llevaba a cabo: desparasitación, extracción de sangre y una aplicación de una sustancia extraña, de sabor picante, en los dientes.
—Disculpe, señor, ¿qué es esto? —preguntó Hozwell mientras se frotaba la boca.
—Con esta composición —explicó el doctor—, no solo no tendrás que volver a preocuparte por tus dientes, también podrás comer todo lo que quieras sin problema alguno. ¡Ni caries, ni dolor!
Cuando terminaron, el payaso sacó de un armario dos uniformes perfectamente doblados y de la talla exacta de Hozwell y Gertrud. Eran monos azules con un «99» bordado en la espalda con hilo amarillo brillante. Los niños los tocaron con curiosidad; eran sorprendentemente cómodos y flexibles.
Mientras se cambiaban, dos asistentes entraron para encargarse de los últimos detalles: les cortaron las uñas, les peinaron y dejaron su apariencia mucho más pulida de lo que jamás habían imaginado. El doctor, mientras tanto, les hacía una serie de preguntas.
—¿Tenéis algún pariente fuera? ¿Cuál es vuestra comida favorita? ¿Cuánto tiempo lleváis sobreviviendo a la intemperie?
Gertrud respondió con timidez, mientras Hozwell miraba de reojo a Cassidy, que ahora permanecía en un rincón, observándolos con una sonrisa tranquilizadora. Cuando todo estuvo listo, Cassidy se acercó de nuevo y extendió ambas manos hacia ellos.
—Ahora sí, ¡ya es hora de que conozcáis a los demás niños! ¿Estáis listos?
Los hermanos asintieron emocionados. Mientras caminaban por un pasillo iluminado con luces de colores, el bullicio de risas infantiles y gritos de diversión comenzó a hacerse cada vez más fuerte. Al entrar, todos los niños fueron corriendo a abrazar a Cassidy.
—¡Quédate a jugar! —Gritaban entre risas.
La habitación estaba llena de máquinas con todo tipo de holocintas de juegos: Comando Atómico, Grognak el Bárbaro, Invasores Z y PipFall. Para Hozwell y Gertrud, esos títulos no significaban nada, ya que jamás habían oído hablar de ellos. Curiosos, se acercaron a una máquina de Grognak el Bárbaro que estaba siendo usada por una niña llamada Pauline. Junto a ella, un chico llamado Yasser se jactaba sobre la forma en que su amiga jugaba. Hozwell y Gertrud se presentaron.
Pauline era una chica menuda y extremadamente delgada. Tenía el cabello rubio y una piel pálida que dejaba entrever cada hueso y músculo de su cuerpo. Les contó que su madre había sido masacrada por saqueadores, y ella misma había sobrevivido de milagro, aunque llevaba consigo las cicatrices del ataque. Una de las más llamativas era un fragmento de metralla con forma de corazón incrustado en su esternón, visible como un recordatorio permanente de lo que había vivido.
Yasser era moreno, alto y, aunque de complexión delgada, era un chico fuerte. Les confesó que se había escapado de casa, harto de las constantes discusiones con sus padres, quienes eran fundamentalistas de una religión estricta. Ahora, en el refugio, había encontrado una nueva familia, y ejercía un papel casi de hermano mayor en aquel lugar.
En definitiva, ambos chicos eran muy amigables y al igual que los hermanos, llevaban consigo el peso de un pasado difícil. A medida que charlaban, por primera vez en mucho tiempo, Hozwell y Gertrud se sintieron menos solos.
—Entonces —interrumpió Yasser, apoyándose en la máquina de juegos—, al cumplir los doce os hicieron salir de vuestro asentamiento, pero, Hozwell, tú pareces mucho mayor.
Hozwell soltó una risa corta y negó con la cabeza.
—No, lo cierto es que somos mellizos —respondió, mirando de reojo a Gertrud.
—¿En serio? Pero tú pareces como dos años mayor.
—¡Oye, no soy tan pequeña!—exclamó Gertrud mientras se cruzaba de brazos.
Yasser no pudo evitar reírse y se agachó un poco, como si intentara igualar la altura de Gertrud.
—Pues no sé qué decirte. Yo creí que tenías como ocho años.
—¡Tengo doce! —replicó ella, dándole un empujón en el brazo a Yasser, que exageró el golpe como si fuera un ataque devastador.
—¡Ay! ¡Me ha vencido una niña de ocho años! ¡Qué vergüenza!
Hozwell no pudo evitar reír también.
