El seminario es una institución eclesiástica que se dedica a educar y formar a los futuros sacerdotes.
Es la casa en la que conviven los seminaristas y en la que pasan sus momentos de oración, de estudio y de ocio.
Una etapa en la que los muchachos que están por terminar la secundaria, ingresan a cualquier preparatoria.
No se internarán aún en el seminario, sino que vivirán con su familia.
Reciben formación y acompañamiento vocacional en la Parroquia Sagrada Familia, Reynosa.
“Mi experiencia en la etapa integradora”
Mi experiencia como SemFam ha sido algo maravilloso. Que ha implicado, ya no solo ser un hijo, hermano, un monaguillo o servidor, sino que va más allá y me siento con la responsabilidad por medio de mi vida el dar a Cristo a los demás.
Ser SemFam es cumplir tanto con las responsabilidades escolares, parroquiales, apostolados, las del hogar y una más importante que la demás, el seminario. No es algo complicado en el aspecto de lo que se hace, pero es un poco difícil el siempre estar pensando que cada cosa que diga o haga debe ser para gloria de Dios y demostrar en mi el amor de Cristo.
Abraham Sahib Ángeles Cruz
Este momento corresponde a la iniciación del proceso formativo en el seminario mayor. Su objetivo principal es asentar bases sólidas para la vida espiritual y favorecer el autoconocimiento del candidato, en orden a su desarrollo humano y cristiano.
En esta etapa se ofrece al candidato el acompañamiento personal y comunitario, para que pueda profundizar su autoconocimiento y motivaciones frente al proceso formativo que inicia.
Esta etapa tiene una duración de un año.
“Mi experiencia en la etapa propedéutica”
Recuerdo que cuando estaba en el seminario menor, escuchaba a los seminaristas de filosofía decir que la etapa del curso introductorio era la luna de miel en el seminario, lo cual provocó en mí el poder disponerme para vivirla de la mejor manera. Estando ya en esta etapa, constaté lo que mis hermanos mayores decían, “una etapa de enamoramiento”. Un año en el que fui madurando mi fe, en el que me hacía cada vez más consciente de la presencia de Dios en mi vida, en el que aprendí a contemplar a nuestro Señor Jesús Sacramentado en la custodia en silencio, ya que en la contemplación en silencio Dios se manifiesta y te da la gracia de hacerte consciente de que estás a sus pies y que Él está para escuchar a su siervo.
En conjunto, mi vivencia en esta etapa tan especial fue grata, es una experiencia que se queda contigo, en la que convives con las personas que juntamente contigo decidieron responderle al señor en este camino del sacerdocio, y conforme va pasando el tiempo, ya no los miras como unos compañeros (como puede llegar a suceder en la escuela o el trabajo), sino que los miras como tus hermanos, como esas personas en las que tú tienes la certeza de que puedes confiar en ellas. Con este estilo de vida, aprendes a conocer la hermandad, porque en realidad somos ciegos que van de camino, y solo en la unidad, si percibes que un hermano se está cayendo, sabes que tienes lo necesario para ayudarlo a levantarse y seguir caminando juntos, hacia nuestro deseo ardiente que es el sacerdocio.
Una etapa única, en la que te anticipas con las mejores provisiones para vivir el resto de la formación.
Víctor Alfredo Torres Salazar
Esta etapa Se llama discipular porque pretende que el seminarista llegue a tomar la decisión definitiva y vinculante de ser discípulo misionero del Señor, en el espíritu y la vivencia de las bienaventuranzas (Mt 5, 3-10) y los consejos evangélicos: pobreza (Mt, 19-21)., castidad (1 Cor 6, 19-20) y obediencia (Jn 4, 34), en camino de seguimiento hacia el sacerdocio ministerial.
La etapa discipular se encamina a adquirir el grado de libertad y madurez interior, que disponga al seminarista a iniciar con serenidad y gozo, el camino que lo conducirá hacia una mayor configuración con Cristo, en la vocación al Ministerio ordenado.
Esta etapa tiene una duración de tres años.
