1.- El misterio de Dios se nos manifiesta en toda su intensidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero es revelación y manifestación. La humanidad en su búsqueda de Dios, ha caminado a tientas y con muchos equívocos. Son los tiempos de ignorancia y oscuridad sustituidos por los tiempos de revelación. Dios viene a nuestro encuentro.
2.- En la etapa final ha hablado por su Hijo. Lo que sabemos con precisión sobre Dios es por la Palabra de su Hijo, por los que han hablado en su nombre, los profetas, y en especial por la plenitud de la revelación en Jesús de Nazaret. Aquí habría que decir, que menos elucubraciones filosóficas y más profundización en lo que el Hijo nos manifiesta como revelado.
3.- Con la promesa del Espíritu y Pentecostés, el Espíritu Santo va haciendo viva y real la experiencia cristiana en cada momento histórico. Una profundización y ahondamiento en la Palabra manifestada y en la fe vivida. Llegamos a la plenitud por lo vivido y sentido bajo la acción del Espíritu. La fe cobra vida en cada generación de creyentes.
4.- En el domingo de la Trinidad celebramos que Dios no es soledad ni aislamiento. Dios está de corazón en cada cosa y acontecimiento vivido. Por donde ha pasado la fe cristiana, se ha ido construyendo un camino de fraternidad y de comunión. La vida de Dios en nosotros, genera espacios de encuentro.
5.- Celebramos también que Dios, ha hablado, se ha comunicado. Habló y habla por los profetas, por la Palabra de su Hijo. En la experiencia de la fe tiene que haber encuentro y comunicación, de aquí brota la misión y el anuncio. Fraternidad y misión que brotan del corazón de Dios que no está en soledad y que se comunica a sus hijos.
1.- Celebramos la solemnidad de Pentecostés. El Espíritu “renueva la faz de la tierra”. Recreación y renovación, nuevo nacimiento. Lo que creemos, las palabras, los signos cobran vida y sentido. No celebramos “tradiciones populares”, sino expresamos lo que sentimos. Nos acercamos a la fuente para beber no para hacernos una fotografía. Cuando la fe no brota en nosotros…
2.- El Espíritu Santo nos llama a la unidad y a la comunión de vida. Una sola familia, que “tenían todo en común”. El Espíritu actúa en la iglesia, Pueblo de Dios, Familia de hijos dispersos por el mundo, signo profético de unidad para el mundo. Nos entrelazamos y unimos en una pirámide ascendente para tener un solo corazón y una sola alma. Por eso nos duelen tanto la violencia.
3.- El Espíritu nos llama a la unidad especialmente en la iglesia. La comunión es don recibido para formar la sola Iglesia de Cristo. El ecumenismo es siempre un camino profético y de futuro; existen pluralidad de sendas que confluyen en el gran camino de la unidad.
4.- El Espíritu nos llevará a la comunión, como un don de futuro hacia el que tenemos que caminar. En el presente, ni somos hermanos ni estamos unidos, debemos luchar por ello y abrirnos al don que vendrá. Lo que nos divide, enfrenta y separa, no debe ser defendido como baluarte y principio de identidad; tenemos que renunciar a las ideologías y a los intereses propios.
5.- El Espíritu nos abre a la misión, nos da valentía y audacia, también discernimiento e inteligencia. Nos podemos preguntar: ¿qué se espera de nosotros? ¿qué podemos ofrecer? ¿cuál es nuestra aportación? Debemos evitar el riesgo de poner la vela debajo del celemín, o que la sal se vuelva sosa por tenerla imprudentemente almacenada.