—No le hagas caso, Gertrud. Yo también soy pequeña y menuda, y mírame. Todavía estoy aquí. Ser pequeña no significa ser débil. —Gertrud miró a Pauline, quien se señaló a sí misma con calma, dejando ver el fragmento de metralla con forma de corazón que llevaba incrustado en el pecho.
—Algunas veces, ser pequeña significa que puedes escapar cuando los demás no pueden. Así que no te preocupes por lo que digan.
—Vale, vale, Pauline tiene razón. No más bromas sobre la altura. Gertrud, reconozco que tu empujón casi me deja sin aire.
—¡Y ya veréis cuando juegue a Grognak y os derrote a todos!
Más tarde, mientras los niños seguían jugando y riendo, sonó una alarma, que era claramente Downsy imitando el sonido de una sirena a través de un megáfono con forma de caballo gritón, terminando en una risotada un poco extraña.
—Ya es hora de comer —comentó Pauline con una sonrisa.
Los cuatro amigos, seguidos por la marabunta de niños, se adentraron en una enorme sala comedor colmada de juguetes a tamaño real con formas de todo tipo. Hozwell vio como Pauline se acercaba a una estatua rojiza con forma de perrito oliendo una flor. Sin pensarlo un segundo, la niña le arrancó una oreja de un mordisco.
—Gummy de frambuesa. Mi favorita —dijo Pauline con la boca llena.
—¿Las orejas son comestibles? —preguntó Hozwell atónito por lo que estaba viendo.
—Todo es comestible —le respondió Yasser.
Cuando miraron a su alrededor, vieron como todos los niños devoraban el mobiliario de fantasía de la habitación. Un cañón disparaba mutarachas de colores, cada una con un sabor distinto, y las partían en dos con espadas de regaliz. Los hermanos no podían creer lo que estaban viviendo, parecía un sueño. Gertrud entró en una de las casetas de galleta, abrió un armario repleto de ratones de chocolate y se los comió casi todos, mordisqueando también las puertas de regaliz del armario.
Mientras tanto, Hozwell se sumergía en una fuente de bolitas de colores, nadando y comiendo al mismo tiempo, mientras Yasser le lanzaba chocolatinas al aire para que las cogiera con la boca.
—¡Ahí va otra, prepárate, esta es imparable!— gritaba Yasser, riendo mientras lanzaba otra chocolatina hacia Hozwell con precisión.
Tras unas horas, Downsy anunció que ya era hora de irse a dormir, y todos se dirigieron a sus camas con forma de nave espacial. Una vez reunidos, Cassidy sacó un gran libro de la estantería, titulado «La historia de Candy Corp».
—Muchos ya sabéis esta historia, pero como tenemos nuevos invitados, tengo que contarla de nuevo —dijo Cassidy mientras abría el libro y se detenía en una página en concreto—. Candy Corp es un refugio creado en 2215 para hacer felices a todos los niños y evitar que sufran la devastación y el horror provocado por la Gran Detonación. Aquí podrán vivir lo que su imaginación desee: juegos, música y todas las chuches del mundo, fabricadas para cuidar su salud y proteger sus dientes con un flúor especial—acto seguido levantó la mirada, dirigiéndose especialmente a Hozwell y Gertrud—. Cuando los payasos decidamos que ya no sois niños, os llevaremos a otra planta, pero no os preocupéis, podréis ver a vuestros amigos muy pronto.
Cassidy cerró el libro, se levantó y aplaudió junto al resto de los niños. Algunos se acercaron a los hermanos para darles la bienvenida.
Esa noche durmieron como nunca antes lo habían hecho. Hozwell pensaba en su madre. Se imaginaba cómo sería poder llevarla a ese lugar, lejos de la Granja, y cómo escaparían juntos de aquel infierno.
Transcurrió una semana y, cada vez, los niños mostraban un aspecto más saludable. Algunos incluso habían ganado bastante peso. Ese día, Hozwell fue el último en salir del parque de chucherías. Se quedó mirando por un pequeño cristal que daba a la puerta ya cerrada. Al observar, vio que cuando los niños terminaban de comer y jugar, un equipo de limpieza entraba a cambiar lo que habían consumido, y los restos eran bajados por trampillas a los niveles inferiores.
