Prole que no hemos parido
nos atormenta encarnándose en
sí misma
dolorosamente precisa e inevitable
como una aguja en la carne.
Vuelvo a casa en el metro tras una reunión de la APA
mentes tan comprometidas con su lucha privada
como un asesinato
o un suicidio
una chica patilarga con un caballo en el cerebro
se desploma junto a mí
ruega que la lleven dormida
lejos del deseo
por el precio de un tren nocturno.
Muchachita dopada
si nos medimos por los sueños que evitamos
tú eres la pesadilla
de todas las madres que duermen.
Meciendo una y otra vez
el peso muerto de tus brazos
abrazas nuestros cuellos
más pesados que la costumbre
de buscar razones.
Mi preocupación viciada no reemplazará
aquello que una vez necesitaste
pero soy presa de mis adicciones
y te ofrezco mi ayuda, un ojo
alerta
en mi propia estación.
Despierta e indigente
tu caro sueño explota
por todo el vagón
en una terrible risa tecnicolor
por mi fracaso.
Las mujeres desvían la mirada
y las otras madres que no supieron ser útiles
maldicen a su prole convertida en basura.
Puede que una extraña
se acerque desde la esquina
a mi habitación
nidos de avispas tras sus orejas
come una banana medio madura
con motas marrones en forma de lagartija
lleva gaviotas en el pelo
sus axilas huelen a apio
quizá
habla mi lengua
con un tempo distinto
el ritmo de ballenas grises que rezan
oscura como un bol de granito
puede que
ella sea una piedra.
Cruzo sus fronteras a medianoche
los guardias, aturdidos, sueñan
con el pan caliente de Mother Christopher
con el fin de la guerra, quizá
la chica vende entradas para toda la temporada
de la ópera de Berlín
impresas en la tapa de una caja lánguida
que frena el crecimiento de rosas vagabundas.
Puede que los santos de hielo nos hayan avisado
el tierno perdón de los contrastes
metal muslos de seda un bote varado
puede que se esconda
tras la bandera americana
tras el andar de cabellos vivaces
de una alegre ladrona de flores
puede ser que
un ruiseñor espere en el callejón
junto a la cabina de teléfono amarilla.
Bajo mi almohada
una piel de banana se marchita.
Bajo la madera que se arrastra y la esculpe
La tierra se mueve despacio.
Pero viene ya un rayo.
Cultivar su secreto en la tierra marrón
Extensa como una mujer
Intrépida
Es duro trabajo de hombres de mirada quieta
Que rompen la tierra, cuidan su semilla,
Y la vigilan afanosamente en la estación seca.
Pero en la orilla del día tenue y brillante
Más allá del arado, llevan los ojos
A las colinas, al trueno que se condensa
Pues conocen la tormenta.
La tierra se mueve despacio.
Aunque el ojo del trueno
Puede partir de un fogonazo
La corteza frágil como cristal de la cara de la montaña,
La tierra se mueve despacio.
Aunque puede quebrar
Toda la fuerza de un hombre y en los brazos de su hijo
Esculpir una manga en tierra de insolente roca.
Y la tierra extensa espera.
Lento arado, largo,
Por el marrón de la estación seca,
Y la tierra se mueve despacio.
Pero viene ya un rayo.
La mujer que vive en el número 830 de Broadway
pasea a su bebé cuando cae el sol
por las calles del vecindario
almacenes una fealdad que resulta moderna
blusas de seda de 200 dólares donde antes colgaron martillos
entre cafés y muelles de carga.
En las alcantarillas los químicos florecen como rosas salvajes
su hija en el carrito a cuadros
con una pegatina del movimiento antinuclear
disfruta tanto como es posible
del paisaje urbano.
¿Promete a su hija una vida
más fácil más segura en esta isla
que las que ellas corren a descifrar a casa
26 pisos sobre una bahía
que agoniza,
el complejo
acróstico doble de la cultura actual?
Cuando acaba el telediario de las seis,
¿da una palmadita la niña en la mejilla húmeda de mamá
acuna ella a su hija contra su cuerpo
y llora por lo que ha visto
junto a la cama bajo la que yacen
el hedor de muerte en la alfombra
su hijo muerto a bayonetazos junto a una puerta en Santiago de Chile
una corola de moscas tse-tse que se encostra en la nariz de su hija
los hipopótamos militares que disparan contra los dolientes
en Bleecker Street
sangre en sus cuchillos Escoffier
sangre empozando el triturador de basura
la sangre de su bebé oscureciendo la pantalla
su próxima década a todo color
conectada de polo a polo,
cuando acaba el telediario de las seis
llora por lo que ha visto?
¿O regala su rebozo naranja
de flecos Soho magenta
a una campesina de Vieques
con seis hijos y sin tierra
tras el paso de los morteros
y la Marina
que navega hacia la puesta de sol?