A orillas de un mar irradiado, se alza Porto Rosso, el asentamiento más importante y peligroso de esta zona del Yermo. Con su nombre tomado directamente del hombre que la gobierna, Porto Rosso no es un lugar para los débiles ni para aquellos que anhelan justicia o libertad. Aquí, el poder lleva el nombre del infame jefe mafioso Rosso.
Rosso es mucho más que un líder local. Es una leyenda viviente, un hombre cuya mera mención puede silenciar habitaciones enteras y desatar miradas temerosas. Su reinado es absoluto, y su palabra, ley. Bajo la sombra de su puño de hierro, Porto Rosso prospera y todos los comerciantes, sin excepción, le rinden tributo, entregándole la mitad de cada chapa obtenida. Es el precio por comerciar bajo su protección, y aquellos que deciden desafiar esta regla rápidamente encuentran sus tiendas vacías, sus cuerpos golpeados o su existencia borrada del mapa por completo.
Rosso no gobierna solo. Su ejército personal está formado por una horda temible y bien organizada de matones y saqueadores, hombres y mujeres curtidos por la violencia del Yermo, leales solo a quien paga más y pega más fuerte. Sus patrullas recorren constantemente las calles y los caminos cercanos, imponiendo orden a través del miedo y asegurando que nadie olvide quién manda. Este ejército personal no solo defiende a Rosso de amenazas externas, sino que también garantiza que cualquier signo de revuelta interna sea aplastado rápidamente y con extrema dureza. Son conocidos por su brutalidad y eficacia, y pocos han vivido para contar cómo es desafiar a Rosso y sus esbirros.
A pesar del régimen opresivo, Porto Rosso florece con una extraña vitalidad. Las calles están llenas de vida, comercio y oportunidades, aunque todas ellas bajo la estricta vigilancia y regulación del mafioso. En las tiendas se pueden encontrar productos difíciles de obtener en cualquier otro lugar del Yermo: armas, medicamentos, alimentos frescos del mar irradiado y hasta tecnología recuperada de viejos refugios abandonados. El mercado central es un hervidero de actividad donde comerciantes locales e itinerantes regatean bajo la atenta mirada de los matones. Los bares y tabernas, aunque siempre bajo la amenaza de altercados violentos, ofrecen refugio temporal y entretenimiento a quienes buscan olvidar las dificultades del día a día con una botella de whisky casero o una partida de cartas amañada.
Porto Rosso obtiene gran parte de su riqueza del mar. Su puerto, construido con chatarra, restos de embarcaciones antiguas y madera rescatada, es la puerta de entrada para comerciantes y piratas por igual. Las barcazas pesqueras traen diariamente cargamentos de extrañas criaturas marinas mutadas, pero también valiosas por su carne. El mar irradiado no está exento de peligros. Las tormentas radiactivas son frecuentes, haciendo del trabajo marítimo uno de los más peligrosos del asentamiento. Aun así, la recompensa por enfrentarse a estos peligros atrae a los más desesperados, lo que mantiene viva la economía local.
Porto Rosso es un lugar lleno de peligros, pero también de oportunidades, donde cada decisión cuenta.