Aquella noche no hubo cuento. Los niños tenían que despedir a Takeshi, pues los payasos lo habían elegido para cambiar de planta. Ya era un niño mayor. Había sido de los primeros en entrar al refugio y con el tiempo había desarrollado un apetito voraz. Casi no hablaba con nadie, sin embargo, ese día estaba contento y eufórico. Decía que le habían prometido una estancia para él solo, sin horarios, ni la obligación de compartir su comida con ningún otro niño. Para celebrarlo, sacaron un festín de bebidas edulcoradas, golosinas y deliciosos postres. Se lo estaban pasando tan bien que pensaron en pedirle a Downsy y Cassidy quedarse hasta más tarde de la hora habitual. Hozwell se ofreció y decidió ir en busca de ellos para solicitarlo. Por alguna razón, los payasos nunca comían con los demás.
En su búsqueda, el niño atravesó un pasillo que no solían recorrer. Le pareció escuchar la voz de Downsy en una de las pocas habitaciones que permanecían iluminadas, con un cartel que decía «SOLO PERSONAL AUTORIZADO».
—Muy pronto no harán falta más niños —comentó Downsy desde dentro, con la boca llena.
Hozwell interrumpió al entrar en la habitación, sin llamar.
—Perdona, Downsy, queríamos saber si hoy podríamos quedarnos un poco más tarde.
Downsy se levantó de la mesa y se acercó a Hozwell, dejando allí un plato de carne y un vaso de Nuka-Cola.
—¡¿Es que no sabes que no puedes estar aquí, mocoso?! —exclamó el payaso, visiblemente molesto. Hozwell nunca lo había visto así en todo el tiempo que llevaba en el refugio—. Perdóname, chico, pero es que las normas son para cumplirlas. No quería ponerme así.
Cassidy, desde atrás, observaba mientras tapaba los platos con las esquinas del mantel.
—No sabía que había carne. Nosotros solo comemos chucherías —dijo Hozwell, confundido.
—Eso es porque sigues siendo un niño. Tienes que comer muchas chuches de Candy Corp para volverte grande y fuerte —le explicó Downsy.
Hozwell regresó cabizbajo con sus amigos, afectado por la forma en que Downsy le había hablado.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Gertrud.
—Nada... —respondió Hozwell con un suspiro—. Es solo que encontré a Downsy y a Cassidy mientras comían, y se enfadaron conmigo.
—¿Por qué se iban a enfadar? —intervino Pauline, extrañada.
—No lo sé... parecía que no querían que viera que estaban comiendo carne.
Pauline se quedó pensativa unos segundos, mientras el silencio llenaba el ambiente.
—Vamos a dormir —dijo finalmente Hozwell, intentando dejar el tema atrás. Gertrud asintió.
—Pauline y yo nos vamos a quedar un rato más. Mañana nos vemos —dijo Yasser, mientras los dos hermanos se alejaban en dirección contraria.
Al día siguiente Hozwell y Gertrud se asearon y se dirigieron a la sala de juegos, como hacían siempre, pero no vieron a Yasser y a Pauline, cosa que les extrañó, pues siempre quedaban a la misma hora en la máquina de Grognak para superar su récord.
Fue entonces, a la hora de la comida, cuando los mellizos entraron como siempre en la sala del parque de gominolas y encontraron a Yasser decaído, sentado en un banco de regaliz negro que nadie se quería comer. Gertrud se acercó para ver qué le sucedía a su amigo.
—Hola, Yass. ¿Qué te pasa? ¿Dónde está Pauline?
—La han elegido —comentó Yasser con lágrimas en sus ojos— Ya es una niña mayor.
—No te preocupes Yasser, muy pronto estaremos con ella. Y sobre todo tú, que eres el más grande y fuerte de todos. Seguro que lo tendrán en cuenta para nombrarte el próximo niño mayor.
—Pero, ¿por qué Pauline? —exclamó Yasser— Ella no parecía tener más de ocho años. No lo entiendo. Seguramente los payasos lo decidieron ayer por la noche, cuando fue a hablar con ellos.
Hozwell que andaba comiendo un gran trozo de gominola rosa bañada de azúcar, se acercó a Yasser.
—¿Fue al pasillo del área restringida?
—Así es —respondió Yasser—. Anoche... después de que os fuerais, me dijo que no le gustó que Downsy se enfadara contigo, y decidió ir y hablar con él. Yo no quería, pero insistió mucho.
Los tres se miraron en silencio, sin saber qué decir. Gertrud, intentando aliviar un poco la tensión, cogió un enorme osito de gelatina y lo partió en dos.
—Toma, Yass. Come un poco.
Yasser aceptó y lo mordió sin mucho entusiasmo. Pero al segundo bocado, su expresión cambió. Soltó un grito de dolor, llevándose la mano a la boca.
