1-
"Hija mía, no te angusties buscando ofrecerle a Dios grandes obras o sacrificios heroicos que están fuera de tu alcance. Nuestro Señor es un Padre tan tierno que se conmueve con lo más pequeño, si es que nace de un corazón que lo busca con sinceridad.
Piensa en una madre que recibe con alegría un dibujo sencillo de su hijo pequeño; no mira la técnica, mira el amor con que el niño movió el lápiz. Así es Dios contigo. Él se satisface con tu paciencia en ese pequeño disgusto, con esa oración breve que susurras entre tus tareas, con ese esfuerzo por sonreír cuando estás cansada.
No desprecies tus 'pequeñeces'. Dios no suma la cantidad de nuestras acciones, sino que mide el peso del amor que ponemos en ellas. Entrégale tu nada, tus pequeñas migajas de fe, y verás cómo Su bondad las convierte en un banquete de gracia para tu alma. ¡Sé pequeña, sé sencilla, y deja que Su infinita bondad haga el resto!"
2-
Padre Pío: la humildad de saber que no necesitamos ser "perfectos" o hacer cosas grandiosas para agradar a Dios, sino hacer lo poco que podemos con un amor inmenso.
3-
"La bondad es la moneda con la que se compra el Paraíso".
4-
"Hija, no desperdicies tu dolor contándolo a quien no puede sanarlo. Dámelo a mí, y yo lo pondré en las llagas de Jesús. Tu silencio es un regalo que le haces al Cielo."
5-
"No te desanimes si te sientes débil, porque la verdadera fuerza no es la que no siente el dolor, sino la que, aun sintiéndolo, se olvida de sí misma por amor a los demás. El corazón que se sacrifica por el prójimo se convierte en un sagrario vivo. Cuando te desgastas por Dios y por tus hermanos, el Señor mismo viene a reponer tus fuerzas. No permitas que la amargura nuble tu rostro; que tu tristeza sea tuya y de Dios, pero que tu alegría y tu servicio sean siempre para los demás. Ese es el camino de la santidad: sufrir callando y amar entregando."
6-
"Hija mía, el alma que verdaderamente ama a Dios no busca que el mundo vea sus llagas, sino que solo el Cielo las cure. Un corazón fuerte es aquel que, mientras arde por dentro en el fuego de la prueba, sabe sonreír al hermano para no cargarle con su pena. Esconder las lágrimas no es falta de sinceridad, es la máxima expresión de la caridad. Al ocultar tu dolor, estás imitando a Jesús, quien en la Cruz se olvidó de su propia agonía para consolar al buen ladrón y perdonar a sus verdugos. No busques consuelo en las criaturas; deja que tu sacrificio suba como un incienso silencioso que solo el Señor pueda oler."
7-
"No temas a la oscuridad del Calvario, porque es allí donde se hornea el pan de los fuertes. El Señor te permite sentir el peso de la cruz no para aplastarte, sino para purificar tu amor de todo rastro de egoísmo. En el Tabor se ve la gloria, pero en el Calvario se ve el Amor en su estado más puro. Cuando sientas que ya no puedes más, recuerda que Jesús se detuvo bajo el peso de su cruz para esperarte a ti. Cada suspiro de dolor que elevas al Cielo con paciencia es una caricia que le das al Corazón de Cristo. ¡Ánimo! El peso es temporal, pero la gloria que ese peso está labrando en tu alma no tendrá fin."
8-
"Hija mía, cuando sientas que tus rodillas flaquean y que el madero de tu cruz se hunde en tus hombros, no creas que es porque el Señor te ha olvidado. Al contrario, es en ese preciso momento cuando Él está más cerca de ti. Él no mira tu sufrimiento como un juez, sino como un Padre que sostiene el otro extremo de tu cruz. Si el peso te parece intolerable, es para que dejes de confiar en tus propias fuerzas y te lances totalmente en sus brazos. No es tu fuerza la que te mantiene en pie, es Su misericordia que te sostiene para que no caigas al abismo. Camina con paso firme, pues quien lleva la cruz con Jesús, ya ha vencido al mundo."
