Mucho tiempo pasa feliz un hombre
y en una breve hora gime y duele,
o por linaje antiguo y afamado
brilla otro y al instante se oscurece.
Nada hay mudable bajo el sol que no
venza la muerte y troque la fortuna.
¿Quién es el que a la fuerza a ti me lleva,
aymé, aymé, aymé,
atado y preso, aunque libre y suelto?
Si a otros tú encadenas sin cadena,
y sin manos ni brazos me agarraste,
¿quién me defenderá de tu belleza?
La fama hace vanos los epitafios; nada valen ni antes ni después, ya que están muertos, y sus trabajos terminados.
Llegó ya el curso de la vida mía
por tempestuoso mar, en frágil barca,
al común puerto, en el que se da parca
cuenta de toda acción, injusta o pía.
¡Cuánto ello la amorosa fantasía
que del arte hizo su ídolo y monarca!
Que en cuanto alumbra el sol y el mar abarca
es todo error cuanto el mortal ansía.
Devaneos de amor, triunfos del arte,
¿qué sois, hoy que a dos muertos me avecino?
Una es segura, la otra me amenaza.
No habrá pintar, no hay esculpir que hoy harte
al alma vuelta a aquel amor divino
que de la cruz al universo abraza.