1.- Celebramos la solemnidad de todos los Santos. Día importante que la iglesia nos invita celebrar con todo su esplendor. Solemnidad de gran tradición, secular, desde el siglo IV, vinculada en principio a los mártires anónimos y posteriormente a todos los santos. Desde el siglo VIII se viene celebrando el 1 de noviembre en las distintas tradiciones cristianas.
2.- La palabra nos habla de una multitud ingente, Ap; que Jesús tuvo que subir a un lugar elevado por la cantidad de oyentes… a tenor de la liturgia diremos que la santidad no es para una élite, un grupo selecto y apartado, una minoría; sino más bien una llamada universal a la santidad. Todos, todos, todos, … repetía el papa Francisco. Frente a reducciones minoritarias y grupos selectos, días como hoy nos recuerdan que la propuesta es abierta y generosa, universal.
3.- Recogemos un aspecto fundamental de la vivencia para el creyente: somos llamados a vivir en este mundo buscando la santidad, como hijos de Dios, con una vocación que conlleva un estilo de vida que se refleja en algunas páginas evangélicas de manera clara, como son las bienaventuranzas. No pongamos obstáculos para que la gracia del bautismo genere en nosotros un camino de santidad. Es una llamada, un don y un camino a recorrer.
4.- Con el sentir de la iglesia debemos intentar vivir el evangelio y la fe, en definitiva, la santidad, en lo concreto de la vida, en lo cotidiano. Por ello cuidemos los pequeños signos y detalles, veamos lo bueno, lo sacrificado y entregado, lo positivo y virtuoso que hay a nuestro alrededor; sintamos la alegría de compartir las cosas buenas y nobles. Aprendamos a reconocer y vivir con los santos de la puerta de al lado; seámoslo nosotros para otros.
5.- Aviso. La iglesia en Valladolid está inmersa en Asamblea Diocesana para poner en práctica lo reflexionado en los distintos niveles del sínodo. Es preciso constituir grupo parroquial reflexión. Por ello se invita a participar y colaborar en ello. Gracias.
“Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?” Mt 22, 36.
1.- Sigue el evangelio presentándonos las polémicas de Jesús con los diferentes grupos sociales y religiosos del judaísmo. En la maraña leguleya de la época de Jesús, la pregunta por lo principal, era un verdadero problema. Existía una red de preceptos que atrapaba a la persona. En esta situación Jesús responde como judío a una pregunta formulada por judíos.
2.- El evangelio pone en boca de Jesús, no tanto el principal de los mandamientos, sino las fuentes de donde brotan los preceptos: el amor a Dios y el amor al prójimo, unidos como los eslabones de una cadena. Ambos amores están en el origen de la vida moral siendo el mismo amor. La época secular en la que vivimos tiende a separar, como si fuera posible una espiritualidad sin pobres, o como si amar al prójimo fuera un amor de conveniencia, un pacto de no agresión.
3.- La respuesta de Jesús la podríamos entender como: FE Y MISERICORDIA. Primero fe, confianza absoluta en Dios, poner en él nuestro corazón: “es el primero y principal”, poniendo en ello todo nuestro corazón. Sin él lo demás no se sostiene. El segundo es semejante: justicia y misericordia hacia el prójimo, que cada vez se va viendo con un carácter más universal; no solo el convecino, sino todos.
4.- Estos mandamientos sostienen la Ley y los Profetas. Es la caridad del corazón que descansa en Dios. Ella integra y unifica, da sentido y finalidad. Un corazón que ama, cumplirá toda la Ley. Atrás queda el amor social interesado y la fe devocional ritualista alejada de la misericordia y la piedad.
5.- Cuando vive en nosotros el amor de Dios, ya no estamos pendientes de preceptos y normas, el corazón se abre a la gratuidad y la misericordia, al perdón, a una mirada universal; el amor humano es potenciado y transformado, llevado más lejos y más hondo; la virtud es transformada en santidad y de ciudadanos de buena voluntad pasamos a ser hermanos entre nosotros e hijos de Dios, Padre de todos.