9-
"Que el Señor te bendiga y te guarde. Que haga brillar su rostro sobre ti y te conceda la paz en medio de la tormenta. Que San Pío de Pietrelcina sea tu guía, que tome tu mano cuando sientas que desmayas y te recuerde que el sufrimiento pasa, pero el haber amado permanece para siempre. Queda en la paz de Dios, hija mía."
10-
"No llores por tus penas como quien no tiene esperanza. Piensa que cada gota de amargura que bebes hoy, es una semilla de gloria para mañana. En el taller de Dios, los golpes de cincel son necesarios para quitar lo que sobra y dejar ver la imagen de su Hijo en ti. Tú sufres, es cierto, pero en tu sufrimiento estás salvando almas que no conocen a Dios. ¡Qué hermoso oficio te ha dado el Señor! Ser corredentora con Él en el altar de tu propio dolor. ¡Ánimo! El camino es corto, y la recompensa es eterna. Jesús está más cerca de ti cuando estás en la Cruz que cuando estás en el gozo."
11-
"Hija mía, no te espantes por el peso de tu cruz. Recuerda que Jesús no subió al Calvario para ser espectador, sino para entregarse por amor. Si el dolor te aprieta el corazón, es porque el Divino Esposo está labrando en ti una piedra preciosa para el Paraíso. No busques bajar de la Cruz, pues es allí donde se encuentran las almas con su Redentor. Ten paciencia, abandónate en sus llagas y di siempre: 'Hágase tu voluntad'. El Calvario es la montaña de los santos; cuanto más alto subas, más puro será el aire de la gracia que respires."
12-
El Padre Pio a sus hijos espirituales les exige que vivan cinco puntos:
1.- Confesión semanal: “La confesión es el baño del alma. Tienes que ir al menos una vez a la semana. No quiero que las almas se mantengan alejadas de la confesión más de una semana”.
2.- Comunión Humor del Padre Pío.
Un fraile ofreció al Padre Pío una almendra garrapiñada, que aceptó, comenzando a masticarla mientras iba a la sacristía para la confesión de los hombres.
Cuando alcanzaron la puerta, el Santo dijo: No abras todavía la puerta. Déjame primero acabar esta golosina: de lo contrario, ellos dirán: ¿Qué clase de santo es este, que come golosinas?.
Casares Osvaldo Arieldiaria: “Es muy cierto, no somos dignos de tal regalo. Sin embargo, acercarse al Santísimo Sacramento en estado de pecado mortal es una cosa, y considerarse indigno es otra muy distinta”.
3.- Examen de conciencia cada noche: “…cada comerciante experimentado en este mundo no sólo mantiene un seguimiento durante todo el día de si ha perdido o ganado en cada venta. Sino que por la noche, él hace la contabilidad del día para determinar lo que debe hacer al día siguiente. Es indispensable hacer un riguroso examen de conciencia, breve pero lúcido, todas las noches”.
4.- Lectura espiritual diaria: “El daño que viene a las almas de la falta de lectura de libros sagrados me hace estremecer”.
5.- Oración mental dos veces al día: “La meditación es un medio para llegar a Dios, no es un objetivo en sí mismo. La meditación tiene como objetivo el amor de Dios y al prójimo”.
13-
Nuestra naturaleza está herida y tiende a buscar el alivio fácil, alejándose de lo que nos santifica. Por eso, el enemigo de nuestras almas intentará convencerte de que el amor de Dios te ha abandonado cuando más sufres. ¡No le creas! El amor divino es un fuego que nunca se apaga, pero necesitas el soplido de la oración para que ese fuego caliente tu espíritu cuando el frío del mundo te rodee.
14-
No reces "cuando tengas ganas". El cuerpo rara vez tendrá ganas de sacrificarse. Pon una hora y cúmplela como un soldado en su puesto de guardia.
15-
Usa jaculatorias: Si la oración larga te resulta imposible por el dolor, lanza "flechazos" al cielo durante el día: "¡Señor, ayúdame!", "¡Hágase tu voluntad!", "¡Jesús, te amo!". Estos breves suspiros mantienen la puerta del espíritu abierta a la Gracia.
16-
No busques resultados inmediatos: La oración es como la lluvia en el campo; a veces cae y parece que no pasa nada, pero por dentro la semilla está cobrando vida. La cosecha se ve después.
