La Misa es el ritual que celebran los católicos en respuesta al mandamiento de Jesús de “haced esto en memoria mía”. (Lucas 22,19) Una de las características básicas y distintivas de este ritual es que los católicos saben lo que sucederá a continuación. Hacemos las cosas una y otra vez.
Cuando el sacerdote dice, “El Señor esté con ustedes”, sin pensarlo ni dudarlo la congregación responde, “y con tu espíritu”. El sacerdote dice, “oremos” y la congregación se pone de pie. Nuestras vidas cotidianas también tienen sus rituales: Hay formas establecidas en las que saludamos a las personas, comemos, respondemos a un texto.
Y cuando estamos acostumbrados a una cierta manera de hacer las cosas, rara vez nos cuestionamos la razón por la que lo hacemos de esa manera. En la Eucaristía también tenemos muchos rituales que realizamos sin preguntarnos el porqué.
La Misa es nuestra oportunidad como católicos cristianos de alabar y dar gracias a Dios por el regalo de nuestra salvación en Cristo Jesús.
Es la manera en como compartimos el Misterio Pascual (Pasión, Muerte y Resurrección) de Cristo. La “forma” básica del ritual de la Misa puede ser descrito como una comida. Esto no quiere decir que sea “una comida más” o que estemos ignorando la Misa como un sacrificio.
De ninguna manera. El punto es que la forma en la que se desenvuelve la Misa, aún cuando es vista como un sacrificio, es como la de una comida. Cuando los amigos se reúnen para una comida, se sientan y platican.
Eventualmente pasan a la mesa, dan gracias, comparten la comida, comen y beben, y finalmente se despiden y se van a sus casas. En nuestro recorrido por la Misa, seguiremos este mismo mapa: veremos rituales de 1) reunión, 2) narración, 3) compartir los alimentos y 4) envío.
Reunirnos y formar una comunidad es el corazón de nuestro culto dominical. La razón detrás de cada uno de los rituales de la primera parte de la Misa se puede encontrar en la palabra: reunión.
El propósito de estos ritos es unirnos en un solo cuerpo, listos para escuchar y partir el pan juntos. Reconozcamos que es Dios quien nos ha convocado a esta celebración de la Eucaristía. Genuflexión.
En Europa medieval, era costumbre doblar una rodilla ante un rey o persona de alto rango. Esta muestra secular entró gradualmente en la Iglesia y la gente comenzó a arrodillarse ante la presencia de Cristo en el tabernáculo antes de entrar en la banca.
Postura, canción. Al comenzar la Misa todos se ponen de pie. El estar de pie es la postura tradicional de un cristiano en oración que expresa nuestra atención a la Palabra de Dios y nuestra disposición para llevarla a cabo. Comenzamos cantando juntos para unir nuestros pensamientos y nuestras voces en una palabra común. Saludo. Comenzamos con la señal de la cruz, recordando nuestro Bautismo, y luego el sacerdote nos saludará diciendo, “El Señor esté con ustedes”. Esta oración nos recuerda la promesa de Cristo de “… donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estaré yo”(Mateo 18,20).
La respuesta a este saludo siempre es, “y con tu espíritu”, reconociendo que el sacerdote, ha recibido el Espíritu de Dios a través de su ordenación sacerdotal.
Rito Penitencial. Todos los otros ritos de esta primera parte de la Misa tienen la intención de reunirnos en una asamblea de alabanza.
En el Rito Penitencial, se nos invita a recordar nuestros pecados y al que (el Señor) envió para salvarnos del poder del pecado. Si bien este Rito carece de la eficacia de la absolución sacramental, creemos que, a través de la recepción de la Comunión, nuestros pecados menos graves (veniales) son perdonados. Gloria a Dios. Así como los ángeles proclamaron la alabanza de Dios en el nacimiento de Cristo, diciendo “Gloria a Dios en las Alturas” (Lucas 2,13-14), así hacemos nosotros nuestra propia declaración de alabanza y adoración de la Santísima Trinidad al cantar o recitar el himno “Gloria a Dios”.
Oración de Entrada. Al cierre de esta primera parte de la Misa el sacerdote nos invitará a unir nuestras mentes en oración con la invitación de “Oremos”. Mientras el sacerdote hace una pausa, ofrecemos nuestras intenciones. Luego, las reunirá todas en una sola oración, a la que todos responderemos “Amén”, una palabra hebrea para “Así sea”.