—¡Ay! —exclamó con la voz quebrada.
—¿Qué te pasa? ¡Déjame ver! —dijo Gertrud inclinándose hacia él.
Yasser abrió la boca con cuidado, y la niña notó que algo brillaba entre sus dientes. Con manos temblorosas, tiró con cuidado hasta extraerlo. Era un pequeño trozo de metralla con forma de corazón. Los tres amigos se miraron con expresión de asombro.
—No puede ser. Le ha debido de pasar algo en los niveles inferiores. Hay que ir a ayudarla —dijo Yasser.
—¿Pero qué podemos hacer? Pauline es una niña mayor. Nosotros no podemos bajar ahí, y si volvemos a preguntar a los payasos, se enfadarán otra vez —respondió Gertrud, mordiéndose el labio con inquietud.
—Hay una manera —interrumpió Hozwell con decisión, mirando a sus amigos con determinación—. Cada día, cuando salimos del comedor y se cierran las puertas, unas plataformas cambian la comida mordisqueada por otra nueva, y los restos los bajan a los pisos inferiores. Pauline debe de estar cerca de donde se fabricó ese oso de gelatina.
—¿Y cómo vas a conseguir bajar por esas plataformas si solo aparecen cuando todos los niños se van y cierran las puertas? —preguntó Yasser.
Hozwell, tras pensar detenidamente unos segundos, respondió apresurado. —¡Los armarios de la caseta de galleta! Si me meto dentro de uno de ellos y os coméis los pomos, no podrán abrir las puertas y tendrán que bajar el armario conmigo dentro.
Los tres amigos corrieron hacia la caseta comestible en la que tantas veces habían jugado. Hozwell entró dentro del armario que más se adaptaba a su tamaño.
—Suerte, hermanito. —dijo Gertrud mientras le apretaba la mano.
—Ten cuidado. Y dile a Pauline que muy pronto estaremos con ella —comentó Yasser, mientras cerraba las puertas del armario. Acto seguido, devoraron rápidamente los pomos.
Pasada la hora de comer, Hozwell notó cómo lo transportaban hacia una especie de ascensor. Pensó que Pauline y las golosinas estarían dos o tres pisos más abajo, pero aquel ascensor no dejaba de bajar y bajar hasta que finalmente paró. Escuchó cómo se abrían unas compuertas, y notó el suelo moverse, hasta que progresivamente se detuvo. Tras comprobar que no se escuchaba voz alguna, decidió salir golpeando las puertas del armario desde dentro. Lo que vio al salir era completamente distinto a lo que había conocido del Refugio 99. Se trataba de una enorme sala gris, fría y silenciosa, repleta de ordenadores y multitud de carteles, pizarras y documentos con información alfanumérica compleja que no comprendía. Mientras caminaba con cautela, reparó en una carpeta abierta sobre una de las mesas. En su interior, un cartel con letras grandes y llamativas atrajo inmediatamente su atención. Sin dudarlo, se acercó un poco más y comenzó a leerlo.
NORMAS DEL REFUGIO 99
- Los residentes deben mantener un IMC superior al 25%. Quedan prohibidas las actividades físicas intensas que puedan comprometer este requisito. Cuando el infante alcanza el peso adecuado se le prepara para su incorporación al proyecto ZN-86253.
- Es de obligado cumplimiento que los especímenes consuman diariamente la solución de cartílagos del experimento junto droga ghulam, para garantizar el objetivo nutricional.
- Aquellos que no superen el test psicotécnico de Vault-Tec serán considerados para un rol futuro como personal auxiliar, incluyendo posibles asignaciones como payasos.
Hozwell no entendía nada de lo que estaba leyendo y decidió centrarse en ayudar a Pauline. Se adentró en una sala contigua, apenas iluminada por una luz tenue que caía sobre una mesa con un ordenador. En las sombras, distinguió estanterías repletas de ficheros y frascos que contenían sustancias desconocidas. En uno de ellos había una holocinta clasificada con una etiqueta que decía «ZN-86253». La cogió y la insertó en un dispositivo con una luz parpadeante que había junto al ordenador. Sin tocar ningún botón, una voz comenzó a reproducirse:
«3 de julio de 2230. Les habla el doctor Armald Flores. Creo que hemos logrado lo que tanto ansiábamos: un suministro infinito de alimento para el refugio. El “Candy Corp” es al fin una realidad. Así llamamos a las golosinas creadas a partir de los cartílagos del experimento ZN-86253, ya que creemos que llamarlo Candy “Corpse” podría asustar a las muestras.»