17-
"No te desanimes si te resulta difícil concentrarte. Haz lo que puedas, y lo que no puedas, el Señor lo completará por ti. Él no mira la perfección de tu oración, sino la humildad y la buena voluntad de tu corazón."
18-
No descuides tu trato con el Señor. La oración no es un deber pesado, es el oxígeno que permite a tu voluntad ser superior a tus debilidades. Si rezas, el amor de Dios será en ti una roca inamovible; si dejas de rezar, hasta la brisa más pequeña te hará tambalear. Camina con humildad, acepta tu fragilidad natural, pero confía ciegamente en esa fuerza sobrenatural que solo se recibe de rodillas.
19-
Recuerda que la voluntad es la capitana de tu barco. Aunque las olas de la tristeza o el miedo golpeen con fuerza, si tu voluntad se mantiene firme, anclada en el "Hágase" de la Virgen, la Gracia divina acudirá en tu auxilio. El sufrimiento es la tierra donde se siembra la santidad, pero solo la oración constante es el agua que hace que esa semilla no se seque bajo el sol de la prueba.
20-
Es natural que el cuerpo y el alma humana se estremezcan ante el dolor; incluso nuestro Señor en el Huerto de los Olivos sintió la agonía de nuestra frágil naturaleza. No creas que pecas porque tu sensibilidad se rebela ante la cruz o porque sientes el deseo de que el cáliz pase de largo. El pecado no está en sentir el peso, sino en soltar la mano de Dios por causa de ese peso.
21-
El Padre Pío tenía una relación constante con su Ángel. Él decía: "Si no puedes venir a mí, envíame a tu Ángel de la Guarda". Cuando te sientas solo en tu sufrimiento, dile:
"Ángel de Dios, que eres mi custodio, pues la bondad divina me ha encomendado a ti, ilumíname, guárdame, rígeme y gobiérname. Amén."
22-
El camino de la santidad no es un salto, sino un paso tras otro, sostenido por la gracia. No temas tus debilidades: entrégalas al Señor y Él las convertirá en fuerza. La perseverancia es la llave que abre la puerta de la fidelidad.
23-
Alma mía, no te canses de hacer el bien, aunque parezca que nadie lo nota. La virtud no se mide por los aplausos, sino por la constancia en lo oculto. Cada día que perseveras en la oración, en la paciencia, en la caridad silenciosa, tu alma se fortalece y se acerca más a Dios.
24-
Cuando recuerdas que Él te mira, no para condenarte sino para sostenerte, algo dentro de ti se ordena. La vida se vuelve más ligera, más verdadera. No necesitas ser perfecto; necesitas ser sincero. Cada día es una oportunidad para ofrecerle un poco más de luz, aunque sea una chispa.
Y si hoy te parece que no has hecho nada, empieza por un gesto sencillo. Dios hace grandes cosas con almas que se dejan moldear.
25-
Cuando recuerdas que Dios te ve, no es para temer, sino para amar. Su mirada no es la del juez severo que busca fallas, sino la del Padre que desea encontrarte haciendo el bien. Vive cada instante como si fuera una ofrenda puesta en sus manos. Si caes, levántate sin demora. Si dudas, vuelve a su presencia. Si te sientes débil, repite: “Señor, Tú me ves… y aun así me amas”. Esa certeza basta para caminar con paz.
26-
Alma mía, no esperes un mañana que no te pertenece. El bien que no haces hoy se pierde para siempre. Dios te mira con una ternura que no mereces y, aun así, te invita a levantarte. No te pide grandezas, solo fidelidad. Un gesto humilde, una palabra limpia, un silencio ofrecido… todo puede ser semilla de eternidad. Empieza hoy, aunque sea pequeño, porque en lo pequeño se esconde la gracia.
27-
“Cuando el alma se siente confundida por la ausencia del Amado, debe descansar en la paz. No prolongues la perplejidad ni las ansias: confía en que el silencio y la distancia son también modos de su presencia. El Amor nunca abandona, aunque se esconda.”
28-
“No temas la atracción ni el rechazo. Ambos vienen de Dios y ambos son fruto del Amor. La atracción te recuerda tu patria celestial; el rechazo te enseña que aún peregrinas en la tierra. Todo está bien, porque todo tiene la misma causa: el Amor divino.”
