27 de mayo de 2030 Tokio.
Desde su escritorio, se podía escuchar cómo el viento y las gotas de lluvia golpeaban contra los enormes ventanales. En el piso cincuenta y siete del edificio RVKEI Company, uno de los más altos de Tokio.
En aquel momento, «Él» recibió un llamado de atención. Su jefe lo llamaba.
Esperando lo peor, se dirigió hasta su oficina.
«Toc, Toc». Golpeó la puerta.
Una voz tenue respondió que podía pasar. Y con un nudo en la garganta, tomó asiento.
«¿Me llama, señor?»
El hombre, con una mirada enfurecida y piadosa, le entregó un papel. Era el acta de renuncia.
Al leerlo de reojo, con su corazón latiendo fuerte, «Él» intentaba negar la situación en la que se encontraba. Incontables noches de esfuerzo para llegar a donde estaba se habían ido por la ventana.
El hecho de ser despedido es motivo suficiente para hundirse en un pozo. Solamente, no era ese el motivo que tanto le preocupaba.
En esta sociedad moderna, ejercer un trabajo es un punto vital. Un hombre trabajando para mantener una familia es lo correcto. Estudiar, crecer, madurar para conseguir un trabajo: son los pilares que cualquier persona debe seguir. Los padres son quienes se encargan de alimentar a sus hijos, los niños estudiarán para repetir el mismo camino que sus padres, manteniendo así a la humanidad como especie sobreviviente. Absolutamente, ese es el ideal impuesto cuando nacemos.
Tener un propósito social: ser policía, médico, científico, contribuir con el desarrollo de nuestra especie. Todas esas cosas son las que nos mantienen vivos, dándonos un sentido de la razón, un lugar de pertenencia, sentirnos importantes para quienes nos rodean.
Algunos nacen dotados, otros son marginados por no ser inteligentes o diferentes a los ideales. Ser preso de las jerarquías que sobresaturan nuestra sociedad hasta el punto de ser esclavos ciegos, está diabólicamente normalizado.
Al final de cuentas, ¿quiénes somos nosotros para cuestionar lo que se nos impone?
Hacerlo sería un acto despreciable. Cuestionar lo impuesto por las élites que controlan los márgenes sociales, como en la antigüedad: serías tachado de cometer blasfemia por cuestionar a la santa iglesia.
Trabajar hasta el día de tu muerte es estar atado a obedecer órdenes hasta el punto de que tu cuerpo ya no pueda depender de sí mismo.
«Trabaja hasta morirte». «Deberías esforzarte más».
Somos dependientes de estos factores para escalar en rangos sociales.
En las primeras tribus humanas, su único método de supervivencia era permanecer en grupo, cuidándose entre ellos, saliendo a cazar y recolectar juntos. Cualquier miembro que se separara o que haya sido expulsado, estaba condenado a morir. El miedo a hacer algo que molestara a los demás miembros siempre estaba vigente, porque significaría la muerte para ellos.
Es algo que seguimos experimentando en la modernidad.
La «Vergüenza».
Se desarrolló evolutivamente a fin de disuadir a los miembros de una sociedad de realizar acciones que sean perjudiciales para los demás.
¿Por qué existe esa necesidad de apartar a las demás personas cuando cometen errores?
Será por eso que otros, al no sentirse adaptados por la misma, terminan suicidándose.
Pero para «Él» había sido distinto desde hace mucho tiempo.
«Quisiera que pudiéramos resolver esto de cualquier otra manera, pero no es posible.»
Al punto de casi quebrantarse, salió un leve sonido de sus labios replicándole: «¿Por qué?»
Pero no quería escuchar una respuesta suya. Sabía que cualquier intento de hacerle cambiar de parecer sería en vano.
El malestar no era solamente por perder su trabajo. En ese momento, su mente no paraba de pensar en una sola cosa: el origen de su preocupación y lo que pasaría a partir de ahora. La única responsabilidad dependía cien por ciento de él.
Intentó hablar para llegar a un acuerdo, pero terminó confirmando sus sospechas.
«¿Cómo me serás útil a mí o a la empresa? Lo siento, no puedo arriesgarme», le dijeron.
Una vez más, se sintió abandonado por aquellos que creía que formaban parte de su equipo.
Firmó el documento y salió a recoger sus cosas. Trataba de no llorar para no llamar la atención de sus compañeros de trabajo.