“Mi experiencia en la etapa discipular”
Siendo seminarista he aprendido muchas cosas y he podido estar cercas de Cristo que me ama y me llama; hace ya un par de años, por gracia y misericordia de Dios, inicié la etapa del discipulado y desde que comencé esta aventura he vivido cada día con entrega, entusiasmo y dedicación, pero sobre todo amando. Pienso que el Señor, sobre todas las cosas, me ha llamado a amar, mi vocación es el amor, y el apostolado que quiero ejercer es el propio de un ministro ordenado, esa es la vocación especifica a la que me siento llamado, y desde que entraba a la formación, yo ya me disponía a amar a Dios a través de los hermanos, a donarme en mi comunidad formativa y donde me tocase ejercer mi apostolado, y cuando ingrese a la etapa de la filosofía confirme esta invitación que Jesús me hace y que yo, cada día, le respondo con un sí.
Este llamado a estar a los pies del Maestro es muy especial, porque me ha mirado con amor y me ha llamado porque él quiso, como dice la escritura, no por mis méritos o talentos. Yo me he dispuesto a escucharlo, he encontrado donde vive mi Maestro y ahora no me quiero separar de él, ahora aprendo de él y me esfuerzo por ser buen hijo y un buen hermano, o sea, buen cristiano, es decir, otro Cristo en la tierra. Y aunque no ha sido del todo fácil, porque ciertamente los estudios de la filosofía demandan responsabilidad y empeño, confío, como desde el primer día, que con su gracia podré alcanzar la meta; él nunca me ha abandonado y se que camina a mi lado, yo continuaré respondiéndole cada día, y luchare por conservar este don tan grande e inmerecido que es la vocación.
Manuel Antonio Martínez Elías
La formación del seminarista se concentra en la configuración con Cristo, para que unido a Él, pueda hacer de la propia vida un don para los demás. Dicho proceso exige profundizar en la contemplación de la persona de Jesucristo, hijo predilecto del padre, enviado como Pastor al pueblo de Dios.
La etapa configuradora tiene como finalidad asegurar el proceso de transformación en Cristo, a fin de que el candidato llegue a la recepción del sacramento del orden, muy bien dispuesto y una vez recibido el sacerdocio pueda reflejar en su existencia el misterio realizado por el Sacramento: Dios Padre, que mediante su espíritu ha impreso en su corazón la imagen del mismo Cristo Cabeza, Siervo, Esposo, Pastor y Profeta de la Iglesia.
Esta etapa tiene una duración de cuatro años.
“Mi experiencia en la etapa configuradora”
Dentro de todo el itinerario formativo, la etapa de teología es muy interesante, bonita, y como todo, con algunos retos. Se distingue de las demás por ser una etapa en la que ya se toma mucho en cuenta la autoformación, hay que seguir un horario, hay que cumplir con tareas y servicios, pero ya no hay nadie detrás recordándotelo, cada uno debe estar al pendiente de lo que el toca hacer. Aca tenemos un dia libre, que son los viernes, es un día en la semana dedicado al descanso y a la organización personal, ya cada quien decide que hace con su tiempo, en lo personal, aprovecho para limpiar mi cuarto, avanzar alguna tarea e ir al cine.
Los sábados y domingos tenemos apostolado, vamos a una comunidad parroquial a apoyar en lo que se nos designe, generalmente hacemos presencia en catequesis, grupos juveniles, pandillas, y ayudamos como acólitos en las misas. Vivir como estudiante de teología es vivir con esperanza, pues la meta está cada vez más cerca y también más exigencia y compromiso, para poder configurarse con Jesús buen pastor, y ser los pastores, los sacerdotes que nuestro pueblo necesita.