29-
“Hijo mío, no dudes del Amor cuando te hiere, porque esa herida es medicina. El Amado hiere para purificar, y sana para elevar. La dulzura de sus penas es señal de que tu alma le pertenece.”
30-
Bendición de Padre Pío
“Que el Señor te conceda paz en este día, hijo mío. Que tu corazón permanezca humilde y confiado, y que la esperanza en Dios sea tu fuerza. Que Jesús y María te acompañen en cada paso de esta jornada y de toda la semana. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.”
31-
“Hijo mío, cuando Dios calla no significa que te haya abandonado. Su silencio es una prueba de amor, porque quiere que tu fe se fortalezca en la oscuridad. No temas: aunque no lo sientas, Él está más cerca que nunca.”
32-
“María es nuestra guía. Ella toma nuestra mano en medio de la oscuridad y nos conduce hacia la luz de Cristo. No temas perderte: quien se deja guiar por la Madre nunca se extravía.”
33-
Hijo mío, María es nuestra inspiradora. Ella nos enseña a decir siempre ‘sí’ a Dios, con humildad y confianza. Si la miras, aprenderás a vivir en obediencia y amor, porque su vida es un espejo de la voluntad divina.”
34-
Que la paz del Señor esté siempre contigo. Nunca olvides que Jesús no vino a buscar a los sanos, sino a los enfermos que reconocen que necesitan su medicina.
35-
La vanidad es como la polilla que devora las telas más finas: entra sin hacer ruido y, cuando te das cuenta, tus buenas obras están huecas por dentro. Hacer el bien sin vanidad requiere la fuerza de un león y la humildad de un cordero. Si haces algo bueno, dáselo de inmediato a la Virgen María para que ella lo guarde, no sea que el viento del orgullo se lo lleve. Recuerda: el bien que haces es de Dios, solo las faltas son tuyas. Sé como la violeta, que es pequeña y está escondida, pero cuyo perfume delata su presencia. ¡Busca agradar solo a Aquel que ve en lo secreto!"
36-
"Hacer el bien es fácil cuando los hombres nos aplauden, pero ¡qué difícil es ser bueno cuando nadie nos ve, o peor aún, cuando nos critican! Ahí es donde se prueba la verdadera valentía. El alma verdaderamente piadosa no busca que su nombre brille, sino que el nombre de Jesús sea glorificado.
37-
Dios ama más un arrepentimiento sincero, que brota de lo más profundo del alma, que una pureza fría y orgullosa de quien cree que no necesita de la Gracia. El arrepentimiento es la puerta por la que entra la luz de Dios en nuestra oscuridad. No te asustes de tus miserias; más bien, úsalas para reconocer que sin el Señor no eres nada. Una sola lágrima de contrición tiene más valor ante el Trono de Dios que mil oraciones dichas con la boca pero llenas de complacencia propia."
38-
"Hijo mío, no busques la santidad en la idea de ser un ángel que nunca tropieza. En este mundo, todos llevamos el peso de nuestra debilidad. La verdadera piedad no es un vestido blanco sin una sola mancha; es la túnica de aquel que, después de haberse revolcado en el lodo del pecado, corre a los pies de su Padre para ser lavado.
39-
¡Ah, hijo mío! Qué bien comprendes que el camino al Cielo no es una línea recta de perfección, sino un sendero lleno de caídas donde lo que importa es cómo nos levantamos. El enemigo nos quiere hacer creer que si pecamos, ya no somos dignos de Dios, pero esa es su mentira más grande.
40-
Ese 'justo' que se mira al espejo y se complace de su propia sombra, se olvida de que la luz no es suya, sino del Sol que es Cristo. El orgullo es un veneno sutil que endurece el corazón; te hace creer que no necesitas perdón, y sin necesidad de perdón, no hay espacio para la Gracia. Recuerda: todo lo bueno que hay en ti es de Dios, y todo lo malo es tuyo. No dejes que tus obras, por muy santas que parezcan, se conviertan en la cárcel de tu alma. Mantente pequeño, muy pequeño, porque a los pequeños es a quienes Dios revela sus secretos."