Liturgia de la Palabra. Cuando nos reunimos en la casa de algún amigo para una comida, casi siempre comenzamos con una conversación, compartiendo nuestras historias. En Misa, después de los ritos de reunión, nos sentamos y escuchamos mientras se proclaman las lecturas de la Palabra de Dios. Son las historias del Pueblo de Dios. Tres lecturas y un salmo. Los domingos hay tres lecturas de la Biblia. La primera lectura es del Antiguo Testamento (excepto en la temporada de Pascua). Recordamos los orígenes de los convenios que Dios hizo con nuestros antepasados en la fe. La primera lectura frecuentemente se relaciona con el Evangelio del día, y nos dará una idea del significado de lo que Jesús hará en el Evangelio. Posteriormente, cantamos o recitamos un salmo – una canción del Libro de los Salmos. La segunda lectura es de las cartas de Pablo u otra escritura apostólica. La tercera lectura se toma de uno de los cuatro Evangelios.
De Pie para el Evangelio. Debido a que la presencia única de Cristo está en la proclamación del Evangelio, ha sido costumbre permanecer de pie en atenta reverencia para escuchar estas palabras. El sacerdote una vez más nos saludará con “El Señor esté con ustedes”. Entonces presenta la lectura del Evangelio mientras marca una pequeña cruz en su frente, labios y corazón con el pulgar mientras ora en silencio. La lectura del Evangelio concluye con la frase “Palabra del Señor”, a lo que respondemos “Gloria a ti Señor Jesús”, proclamando nuestra fe en presencia de Cristo en la Palabra. Homilía.
Entonces llega el momento en el que nos sentamos para escuchar la homilía. Una homilía es mucho más que una simple plática sobre cómo debemos vivir o qué debemos creer. La homilía es un acto de adoración enraizado en los textos de la Santa Misa y las Escrituras. La homilía toma esa palabra y la aplica a nuestras vidas
Credo. Los domingos nos ponemos de pie para juntos recitar el Credo de los Apóstoles. La recitación es tanto una serie de verdades fundamentales que creemos como católicos, como una declaración de nuestra fe en la Palabra que hemos escuchado proclamada en las Escrituras y en la homilía. Oración Universal. La Liturgia de la Palabra llega a su fin con la Oración Universal. Respondiendo a la Palabra de Dios, ofrecemos oración por las necesidades y la salvación del mundo. Las peticiones entran dentro de estas cuatro categorías: la Iglesia, las naciones y sus líderes, personas de necesidades especiales, y las necesidades la parroquia local.
Después de las lecturas, nos trasladamos al altar para la comida sagrada del sacrificio, el compartir y la acción de gracias. Así como en cualquier comida en casa de un amigo, aquí también 1) ponemos la mesa, 2) damos gracias y 3) compartimos los alimentos.
En Misa estos actos rituales son llamados 1) la Preparación del Altar y Dones, 2) La Plegaria Eucarística, 3) El Rito de la Comunión. Preparación del Altar y Ofrendas Los primeros cristianos traían pan y vino de sus casas a la iglesia para usarlos en la Misa y para darlos al clero y a los pobres. Hoy se hace una ofrenda similar para la parroquia y los pobres con nuestras contribuciones monetarias. El sacerdote recibe el pan y el vino por parte de algunos de los miembros de la congregación, manteniendo así la eficacia espiritual y significado de las primeras ofrendas a la iglesia.
El sacerdote mezcla agua con el vino y se lava sus manos. Finalmente, nos invita a orar para que el sacrificio sea aceptable a Dios.
Respondemos “Amén” a la oración sobre las ofrendas.
La Plegaria Eucarística La oración que sigue va dirigida al Padre y nos trae al centro de la Misa y al corazón de nuestra fe. Mientras que las palabras de la oración pueden variar de domingo a domingo, la oración siempre tiene esta estructura: 1) Invocamos a Dios para que recuerde las maravillosas obras salvadoras de nuestra historia. 2) Recordamos el evento central en nuestra historia, Jesucristo, en particular el memorial que nos dejó la noche antes de su muerte.
