Muchos mexicanos soñamos con un país con un gobierno honesto y empático. Algunos incluso sueñan con expulsar las jerarquías autoritarias, pensando que tal vez eso nos libere de la tiranía. Sin embargo, debemos ser sensatos: no podemos irnos a los extremos —ni al autoritarismo ni a la anarquía.
Pero tampoco está del todo mal pensar en una anarquía consciente y comunitaria, cuando su causa es el bienestar común. Una anarquía que promueva la unión y la solidaridad entre los pueblos.
Últimamente he reflexionado sobre los papeles jerárquicos que se ejercen en nuestro país. Y aunque no todos los que ocupan cargos públicos son iguales, la mayoría parece velar solo por su propio bien, no por el de todos. Pareciera que el gobierno sigue aquella lógica cruel que afirma: “los fuertes hacen lo que quieren, y los débiles sufren lo que deben”. Esa frase, de hecho, fue dicha por Tucídides, un historiador griego. Y aunque él no era abiertamente oligarca, su pensamiento sí reflejaba una visión elitista del poder.
Incluso Nietzsche, quien no era moralista, reconocía algo semejante: que los fuertes tienden a imponerse sobre los débiles. Y aunque me considero una persona de ideas liberales respecto al Estado y las estructuras de poder, reconozco que necesitamos líderes. Pero no cualquier líder. Porque hay una línea muy delgada entre el liderazgo y la tiranía: el líder vela por todos, incluyendo su bienestar; el tirano solo se preocupa por sí mismo, sin importar a quién pisotee.
Aunque elimináramos formalmente a los líderes, por ley natural surgiría uno. No siempre será el más inteligente, ni el más rico, ni el más instruido. A veces es simplemente la persona que más influye en su comunidad. Sin estructuras, el ciclo se repetiría. Al principio, pensaríamos que somos finalmente libres. Pero sin normas ni estructuras jurídicas, actuaríamos como animales salvajes, haciendo lo que nos plazca.
Es entonces donde entra la moral: un conjunto de creencias, normas y valores que guían el comportamiento humano. Pero como no todos compartimos la misma moral, existe la ética, que es cómo cada quien aplica esos valores en su vida diaria. Tampoco compartimos la misma ética, y eso puede provocar conflictos.
Así, surgirán grupos que buscarán detener aquello que consideran peligroso. Y nuevamente, alguien tendrá que tomar decisiones. Es inevitable: volverá a surgir una jerarquía.
Pero eso no significa que debamos quedarnos de brazos cruzados. No porque el poder sea inevitable vamos a permitir que se corrompa. Por eso hablo de justicia comunitaria: de un pueblo que se une como hermanos, como mexicanos, como seres humanos, para expulsar a quienes no merecen el poder. Porque el pueblo unido jamás será vencido. Y el cambio, como siempre, empieza desde abajo, desde nosotros.
Un ejemplo histórico que demuestra el poder del pueblo organizado es la Revolución Mexicana de 1910. Aunque inició con distintas causas —como la reelección constante de Porfirio Díaz y la desigualdad social— el trasfondo fue un hartazgo generalizado hacia un gobierno que ya no representaba a todos. El pueblo, dividido en múltiples sectores, campesinos, obreros e incluso intelectuales, se organizó y, a pesar de sus diferencias, logró derrocar a un régimen autoritario. Este movimiento mostró que cuando las comunidades se hartan de ser oprimidas, pueden levantarse y construir una nueva estructura de poder más justa. Aunque no fue perfecta y también tuvo sus contradicciones, nos deja una lección: los líderes que no escuchan al pueblo eventualmente caen, porque la verdadera fuerza viene de abajo, no de la cima.
24 de Julio, 2025 - Viento Nocturno
Claro que sí puede existir la justicia comunitaria, pero primero es importante definir: ¿Qué es la justicia comunitaria?