41-
"Ten mucho cuidado, alma mía, con creerte dueño de tus virtudes. A veces el enemigo es muy astuto y nos susurra al oído que somos 'especiales' o 'justos' porque cumplimos con los mandamientos o porque hacemos sacrificios en silencio. Si guardas tus virtudes con orgullo, como quien esconde un tesoro para que nadie se lo quite, estás construyendo un muro de piedra fría entre tú y Dios.
42-
Cuando un alma dice: 'Señor, me avergüenzo de lo que soy', en ese mismo instante, las manos de Jesús se extienden para cruzar el abismo. El malvado que se arrepiente ya no es malvado, es un hijo que vuelve a casa. Prefiero mil veces un pecador que llora a los pies de la Cruz, que a un hombre 'bueno' que nunca ha sentido la necesidad de ser abrazado por la Misericordia Divina. No huyas de tu miseria; úsala como los peldaños de esa escalera que te lleva directo al Corazón de Jesús."
43-
"Hijo mío, no temas a esa vergüenza que te quema el rostro cuando te das cuenta de que has fallado. Ese fuego no es para destruirte, es para purificar el orgullo que te mantenía lejos del Padre. ¿Sabes por qué la vergüenza del pecador es un puente? Porque es el primer paso de la humildad.
44-
Oh Dios, que concediste a San Pío de Pietrelcina el privilegio de participar, de modo admirable, en la pasión de tu Hijo: concédeme, por su intercesión, la gracia de [menciona aquí tu intención o necesidad] que tanto deseo.
Padre Nuestro, Ave Maria, Credo.
45-
Hija mía, recuerda lo que siempre les decía a mis hijos espirituales: "La oración es la mejor arma que tenemos; es una llave que abre el corazón de Dios". No tengas miedo, porque antes de que tú llames, Él ya está respondiendo.
46-
Padre Pío, tú que siempre dijiste: "Reza, ten fe y no te preocupes", enséñame a confiar ciegamente en la bondad de Jesús y a refugiarme bajo el manto de la Virgen María. Quédate conmigo en la batalla, ayúdame a levantarme si caigo y guíame de la mano hasta la puerta del Paraíso.
47-
Amado Padre Pío, tú que has soportado las heridas de Cristo y conoces bien el peso de la cruz y la furia del enemigo, intercede por mí ante el Altísimo.
Pide por mi fortaleza: Para que, cuando sople el viento de la tentación, no me asuste el ruido de las hojas, sino que permanezca firme al pie de la Cruz.
Pide por mi pureza: Para que mi corazón se mantenga honesto y alejado de todo mal pensamiento, buscando solo amar y servir a Dios.
Pide por mi paz: Para que aprenda a despreciar las tentaciones y a abrazar con amor las tribulaciones que purifican mi alma.
Amen
48-
Hijo mío, no dejes que tu corazón se desgaste en preocupaciones que nada añaden a tu alma. El mundo ofrece mil ocupaciones que perturban y cansan, pero sólo una cosa es necesaria: levantar tu mirada hacia el cielo y amar a Dios con sencillez. Allí encontrarás paz, allí tu espíritu descansará."
49-
"No te fatigues en lo que pasa y se desvanece, porque esas cosas sólo traen inquietud. Ama a Dios, y todo lo demás se ordenará en su tiempo. Eleva tu espíritu en cada instante, incluso en lo pequeño, y descubrirás que la verdadera alegría no está en los afanes de la tierra, sino en el amor que une tu alma con el Señor."
50-
El alma que se abandona en Jesús no teme el mañana, porque sabe que cada instante está sostenido por su amor. La voluntad divina es el camino seguro: en la alegría y en la prueba, en la luz y en la sombra. Mantén tu espíritu sereno, y deja que tu confianza sea como un río que fluye hacia la eternidad."
51-
"No temas el peso de la prueba, porque en ella se esconde la semilla de la eternidad. El dolor, cuando se abraza con fe, se convierte en ofrenda que purifica y eleva. Mira siempre hacia el bien que te espera: allí el alma encuentra descanso, allí el sufrimiento se disuelve en alegría."