Hozwell palideció mientras escuchaba aquella voz. Entonces, casi sin darse cuenta, un sonido captó su atención. Era como un burbujeo constante, que crecía junto a un latido profundo y vibrante.
Mientras tanto, la holocinta seguía reproduciéndose.
«La masa está constantemente sometida a vibraciones e impulsos electromagnéticos que ayudan a mantenerla viva y a acelerar su mitosis. El proceso genera una reserva infinita de piel, cartílagos y carne extremadamente sabrosa. La energía que produce es tal que es capaz de abastecer a todo el refugio. Cada cierto tiempo hay que introducir nuevos cuerpos para que no envejezca el género del que nos abastece el experimento. Actualmente, tiene mucha hambre de niños, pero pronto será autosuficiente. Fin de la holocinta.»
De repente, una ensordecedora alarma comenzó a sonar, a la vez que se encendían las luces de la sala poco a poco hasta la última, quedando completamente iluminada. Hozwell observó como frente a él se encontraba el mayor horror que había visto en su vida: una enorme abominación cárnica, de unos cinco metros de altura, estaba sujeta por un entramado de cables. La masa informe se movía incesantemente, como si estuviera viva y sufriendo. Entre los pliegues de carne podían distinguirse brazos, piernas y pequeñas partes del cuerpo de niños. Hozwell estaba completamente en shock. Sabía que muchos de los niños que había conocido durante esos meses, incluida Pauline, habían sido engañados vilmente y ahora formaban parte de aquella monstruosidad.
—No tendrías que estar aquí, mocoso.
Hozwell se sobresaltó al escuchar la voz. Miró hacia la puerta y vio a Downsy y Cassidy con expresiones amenazantes. Tenían a Gertrud agarrada; Cassidy le apuntaba con una pistola, mientras que el payaso sostenía un gran machete que presionaba contra el cuello de la niña.
—¿Pensabas que ibas a bajar hasta aquí como sin nada, sin que nos diéramos cuenta?—dijo Downsy con una mueca exagerada, alzando las cejas y moviendo las manos de forma teatral, como si estuviera confundido. Su expresión, sin embargo, era aterradora, sus ojos abiertos de par en par brillaban con una mezcla de furia y locura.
Rápidamente, Hozwell corrió hacia la abominación, sujetando un gran tubo de metal incrustado en la carne palpitante.
—¡Soltad a Gertrud o arranco esta cosa de aquí! —gritó, sujetando el tubo con fuerza.
—¡Ni se te ocurra tocar nada, niño estúpido!—vociferó Downsy, lanzándose hacia Hozwell con el machete en alto. Cuando estaba a punto de alcanzarlo, la gran masa comenzó a agitarse. De repente, varios brazos grotescos emergieron de la abominación, agarrando a Downsy con fuerza. Entre gritos y dolor, fue completamente absorbido en pocos segundos.
—Maldito payaso inútil... solo eras un lastre —dijo Cassidy observando a Downsy siendo engullido y apuntando de nuevo al chico con el arma.
Justo cuando accionó el gatillo, Gertrud se abalanzó sobre ella, empujándola con todas sus fuerzas. El disparo impactó en la masa, que comenzó a supurar un líquido oscuro mientras emitía un sonido gutural y perturbador.
—¡Lo habéis arruinado todo! —gritó Cassidy, completamente desconcertada y temblando mientras corría hacia la abominación, que ahora sangraba profusamente. Miraba el desastre con una mezcla de desesperación y furia—. ¡¿Qué habéis hecho?!
En medio de su confusión, los hermanos aprovecharon para empujarla hacia la monstruosidad. Cayó al suelo, y la masa empezó a envolverle la pierna, arrastrándola poco a poco hacia su interior.
Gertrud corrió hacia ella, con la intención de arrancarle el PipBoy del brazo antes de que se desvaneciera.
—¡Ayudadme, insensatos! ¡Tirad más fuerte! ¡Gertrud! ¡Hozwell! ¡¿Es que no queréis a vuestra amiga Cassidy?!—suplicaba con desesperación, aferrándose a los cables.
Gertrud, ignorando sus palabras, tiró con todas sus fuerzas del PipBoy mientras la payasa seguía hundiéndose poco a poco en la abominación.
—¡No lo voy a conseguir, va a absorberlo! —gritó Gertrud tirando con todas sus fuerzas.
