Durante cada uno de los talleres presenciales nos sumergimos en un viaje de exploración sonora, donde el silencio, el aire y el pulso del cuerpo se convirtieron en materia viva para crear. En cada encuentro surgieron atmósferas que nacían de la necesidad profunda de expresar lo que habita en nuestro interior, de dejar que las emociones encontraran su cauce a través de los instrumentos, del soplo, del golpe, del roce, del eco.
Las sonoridades emergían como un reflejo de la vida misma: los instrumentos de viento respiraban junto con nosotros, los tambores imitaban el latido del corazón, y los pequeños objetos sonoros se mezclaban con los murmullos de la naturaleza. Todo parecía recordar que la música no es algo ajeno o distante, sino una fuerza que nos atraviesa, una memoria ancestral que vive en cada ser, en cada gesto, en cada respiración.
Descubrimos que todos podemos hacer música, porque el ritmo nos pertenece, porque el pulso nos habita, y porque al conectarnos entre nosotros —escuchando, resonando, creando— surge una trama común que nos une. Cada nota, cada sonido, era una forma de decir “aquí estamos”, una afirmación de la existencia compartida y del poder del encuentro.
Las creaciones que nacieron de estos espacios fueron registradas, no solo como un testimonio, sino como una invitación a volver a escucharnos, a reconocernos en lo que suena, a disfrutar de la magia de haber tejido juntos un universo sonoro que pertenece a todos. Así, cada grabación guarda algo más que sonidos: guarda la memoria del vínculo, del cuidado y del deseo de seguir creando comunidad a través de la música.