52-
“La cruz es el trono desde donde Cristo reina. Hijo mío, ama a Jesús en su sufrimiento, porque allí se revela el amor más puro. No temas abrazar la cruz: en ella se esconde la victoria y la promesa de la resurrección. Amar a Cristo crucificado es aprender que el dolor, unido a Él, se convierte en gloria.”
53-
“Jesús no se cansa de perdonar, de levantar al pecador y de consolar al corazón herido. Hijo mío, ama a Cristo porque su misericordia es infinita: cada vez que caes, Él te espera; cada vez que dudas, Él te sostiene. El amor agradecido por tanta bondad abre tu alma a la gracia.”
54-
“Mira a Cristo, que siendo Dios se hizo pequeño, pobre y obediente hasta la muerte. Hijo mío, ¿cómo no amar a un Señor que se abaja tanto por ti? Su humildad es la escuela del verdadero amor: quien ama a Jesús aprende a servir, a callar y a entregarse sin esperar recompensa.”
55-
“Hijo mío, contempla la majestad de Cristo: Él es el Señor del cielo y de la tierra, y sin embargo se inclina hacia ti con ternura. Ama a Jesús porque es digno de todo amor, porque su grandeza no te aleja, sino que te atrae. En su poder encuentras seguridad, en su gloria esperanza, y en su misericordia la dulzura que tu alma necesita.”
56-
“Hijo mío, contempla la inmensidad de Cristo: Él es el Señor del universo, el Rey glorioso que sostiene todo con su poder. ¿Cómo no amar a un Dios tan grande, que siendo infinito se hizo pequeño por ti? El amor verdadero nace de reconocer su majestad y su humildad: grande en su divinidad, cercano en su humanidad. Ama a Jesús porque es digno de todo amor, porque su grandeza no te aplasta, sino que te levanta. En su poder encuentras seguridad, en su gloria esperanza, y en su misericordia la ternura que tu alma necesita. Que tu corazón arda de amor por Él, porque amar a Cristo es ya comenzar a vivir la eternidad.”
57-
“Jesús merece nuestro amor por su grandeza divina, pero aún más por su humildad y por el sacrificio que aceptó por ti. No olvides que el amor agradecido es el más puro: amar a Cristo porque te salvó, porque te levantó cuando estabas caído, porque nunca te abandonó. Hijo mío, la gratitud abre el alma a la gracia, y quien agradece a Jesús con amor sincero ya comienza a vivir la eternidad.”
58-
“Amemos a Jesús no solo por lo que es —el Señor del cielo y de la tierra, el Rey glorioso y poderoso— sino también por lo que ha hecho por nosotros. Cada herida que recibió, cada lágrima que derramó, cada gota de sangre que entregó, son méritos infinitos que claman gratitud. Hijo mío, el amor verdadero nace del corazón agradecido: quien recuerda lo que Cristo sufrió por él, no puede dejar de amarlo.”
59-
“Hijo mío, el camino de la vida no siempre es fácil, pero nunca lo recorres solo. El Señor camina contigo, incluso cuando tus pasos son cansados y tu corazón se siente débil. Él es la fuerza que sostiene, la luz que guía y el descanso que espera al final de la jornada. No temas perderte, porque Dios mismo te conduce hacia el destino que ha preparado para ti. Confía: aunque las pruebas parezcan largas, el Señor jamás abandona a sus hijos. Cada paso que das en fe es un paso más cerca de la eternidad.”
60-
“Hijo mío, no olvides que la cruz no es el final del camino. El Señor quiso mostrar a sus discípulos la luz de su gloria en el monte, para que cuando llegara la hora de la pasión no se escandalizaran del dolor. Así también tú: cuando la prueba te visite, recuerda que detrás de cada herida brilla la promesa de la resurrección. La cruz es pesada, sí, pero es el puente que conduce al cielo. Acepta el sufrimiento con amor, porque en él se esconde la victoria de Cristo. Mira su rostro transfigurado y confía: lo que ahora parece oscuridad se transformará en luz eterna.”
