Te miro al final de la escalera
con aquel vestido azul que tanto te ha gustado.
Hay cientos de ruidos desconocidos allá afuera,
como si las batallas nunca fueran a cesar.
Dime si es un sueño,
porque ya voy hacia ti.
Esta alma mía que pesa,
que agoniza en las paredes roídas,
víctima de la guerra entre el silencio y mi voz.
Esta alma que ya no me pertenece,
que me persigue,
que borra mis huellas con sus huellas.
Seamos víctimas de sus lágrimas,
escuchemos en silencio la historia que viene a contarnos.
Que su piel roce mi piel.
Que abrace a este cuerpo
que ha dejado los adjetivos impuestos.
Esta alma mía tan terca,
que me observa mientras callo,
que me ata de pies y manos.
¡Corre!
¡Vuela!
Muéstrame tus alas extendidas al sol.
Quiero ver tu silueta de espaldas
lejana.
No claves tus ojos temerosos,
cuando lo haces,
me rompes en partes infinitas
y no alcanzo a tocarte por última vez.
No hay más canto, es momento de cruzar el puente
cuidando de no tirar al agua las hojas escritas y los cantos de ayer.
Se precisa sentir el viento alborotando el cabello,
mostrar los pies desnudos y sentir las piedras del camino.
¡Qué importa la sangre derramada de tu propio cuerpo!
al final reconocerás tus ojos en todos los lugares del mundo.
A veces viene
y juguetea por mi cuerpo
en recovecos insospechados que desconozco.
Me los muestra al desnudo
y me obliga a verlos de frente,
con mirada altiva,
con orgullo de reconocerles.
A veces el hombre se asoma en el espejo,
da la vuelta por la esquina de mis hombros,
baja y remarca mi cadera,
quiere arrancarme el pecho.
A veces viene
y lo olvido intencionalmente en el cajón cada mañana,
aunque duerma con él bajo las mismas sábanas.
Hago oídos sordos a sus súplicas,
olvido pronunciarlo,
me niego a llamarlo cerca.
No camino con él de la mano,
pero lo siento siempre,
me acecha la mente, el deseo, el cuerpo,
nunca se detiene.
Tiene nombre,
lo sé de memoria porque lo ha cantado
y me dibuja una sonrisa cuando lo hace tan cerca.
A veces lo abrazo y le hablo quedito.
Lo detengo en este sitio al que pertenece.
No quiero que se vaya.
Cuando hay vacío y miedo,
se tejen sueños incompletos
Llegará el día en que olvide mi nombre,
que desaparezcan las montañas
y la vida se resuma en una vela encendida.
Vendrá el tiempo de las palabras libres,
de los adjetivos eternos que siempre debieron ser.
Llegará el día de los pronombres
que no necesitarán ser pronunciados.
Un tiempo de luz,
de paz eterna que ha existido
sólo detrás de las paredes.