Los dedos de nuestros pies tocarán escalas.
Tras el juego de anagramas,
un poeta
islas
cree
en porcelana de histeria.
En la calle cuenta los pisos,
desde el octavo de las casas nuevas
caen, caen los amores.
Entre los continentes meterán diques de piedra.
Sin embargo, Jérôme ya no será un nombre de flor.
Tu mirada color de río
es el agua dócil que cambia
con el día que abreva.
Madrugada, túnica de ángel
un trozo de abrigo celeste
bajo tus pestañas, entre las riberas
ha encallado. Fluye, fluye, agua viva.
La noche se va, pero el amor permanece
y mi mano siente latir un corazón.
El alba quiso engalanar nuestros cuerpos con su candor.
Corpus Cristi.
El deseo matinal volvió a tomar nuestros cuerpos desnudos
para esculpir una carne que creímos fatigada.
A lo lejos, sobre los ríos ya pasan los barcos.
Nuestras pieles, tras del amor, tienen el olor del pan caliente.
Si el agua de los ríos es para nuestros miembros,
tus ojos lavarán mi alma;
pero tu mirada líquida, en el mediodía que temo,
¿se volverá de plomo?
Tengo miedo del día, del día demasiado largo,
del día que da de beber a tu mirada color de río,
oro en una noche cubierta de triunfos dobles.
Si la victoria grita la voluptuosidad de los ángeles,
que se revele en él la majestad de un Ganges.
No sé qué es lo que más quisiera hacer, ser, conocer. Hacer es ser, y conocer es hacer. Y toda la vida es un círculo… no un círculo mágico, sino un círculo vicioso, como decimos en francés. Pero en este círculo vicioso no hay lugar para vicio alguno.
Y dado que el tiempo no es tan simple, las cosas, los hombres, las mujeres, los caballos, los gatos, los perros, los automóviles del pasado no se han ido para siempre, sino que mantienen siempre su curso. Y si he conocido algún día feliz o desgraciado por alguno de ellos, esas cosas buenas o malas (para mí)… hombres, mujeres, caballos, gatos, perros, automóviles, pueden ser en mi memoria (y la memoria es la vida) el conocimiento de lo que fueron por primera vez. Pero el problema de la vida no reside en la felicidad o la desgracia. No me amo ni me detesto. Mi trabajo es manzanas caídas de un árbol (yo), pero soy un árbol desprovisto de alma o, si prefiere, mi alma no se encuentra en mi cuerpo. Mi alma prefiere otra morada. Hoy, mi cuerpo está en Pau y, allí, hay viejas damas inglesas con sombreros verdes y rosas. Si usted ve mi alma (puede que aún esté en la buena ciudad de París, junto a todo lo que amo), hágale sus preguntas. Pero creo que un manzano nunca habla de sí mismo. Un hombre que habla de sí mismo es un hombre repleto de huecos. Dice lo que metería en los huecos. Yo no quiero nada que tape mis huecos.