Hoy me he quedado
haciéndole compañía al refrigerador.
Escuchando
el trabajo que le cuesta
funcionar, cumplir,
estar al día
con sus frías labores, con sus tareas congeladas.
Lo que se espera pues
de un refrigerador de cocina.
Y literalmente
tomé una silla y me puse en ella
a su lado. Y ahí estuvimos.
Quejándonos. Oyéndonos mutuamente funcionar,
respirar.
Pensando en las cosas que deben congelarse
para que el mundo siga. En nuestras cosas,
supongo. En la vida
mecánica o no, eléctrica o no. Programada.
Lineal, independientemente de la curva, o el zigzag,
que marca, en el monitor de pulso, el pulso.
Y ahí estuvimos
prestándonos dos horas de nuestro tiempo.
Sin conclusión alguna
respecto a nuestra última estancia
por seguir;
eso que es congelar lo que se lleva dentro.
¿Y qué si el chico
ocupa la moneda para droga?
¿Y qué
si la emplea para comprar un cigarro suelto
o para estopa?
¿A ti, qué? ¿En qué te ensucian sus versiones de irse,
sus maneras de evitarse,
el transporte colectivo
en el que sueña no estar rumbo a su cuarto de cemento?
¿A ti qué
si ocupa esa moneda para no ver a su padre
cuando llega a verlo?
Si la gasta en comprarse
invisibilidad o se emborracha
antes, ¿a ti qué?
¿Le vas a dar trabajo?
¿Le vas a borrar de los ojos los ojos de su madres?
¿Le vas a cambiar los huesos
para que duerma más cómodo en las calles?
¿O sólo le vas a hablar de la multiplicación de los panes,
y las ventajas de llevar una cruz al cuello?
¿Tú cómo te evitas? ¿Cómo evades tanta conciencia?
¡Coño, dale la moneda y ya!
LA palabra joto
siempre logra que un niño se esconda
y salga de sus ojos disfrazado. Y salga
menos joto. Cuidando los ojos
y lo que miran los ojos.
Imitando, aprendiendo,
militarizando el vuelo de las manos:
su certeza de pájaros navieros
sobre el mundo que queda, que se hace olas.
El golpe en la nuca
que papá asentaba para evitar mis pies sobre las aguas,
para hacerme rudo,
para que la vergüenza fuera una enorme palabra
sin romperse. Y sin romperlo.
El miedo no es una escena única,
un vocablo aislado,
una sola cosa. O una sombra que pasa.
El miedo
es una escuela con muchos niños.
Un patio de recreo.
Una persona que no quiere ser persona
y se queda en el salón de clase
escondiendo
un ratón blanco en el bolsillo del suéter, o en las mangas
del suéter.
El miedo
es ir con mamá al supermercado
y que alguien te descubra, te imite, te arremede, camine como tú:
se vaya volando
como volaría un loco en los pasillos de un psiquiátrico.
Que le abran los ojos a mamá
como una niña se los abriría a la abuela que finge dormir,
y me viera;
eso es el miedo.
Que tus hermanas descubran
que en la secundaria
te gritan colores rosas cuando pasas cerca.
La palabra joto
es un niño que siempre alguien está por descubrir
y tiene miedo. Y solo un ratón caminando
por las mangas del suéter.