Al llegar a su cubículo, una persona lo estaba esperando. Viendo la desesperación de «Él», trató de calmarlo.
«¿Acaso pasó algo?» preguntó.
Pero no recibió respuesta alguna.
Ambos bajaron por el ascensor. Dirigiéndose a la puerta de salida del edificio, volvió a insistir.
«¡¿Qué es lo que pasó?!» gritó nerviosamente.
«Él» respondió.
«No volveré a trabajar aquí. Llámame luego.»
Se fue sin decir otra palabra. Los diversos sentimientos que pasaban por su cabeza no se calmaban, ni siquiera con el ruido de la lluvia. Tampoco le importaba mojarse.
Necesitaba quitarse el mal sabor de boca, así que compró una bebida.
Al llegar a la estación del metro, abordó el tren de regreso a su casa. Justo antes de que el tren cerrara sus puertas, escuchó un fuerte grito acompañado de golpes: una madre, distraída, salió unos segundos antes de que el tren partiera, olvidándose accidentalmente de su hija adentro.
Cuando «Él» pudo reaccionar, el tren ya tomaba velocidad. Se acercó al carrito donde estaba la bebé.
«Hola pequeña hermosa. No te preocupes. Ya vendrá tu madre.»
Se quedó balanceando el carrito.
Al llegar a la siguiente estación, bajó y esperó a su madre allí.
«Mamá está viniendo», la consoló.
La madre joven se acercó. Entre llantos, le agradecía haber cuidado a su hija.
Él le respondió con una sonrisa desganada: «No se preocupe.»
Esperó al próximo tren que venía detrás, el último de toda la noche.
Tras bajarse, tuvo que caminar hacia su casa.
Saliendo de la estación, compró un paraguas que le dio un poco de ánimo y se sintió protegido.
Caminó durante veinticinco minutos. Al llegar a las calles principales de su barrio, se detuvo para mirar el escaparate de una tienda que vendía ropa para mujeres.
Observó un maniquí vestido con un vestido blanco y se imaginó que era ella. Sonrió y continuó caminando.
Finalmente, llegó a su casa sin encender las luces, ni siquiera las exteriores.
Se dejó caer en su cama y miró la fecha en su celular. Al día siguiente, tenía planeado visitarla.
A la mañana siguiente, se despertó alterado al darse cuenta de que se había quedado dormido. Se preparó rápidamente y salió.
Mientras se dirigía al hospital, recordó que no le había preparado el regalo que solía llevarle. Se enojó consigo mismo.
Al bajarse del bus, vio un puesto de diario que vendía unos collares compartidos que llamaron su atención.
Sintiéndose culpable por haber olvidado el regalo, compró los collares. No eran lujosos, pero eran especiales. Cuando se juntaban, formaban un eclipse.
Estaban inspirados en una leyenda: Dos jóvenes llamados Luna y Sol se enamoraron locamente. La diosa Afrodita sintió celos y decidió separarlos. Zeus, permitió que se vieran durante unos segundos, causando un eclipse solar.
Llegó al hospital y se dirigió a la habitación donde estaba ella. Para su sorpresa, aún dormía.
Esto lo tranquilizó un poco.
Ella odia que «Él» llegue tarde.
Dejó su mochila y se sentó al lado de ella.
Todos los pensamientos negativos que lo atormentaban hace unos minutos, lo dejaron finalmente en paz.
¿Por qué? Simplemente porque esta niña era su paz interior. Su responsabilidad. La causante de su preocupación.
La miró fijamente mientras dormía, acariciándola despacio para evitar que se despertara.
Su apariencia era la de una niña no muy corpulenta; era muy pálida, con ojeras y pelo lacio plateado. Su rostro poseía rasgos finos y tenía pecas en las manos.
—Llegas tarde. —dice.
—Discúlpame, hermana. He tenido mucho trabajo. Anoche llegué tarde a casa —le respondió.
—¡¿Y ENTONCES POR QUÉ VIENES A VERME?! —desesperadamente gritó.
—Tranquila, tranquila, me tomé unos días libres. Mi jefe me dijo que trabajo mucho, y pensó que sería bueno que cuidara más de mi salud, igualmente de ti —afirmó.
—Espero que no me estés mintiendo —enojada insistió.
Haciéndose el tonto, cambió de tema.
—Te traje un regalo —sonrió, mientras se lo daba.