61-
La Divina Providencia y la pobreza eran muy queridas para el Padre Pío. Nunca las separó y siempre procuró que se amaran. La Providencia hace que Dios se incline ante sus criaturas. La pobreza eleva el corazón de las criaturas hacia Dios. La Providencia asegura el pan de cada día, la salud necesaria y el trabajo indispensable para la vida. La pobreza asegura el desapego del exilio, la esperanza en la patria celestial y la obtención de los bienes celestiales, como dijo Jesús. Estas reflexiones me surgieron espontáneamente al recordar una confesión lejana con el Padre Pío. Era entonces la época más triste de la última guerra mundial. La escasez de medios de subsistencia pesaba dolorosamente sobre todos. En nuestra familia, incluso nos veíamos obligados a dormir en mesas, cubiertos como podíamos, sin muchas de las cosas que se consideraban necesarias. En esa confesión, me quejé al Padre Pío, expresándole mi gran dolor al ver, especialmente a los niños, dormir así, sin poder proveer de nada. Recuerdo que el Padre Pío primero me escuchó atentamente y luego me preguntó con firmeza: «¿Pero están bien tus hijos? ¿Sí o no?». «Sí, Padre, de verdad que están bien». «¿Y? Hay quienes mantienen a sus hijos envueltos en algodones, con todas las comodidades, y siempre tienen uno encima; tus hijos, en cambio, no tienen dónde dormir, pero siempre están bien: ¿qué más quieres?». La señora concluye: «Correcto. Pobreza y Providencia, es decir, riqueza de gracia y salud. ¿Qué más se puede pedir?».
62-
En otra ocasión, la señora le pregunta al padre cómo lograr que sus hijos oren: «Padre, ¿qué debo hacer? Veo que rezan mal, se distraen con facilidad; algunos se escapan por aquí, otros por allá; los mayores tienden a evitar la oración; a algunos se les ocurre bromear. Padre, ¿qué debo hacer? ¿Qué debo hacer?». «¡Abrázalos! ¡Abrázalos!». La señora Lucía concluye y comenta: «La naturaleza infantil sigue su cómodo camino de instintos ciegos, y los niños son víctimas inexpertas si no se les controla con disciplina. Los padres somos responsables de hacer este esfuerzo vigilante para 'abrázalos'. Es una tarea difícil, es cierto, pero es más que necesaria, ya que se trata de la salud primaria de nuestros hijos».
63-
La catequesis del Padre Pío a mil madres se basó en la Sagrada Familia de Nazaret y en el texto de Mateo, según el cual, cuando la voluntad del Padre celestial se cumple en la familia, cada mujer se convierte en hermana y madre de Cristo como María y, por lo tanto, en una persona plena en el arte de criar hijos. Este fue el camino de perfección al que él dirigió.
¿Acaso el Padre Pío no surgió de padres que habían cumplido con sus deberes hacia sus hijos?
La pedagogía actual en la crianza de los hijos, estrechamente ligada a la cultura actual y fruto de una psicología atea, dista mucho de las enseñanzas del Padre Pío. En este sentido, cabe recordar un lamento profético del Padre Pío de la década de 1930:
"Tendremos una generación de madres que no sabrán cómo criar a sus hijos".
Incluso a principios de la década de 1960, repetía:
"Nuestros hijos no tendrán lágrimas para llorar por los errores de sus padres... No quisiera estar en el lugar de sus hijos y nietos".
64-
Un joven esposo de Padua, recién convertido en padre, fue a San Giovanni Rotondo. No era la primera vez. A primera hora de la mañana, durante la misa, le recomendó mentalmente a su hijo. Luego, a lo largo del día, mientras el Padre Pío pasaba entre la multitud, repitió mentalmente su recomendación. Finalmente, al día siguiente, se confesó y le dijo al Padre Pío: «Padre, soy padre desde hace unos días. Soy feliz; le recomiendo a mi hijo; se lo confío, Padre». El Padre Pío respondió: «Hijo mío, esta es la tercera vez que me lo dices. ¡Tú, en cambio, deberías preocuparte por vivir como un buen cristiano!».
El Padre Pío guió a los padres en la misión esencial de la familia: transmitir la vida, criar a los hijos como hijos de Dios y guiarlos al Cielo. Esta misión exige de los padres una vida verdaderamente cristiana. El pecado personal en los cónyuges es el principal enemigo de la educación y la crianza de los hijos.
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