Medir para existir:
la divulgación científica necesita indicadores
la divulgación científica necesita indicadores
Cartel de la primera sesión del Seminario de Elementos para la Ciencia Recreativa 2026
Por Daniel de la Torre
Jueves 5 de marzo de 2026
En la divulgación científica abundan las buenas intenciones: talleres llenos, ferias escolares con experimentos y niños fascinados con la química o la física. Pero en el trabajo de mejorar la práctica y buscar modelos de mayor impacto necesitamos saber qué es lo que pasa en las mesas y en los salones, esto se hace a través de indicadores. Además cuando queremos solicitar financiamiento o justificar recursos públicos, aparece una pregunta inevitable: ¿cómo demostrar que estas actividades realmente generan un impacto?
Ese fue el eje de la conferencia impartida por la Dra. Vanessa Martínez Sosa, coordinadora de Desarrollo Científico en el Consejo Estatal de Ciencia y Tecnología de Coahuila, durante la primera sesión del Seminario de Elementos para la Ciencia Recreativa 2026 de Recreación en Cadena. Su planteamiento fue directo: si la divulgación quiere consolidarse como un campo profesional y sostenible, debe aprender a medir sus resultados.
Durante su charla, Martínez Sosa relató que su aprendizaje en evaluación de proyectos comenzó de manera inesperada. Recién egresada del doctorado, tuvo que asumir la responsabilidad técnica de un proyecto financiado por el entonces Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT), con un presupuesto de varios millones de pesos. Ante la presión de administrar recursos públicos, optó por documentar todo: número de participantes, comunidades visitadas y escuelas atendidas.
Ese ejercicio, explicó, permitió construir informes claros sobre el alcance del proyecto y demostrar con datos concretos el trabajo realizado.
La experiencia también le permitió observar una debilidad frecuente en los proyectos de divulgación en México. Al participar en procesos de evaluación internacional, particularmente en iniciativas vinculadas con la Red de Popularización de la Ciencia y la Tecnología de América Latina y el Caribe (RedPOP), notó que muchos proyectos nacionales se limitan a reportar asistentes, mientras que en otros países se intenta medir con mayor detalle los cambios que generan las actividades.
En ese contexto, los indicadores se convierten en una herramienta clave para dialogar con autoridades y tomadores de decisiones. “Los proyectos necesitan evidencia”, subrayó durante la conferencia. En el ámbito de la gestión pública, los datos suelen tener más peso que las intenciones.
Un punto clave que Vanessa puso sobre la mesa es que los indicadores no son una "talla única", sino que deben adaptarse estratégicamente al tablero donde estemos jugando. Por un lado, están los indicadores de uso externo, esos que funcionan como nuestra mejor carta de presentación ante juntas directivas o instituciones financiadoras; son datos que "venden" el valor y el impacto social de lo que hacemos para asegurar que el recurso siga fluyendo. Pero, por otro lado, están los indicadores de uso interno, que son como un termómetro de calidad privado. Estos últimos nos sirven para hacer un diagnóstico honesto de nuestros procesos, detectar qué partes del taller no están funcionando y orientar la capacitación de nuestro equipo, asegurando que no solo hagamos mucho, sino que cada vez lo hagamos mejor.
Un ejemplo de ello fue la apertura de una modalidad específica para divulgación científica dentro del Fondo para la Innovación Científica y Tecnológica en Coahuila (FONCIC). De acuerdo con Martínez Sosa, la creación de este mecanismo fue posible, en parte, gracias a la evidencia acumulada sobre la cantidad de actividades y proyectos de divulgación que ya se realizaban en el estado.
La evaluación de estos proyectos, explicó, suele organizarse en tres niveles. El primero corresponde al alcance, es decir, los resultados inmediatos y cuantificables: número de talleres, participantes o comunidades atendidas. El segundo nivel se refiere al efecto, que busca identificar cambios en conocimientos, actitudes o percepciones del público. Finalmente, el tercer nivel es el impacto, que intenta evaluar transformaciones más amplias y de largo plazo en la relación entre la sociedad y la ciencia.
Aunque medir este último nivel resulta más complejo, la especialista señaló que es un paso necesario si la divulgación científica aspira a influir en la cultura científica de la sociedad.
La conclusión de la conferencia fue clara: en un contexto de recursos limitados y creciente competencia por financiamiento, los proyectos de divulgación necesitan algo más que entusiasmo y creatividad. También requieren herramientas para demostrar, con evidencia, que sus actividades generan cambios reales.
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