La justicia comunitaria es un sistema de justicia informal no oficial ni aprobado por la jurisdicción, que utiliza métodos de mediación y negociación basados en principios y valores de la propia comunidad.
Ahora bien, determinemos si este sistema de justicia comunitaria puede ofrecer un futuro prometedor y justo para quienes recurren a esa alternativa ya sea por motivos de escasez económica, o simplemente para no llevar a cabo procedimientos legales.
Imaginemos un pleito de vecinas: Juana llevaba semanas notando que Jacinta deposita su basura en el bote de Juana, en lugar del suyo. Por lo que recurre a este sistema comunitario para levantar una queja, y tras una breve intervención comunitaria, se llega a una negociación, conciliación o incluso una sanción para Jacinta por no respetar una propiedad ajena como lo es el bote de basura de Juana.
Ahora escalemos una situación más grande: Don Jorge denuncia a su vecina Patricia por maltratar a su perro y a su niña. Este sistema comunitario no tiene potestad para ejercer y defender en este caso a la menor y a la mascota.
¿Qué necesitaría este sistema para seguir apoyando a su comunidad?
En este caso que es muy delicado, ya se tendría que abrir un caso en fiscalía, para levantar la denuncia y llevar a cabo un proceso legal. Pero aquí hay un problema, que enfrentamos muchos mexicanos, y me incluyo porque también lo viví: Burocracia jerárquica. ¿Qué es? Pues un sistema piramidal donde importan ciertos factores, ya sean económicos, sociales, políticos, académicos, etcétera. Por esta jerarquía suele llevarse a cabo la discriminación, clasismo, racismo, machismo incluso, homofobia; que por igual son violencias sociales. Regresando al punto de por qué la mayoría de mexicanos sufrimos de este sistema piramidal, que parece cadena trófica. Gran parte de las veces, ya sean abogados, o fiscales, o de cualquier departamento de administración legal, son muy insensibles con las víctimas, tratando a las personas como simples expedientes, olvidándose de la empatía y ética por su trabajo, que si bien parte de su trabajo y tal vez la clave para llevarlo a cabo es mantenerse parcial para conservar su ética. Cabe señalar que quienes ejercen cargos dentro de este orden, muchas veces olvidan que trabajan con personas, no con papeles. Ya sean abogados, fiscales, trabajadores sociales o agentes del ministerio público, es común que su trato esté desprovisto de humanidad. En lugar de empatía, hay frialdad; en lugar de escucha, hay prisa; en lugar de justicia, hay protocolo.al llegar, muchas veces uno se encuentra con una barrera invisible: un escritorio lleno de expedientes donde tu historia se convierte en "un caso más". No importa si tu voz tiembla, si tu dolor se asoma por los ojos; lo que se evalúa es si el formulario está bien llenado. Esta deshumanización no es casual: es parte estructural del sistema jerárquico, que premia la frialdad, la eficiencia y la obediencia a la norma por encima de la compasión, la escucha o la voluntad real de ayudar.
No es que las personas que trabajan ahí sean malas per se, sino que muchas veces son víctimas también de ese mismo sistema que les exige dureza para "cumplir con su deber". En ese contexto, la ética se confunde con el tecnicismo, y la empatía se considera debilidad. Pero esa desconexión emocional genera violencia. Una violencia que, al no ser física, muchas veces no se denuncia, pero que hiere con igual intensidad.
Muchos de los abogados que trabajan en estas áreas lo hacen sin verdadera vocación, lo que pone en riesgo la integridad de quienes más deberían ser protegidos. Quien defiende una causa noble, no debería hacerlo por interés económico, sino por convicción humana.
Mi conclusión es que podemos crear un sistema de justicia comunitaria donde encontremos personas que valoren los derechos humanos, de los animales y del ecosistema, que los valoren demasiado para no ejercer ningún tipo de violencia social, ni burocrática al pueblo. Personas que busquen ayudar sin recibir nada a cambio.
23 de Julio de 2025 - Viento Nocturno