“Jesús le dice: dame de beber”. Jn 4, 7.
1.- El evangelio nos habla del encuentro de Jesús con la samaritana, Jn 4, 1-42, un relato que conviene leer entero en su texto y contexto. La fe acontece en la relación humana, en el encuentro y diálogo de unos con otros. En lo escuchado hay presencia, encuentro, diálogo, propuesta y aceptación. Como decimos tantas veces, todo ello acontece en el camino de la vida.
2.- En el interés que muestra la samaritana, vemos el deseo de creer, el interés por abrir la vida a lo que Dios quiere de nosotros, la búsqueda y el caminar, a veces sobre las aguas, para llegar al destino. La fe es un don que debemos pedir y desear. Cuando el corazón no está endurecido, Dios se deja encontrar por aquellos que le buscan. Hay momentos en los que él viene a nuestro encuentro, está cerca y debemos pedir ojos para reconocerlo.
3.- Un detalle del texto es que los samaritanos creen por la palabra, por la propuesta, la promesa y la profecía. La palabra anunciada es aceptada por el corazón; es la fe y es también el juicio. El contexto que rodea la escena es otro: “si no veis signos y prodigios no creéis”, Jn 4, 48, referido a los judíos. Hay un elogio implícito a los samaritanos porque han aceptado la predicación, v 41, y ello los ha llevado a la fe. Debemos estar atentos para discernir cuándo la Palabra nos viene a través de las palabras humanas.
4.- En la tradición cristiana, tal como la escena ha sido leída por los creyentes a lo largo del tiempo, ve en esta página una llamada a la unidad más allá de las diferencias: frente a las dicotomías hombre/mujer, judío/samaritano, Jerusalén/Garizín, se presenta el verdadero culto en “espíritu y verdad”, no en formas, lugares o razas.
5.- La escena guarda relación con otras escenas de fuerte contenido simbólico: “el que tenga sed, que venga a mi y beba…”, “de su costado brotó sangre y agua”. Cristo resucitado es fuente de vida para los que hemos abierto nuestro corazón por la fe.
“Se transfiguró delante de ellos y su rostro lucía como el sol”. Mt 17, 2.
1.- Contemplamos la escena de la Transfiguración. Como tantas veces la debemos ver en el contexto en la que el relator evangélico la ubicó, después del anuncio de la pasión y el escándalo de los discípulos encabezados por Pedro. Se rechaza un mesianismo triunfante y glorioso, lejos del nacionalismo judío que se podía respirar en el contexto final de la Fiesta de las Tiendas.
2.- Contemplamos gozosos la gloria de su rostro. Siempre es importante ver, mirar y descubrir a Jesús como quien es en verdad. Es la necesaria referencia cristiana de una fe excesivamente pegada a lo religioso. Ver en Jesús la verdad de Hijo de Dios, su plenitud, más allá de los otros títulos o adjetivos que podamos ponerle. Verle transfigurado y en plenitud, sentirle cerca, tener experiencia de él.
3.- Los misterios del Reino, “estas cosas”, han sido reveladas a personas que se han constituidos en referentes. Las lecturas nos hablan de Abraham, Moisés, Elías, Pablo y Timoteo, Pedro, Santiago y Juan. La fe pasa por personas y nombres; cuando queda reducida a ambientes, culturas, tradiciones, ámbitos educativos… se acaba diluyendo quedando reducida a una reliquia histórica, un dato arqueológico o simplemente ideología de apoyo; una fe aguada y manipulada.
4.- ¡Qué bien se está aquí!, en lo alto del monte con Jesús. No podemos reducir la fe a una experiencia emotiva. Algunos piensan que todo es cuestión de sentimiento y emoción. No son espacios para permanecer, ni siquiera es lo exclusivo de la fe; con frecuencia están fuera de la vida misma, como una especie de paréntesis. No debemos confundir la fe con el sentimiento de la fe.
5.- Somos invitados a bajar del monte y seguir el camino a Jerusalén, tomando parte en los padecimientos por el Evangelio, continuando el camino de la cruz con el consuelo de la fe, tomando parte activa en las tareas de construcción de este mundo según la voluntad de Dios.