Autor: Mateo Caputo Boscia
Nunca sé lo que me sucede cuando la veo. Su mirada no dice nada, es sólo un suceso en un pedazo de realidad materializada por un trozo de esperanza en el mundo que cada vez se apaga más. No hace nada más que mirar directamente a los ojos de su auditorio. Sus rasgos son casi perfectos.
De seguir aquí mismo parado presiento que quedaré desquiciado, enamorado de una instancia infinita. Pero usted también lo ve, en ella está el cosmos. Sus ojos son la forma que mi cuerpo encuentra para describir mi futuro. Es su intención la que me deja perplejo, no logro entender qué quiere comunicar, si es que está buscando hacerlo. Tiene el poder sobre mi, ya que sigo aquí esperándola a que mágicamente diga una palabra lo suficientemente dulce para culminar lo insano en mi mente.
Allí sigue su mirada, perdida en mi mente. Es un pedazo de vida que no tiene fin. Si bien deseo que me diga algo, temo que sus palabras sean casi tan perfectas como sus ojos o labios rojos. Me aterra la posibilidad de tener que dejar mi cielo en sus manos, porque presiento que sus dedos van a colorearlo según su antojo. Y no puedo verlas, pero estoy seguro que sus manos deben ser perfectas, su piel hasta ha de ser suave y hasta desprenderá aroma a rosas. La imagino con movimientos casi tan suaves como la brisa de primavera, como una pluma vuela en el aire, posandose finalmente en el suelo.
En sus ojos comienzan y terminan mis suspiros. Lo real es que no necesita palabras para lograr que me arrodille ante ella. Probablemente, su arte es lo más brillante que mis ojos vieron.