—Hmm, me pregunto qué será, un collar… ¡Es muy lindo! —sorprendida lo mira.
—¡Sí! Lo mejor es que cada uno tendrá una parte. ¿Cuál te gustaría quedarte? —le pregunta.
—Es difícil elegir… Me gustan los dos… Supongo que el Sol es de niño, y la Luna de niña. ¿No? —confundida creyó.
—Al parecer sí —confirmó.
—¡Entonces cambiemos los roles! Si yo seré la Luna y tú el Sol, entonces quiero que tú te quedes con la Luna, así tienes una parte de mí a donde sea que vayas —decía riéndose.
—Está bien, entonces me quedaré con la Luna, aunque hubiera preferido que te quedases tú con ella —exclamó.
—¿Y eso por qué? —curiosamente le preguntó.
—Porque eres tan hermosa y pálida como ella. —riendo le refutó.
—Cállate, tonto —roja de la vergüenza le respondió.
Llegaba la hora de despedirse.
Saliendo del hospital, se percata que tiene mensajes sin contestar. Ignora la gran mayoría, pero sí contestó uno.
«Oí lo que pasó ayer en la oficina, lo siento mucho. ¿Quieres que vayamos a tomar algo?»
«De acuerdo, mañana por la tarde.»
—Enviar.
Había llegado el miércoles.
Su mejor amigo lo había invitado a tomar un café.
Como solían trabajar en la misma oficina, no tardó en enterarse de su despido. Esto sorprendió a la gran mayoría de sus compañeros de trabajo.
El lugar del encuentro sería una cafetería donde solían ir de adolescentes. Ese sería el sitio perfecto para que ambos discutieran lo ocurrido.
«Él» fue el primero en llegar.
Se encontraba esperándolo hace veintidós minutos. Se mostraba inquieto y alerta. Pensando que su amigo lo había dejado plantado, a medio levantarse, lo toca una mano por la espalda.
«Lo siento por hacerte esperar tanto.»
—Creí que no vendrías —le respondió.
—Lo siento mucho. Al parecer hubo un accidente en la línea de metro B. Una persona se arrojó a las vías del tren —se excusó.
—Qué tragedia... —contesta.
—Cambiando de tema. ¿Cómo estás tú? —le pregunta.
—¿Y tú qué piensas? Estoy devastado —respondió.
—Sí… Es una mierda todo esto. ¿Y tu hermana? —interrogó.
—Es lo único en lo que estuve pensando desde el lunes. ¿Qué haré ahora? —Apretando los puños— —le dice.
—Es obvio que ella sería tu mayor preocupación. También lo estoy por ambos. Por eso te invité aquí. —confesó.
—Lo sé, pero en serio, estoy bien. —afirma.
—Intranquilo, elevando la voz —grita—. ¿CÓMO PUEDES ESTAR BIEN EN TU SITUACIÓN?
El repentino grito se escuchó por toda la cafetería a pesar de ser grande. Las personas de alrededor se volteaban a verlos.
—Se levantó —diciendo—. ¡Lo siento mucho!
A sabiendas de que «Él» rechazaría la oferta que le propondría, tomó un sorbo de café hondo y fue directo.
—No sabemos hasta cuándo estarás desempleado. ¡Así que te daré la mitad de mi sueldo! ¡Para que puedas vivir y cuidar de tu hermana! —propuso.
«Él» empezó a sentirse aún más frustrado. La tristeza lo invadió en ese momento.
Miró hacia abajo para no llamar la atención de los demás clientes.
—Haiden, eres muy amable, pero, esto no tiene nada que ver contigo —sostuvo.
—¡Por favor, acéptalo! —le suplicó.
—Gracias por el café —expresó.
Fueron sus últimas palabras antes de que se levantara de la mesa.
Tras esta escena, el peso en sus hombros se sentía cada vez más sofocante, como si fuera una bola de nieve.
Atrás venía corriendo su amigo. Era normal que «Él» mostrara ese comportamiento.
Cuando pudo alcanzarlo, trató de hablar con «Él», pero fue en vano.
«Gracias por preocuparte. Sé que no lo haces de mala gana, pero esto es algo con lo que tengo que lidiar yo mismo.»
Su último pensamiento fue preguntarle si quería que lo acompañase hasta su casa. Pero supo que la respuesta sería nuevamente negativa.
«Él» pronunció unas últimas palabras.
