“Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Mt 16, 18.
1.- El evangelio de este domingo es sobradamente conocido e interpretado de manera unívoca. La Palabra siempre es rica y sugerente. Los discípulos se dejan interrogar por Jesús. También nosotros debemos estar abiertos y dejarnos cuestionar, incluso entrar en el camino de hablar por nosotros mismos y no tanto por lo que los demás piensan o dicen. Somos siempre llamados a personalizar la fe.
2.- Debemos estar más allá de las palabras y los términos y entrar en los nuevos significados que adquieren las palabras. Mesías e hijo de Dios pueden tener una lectura piadosa judía, en nuestros días una lectura humanista o espiritual. Pero el texto da a entender plenitud y algo definitivo. La expresión va más allá de las palabras para entrar en los términos de identidad. Jesús es el Hijo y el Mesías, el que tenía que venir, el definitivo, el que conlleva plenitud.
3.- En esta afirmación Jesús reconoce una revelación y la acepta para sí. No hablan los sentimientos humanos, la carne o la sangre, sino “mi Padre que está en los cielos”. No es la fe natural y humana de la sirofenicia, no es el deseo del corazón, sino la Palabra revelada y acogida como don que nos abre a nuevas dimensiones. Es gracia revelada, es fe como don acogido.
4.- Simón adquiere un nuevo nombre y misión, será Pedro. Cambia el nombre: piedra, roca, cimiento de la iglesia, entrega de llaves, capacidad de gobierno. Pero esto lo debemos entender como concreción de la fe acogida como don. Este es el cimiento y en virtud de esta fe viva y “eterna”, siendo promesa y profecía, se fundamentan las palabras dichas a Pedro. Sin fe no hay cimiento.
5.- La Iglesia ve en estas palabras el fundamento de la tarea y misión del Obispo de Roma, del Papa. Más allá de sus características personales, el ministerio de Pedro en la historia es garantía de fe, de unidad y de pertenencia a la gran convocatoria de Cristo. Hoy, y después de haber escuchado este evangelio, es día de rezar por él.
“Atiéndela, que viene detrás gritando”. Mt 15, 23.
1.- Jesús se retira a un lugar tranquilo, a otro país y otra región. Pero allí también ocurren cosas, es inevitable que el sufrimiento y el dolor salgan a nuestro encuentro. Una mujer implora por su hija enferma. Es persistente en la súplica y le persigue por el camino. En la lectura actual de la escena evangélica es inevitable el choque con el dolor y la desgracia.
2.- Si queremos llevar una vida consciente y responsable, no podemos impedir que el grito de los que sufren llegue a nosotros. Es la violencia, las guerras, los estados fallidos, el terrorismo, la catástrofe de la inmigración. El sufrimiento llama a nuestra conciencia, bien por sí, bien por la voz de otros.
3.- La escena nos da a entender otro asunto importante. En el camino vamos descubriendo la misión y ésta se nos va agrandando. La realidad y el encuentro con el dolor de una madre, le dijeron a Jesús que no solo “a las ovejas descarriadas de Israel”, sino que su misión iba más allá de una etnia o una religión. El discernimiento de lo que Dios nos pide a través de lo que acontece en la vida, es un don que debemos cuidar y potenciar; Dios nos habla en el camino y en los encuentros.
4.- Jesús sale de su tierra y se encuentra con lo diferente. Otra región, otra cultura, otra religión, una madre con una hija, mujer y enferma, marginada y en sospecha, endemoniada. Es despreciada, es asimilada a los perros frente a los hijos… primero los hijos luego los perritos. En la frontera, y no solo geográfica, se produce el reto y la llamada. Hablamos en la Iglesia de misión; es preciso cruzar la frontera para dejarnos cuestionar lo diferente. En el límite está la oportunidad.
5.- “Mujer, ¡qué grande es tu fe!” Mt 15, 28. En la diferencia Jesús reconoce valor, aunque la fe sea natural y no gracia, aunque no sea una oveja de Israel. Con frecuencia unos y otros nos unimos en cadena en la lucha contra el dolor y la desgracia. Es grande la fe y es mayor aún cuando lo que hacemos es por los demás, por los que les ha tocado la peor parte.