El tiempo en el Yermo no transcurría con suavidad. Seis meses podían sentirse como seis años cuando cada día era una lucha por la supervivencia. El asentamiento de Nueva Tennessee, forjado en el caos de la fuga del Refugio 79, había cambiado mucho desde aquella primera noche en que se atrincheraron dentro del viejo museo. Habían aprendido, crecido y evolucionado, pero con cada paso hacia adelante, surgían nuevos desafíos y nuevas sombras se cernían sobre ellos.
Max había sido una de las figuras más influyentes del asentamiento desde su fundación. Firme, pragmático y con una visión propia de cómo debía funcionar Nueva Tennessee. Sin embargo, las crecientes tensiones con el consejo lo llevaron a tomar una decisión drástica: abandonó su puesto en la seguridad y decidió crear algo propio. Con los suministros que pudo conseguir y una parte del asentamiento que nadie había reclamado, montó una cantina. Al principio, algunos lo vieron como una retirada, otros como una traición silenciosa, pero poco a poco la cantina de Max se convirtió en el punto de encuentro del asentamiento. Un lugar donde los habitantes podían relajarse, beber y olvidarse por un momento de la dureza del mundo exterior. Max no estaba fuera del asentamiento, pero tampoco estaba completamente dentro. No servía al consejo, no respondía a nadie y, sobre todo, no confiaba en los que gobernaban.
Con la salida de Max, Alex asumió el liderazgo de la seguridad. Era un hombre capaz, disciplinado y leal a la comunidad. Bajo su mando, la seguridad del asentamiento se reforzó, pero también se volvió más estricta. Las patrullas se hicieron más frecuentes, las normas más claras, y aunque Nueva Tennessee nunca había sido un lugar libre de conflictos internos, la tensión aumentaba con cada día.
Así mismo, Luna, Beth, Alex y Danny fueron reconocidos como los únicos trabajadores oficiales del asentamiento, recibiendo un pago por sus servicios. El resto trabajaba para sí mismo, ganándose la vida como podía. Sin embargo, para evitar el caos absoluto, se instauró un sistema de impuestos a los comerciantes, que serían recaudados por Beth. Como era de esperarse, no todos estaban contentos con la idea de pagar impuestos en un mundo donde la ley del más fuerte solía prevalecer.
Para consolidar la estabilidad del asentamiento, el consejo tomó una decisión importante: crear un banco. Danny, ya encargado del almacén general, fue puesto al mando. La idea era simple: un sistema de intercambio más organizado, donde los habitantes pudieran guardar sus recursos y pedir préstamos. Pero en el Yermo, donde la vida podía valer menos que un cartucho de escopeta, no todos confiaban en la idea de “guardar” su riqueza bajo la supervisión de otros.
A pesar de las tensiones, Luna logró reparar la radio y empezar a emitir. Por primera vez en meses, Nueva Tennessee podía comunicarse con el mundo exterior. Recibieron transmisiones de otros asentamientos, advertencias sobre bandas de saqueadores y hasta rumores sobre los movimientos de Porto Rosso, la ciudad gobernada por el temido Rosso. El nombre de Rosso se repetía cada vez más en las conversaciones del asentamiento. Controlaba Porto Rosso con puño de hierro, exigiendo la mitad de los beneficios de todos los comerciantes que cruzaban su territorio. Nadie hacía tratos con él sin pagar un precio. Y para sorpresa de muchos, parecía tener un pasado con Cinco Ases.
Atenea seguía desaparecida. Habían pasado seis meses y nadie sabía con certeza qué le había ocurrido. Pero los rumores comenzaron a extenderse: alguien le había ayudado a salir y había cerrado por dentro después. Cinco Ases defendía con fiereza la inocencia de su hija, insistiendo en que no tenía motivo para traicionar a su gente. Pero para algunos, las dudas persistían. Se rumoreaba que la habían visto en Porto Rosso en perfectas condiciones. Si estaba viva, ¿Qué hacía allí? ¿Y por qué no volvía? Con los rumores sobre Atenea apuntando en esa dirección, el consejo planeó una expedición a Porto Rosso. Querían respuestas.
Justo cuando la expedición comenzaba a organizarse, las alarmas saltaron en el asentamiento. ¿Un nuevo ataqué?
Un grupo bajó rápidamente a investigar y fueron recibidos por disparos. La confusión se apoderó del lugar hasta que lograron neutralizar la amenaza y encontraron a un hombre malherido en el suelo. Vestía un viejo mono del Refugio 79. Tenía un disparo en la barriga y antes de caer inconsciente, reveló que se llamaba Scott y les dió una noticia aterradora: había estallado una guerra civil en el Refugio 79. Los seguidores de Ken estaban en guerra con los leales al antiguo régimen. Los detalles eran escasos, pero lo suficiente para entender que el refugio ya no era seguro.
Scott fue llevado a un lugar seguro para ser tratado, pero al caer la noche, alguien no quería que hablara. En algún momento de la madrugada, fue apuñalado en su lecho. El asentamiento entró en alerta máxima. ¿Quién lo había hecho? Para evitar que el miedo y la paranoia consumieran a todos, Elisabeth se ofreció a tomar declaración a cada persona en privado. Durante horas, recogió cada testimonio y luego expuso toda la información de forma imparcial en una asamblea. La conclusión a la que llegaron fue inquietante: alguien desde el exterior estaba manipulando los hilos. No había pruebas concretas, pero la sensación de que estaban siendo observados y utilizados se hizo imposible de ignorar.
Entonces, para sorpresa de todos, descubrieron que alguien había saboteado el sistema de purificación de agua. El filtro principal fue destruido y, en medio de la confusión, Scott había desaparecido. Encontraron 3 estimulantes usados y las cintas con las que estaba atado al lado de la camilla. Además, faltaban del almacén general dos fusiles de asalto y toda la munición del asentamiento.
Los moradores ya no podían soportarlo más. El consejo tomó una decisión. Un grupo aprovecharía la noche para seguir a quien fuera hasta el Refugio 79. No podían quedarse de brazos cruzados mientras las sombras del pasado volvían a acecharlos. El viaje sería peligroso. No sabían qué encontrarían en el refugio. Pero una cosa era segura: el asentamiento de Nueva Tennessee estaba en juego y esta vez, no sólo por su supervivencia, sino también su libertad.