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Hace más de un siglo, mucho antes de que alguien pronunciara palabras como algoritmo, chatbot o inteligencia artificial, Florentino Ariza ya había descubierto uno de los grandes absurdos de la comunicación humana: a veces creemos que dos personas están hablando cuando, en realidad, alguien más está escribiendo por ellas.
En El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez hizo de Florentino un hombre enfermo de palabras. Podía escribir de amor casi cualquier cosa, pero cuando la vida práctica le exigía abandonar aquella retórica sentimental, las palabras parecían rebelársele.
Su mundo era el amor.
Y por eso ocurrió algo extraordinario.
La gente empezó a buscarlo para que escribiera cartas de amor. Hombres incapaces de decirle a una mujer aquello que sentían encontraban en Florentino las palabras que no poseían.
Él escribía por ellos.
Pero las cartas llegaban al otro lado.
Y algunas mujeres, conmovidas por aquellas palabras y sin saber cómo responderlas, también acudían al hombre que tenía fama de saber escribir de amor.
A Florentino.
Entonces sucedió lo inevitable y maravilloso: Florentino terminó escribiendo cartas de amor y contestando después sus propias cartas, sin que quienes supuestamente mantenían aquella correspondencia supieran que detrás de ambos extremos estaba la misma pluma.
Dos enamorados conversaban.
Pero Florentino hablaba consigo mismo.
Más de un siglo después hemos perfeccionado el procedimiento.
Hoy un hombre conoce a una mujer en una red social. Le parece bonita. Quiere saludarla, pero no encuentra exactamente las palabras.
Abre una inteligencia artificial.
—Ayúdame a escribirle.
La máquina redacta el mensaje.
La mujer lo recibe. Le parece interesante, pero tampoco sabe exactamente qué contestar.
Abre su propia inteligencia artificial.
—Ayúdame a responderle.
Y responde.
El hombre recibe la contestación y vuelve donde su inteligencia artificial:
—Mira lo que me dijo. ¿Qué le contesto?
Y quizá, sin saberlo ninguno de los dos, llega un momento en que dos inteligencias artificiales mantienen una conversación amorosa mientras dos seres humanos observan la correspondencia desde los extremos.
Florentino Ariza estaría fascinado.
O desempleado.
Lo curioso es que el problema no está necesariamente en utilizar una herramienta para encontrar palabras. Durante siglos utilizamos secretarios, escribanos, amigos, poetas, manuales de correspondencia y hasta al amigo del barrio que "sabía escribir bonito".
El problema comienza cuando entregamos también aquello que las palabras deberían representar.
Porque una inteligencia artificial puede ayudarnos a escribir:
"Te extrañé".
Pero solamente nosotros podemos haber extrañado.
Puede escribir:
"Pensé en ti toda la noche".
Pero no pasó la noche pensando.
Puede redactar una declaración de amor perfecta sin haber sentido jamás ese pequeño desastre biológico que los humanos llamamos enamorarse.
Y entonces aparece una pregunta que García Márquez jamás necesitó hacerse, pero que Florentino Ariza entendería perfectamente:
¿Qué ocurre cuando ya no sabemos si las palabras que nos enamoraron pertenecen a la persona que tenemos enfrente?
Tal vez dentro de poco dos personas puedan enamorarse leyendo textos que ninguna de las dos escribió.
Y algún día, cuando finalmente se encuentren frente a frente, tendrán que hacer algo terriblemente antiguo:
hablar.
Sin copiar.
Sin pegar.
Sin regenerar respuesta.
Y ahí sabremos si estaban enamorados ellos…
o si, durante todo ese tiempo, Florentino Ariza había estado contestándose otra vez sus propias cartas.
Óscar Hernando Correa
OSKARÍA