— Tengo que encontrarlo. —Pensó ella. —Si no puedo lograrlo, será la muerte de todos nosotros.
—¿A dónde irás? —preguntó el barquero. —¿Quieres que te lleve al otro lado?
—Sí. He guardado una moneda para ti, barquero.
—Sólo los muertos viajan al extremo lejano del río Estigia. Es bastante inusual ver a una pequeña niña con tanto por vivir, intentando llegar al otro lado, a sabiendas de que probablemente está firmando su sentencia de muerte.
Una lágrima rodó por la mejilla de Alhara.
—Iré. Si no la encuentro, el mundo entero vendrá a cruzar el río, barquero. Nunca volverás a descansar.
—¿Por qué es ella tan importante?— Preguntó el barquero.
—Porque ella ha robado la música del mundo.
—¡Ah! Entiendo. Sin la música, la creación se derrumbará.
Después de decir esto, el barquero le ofreció a Alhara su huesuda mano y la ayudó a subirse al bote.
Empezó a remar. Suave y lentamente se sentía, pero el sonido de los remos al tocar el agua era una cacofonía discordante que sólo podría traer perdición a todos lo que lo escucharan.
—Ha empezado ya. —sentenció el barquero.
Alhara llevaba en sus manos el brillo de los ojos de su madre y la voz de su padre. El amor de ellos había sido así de grandioso. Le entregaron a Alhara esos regalos con el último aliento.
Unos muy silenciosos minutos después, llegaron a la otra orilla. Alhara se apeó del bote, le dio al barquero su moneda de oro y le hizo una pequeña reverencia. Era incómodo mirarle, ya que no tenía rostro, pero en ese momento recibió más cariño de su parte que el que el mundo entero podía brindarle en esta difícil situación. El mundo se había tornado oscuro, desprovisto de significado y hermosura.
Alhara caminó y caminó a través de las desoladas llanuras de este inframundo, encontrando a su paso los cuerpos de otros niños que habían intentado lo mismo que ella ahora intentaba. Yacían allí, inmóviles, inexpresivos. Nada podía salvarlos ya. No estaban muertos, pero tal vez sería mejor si lo estuvieran. Movían sus labios, intentando pedir ayuda, pero sus voces estaban vacías. No podían orar, llorar o mover sus corazones para que los llevaran un paso más allá.
Alhara con sus escasos 7 años, se estremeció ante esta visión. Sentía ya el mortal silencio deslizándose de manera rastrera hacia el interior de su corazón. Si ella no podía lograrlo, nadie lo haría.
Una debilidad empezó a dominar su cuerpo. Su andar se había vuelto pesado. Sin importar cuánto intentara dar un paso firme para empujarse hacia adelante, la fuerza de sus piernas había sido silenciada y todos sus pasos eran ahora débiles y dubitativos.
—¡Aplaude!— se obligó a gritar y el grito renovó algo de su fuerza. Aplaudió, sus pies sintieron el ritmo y se movieron cuatro pasos más, pero el esfuerzo había sido tremendo.
De repente, vio flotar hacia ella una esfera oscura. Era difícil distinguir qué era, pero a medida que se acercaba, el aullido del viento y el llanto de las aguas del río Estigia cesaron. No quedaba ningún sonido en el mundo más que el de su movimiento en el espacio.
Un escrito apareció frente a ella, silencioso y amenazador.
—¿Por qué sigues luchando? —decían las letras púrpuras frente a sus ojos.
Alhara trató de reunir fuerzas para hablar, pero sólo emergió un susurro. Estaba de rodillas.
—Soy…soy...soy la ...única...que...queda.
—Así que ya no hay esperanza. —dijeron nuevamente las letras.
Alhara notó que las palabras estaban realmente siendo formadas por un contorno de oscuridad que cubría la luz que aparecía en el suelo. Las letras provenían de la oscuridad. Ella sacó el brillo de los ojos de su madre y con él golpeó las letras.