Brando Pablin Tello Limón
«Sin una adecuada formación humana, toda la formación sacerdotal estaría privada de su fundamento necesario»
Desde el punto de vista físico, se interesa por aspectos como la salud, la alimentación, la actividad física y el descanso. En el campo psicológico se ocupa de la constitución de una personalidad estable, caracterizada por el equilibrio afectivo, el dominio de sí y una sexualidad bien integrada. En el ámbito moral exige que el individuo adquiera progresivamente una conciencia formada, o sea, que llegue a ser una persona responsable, capaz de tomar decisiones justas, dotada de juicio recto y de una percepción objetiva de las personas y de los acontecimientos.
Los futuros presbíteros deben cultivar una serie de cualidades humanas necesarias para la formación de personalidades equilibradas, sólidas y libres, capaces de llevar el peso de las responsabilidades pastorales. Se hace así necesaria la educación a amar la verdad, la lealtad, el respeto por la persona, el sentido de la justicia, la fidelidad a la palabra dada, la verdadera compasión, la coherencia y, en particular, el equilibrio de juicio y de comportamiento.
La formación intelectual busca que los seminaristas obtengan una sólida competencia en los ámbitos filosófico y teológico, y una preparación cultural de carácter general, que les permita anunciar el mensaje evangélico de modo creíble y comprensible al hombre de hoy, entrar eficazmente en diálogo con el Mundo contemporáneo y sostener, con la luz de la razón, la verdad de la fe, mostrando su belleza.
La formación intelectual es parte de la formación integral del presbítero; está al servicio del ministerio pastoral e incide también en la formación humana y espiritual, en la que encuentra un alimento provechoso. Esto significa que el desarrollo de todas las facultades y dimensiones de la persona, incluida la racional, con el vasto campo de conocimientos adquiridos, contribuye al desarrollo del presbítero, siervo y testigo de la Palabra en la Iglesia y en el mundo.
El estudio profundo y orgánico de la filosofía y de la teología es el instrumento más apto para la adquisición de aquella forma de la mente que permite afrontar las preguntas y los retos que se presentan en el ejercicio del ministerio, interpretándolas desde una óptica de fe.
El centro de la formación espiritual es la unión personal con Cristo, que nace y se alimenta, de modo particular, en la oración silenciosa y prolongada153. Mediante la oración, la escucha de la Palabra, la participación asidua en los sacramentos, en la liturgia y en la vida comunitaria, el seminarista fortalece su propio vínculo de unión con Dios, según el ejemplo de Cristo, quien tuvo como programa de vida hacer la voluntad de su Padre (cfr. Jn 4, 34). Durante el proceso formativo, el año litúrgico ofrece la pedagogía mistagógica de la Iglesia, facilitando el aprendizaje de la espiritualidad, a través de la interiorización de los textos bíblicos y de la oración litúrgica.
La formación espiritual de quien es llamado a vivir el celibato debe dedicar una atención particular a preparar al futuro sacerdote para conocer, estimar, amar y vivir el celibato en su verdadera naturaleza y en su verdadera finalidad, y, por tanto, en sus motivaciones evangélicas, espirituales y pastorales. Presupuesto y contenido de esta preparación es la virtud de la castidad, que determina todas las relaciones humanas y lleva a experimentar y manifestar... un amor sincero, humano, fraterno, personal y capaz de sacrificios, siguiendo el ejemplo de Cristo, con todos y con cada uno»
Ya que la finalidad del Seminario es la de preparar a los seminaristas para ser pastores a imagen de Cristo, la formación sacerdotal debe estar impregnada de un espíritu pastoral, que los haga capaces de sentir la misma compasión, generosidad y amor por todos, especialmente por los pobres, y la premura por la causa del Reino, que caracterizaron el ministerio público del Hijo de Dios; actitudes que se pueden sintetizar en la caridad pastoral.
la actividad pastoral se configura en el ministro ordenado como una permanente escuela de evangelización. Durante este tiempo, el seminarista comenzará a ejercer las funciones de guía de un grupo y a estar presente como hombre de comunión, mediante la escucha y el cuidadoso discernimiento de la realidad, cooperando con otros y promoviendo la ministerialidad. De modo particular, los seminaristas deben ser debidamente educados para colaborar con los diáconos permanentes y el laicado, valorando su aporte específico.