El Refugio 79 fue construido por Vault-Tec como parte del programa de refugios subterráneos, en respuesta a la creciente amenaza de guerra nuclear durante la Guerra Fría. Concebido como un santuario seguro para una selección cuidadosamente elegida de ciudadanos, el Refugio 79 fue diseñado para proporcionar protección contra la radiación, los ataques nucleares y otros peligros del mundo exterior.
Situado en una ubicación estratégica, lejos de centros urbanos y áreas de alto riesgo, el Refugio 79 se encuentra bajo tierra, oculto a los ojos curiosos. Su ubicación remota garantizaba un mayor nivel de seguridad y aislamiento para sus habitantes.
Con una capacidad para albergar a un máximo de 1000 habitantes, el Refugio 79 ofrecía un entorno habitable y autosuficiente que permitía soportar largos periodos de confinamiento. Sus instalaciones se dividen en 3 niveles independientes que incluyen sus propias áreas residenciales, zonas de ocio, e instalaciones médicas. Sin embargo, el Refugio 79 tiene una particularidad y es que cada uno de los tres niveles debía de producir uno de los recursos básicos para la supervivencia del refugio.
El primer nivel, era el encargado de los purificadores de agua. Con una precisión única, transformaban el agua tóxica en un líquido cristalino y seguro. Su trabajo era esencial, pues sin agua no había vida. Su dedicación garantizaba la salud y el bienestar de todos los moradores.
El segundo nivel albergaba los vastos jardines hidropónicos. Era un espectáculo de verdor y vida, donde una gran variedad de vegetales y frutas florecían sin luz natural, bajo las grandes lámparas eléctricas. Estos moradores, con sus avanzadas técnicas de cultivo, eran los encargados de proveer de comida fresca y nutritiva al resto del refugio.
El tercer y último nivel era el corazón palpitante del refugio, estaba dedicado a la generación de energía. Aquí, los moradores trabajaban incansablemente para mantener en funcionamiento los generadores que alimentaban cada rincón del refugio. La luz, el calor y la energía eran posibles gracias a su esfuerzo.
Durante décadas, los tres niveles trabajaron en armonía bajo el control de distintos supervisores. Pero con el tiempo, el descontento comenzó a fermentar como una enfermedad. Las diferencias en la carga de trabajo, en los recursos asignados a cada nivel y el reconocimiento de la labor que cada uno desarrollaba en el refugio sembraron las semillas de la discordia. Los susurros de desigualdad se convirtieron en gritos de rebelión, y lo que una vez fue cooperación se transformó en conflicto.
Con el paso de los años, el enfrentamiento, al final, fue inevitable. Las tensiones estallaron en una revuelta que sacudió los cimientos del refugio. El Supervisor, una vez respetado por todos, fue asesinado y el orden establecido se desmoronó como un castillo de naipes. Cada grupo de moradores se replegó a su nivel, culpando a los demás del conflicto y cortando todo contacto directo con los demás. Aunque aislados, continuaron suministrando recursos a los demás niveles por pura subsistencia, las cantidades dejaron de ser las de antes y la escasez de recursos se hizo presente entre los niveles. La unidad de los moradores se había roto, y el Refugio 79 se encontraba al borde del abismo.
Pasado el tiempo, cada nivel evolucionó de manera distinta. Los purificadores de agua del primer nivel, se unieron en una comunidad de carácter asambleario, caracterizada por la inexistencia de clases sociales. Todos los moradores de este nivel eran iguales, y la individualidad se disolvía por el bien común, siendo compartida la propiedad de todos los bienes.
En el segundo nivel, el destinado a la alimentación, se organizaron en un sistema democrático para garantizar una gestión justa de sus recursos y responsabilidades. Se estableció un proceso electoral periódico, donde todos los moradores del nivel tenían derecho a votar y ser elegidos. De esta manera, eligieron a una presidenta que, con el apoyo de un consejo electo, se encargaría de dirigir el futuro del nivel.
En el tercer y último nivel del Refugio 79, los productores de energía adoptaron un sistema autoritario. Este régimen estaba liderado por un director autócrata que tomaba todas las decisiones importantes. La jerarquía era clara y las órdenes debían ser seguidas sin cuestionarlas. Se supervisaba el cumplimiento estricto de las normas y procedimientos eliminando cualquier atisbo de disidencia.
Durante décadas, las facciones del Refugio 79 mantuvieron una coexistencia tensa, marcada por una interdependencia ineludible. Los purificadores de agua, los productores de energía y los de alimentos, cada uno anclado en su propio nivel y sistema de gobierno, se vieron obligados a colaborar para asegurar la supervivencia de la comunidad. A pesar de la necesidad de esta relación simbiótica, el resentimiento y la desconfianza fermentaban en las sombras, alimentados por recuerdos de injusticias y desigualdades pasadas.
En su aislamiento, cada grupo desarrolló una narrativa propia en la que se autoproclamaban como los salvadores del refugio, mientras señalaban a los otros como los causantes de la división y los conflictos del pasado. Esta visión sesgada y la falta de comunicación directa solo servían para profundizar la brecha entre ellos, poniendo en riesgo la delicada armonía que mantenía al refugio en funcionamiento. La necesidad de una relación simbiótica se convirtió en la única verdad incuestionable, un recordatorio constante de que, a pesar de sus diferencias, debían encontrar una forma de trabajar juntos. La supervivencia del Refugio 79 dependía de la capacidad de cada facción para superar sus prejuicios, y reconocer que la verdadera salvación residía en la unidad y la cooperación.
El refugio comenzó a sentir el peso de los años y el desgaste de su infraestructura envejecida. La capacidad de producción de cada nivel empezó a disminuir gradualmente, erosionando la eficiencia que una vez fue el orgullo de la comunidad subterránea. Los productores de energía luchaban por mantener los generadores funcionando a pleno rendimiento, los purificadores de agua enfrentaban dificultades para filtrar los volúmenes requeridos con la misma efectividad, y los agricultores observaban cómo sus cosechas menguaban ante la falta de nutrientes y la tecnología obsoleta.
Las tensiones entre los niveles se intensificaron mucho más a medida que la escasez se hacía más palpable. Cada facción comenzó a culpar a las demás, señalándolas por la situación crítica que amenazaba su existencia. La producción apenas alcanzaba para cubrir las necesidades básicas de los moradores, llevando al refugio al borde del colapso. Ante la gravedad de la situación, las tres facciones se vieron forzadas a reunirse en un intento desesperado por encontrar una solución que les asegurase la supervivencia.