No hay leyes en el Yermo, solo reglas impuestas por la brutalidad. Aquellos que son demasiado débiles o ingenuos no sobreviven mucho tiempo. No hay justicia, solo venganza. No hay autoridad, solo tiranos con la fuerza suficiente para imponer su voluntad. Y en este mundo hostil, cada sombra oculta una amenaza.
Los Depredadores
El mundo ya no es dominado por el hombre. En su lugar, las bestias mutadas han reclamado el trono. Criaturas grotescas y salvajes recorren los caminos, algunas alimentadas por el hambre, otras por un instinto de caza que desafía la lógica.
Los Sanguinarios son el terror absoluto del Yermo. Gigantescas criaturas bípedas con garras capaces de atravesar metal y una velocidad sobrehumana. Son asesinos perfectos, la encarnación de la pesadilla de cualquier viajero. Si ves uno, ya es demasiado tarde.
Los Yao Guai, osos mutados, acechan en las montañas y en las ruinas, atacando sin previo aviso con una furia ciega. Su piel es gruesa como la armadura de un soldado, y su mordida puede partir un cráneo de un solo golpe.
Los lobos del Yermo son aún más mortales que sus ancestros prebélicos. Se mueven en manadas organizadas, cazando con precisión y estrategia. No atacan al azar, sino que rodean a sus presas, desgastándolas antes de dar el golpe final.
Pero no todos los peligros del Yermo son criaturas monstruosas. A veces, los más pequeños son los peores. Las rata-topos mutantes, con sus dientes afilados y su agresividad enfermiza, pueden ser una plaga devastadora. Las mutarachas, enormes cucarachas radiactivas, pueden infestar asentamientos enteros y transmitir enfermedades mortales.
Incluso las aguas están malditas. Las ciénagas y lagos que alguna vez fueron fuentes de vida ahora albergan Mirelurks, monstruos acorazados que emergen de las profundidades para devorar a cualquier desprevenido.
Los Humanos del Yermo
Si las bestias del Yermo son letales, los humanos lo son aún más. En un mundo donde los recursos son escasos y la moralidad es un lujo, la mayoría de los que sobreviven lo hacen sin escrúpulos.
Los saqueadores son la amenaza más común. No tienen lealtad, no siguen reglas, solo buscan lo que pueden robar, matar o destruir. Para ellos, la vida de otro es solo una moneda de cambio.
Los esclavistas recorren las carreteras en busca de presas humanas. Capturan a los débiles, los encadenan y los venden a los más despiadados del Yermo. Para ellos, cada viajero es una oportunidad de negocio.
Pero los peores son los cultos de la radiación. Fanáticos que ven en la destrucción el renacimiento de una nueva era. Algunos creen que la mutación es un don, otros que la muerte por radiación es la salvación. No buscan riquezas ni poder, solo arrastrar a otros a su locura.
Sin embargo, no todo en el Yermo es desesperanza. Hay asentamientos donde la gente ha intentado reconstruir algo parecido a una sociedad. Comunidades fortificadas donde el comercio y la convivencia son posibles. Aunque frágiles, estos lugares representan la última chispa de civilización en un mundo sumido en el caos.
Los Condenados por la Radiación
No todos los que han sobrevivido al Yermo son completamente humanos. Existen aquellos cuyos cuerpos han sido alterados por la radiación de manera irreversible, transformándolos en necrófagos. Son hombres y mujeres que han sido consumidos por la contaminación radiactiva hasta el punto de perder su humanidad, aunque algunos aún conservan la razón.
Los necrófagos civilizados han logrado aferrarse a su identidad a pesar de su grotesca apariencia. Sus pieles están marchitas y cuarteadas, sus músculos desgarrados por la radiación, y sus ojos hundidos como si fueran cadáveres que aún caminan. A pesar de su aspecto, son tan inteligentes como cualquier humano y muchos han aprendido a sobrevivir en el Yermo de maneras que los hombres comunes jamás podrían imaginar. Algunos se agrupan en comunidades ocultas, donde buscan refugio de la discriminación y el desprecio de los humanos no afectados. Otros intentan integrarse a los asentamientos, aunque la mayoría son rechazados y tratados como parias.
Pero no todos los necrófagos han conservado la razón. La radiación prolongada y el paso de los siglos han provocado que muchos pierdan lo que los hacía humanos, degenerando en criaturas rabiosas conocidas como necrófagos salvajes. Son cáscaras vacías de lo que alguna vez fueron, guiados solo por un hambre instintiva. Acechan en los rincones más oscuros de las ruinas, esperando a que los desprevenidos crucen su territorio. Son rápidos, letales y atacan en hordas, abalanzándose sobre sus víctimas con una furia incontrolable.
Supermutantes
Si los necrófagos son el resultado de la radiación natural, los supermutantes son la prueba de los experimentos humanos que nunca debieron realizarse. Estas criaturas colosales no nacieron de la evolución ni de la naturaleza del Yermo, fueron creadas en laboratorios antes de la guerra, víctimas del Virus de Evolución Forzada (VEF), un experimento diseñado para mejorar a la humanidad... que terminó destruyéndola.
Los supermutantes son enormes, fuertes y prácticamente inmunes a la radiación. Su piel, teñida de tonos verdosos o amarillentos, es gruesa como una armadura, y sus músculos les permiten aplastar a un hombre con una sola mano. No sienten el paso del tiempo como los humanos, ya que su mutación les otorga una vida extremadamente larga, aunque a cambio, muchos han perdido la capacidad de razonar como antes.
La gran mayoría son bestias salvajes, gobernadas por el instinto de guerra y destrucción. Para ellos, los humanos son criaturas débiles que merecen ser exterminadas o esclavizadas. Son brutales y organizados, formando grupos nómadas que arrasan con todo a su paso. En su mayoría, los supermutantes son una amenaza errante, un recordatorio de los pecados de la ciencia y la arrogancia del hombre antes de la Gran Guerra.