Seguidamente, Hozwell cogió el machete del suelo y se abalanzó sobre Cassidy cercenando el brazo con un corte limpio a la vez que era absorbida totalmente. Lo único que quedó de ella fue ese miembro en medio de un gran chorro de sangre, con el PipBoy aún atado a él.
—¡Hermano, ya tenemos el PipBoy que abre todo! ¡Debemos escapar!
—Espera Gert, antes hay una cosa que tenemos que hacer por nuestros amigos —Hozwell comenzó a cortar todos los cables que suministraban energía al engendro—. Esto es por Pauline —dijo con vehemencia mientras partía el gran tubo, del que no paraban de brotar, fluidos, vísceras y sangre.
Los dos hermanos se dirigieron a la plataforma elevadora, que comenzó a ascender hacia la planta superior. Al abrirse las puertas, se encontraron cara a cara con varios payasos que, con expresiones furiosas, corrieron directamente hacia ellos.
—Subid ahora mismo a esta plataforma y no os mováis de aquí —les ordenó Gertrud amenazante.
Hozwell se quedó boquiabierto al ver a su hermana sujetando la pistola de Cassidy y apuntando sin temblar a los payasos. Todo el miedo que siempre la había caracterizado parecía haber desaparecido de golpe. Se hicieron a un lado mientras los payasos obedecían a regañadientes y subían a la plataforma. Una vez que estuvieron sobre ella, Gertrud accionó el botón de bajada con la mano que tenía libre, observando cómo descendían rápidamente hacia los niveles inferiores.
Tras esto, los hermanos corrieron hacia la puerta principal. Al final del pasillo, vieron a Yasser, quien agitaba los brazos para llamar su atención.
—¡Al fin estáis aquí! ¿Estáis bien? ¡Estaba muy preocupado! —exclamó, corriendo hacia ellos.
—Yasser, este sitio no es lo que pensábamos. Nos han engañado a todos, nos están utilizando
—respondió Hozwell con la voz tensa, sin detenerse mientras seguía caminando hacia adelante con rapidez—. Tenemos que salir de aquí de inmediato y buscar ayuda.
Comenzaron a correr hacia la salida, y Yasser, a medida que avanzaban, iba descubriendo, atónito, entre las voces nerviosas y entrecortadas de sus amigos, lo que sucedía en aquel lugar. Lo que le había sucedido a Pauline. Cuando por fin llegaron, vieron que la plataforma de subida hacia la puerta principal estaba desconectada, probablemente debido a que se había activado la alarma de seguridad.
—¡Subid! —dijo Yasser mientras se inclinaba hacia adelante y señalaba sus hombros.
Los hermanos consiguieron subir uno tras otro sobre Yasser hasta alcanzar la parte superior. Una vez arriba, Gertrud comenzó a intentar abrir la puerta con el PipBoy de Cassidy.
—¡Rápido! ¡No hay tiempo!—dijo Hozwell tendiendo la mano a Yasser.
—No, Hozwell. Alguien tiene que ayudar a los demás niños. No puedo dejarles aquí. —la mirada de Yasser reflejaba cierta tristeza.
—Volveremos a por ti —le aseguró Hozwell con determinación—. Te lo prometo.
Sabía que no podría convencerlo de cambiar de opinión. Entendía perfectamente las razones detrás de su decisión. Con un nudo en la garganta, Hozwell se giró hacia Gertrud, que había logrado abrir la pesada compuerta.
—¡Toma, cógelo, lo necesitarás! —exclamó Gertrud mientras le lanzaba el PipBoy a Yasser desde arriba, y lo atrapó con destreza.
El chico miró a los hermanos con una sonrisa de complicidad y tras unos instantes se alejó corriendo hacia el interior. Hozwell y Gertrud se apresuraron en dirección opuesta a toda velocidad, dejando atrás aquel infierno disfrazado de hogar. Sentían el pecho agitado, la respiración entrecortada y el sudor resbalaba por su piel. La visión se tornó borrosa, y mientras corrían perdieron la noción del tiempo.
Sin apenas percatarse, se dieron cuenta de que ya estaban lejos de aquel lugar, y pararon en seco. El aire olía a azufre y a humedad rancia, pegándose a la piel como una capa invisible. El calor era aplastante, una masa sofocante que envolvía cada rincón del yermo. No había luces brillantes, ni música, ni juegos, nada. Y, sin embargo, para Hozwell y Gertrud, ese día era especial. Ya no eran los mismos niños que salieron de aquella Granja. Ese día eran libres.