«Necesito tiempo para pensar. Gracias. Cuídate.»
Siguió su camino.
Antes de que empezara a llover, llegó a su casa.
El viento sopló y escuchó un fuerte ruido: un cuadro se había caído al suelo. Al levantarlo, se dio cuenta de que la ventana del pasillo estaba abierta. Este descuido era inusual en él. Ignoró su torpeza al olvidarse de algo así, pensando que se le habría pasado por alto cuando salió.
Antes de poder cerrar la ventana, sonó el timbre, dejando la ventana sin asegurar.
Se dirigió a la entrada y miró por el ojo mágico de la puerta.
Vio la silueta de una chica.
Rápidamente le abrió la puerta.
Al entrar, ella parecía estar molesta. Le sorprendió que estuviera en su casa con el temporal que azotaba.
«Él» interrumpió el incómodo momento y, alterado, preguntó: «¿Qué haces aq…»
Antes de que pudiera terminar la oración, recibió un golpe en el pecho.
En ese instante, todos sus sentidos estaban alerta; el golpe lo sorprendió y lo tiró al suelo.
«¿Por qué no contestabas mis mensajes?» pronunció ella.
Mientras tanto, en su rostro se dibujaba una sonrisa apagada de alivio.
«Él» permaneció tumbado en el suelo, observándola. Sintió el dolor del golpe que recibió y una oleada de culpa por haberla preocupado.
Realmente había ignorado sus mensajes, no solo los suyos, sino los de los demás también.
Al levantarse, se aproximó hacia ella. La abrazó, susurrando suavemente al oído.
«Lo siento. Fue demasiado duro para mí.»
Pareció aceptar sus disculpas. Su expresión cambió y también lo abrazó.
Su presencia en su hogar dejaba claro que ya conocía lo sucedido.
«Odio cuando te aíslas con tus problemas.» Le reprochó.
Lo ocurrido en la cafetería fue motivo suficiente para que «Él» quisiera alejarse del teléfono, ignorando sus mensajes.
«Siempre acabo arrastrando a los demás a mis problemas.» Murmuró con voz ronca.
Ella se enojó con él, dándole pequeños golpecitos.
La casa tenía años pero había sido remodelada para lucir moderna. Era robusta.
Desde su mudanza, rara vez encendía la mayoría de las luces, creando un ambiente desolador. Un frío se colaba por los largos pasillos.
«Voy a preparar té y a traerte una toalla», dijo tras unos segundos en el corredor.
«Él» era una persona cerrada. Aunque muchos intentaron ayudarlo, desistieron al ver que no había progreso a pesar de sus esfuerzos.
La chica que apareció repentinamente era una compañera de su infancia. En los tiempos cuando ambos iban al preescolar, fue cuando se hicieron buenos amigos.
Solo tres personas podían entrar en su casa, ella era una.
—Gracias por la toalla. —pronunció.
—Le dio una taza de té, después, se apoyó en el mármol de la mesada—. —No debiste haberte tomado la molestia de venir. —le reclamó.
—Corrió la taza que le dio—. —¡¿Yo fui la que no contestaba los mensajes?! ¡PENSÉ QUE TE HABÍA PASADO ALGO! ¡Gracias a Dios que Haiden tuvo la decencia de decirme que estabas bien! —explicó indignadamente.
«Él» se asustó por su repentino cambio de humor.
—¡N-no fue mi intención! Estoy agotado mentalmente por todo. —argumentó.
La chica bajó un poco su temperamento.
—Te he dicho miles de veces que me llames cuando sucede algo así. —contestó enfurecida.
—No haré ninguna estupidez, ¿de acuerdo? —insistió.
Ella temía que él tuviera pensamientos suicidas. Eso era lo que tanto la preocupaba.
—Se llevó las manos a la cabeza—. —Sé cómo eres. Cómo tratas de afrontar estas cosas solo. No es la solución alejarte de los demás, aun sabiendo que hay personas que se preocupan por ti. —le protestó.
—Solo puedo pensar en mi hermana. —dijo apesadumbrado.
Saca un papel de su bolso y lo dejó sobre la isla de mármol.
—Es tiempo de que intentes buscar ayuda profesional. No te preocupes. Pagaré las sesiones si eso te ayuda. —garantizó.
—Agarra el papel—. —¿Esto? Sabes que nunca necesité esta porquería. —contestó molesto.
