Autor: Mateo Caputo Boscia
Circulo la libertad que se me es cuestionada. Soy la industria de aquel algo que quizás sintió algunos destellos de aquello que hoy ya no es paz. Todos los días me convierto en el enemigo de aquellas instituciones que han dejado de ser efectivas y ya son paupérrimas. Divago en un sentimiento de cosmovisión que se diluye, es líquido, mis dedos no logran encerrarlo, mi mente mucho menos. Parafraseo una autoridad inexistente para mi, pero esencial para otros, que son quienes le dan sentido a lo que escribo y reflexiono en cada uno de los momentos en los que decido dar a conocer la perspectiva de mi espíritu.
Aquí es donde mi corazón deja de latir, y siento la necesidad de explotar ante un pueblo tan lleno de miserias e innecesarias confrontaciones que no hacen mas que provocar la alteridad de nuestros cuerpos. Enseño mi panteón, a cada uno que desee comprenderlo. Por otro lado, se me exige declarar que la mismidad tampoco es mi horizonte, sólo pretendo la paciencia de ese conglomerado de ideas al que deseamos pertenecer o no.
Imaginar un nuevo mundo en el que las rivalidades no existan, no implica la disolución del bien y el mal, solo quiero invocar el pensamiento de la hermandad, comprendiendo las posibles diferencias de términos para definir las mismas concepciones, infinitas por cierto, aunque de todas formas las conocemos mediante algunos pocos discursos que circulan en el éter, en las hojas, en la tinta y en las psiquis.
No pretendo que el Planeta cambie, lo único que quiero, es dejar de morir cada vez que encuentro fallas del sistema que consume mis años, mis días, mi tiempo. Anhelo dejar de ser esa máquina que solo piensa en un progreso casi invisible, en una nada mas que existencial, hasta a veces infinita.