¡La muerte ha sido vencida!
¡La muerte ha sido vencida!
La muerte, momento en el que ese último hilo de vida escapa de nuestro cuerpo, es un acontecimiento que ha atormentado al hombre desde su aparición en la Tierra; de ahí la gran cantidad de mitos y leyendas acerca de esta cuestión y la vida del más allá. Sin embargo, se puede diferenciar entre muerte física; instante en el que el corazón deja de latir; y muerte ontológica; muerte del ser. Esta última muerte, se puede producir ante una situación de fracaso, desorientación en la vida, la sensación de vacío o una inmensa decepción. Esto genera, en ocasiones, que el ser humano opte por la muerte, como “posible solución” ante el sufrimiento.
Lo cierto es que esto no soluciona los problemas, solo se están evitando o se convierten en la lacra de alguien más. Por esa misma razón, estas actividades que incitan a la muerte y en algunos casos al asesinato, como son los casos del aborto y la eutanasia, son antimorales ya que nuestra obligación es velar por nuestra vida y por nuestra seguridad; principalmente porque nuestra vida no nos corresponde. No somos dueños de nuestra vida, ese papel lo tiene Dios. Por tanto, nuestra obligación ante una situación de vida o muerte debe ser defendernos, a esto se le denomina “Legítima defensa”. Este término justifica la inocencia de aquel que defendiendo su vida en un caso extremo comete un homicidio; como lo especifica el Catecismo de la Iglesia católica, el número 2321.
Teniendo en cuenta todo esto, la Iglesia católica puede llegar a justificar una guerra si se dan los siguientes sucesos:
· Que el daño que está provocando el agresor a la nación sea duradero, grave y cierto.
· Que todos los medios anteriores a la guerra se hayan puesto en práctica y no hayan tenido efecto.
· Que el uso de armas no cause más problemas de los que se están intentando solucionar.
· Que el objetivo de la guerra sea la defensa de la nación, por tanto, se podría considerar legítima defensa.
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Todas estas condiciones se resumen en la protección de la nación, como se aprecia en el Catecismo de la Iglesia católica en los números 2308 y 2309.
Concluyendo, actualmente vivimos en una sociedad afectada por la tristeza, la pena o la congoja, en la que no hay cabida para ser feliz; esto desemboca en la muerte de la persona interna, generado por la falta de esperanza. La Iglesia católica desde sus inicios siempre ha luchado por la felicidad del hombre, porque sabe que la vida no se acaba en este planeta, existe la Vida Eterna y este es motivo más que suficiente para alegrarnos, porque tenemos garantizada la eternidad.
Redactor : Marta Banderas Navarro. (Alumna del 1º.3 de bachillerato)