—Caminó hacia donde estaba él—. —Por favor, hazlo por mí. Y más importante aún, por tu hermana. Nada más necesito que seas fuerte. —alentándolo, ofreció.
«Él» seguía resistiéndose. Las palabras de la mujer no parecían convencerle.
—Aprecio lo que haces, pero no necesito ir a ninguna terapia. Solamente es una pérdida de tiempo. —confesó.
La mención sobre la necesidad de buscar ayuda profesional había creado un ambiente incómodo en la cocina.
Conociendo la clase de persona que era «Él», se tomó la molestia de ir personalmente hasta su casa para intentar ayudarlo como pudiera.
—Tengo que irme. —contestó.
Agarró su bolso y caminó hasta la puerta.
«Él» corrió detrás de ella.
La lluvia, poco a poco, se iba convirtiendo en una tormenta.
A pesar del mal clima, ella salió de su casa sin pensarlo, pero «Él» se quedó adentro.
Su conciencia no paraba de hacerlo sentir culpable. Inmóvil, luchaba con sus pensamientos de arrepentimiento.
Abrió la puerta rápidamente. Decidió ir a buscarla.
Salió corriendo en dirección a la estación de tren.
En cada cuadra que pasaba, miraba en todas direcciones, tratando de hallarla. Imaginó que lo más seguro era que ella continuara caminando recto. Solo unos metros más adelante, la encontró.
«¡Naoki! ¡Espera por favor!»
Pero ella no se detuvo. Corrió para agarrarle el brazo y hacer que parase.
«¡Discúlpame por todas las molestias que te ocasioné!»
El fuerte ruido de las gotas cayendo ocultaba el leve sonido de su llanto.
Al tratar de tocarla, quitó su mano de su brazo. Allí, «Él» vio su rostro, que desprendía tristeza y rabia.
«¡Perdóname! ¡Perdóname!»
Insistía, pero sus labios no se movían. Solo recibía una mirada de desprecio.
De nuevo, el ambiente se volvía incómodo, solo reinaba el sonido del agua corriendo por la alcantarilla de al lado.
Ella lo miró fijamente.
«¿Por qué eres así?»
«Él» sentía una furia creciendo dentro de él, incapaz de mantener la mirada por más de un segundo sin apartarla.
El hecho de estar allí, en ese lugar, en esa situación, lo hacía sentir demasiado miserable.
No pudo responderle.
«¿Por qué viniste detrás de mí?» Volvió a reclamarle.
«Él» cerró fuertemente los puños y cargó todo su peso en sus palabras.
«¡Para disculparme contigo! ¡Realmente quiero que me ayudes!»
Esto intensificó la situación.
Sintió que «Él» solo estaba jugando con ella.
Su voz se quebrantó y sus lágrimas caían aún más que antes.
«Ya no puedo ayudarte. Yo no. En estos momentos no puedo. Será mejor que dejemos de hablar por un tiempo.»
Solo quedó el silencio. No hubo una respuesta.
En silencio, «Él» se alejó en dirección opuesta, sin voltear ni una sola vez.
Ella giró y continuó caminando sin esperar su respuesta.
Sin intercambiar otra palabra, ella se fue.
El cúmulo de emociones en su mente hizo que su espíritu se desplomara, un objeto frío y sin emociones, como un maniquí.
La tormenta se calmó y solo quedaron algunos chaparrones de lluvia.
Varias farolas estaban apagadas, sumiendo al barrio en la oscuridad desde hace tiempo.
Un hombre desde la otra calle observó todo.
Cuando «Él» pasó a su lado, le preguntó: «¿Te encuentras bien, joven?»
Recibió una respuesta breve y rápida.
«Solo una pelea de parejas. Nada grave».
Continuó hacia su casa.
Llegó desganado.
Lo primero que hizo fue tomar un baño caliente, un momento para aliviar su conciencia. A pesar de intentar relajarse, su mente revivía esos momentos amargos una y otra vez.
Salió y subió las escaleras.
Miró hacia la derecha para ver el cuadro caído, con la parte frontal del cristal roto.
Pasó por una habitación blanca y medio vacía con la puerta abierta y la cerró.
Se acostó en su cama.
Acostado, miró por la ventana hacia la calle, donde una farola iluminaba el cristal. Se quedó dormido viendo cómo las gotas golpeaban el vidrio.
Ha sido un día largo. Mañana será mejor. Descansa...