Recordamos su Pasión, Muerte y Resurrección. 3) Después de recordar con gratitud todos los maravillosos actos de salvación que Dios ha hecho por nosotros en el pasado, le pedimos a Dios que continúe esas obras de Cristo en el presente: oramos para que podamos llegar a ser un solo cuerpo, un solo espíritu en Cristo. Invitación. La oración comienza con un diálogo entre el líder y la congregación. Primero el sacerdote nos saluda con “El Señor esté con ustedes”. Después pregunta si estamos listos a acercarnos a la mesa y renovar nuestro compromiso bautismal, ofreciéndonos a Dios: “Levantemos el corazón”.
Respondemos que estamos preparados diciendo: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”. Entonces se nos invita a dar gracias al Señor nuestro Dios. A lo que respondemos: “Es justo y necesario”. “Dar gracias” traduce el verbo griego tradicional que ahora nombra toda la acción: Eucaristía. Prefacio y Aclamación Narrativa institucional: Consagración. El sacerdote continúa la oración, invocando al Espíritu Santo para que cambie nuestros dones de pan y vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo.
Recuerda los eventos de la Última Cena – la institución de la Eucaristía. En este importante momento de oración proclamamos el misterio de la fe. Varios textos son posibles, por ejemplo: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección, ven Señor Jesús”. Oración por la unidad y la intercesión. El recuerdo de la salvación de Dios nos lleva a hacer una atrevida petición, nuestra petición principal en cada Eucaristía: oramos por la unidad. “Con humildad oramos para que, participando del Cuerpo y la Sangre de Cristo, podamos ser reunidos en uno por el Espíritu Santo”. A esta petición añadimos las oraciones por el obispo de Roma y por el obispo de la Iglesia local; oramos por los vivos y los muertos, así como por nosotros mismos, para que por intercesión de los santos lleguemos un día a la mesa del cielo.
Esperamos ese día glorioso y alzamos nuestras voces con las de todos los santos que nos han precedido mientras el sacerdote levanta el pan y el vino consagrados y ofrece una doxología, una oración de gloria a Dios en el nombre de Cristo: “Con Él y en Él, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”.
Nuestro “Amén” a esta oración aclama nuestro asentimiento y participación en toda la Plegaria Eucarística. El Rito de Comunión Padre Nuestro y Señal de la Paz. Nos preparamos para comer y beber en la mesa del Señor con las palabras que Cristo nos enseñó: “Danos hoy nuestro pan de cada día; y perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
Conscientes de que la comunión es la señal y fuente de nuestra reconciliación y unión con Dios y entre nosotros mismos, hacemos una muestra de unión y perdón con los que nos rodean y les ofrecemos la señal de la paz. Invitación a la Comunión.
El sacerdote luego nos muestra el Cuerpo de Cristo y nos invita a acercarnos a la mesa haciendo eco de las palabras de Juan el Bautista,“Este es el Cordero del Señor…” Respondemos, “Señor, yo no soy digno…”, como hizo el Centurión cuando le pidió a Jesús que curara a su siervo (Mateo 8, 8). Ninguno de nosotros, por si solos, somos dignos de abrazar la plenitud de Cristo.
Es solo a través del amor y la misericordia que Dios nos ha otorgado que nos volvemos dignos de recibirlo. Los miembros de la congregación ahora se acercan al altar en procesión.
Comunión. Así como Dios alimentó a nuestros antepasados en su peregrinaje por el desierto, así Dios nos da alimento para nuestro viaje. Nos acercamos al ministro quien nos da el pan Eucarístico con las palabras “El Cuerpo de Cristo”, y respondemos, “Amén”. Posteriormente, oramos en silencio en nuestros corazones, dando gracias y alabando a Dios y pidiendo por todo lo que este sacramento promete.
Salimos de la iglesia fortalecidos por esta Eucaristía y la comunidad. Bendición y Despedida.
Inclinamos nuestra cabeza y recibimos la bendición. Mientras que el sacerdote nombra a la Santísima Trinidad – Padre, Hijo y Espíritu Santo — hacemos la Señal de la Cruz. El sacerdote o diácono entonces despide a los asistentes diciendo: “Vayamos en paz”. Y damos nuestro sí litúrgico respondiendo, “Demos gracias al Señor”. Viviendo la Eucaristía en el mundo.
Dejamos la asamblea y el edificio de la iglesia llevando a Cristo dentro de nosotros. Lo que pasa en nuestra vida durante la semana le da un significado más profundo a los ritos que hemos celebrado en Misa. Es solo en relación con nuestra vida cotidiana que se nos aclara el significado completo de estos ritos de Misa.
Traemos a Cristo al mundo.
Todas las partes, por el Padre Juan Puigbó.