re· i n v e n t a r ·se
¿Cuántas veces decimos: “Después, ahorita no tengo tiempo”? Y de todas ellas, ¿cuántas veces logramos tener el tiempo? ¿A qué, y a quién, le dedicamos el tiempo que aparentemente no tenemos? Y ¿a quién, y a qué, le dedicamos el tiempo que nos hacemos? En 2020 el tiempo se transformó de distintas maneras y nuestras vidas también cambiaron. Las grandes puertas de madera de este Museo cerraron el acceso desde la calle de Hidalgo, pero lejos de suspendernos en el tiempo, aprovechamos algunos recursos virtuales para pensar, acortar las distancias, conversar, imaginar y crear. Esta exposición no es un ejercicio de romantización de la pandemia. Tampoco es poner en tela de juicio el desarrollo (o la ausencia) de nuevas habilidades y conocimientos, pues reconocemos que cada habitante de este planeta respira a su propio ritmo. Se trata simplemente de compartir la experiencia que tejimos con numerosas familias de México durante el periodo de marzo de 2020 a abril de 2021.
Recién iniciada la pandemia, la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca tuvo la iniciativa de generar un proyecto en torno a la creación del arte popular. Preocupaba ver las calles vacías y la consiguiente desaparición de las ventas, así como el peligro latente del contagio. La propuesta de la FAHHO contempló la comisión de piezas especiales para asegurar, por un lado, ingresos a las familias creadoras de arte popular y, por otro, condiciones para continuar trabajando desde casa, poniendo la atención de mano-mente-corazón en un tema distinto al de la emergencia sanitaria, aunque fuera por un momento. El Museo Textil de Oaxaca, Andares del Arte Popular y la coordinación de Arte Popular de la FAHHO nos dimos a la tarea de viajar virtualmente por varias zonas del país para realizar esta tarea.
En el rubro textil, la creación de los productos ocurrió desde distintos ángulos. En algunos casos, Alejandro de Ávila y Noé Pinzón, compañeros nuestros del Museo, tomaron la iniciativa de crear una serie de prototipos de diseños para el hogar: cojines, caminos de mesa y cortinas. El punto de partida era el aprovechamiento del hilo de algodón coyuchi hilado a mano elaborado por mujeres en la costa mixteca de Oaxaca y en Guerrero, así como del algodón teñido con añil, para aprovechar el índigo producido en Niltepec, en la región del Istmo. A este proceso se sumaron Mauricio Cuevas, tejedor en telar de cintura que actualmente reside en Milpa Alta, Ciudad de México, y Adriana Sabino, colega nuestra y tejedora de la tradición de San Bartolo Yautepec, Oaxaca. Los prototipos y el hilo necesario para su producción, viajaron posteriormente a San Juan Cotzocón, Pinotepa de Don Luis, San Juan Colorado y, próximamente, a Xochistlahuaca, Guerrero.
En otros casos, los proyectos se acompañaron de la asesoría y retroalimentación de Rocío Vidal, con quien hemos colaborado en numerosas ocasiones en la impartición de talleres dirigidos a artistas del telar y la aguja. WhatsApp se convirtió en nuestra herramienta fundamental de comunicación. A través de este servicio iban y venían los dibujos con bocetos de las propuestas, así como las fotos de los procesos y narraciones de las dificultades halladas en el camino. Quienes habían participado en los talleres de experimentación en el Museo, de pronto continuaron con esos procesos a distancia, mediante textos, mensajes de voz y videollamadas, tanto en formato uno a uno, como grupales.
Hubo otros casos en los que el proceso creativo fue más libre, guiado tan solo por preguntas que sirvieron de detonantes, con lo que sucedían conversaciones digitales llenas de interrogantes, cuestionamientos y reflexiones personales. Fue así como tuve la inigualable oportunidad de asomarme a través de una ventana virtual al día a día del proceso creativo y productivo de las tejedoras, los tintoreros, las bordadoras y las hilanderas de distintos lugares del país. Me tocó leer los pensamientos de Ester Porras en torno a la luz de luna, brillante a pesar de la oscuridad; también los de Susana Santiago acerca de la libertad de las mariposas para volar y viajar, o los de Miguel Ángel Bautista al reflexionar sobre las demandas y el cuidado (o ausencia del mismo) que hacemos sobre nuestros cuerpos. En todos los casos, las ideas disparadoras se hilaban fino tras un proceso de introspección sobre la repercusión de la pandemia en la vida personal y familiar.
Finalmente, pero por ningún motivo menos importante, tuvimos otros casos donde el punto de partida surgió directamente del corazón del Museo: las colecciones. Entre otras cosas, en los acervos encontramos textiles antiguos, estilos que han caído en desuso y ejemplares que, si bien han sobrevivido al paso del tiempo, han llegado a nuestros días con extrema fragilidad. Algunas bordadoras pudieron ver estas piezas solamente en fotografía, pues no podían viajar a Oaxaca; otras personas sí pudieron venir a revisarlas físicamente. El común denominador en esos encuentros, tanto virtuales como presenciales, fue la admiración por las personas que hicieron esos textiles. Aunque la intención inicial era acercarse lo más posible a las piezas antiguas, no hablamos de copias o de reproducciones. Podríamos apreciarlo mejor como una continuidad espiritual en el hacer textil, como lo comentó Crispina Navarro frente a la faja que la maravilló.
Un museo es un trabajo de equipo, tanto en su interior como más allá de los muros que lo contienen, donde cada persona aporta con sus puntadas dentro de este gran lienzo. Abrir las colecciones y brindar la posibilidad de generar y producir, permite que el pasado se entreteja con el presente e incrementen las posibilidades de preservación no solamente material, sino de los conocimientos. Los depósitos de un museo, esas zonas de acceso restringido donde habitan las colecciones, no son únicamente espacios de protección para las piezas. Los mensajes, los detalles, las firmas sutiles de cada creadora, creador… en fin, todos esos murmullos que flotan en el espacio, necesitan de personas que hablen el mismo idioma, sea éste el ayuuk, el del telar o el del tacto. El alto al que nos llevó la pandemia nos ha permitido, a toda la comunidad que conformamos el MTO, explorar, acompañarnos, imaginar y reinventarnos.
Hector Meneses
Director
Museo Textil de Oaxaca